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¿Una simple caricatura?

07/02/2006 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Sería útil e interesante conocer algunas de las causas reales de ese desencuentro.

La crisis diplomática internacional surgida como consecuencia de la publicación de unas caricaturas en un diario danés debería hacernos reflexionar sobre algunas cuestiones de forma y fondo que condicionan y dificultan sobremanera la sociedad multicultural global, eso que se ha dado en llamar “Alianza de Civilizaciones”. La primera condición para cualquier tipo de alianza pasa necesariamente por el mutuo conocimiento de aquellos que quieren aliarse. De hecho, los roces y desencuentros surgen la mayoría de las veces del desconocimiento del otro, de su visión y, sobre todo, de las diferentes sensibilidades, de las diferencias a la hora de valorar el mundo y sus aconteceres. Un hecho que, en el contexto sociocultural europeo, no tiene mayor importancia, adquiere una dimensión profunda entre los miembros de la Ummah de Muhámmad, entre la comunidad global de los musulmanes. Sería útil e interesante conocer algunas de las causas reales de ese desencuentro.

En principio podemos comprender que, desde una posición neutral y laica, los poderes públicos no puedan limitar ni intervenir en el ejercicio de la libertad de expresión. Es más, defendemos que han de garantizarla. Sin embargo, hasta los libertarios más honestos y radicales comprenden que la libertad de expresión tiene su límite en el derecho a la dignidad y el respeto a los otros. Existe un amplio consenso con relación a esos límites en el derecho al honor, a la propia intimidad, etc.

Al intelectual europeo le resulta difícil comprender las verdaderas razones que pueden llevar a la sociedad civil de muchos países de mayoría musulmana a boicotear los productos daneses por la publicación de unas viñetas ofensivas. Puede pensar, con algo de razón, que el boicot es fruto de la manipulación que los líderes de esos países ejercen sobre esas sociedades, en la instrumentalización política de la religión. En esa línea surge la explicación religiosa al fenómeno del rechazo y del boicot. Se dice entonces que el problema está en la rigidez del islam; incluso llega a afirmarse que el Corán prohibe las representaciones humanas y que, por lo tanto, el rechazo surge como consecuencia de una anacrónica doctrina, en este caso de la iconoclastia. También suele mencionarse el triste episodio de los budas de Bamiyán dinamitados por los talibanes.

Pero ¿Alguien en su sano juicio podría afirmar qué doctrina iconoclasta, destructora de imágenes, pueden enarbolar los líderes políticos de los países de mayoría musulmana, cuyos retratos oficiales, en todas las posturas y fondos imaginables, saturan los espacios públicos y privados como una pesadilla recurrente?

Por otra parte, esa invocación a una libertad de expresión sin concesiones que ahora resurge en Europa como un valor civilizacional no goza de la credibilidad necesaria como para llegar a ser interiorizada como un valor cultural precisamente, dado que la defensa de ese derecho, el de la libertad de decir, no se aplica de la misma manera en la Unión, con el mismo rasero, según de quien se trate. El antisemitismo, por ejemplo, no es tolerado en los medios de comunicación europeos, existiendo incluso leyes que lo penalizan, mientras que la demonización del islam, el caldo de cultivo de la islamofobia, no sólo no es evitada sino que a menudo es construida o consentida desde esos mismos medios. No hay, pues, suficiente legitimidad moral para invocar un principio tan elemental, dado que, en el caso del antisemitismo, los límites a la libertad de expresión están tan claros y precisos.

Detengámonos, por un momento, a reflexionar. La ecuanimidad necesaria para un encuentro y un conocimiento reales exige un poco más de atención al otro. Habría que hacer un esfuerzo para entender por qué un hecho que, en otro contexto sociocultural, no tiene la mayor importancia, adquiere una dimensión política y social relevante en la comunidad global de los musulmanes. Decir simplemente que el Corán prohibe las representaciones humanas para explicar la unánime reacción de condena de la sociedad civil musulmana implica un hondo desconocimiento de qué es el islam, de cómo siente el mundo el musulmán y cómo lo vive. Habría que tratar de entender el por qué, las causas reales y profundas de ese rechazo y esa disconformidad.

Es cierto que el islam no ha favorecido nunca el desarrollo de lenguajes iconográficos, que nunca se ha servido de las alegorías, pero no ha sido como consecuencia de una prohibición doctrinal o legal sino de una actitud existencial. El musulmán siente y considera que la representación visual alegórica es redundante, que la representación mediante imágenes es ilusionista y engañosa, suplantadora, y que no ayuda al ser humano en su comprensión de la realidad sino que, por el contrario, le vela a esa comprensión. Sin embargo, no existen en el Corán prohibiciones expresas referidas al naturalismo en general.

La vocación abstracta del islam es la consecuencia de una actitud ante la realidad antes que el fruto de una prohibición. A diferencia de otras formas de vida, el islam no ha propuesto, en ningún momento de su desarrollo histórico, un conjunto codificado de reglas de representación visual ni dogmas estéticos de ninguna clase. Sin embargo hay un desarrollo intenso de los lenguajes visuales abstractos, naturalistas y geométricos. El musulmán conoce y reconoce las formas pero se encuentra muy lejos de las imágenes.

Las causas de ese rechazo instintivo que siente el musulmán ante los intentos de representación de Dios y de los profetas habríamos de buscarlas, en el primer caso, en la evidente imposibilidad de representar la realidad trascendente, y en una simple cuestión de respeto a la dignidad que estos seres excepcionales merecen, en el segundo. El musulmán considera a los profetas como valedores de la humanidad, dotados de cualidades universales, interraciales y transculturales, es decir, genéricas. Determinar o definir sus rasgos mediante una representación naturalista limitaría necesariamente esa universalidad, esa naturaleza común, devaluaría con toda seguridad lo que es más propio de su naturaleza. Esa actitud de respeto hacia estos seres humanos excepcionales se extiende a todos por igual. A un musulmán tampoco le gusta contemplar una representación de Jesús o de Buda porque siente inevitablemente esa devaluación, esa degradación o pérdida.

En el caso que nos ocupa, además, a la representación se añade la tendenciosidad, explicitándose la condición de terrorista del profeta y sugiriéndose con ello la naturaleza violenta del islam y, por extensión, de todos los musulmanes. Algo que en otro contexto no tendría apenas importancia, en el contexto de las relaciones entre Europa y el mundo musulmán, se convierte en un muro infranqueable, en una barrera separadora, en la expresión de una visión excluyente e injusta.  

El pensamiento europeo debería hacer un esfuerzo y tratar de comprender que el islam no es una religión en el sentido grecolatino, clásico, de la palabra, sino una manera de vivir, de sentir y conocer el mundo y la realidad. Invito a todos aquellos que hablan con tanta ligereza del islam a que se sumerjan en sus profundidades, a que naveguen por el Corán y los dichos del profeta, la paz sea con él, y traten de encontrar algo que no sea dignidad y civilización. Invito también a los musulmanes a hacer un esfuerzo para explicar a nuestros conciudadanos por qué no nos gustan estas cosas y por qué nos duelen, porque, evidentemente, no lo saben.

Todo ello en el supuesto de que estemos luchando realmente por una sociedad multicultural y diversa, trabajando en la construcción de un espacio común donde sea posible el encuentro en la libertad y en la diferencia.  


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