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El nuevo muro de Berlín

08/02/2006 - Autor: Peter Schneider - Fuente: El País
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Mujeres turcas, en una clase de alemán por ordenador, en el distrito berlinés de Neukölln. (AP)
Mujeres turcas, en una clase de alemán por ordenador, en el distrito berlinés de Neukölln. (AP)
En la noche del 7 de febrero de 2005, una mujer de 23 años, Hatun Surucu, que caminaba hacia una parada de autobús en Berlín, fue asesinada de varios disparos hechos a bocajarro y que le alcanzaron en la cabeza y el tórax. Las investigaciones revelaron que meses antes había denunciado ante la policía a uno de sus hermanos por amenazas.

Ahora, tres de sus cinco hermanos están siendo juzgados por asesinato. Según el fiscal, el mayor, de 25 años, compró el arma; el mediano, de 24, atrajo a su hermana al lugar del crimen, y el pequeño, de 18, la mató. El juicio empezó el 21 de septiembre. Ayhan Surucu, el hermano menor, confesó el asesinato y afirmó que lo había cometido sin ayuda de nadie.

Según Seyran Ates, una abogada de origen turco, suelen ser los hermanos menores los escogidos por la familia para llevar a cabo ese tipo de asesinatos o para reivindicar su autoría. Las leyes juveniles alemanas establecen una condena máxima de 10 años de prisión por asesinato y la perspectiva de salir en libertad después de cumplir dos terceras partes de la condena.

Hatun Surucu creció en Berlín, en una familia de kurdos procedentes de Turquía. Al acabar octavo curso, sus padres la sacaron del colegio. Poco después la llevaron a Turquía y la casaron con un primo. Pero ella se separó de su marido y regresó a Berlín embarazada. A los 17 años dio a luz a un hijo, Can. Se fue a vivir a un centro de acogida para mujeres y completó los estudios que le quedaban para obtener el diploma de enseñanza media. En 2004 obtuvo el título de formación profesional necesario para ser electricista.

La joven madre empezó a disfrutar de la vida. Se maquillaba, llevaba el pelo suelto, iba a bailar y se adornaba con anillos, collares y pulseras.

Y pocos días antes de obtener su certificado profesional la asesinaron.

Evidentemente, a juicio de sus hermanos, Hatun cometió el crimen capital de querer vivir en Alemania como una alemana.

En declaraciones al periódico turco Zaman, un hermano mencionó que la joven había dejado de llevar pañuelo, que se negaba a volver con su familia y que había proclamado su intención de "buscar su propio círculo de amigos".

Todavía no está claro si alguien concreto dio la orden de que la asesinaran. Con frecuencia, en estos casos, es el padre quien decide el castigo. Pero Ates, en el ejercicio de su profesión, ha visto casos en los que quien toma la iniciativa es la madre, una madre a la que obligaron a casarse y que después insiste en que su hija sufra el mismo destino.

"Las madres buscan solidaridad a base de exigir que sus hijas se sometan a las mismas penalidades, los mismos sufrimientos", explica Necla Kelek, una autora alemana de origen turco que ha entrevistado a docenas de mujeres a propósito de este tema.

Mientras tanto, los dos hermanos mayores de Surucu han empapelado su celda con fotografías de la hermana muerta.

En Berlín se está levantando un nuevo muro. Al otro lado de él está el de los barrios islámicos. Un mundo en el que las mujeres, a diferencia de algunas musulmanas en otros países de Europa, que han conseguido tener una vida más abierta, siguen teniendo que someterse a matrimonios forzosos y al control de sus familias.

Para cruzar este muro hay que dirigirse a los barrios del centro y el norte de la ciudad, a Kreuzberg, Neukölln y Wedding; quien llega allí se ve en un mundo desconocido para la mayoría de los berlineses.

Hasta hace poco, la mayoría de los habitantes se hacía la ilusión de que la convivencia con los 300.000 inmigrantes e hijos de inmigrantes musulmanes iba bien.

Véase Neukölln, por ejemplo. Un barrio que se enorgullece de albergar a ciudadanos de 165 países. Alrededor del 40% -el mayor grupo, con gran diferencia- está formado por turcos y kurdos; el segundo grupo más numeroso es el de los árabes.

Ataques racistas 

Los ataques de tipo racista son habituales en Brandenburgo, el antiguo Estado germano oriental que rodea Berlín, en el que hay pocos extranjeros, sólo un 2% de la población. Pero en Neukölln no se producen casi nunca.

Stefanie Vogelsang, concejala por el distrito de Neukölln, dice que los residentes hablan de "nuestros turcos" en un tono inequívocamente amable, aunque son menos amistosos al mencionar a los árabes, que llegaron después que los turcos, y muchas veces de forma ilegal.

Sin embargo, la tolerancia respecto a los inmigrantes musulmanes empezó a cambiar tras el 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo que se oían las declaraciones de "solidaridad incondicional" de la mayoría de los alemanes con los estadounidenses, en Neukölln y Kreuzberg se producían manifestaciones de otro tipo.

Desde los patios de los edificios se lanzaron cohetes hechos con botellas, los fuegos artificiales de los pobres: dos desde un sitio, tres desde otro, cientos de cohetes que llenaron el cielo en celebración, mientras la mayoría de los berlineses trataba de expresar su horror por lo que había sucedido.

Para muchos alemanes residentes en Neukölln y Kreuzberg, recuerda Vogelsang, aquella fue la primera vez que se pararon a preguntarse quiénes eran verdaderamente sus vecinos.

La opinión pública alemana empezó a preocuparse de forma más general por el mundo musulmán que se iba extendiendo entre sus habitantes gracias, sobre todo, a la publicación de tres libros escritos por unas musulmanas rebeldes: Ates, autora de El gran viaje hacia el fuego; Kelek, que escribió La novia extranjera, y Serap Cileli, con Somos vuestras hijas, no vuestro honor.

Las tres, aproximadamente de la misma edad, crecieron en Alemania, hablan alemán mejor que muchos nativos, tienen estudios y ejercen con éxito su profesión. Pero cada una de ellas tuvo que correr grandes riesgos para obtener la libertad.

A Kelek la amenazó su padre con un hacha cuando ella se negó a saludarle con respeto. Ates sobrevivió a un tiroteo en el centro de acogida para mujeres que había fundado en Kreuzberg. Cileli intentó suicidarse a los 13 años, para huir de un primer matrimonio forzado. Luego la llevaron a Turquía y la casaron contra su voluntad, pero ella regresó a Alemania con los dos hijos habidos de ese matrimonio y se refugió en un centro de acogida para escapar de la violencia de su padre.

Las tres mujeres parten de sus experiencias para describir la dura y triste vida de las mujeres musulmanas en Alemania. Sus libros ofrecen detalles casi increíbles que la mayoría de los alemanes no había querido saber. Relatan una vida cotidiana de opresión, aislamiento, encierro y brutales castigos corporales.

Para las jóvenes turcas que viven en Alemania, las bodas forzadas son corrientes, dice Ates. Unos enlaces que, muchas veces, van seguidos de malos tratos y violaciones.
Una consecuencia indirecta de las uniones obligatorias es la violación psicológica de los hombres afectados. Aunque se supone que salen beneficiados con esta costumbre, lo cierto es que también a ellos se les prohíbe casarse con quien quieren. Si el novio pretende escoger a su mujer, también recibe amenazas. En esos casos, según Ates y Cileli, tanto el novio como la novia se ven obligados a esconderse para escapar de la venganza de sus familias.

Cada vez es más frecuente ver a mujeres cubiertas con un grueso velo y un abrigo largo en los barrios musulmanes de Alemania, incluso en verano. Según la investigación llevada a cabo por Kelek, a menudo son menores vendidas -muchas veces por una suma generosa- desde aldeas del interior de Turquía, de Anatolia, a madres que aguardan en Alemania con hijos en edad casadera.

Llevan a las jóvenes a Alemania y, "con cada novia recién importada", dice Kelek, "la sociedad paralela va creciendo". Explica Ates: "Un turco que desee casarse y vivir con arreglo a la sharia tiene muchos menos obstáculos para hacerlo en Berlín que en Estambul".

Antes del asesinato de Surucu, ya había suficientes advertencias para que los alemanes entablaran un debate sobre la sociedad paralela que está extendiéndose en su seno. Durante los últimos nueve años, se han producido 49 "crímenes de honor" conocidos, incluidos 16 sólo en Berlín, y con una mayoría de víctimas femeninas.

Sin embargo, es posible que el asesinato de Hatun Surucu no hubiera sido nunca noticia si no hubiera sido por tres estudiantes musulmanes de un instituto cercano al lugar en el que la mataron, en el distrito de Tempelhof.

Los tres proclamaron abiertamente que aprobaban el asesinato. Poco antes, esos mismos alumnos habían acosado a una compañera de clase porque su ropa "no respetaba las normas religiosas". El director del centro, Volker Steffens, decidió hacer público el problema en una carta a los alumnos, los padres y los profesores.

Durante cincuenta años de inmigración constante, los alemanes habían intentado convencerse de que Alemania no era un país de inmigrantes. De pronto, ya no había manera de negar la evidencia.

Alarmados por los crímenes de honor, los alemanes han empezado a investigar la sociedad paralela: una sociedad orgullosa de su aislamiento, purista y tradicional pero, a su manera, creativa, con visión de futuro y que, muchas veces, desprecia a la sociedad alemana que la ha acogido.

Los disturbios recientes en Francia han incrementado la sensación de alarma. Los políticos y expertos alemanes se han apresurado a destacar por qué es poco probable que se den incidentes similares en Berlín, Múnich, Stuttgart o Hamburgo. Han asegurado que los jóvenes musulmanes en Alemania -pese a que el 50% de ellos está sin trabajo- tienen pleno acceso a los beneficios del Estado de bienestar y no están aislados en viviendas protegidas como en las barriadas de París.

Aun así, se notaba un trasfondo de pánico. Lo que está en juego es la fe de los alemanes en que su país pueda seguir como hasta ahora: integrando a los inmigrantes sin tener una política de integración, fiel a la identidad alemana tradicional y capaz de conservar la tranquilizadora historia, iniciada en 1945, de defensa de la modernidad.

En los años posteriores a esa fecha, Alemania, en pleno proceso de reconstrucción, necesitaba un gran número de trabajadores, y emprendió campañas de reclutamiento en los países pobres de Europa y en toda la cuenca mediterránea.

Los gastarbeiter 

La llegada del inmigrante número 100.000, en los años cincuenta, fue motivo de celebración; el exhausto trabajador bajó del tren en una estación alemana e inmediatamente recibió un cheque. Ahora bien, desde el primer momento, la invitación llevaba incluidas ciertas reservas. No era casualidad que a los trabajadores extranjeros se les llamara gastarbeiter, trabajadores invitados. Se suponía que un invitado se iría al cabo de un tiempo.

Pero no fue así.

El autor suizo Max Frisch reconoció la contradicción enseguida. "Se convocó a trabajadores", escribió, "y vinieron seres humanos". Personas que querían tener a sus familias con ellos, que, después de una larga vida de trabajo, deseaban pasar sus últimos años en Alemania, que pretendían proporcionar a sus hijos una educación y un futuro mejor. Alemania no dio a los trabajadores invitados el pasaporte ni el derecho a votar, pero sí les incorporó al sistema social y les ofreció oportunidades para progresar.

El resultado fue el ascenso de una clase media musulmana -relativamente amplia en comparación con las de Francia o Inglaterra-, que aporta cada año aproximadamente 39.000 millones de euros al PIB y miles de millones a los fondos nacionales de pensiones.
Sin embargo, cuando el milagro económico alemán se interrumpió, la condición más importante que permitía ese idilio precario se transformó.

Aunque en 1973 dejaron de fomentarse las contrataciones, siguieron llegando cada vez más turcos y kurdos, en virtud de las normas sobre el reagrupamiento familiar. Aquellos padres, maridos, esposas e hijos llevaron su forma de vida tradicional a las calles alemanas. Durante los primeros años de la inmigración, las mujeres turcas habían vestido a la manera occidental; ahora empezaron a preferir faldas de flores, chaquetas tejidas a mano y la cabeza bien cubierta por un pañuelo.

Los baúles en los que habían llevado sacos llenos de alubias, trigo y garbanzos se transformaron en puestos de mercado de productos turcos. Las celebraciones tradicionales en los barrios turcos se fueron pareciendo cada vez más a las de la vieja patria. En las trastiendas de los puestos de verduras y las carnicerías halal aparecieron habitaciones para rezar que, con el tiempo, acabaron convirtiéndose en mezquitas.
"Los trabajadores invitados se hicieron turcos, y los turcos se hicieron musulmanes", escribe Kelek en La novia extranjera.

El desempleo creciente en Alemania -en la actualidad, aproximadamente el 12% del mercado de trabajo- afecta doblemente a los inmigrantes musulmanes, sobre todo a los jóvenes, que, a menudo, abandonan la escuela antes de acabar los estudios y obtener el diploma correspondiente.

Kelek preguntó a un grupo de "novias importadas" que llevaban varios años viviendo en Alemania cómo les habían preparado para su futuro en otro país. Su respuesta fue una risa incrédula. Dijeron que tenían todo lo que les hacía falta y que no necesitaban a los alemanes.

Quienes carecen de trabajo y de futuro saben que pueden acudir a las mezquitas, que cuidan de ellos y han pasado a ser, cada vez más, el centro de comunicación fundamental.

Las mujeres, dentro de sus casas, han ido recuperando su forma de vida tradicional. En medio de frigoríficos, televisiones y teléfonos móviles, su cultura rural está resucitando. La vida en Anatolia puede ser más moderna y más laica que en los barrios musulmanes de Berlín.

Numerosos sociólogos atribuyen el crecimiento de una sociedad musulmana paralela a las desalentadoras circunstancias sociales de la tercera generación de inmigrantes, que se caracteriza por los altos índices de desempleo y de abandono o fracaso escolar en la escuela pública. Pero esta explicación es incompleta.

La clase media musulmana sigue esta misma tendencia desde hace mucho tiempo. Las empresas de alquiler que proporcionan y acondicionan salas para las bodas y circuncisiones tradicionales de los turcos son uno de los negocios más prósperos en Kreuzberg y Neukölln. Y es muy probable que esta tendencia conservadora siga siendo la que guíe a la próxima generación.

Durante más de 20 años, la Federación Islámica de Berlín -una organización paraguas que engloba a congregaciones de mezquitas y asociaciones islámicas- luchó en los tribunales de Berlín para conseguir que se impartan enseñanzas islámicas en las escuelas locales.
En 2001 logró su objetivo. Desde entonces, varios miles de alumnos musulmanes de educación primaria reciben clases de profesores contratados por la Federación Islámica y remunerados por la ciudad de Berlín. Las autoridades municipales no pueden controlar la instrucción religiosa que reciben. Muchas veces, las lecciones no se corresponden con el programa presentado en alemán. Los profesores, a menudo, aluden a problemas de lenguaje de los alumnos como excusa para impartir clase en turco o alemán, muchas veces a puerta cerrada.

Enseñanza religiosa islámica 

Desde que se puso en marcha la enseñanza religiosa islámica, el número de chicas que van a clase con la cabeza cubierta por un pañuelo se ha disparado, y las secretarías de los centros se ven inundadas de peticiones para que las eximan de asistir a clase de natación o deporte en general, así como a excursiones.

No existen cifras fiables que indiquen cuántos musulmanes residentes en Alemania acuden habitualmente a las mezquitas; los cálculos varían entre el 40% y el 50%. La concejala Vogelsang destaca que la mayoría de las mezquitas de Neukölln siguen siendo tan abiertas como antes.

Pero las comunidades religiosas radicales están ganando terreno.

Vogelsang indica la mezquita del imam Reza, cuya página web, hasta una revisión reciente, elogiaba los atentados del 11 de septiembre, calificaba a las mujeres de seres humanos de segunda categoría y tachaba a gays y lesbianas de animales.

"Y la izquierda", dice, furiosa, "sigue defendiendo esas cosas en nombre de la libertad religiosa". Las tres autoras de origen turco están preparando un ataque frontal contra este tipo de relativismo. Quieren luchar en dos frentes: el de la opresión islámica contra las mujeres, incluidos quienes la defienden, y el de la tolerancia estimulada por el sentimiento de culpa de los progresistas partidarios del multiculturalismo.

"Antes de poder llegar a los patriarcas islámicos, es preciso abrirse camino a través de las montañas de la conciencia culpable alemana", se lamenta Ates.

Las mujeres son las que más salen perdiendo con la sensibilidad alemana respecto al islam. Las tres escritoras acusan explícitamente a los alemanes bienintencionados de haber dejado a las musulmanas en la estacada, y les reclaman que, cuando se deshacen en alabanzas hacia los barrios multiculturales, no se olviden de las mujeres encerradas tras las ventanas.

Las políticas alemanas de inmigración y el multiculturalismo progresista no son más que una cara del problema. La otra cara es el decidido rechazo de muchos miembros de la comunidad musulmana a la integración.

"Los atentados de Londres", dice Ates, "fueron, para muchos musulmanes, una magnífica bofetada a la comunidad occidental. Los próximos los cometerán inmigrantes de tercera y cuarta generación, que, bajo la mirada de unos políticos llenos de buenas intenciones, están aprendiendo, desde que nacen, a odiar la sociedad occidental".

Peter Schneider es autor de la novela El saltador del muro.
Traducción de M. L. Rodríguez Tapia
© The New York Times.
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