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Las caricaturas y los daños colaterales

El verdadero escándalo es la provocación gratuita que engendra la incomprensión y nos distrae de los auténticos problemas

08/02/2006 - Autor: Bichara Khader - Fuente: La Vanguardia
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Bichara Khader
Bichara Khader

Esta cuestión podría haber pasado inadvertida: hoy se mundializa. Doce caricaturas provocan una avalancha que no deja de crecer. Si hoy los europeos están asombrados, atónitos, sorprendidos, frente a las multitudes musulmanas enfurecidas, es porque siguen sin comprender que este asunto revela un choque frontal de dos tiempos distintos: en Occidente, las revoluciones han podido más que el poder de la Iglesia sobre el Estado, pues la laicidad es un hecho reconocido, introducido en las costumbres. La práctica religiosa está en declive. La propia creencia se ha desmoronado. La democracia se ha arraigado en la mentalidad general y la libertad de prensa no sufre censura alguna, sino que es una forma sutil de autorregulación para no socavar la convivencia. Los países musulmanes viven otros tiempos, en los que la creencia impregna todos los aspectos de la vida, y más cuando el subdesarrollo, el autoritarismo y la violencia - externa e interna- empujan a la población a aferrarse a los únicos cimientos de identidad que han permanecido intactos: los de la religión. Viven momentos difíciles, se sienten constantemente zaheridos y humillados. No están dispuestos a bromear con los principios. Por lo tanto, reaccionan como una población susceptible. Algo que para un caricaturista sólo es irreverente, para ellos es una blasfemia. Además, la representación de su profeta es entendida como un doble sacrilegio, porque afecta a los mismos cimientos de la religión y porque se acompaña de una amalgama peligrosa en la que se asocia al islam con la violencia.

Cuando veo los daños colaterales de este asunto, reconozco que se me hace un nudo en el estómago. Representar la cabeza del Profeta coronada por una bomba disimulada con un turbante no me hace ninguna gracia. Porque esta caricatura no invita a la reflexión, sino que estigmatiza, no sólo a algunos musulmanes, sino al islam en sí mismo. Da a entender que la violencia es consustancial a la religión musulmana. Indirectamente, postula que hay religiones de la paz (cristianismo y judaísmo, reunidos en una base común judeocristiana) y religiones de la espada (el islam). Todo esto es chocante, porque olvida la violencia que sufrió el mundo del islam y acredita las teorías más racistas.

El mal sería menor si los medios de comunicación europeos no hubieran echado leña al fuego, si no hubieran remachado el clavo cuando la cólera de los musulmanes iba en rápido aumento. ¿Qué mensaje quieren enviar al mundo islámico? ¿Que Occidente disfrute de su libertad y que los musulmanes se deleiten en la servidumbre? ¿Que el Occidente judeocristiano se una para hacer frente a un islam amenazador por su número y su fe? ¿Que las civilizaciones son espacios cerrados, balizados y encerrados en sus propias certidumbres? ¿Que la defensa de la libertad pasa por encima de la defensa de la responsabilidad de no ofender en vano? Si tal es la intención de los medios de comunicación europeos, es caldo de cultivo para los integristas de ambos bandos. Bin Laden, que busca atizar el odio en un combate de otra época, debe de estar frotándose las manos con regocijo.

En cuanto a la extrema derecha europea, debe de sentirse reanimada.

No es el momento de cargar las tintas: exigir respeto en estas circunstancias nada tiene de escandaloso, no es un atentado contra la libertad de prensa. El verdadero escándalo es la provocación gratuita que engendra la incomprensión y que nos distrae de los auténticos problemas al emprender combates fútiles de los que nadie sale indemne.

Estoy consternado como intelectual. Pero también como árabe cristiano. Y es que este asunto debilita más a las comunidades cristianas de Oriente. Un sacerdote italiano asesinado en Turquía, una iglesia atacada en Líbano, declaraciones incendiarias. Lo cierto es que son actos aislados de unos pocos ánimos caldeados, que todos los países musulmanes han condenado con severidad. Pero crean un clima malsano de aprensión y recelo. Ya hemos visto el resultado que la guerra de Iraq ha tenido sobre las comunidades cristianas del país. ¿Acaso no hemos aprendido ya la lección de que la violencia conduce a la radicalización y que ésta, a su vez, acaba amenazando la convivencia en armonía de las comunidades en Oriente? Estoy consternado como árabe laico, porque este asunto debilita la corriente laica que tiene dificultad para consolidarse en los países árabes, expuestos a una violencia estructural, a una estigmatización peligrosa y a una radicalización servil de las mentalidades.

Estoy asimismo entristecido como belga, porque esta cuestión precariza la presencia de occidentales en tierras árabes y musulmanas, tan cálidas y hospitalarias. A menudo, esos occidentales -y no me refiero a los soldados del ejército estadounidense en Iraq- están allí por amor o por solidaridad. Es intolerable buscar chivos expiatorios. ¿A qué viene eso de quemar consulados y embajadas? ¿Por qué los estados que siempre son tan eficaces a la hora de prohibir manifestaciones de apoyo al pueblo palestino o iraquí parecen tan desamparados e incapaces de proteger a las representaciones diplomáticas? ¿Acaso no quieren quedar por encima de la cólera popular para recuperar la inocencia y partir de cero? Al tratar de vengar el honor herido de este modo, los musulmanes caen en la trampa de los radicales de ambos lados que intentan levantar un campamento contra el otro en un momento en que deberíamos estar, todos, en la misma trinchera para combatir la injusticia, la ignorancia y el narcisismo enfermizo.

¿Sopesaron esos imprudentes caricaturistas las nefastas consecuencias de su acción? Yo no lo creo, a menos que crea en la teoría de las conspiraciones, y no es mi caso. Si hubieran tenido conciencia, no se habrían aventurado por este campo minado.

 

BICHARA KHADER , catedrático de la Universidad Católica de Lovaina
Traducción: Roser Vilagrassa

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