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Hay que empezar por uno

20/01/2006 - Autor: Hashim Cabrera
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paradoja genealógica
Paradoja genealógica

Cuando hace unos años andaba yo indagando en las raíces andalusíes, en algún rincón de mis reflexiones empecé a usar la expresión “paradoja genealógica” como marco de comprensión de esas profundas contradicciones que afloran cuando tratamos de constituir una identidad, tanto una biografía personal como la historia de los pueblos y las culturas. Esa paradoja genealógica desembocaba en la contemporaneidad en forma de duro desencuentro, de negación institucional, de no reconocimiento.

Hoy, en cambio, hablamos del islam y tratamos de expresar su sentido, su pertinencia, su actualidad. Hoy vivimos como musulmanes en medio de una eclosión de pueblos y culturas que tratan de hacer valer su memoria y su identidad en medio de la marea globalizadora. Y podemos hacerlo encontrando sentido en ello porque comprobamos, una y otra vez, que el islam trasciende el ámbito cultural, étnico e incluso religioso (en el sentido que habitualmente damos a esa palabra en Europa) y nos provee de una vía de comunicación e intercambio universal, unitaria y global, no sólo en lo que atañe a nuestras relaciones interpersonales sino a nuestra relación con el ecosistema, con el cosmos.

Cuando algún musulmán se expresa en términos despectivos o descalificadores con quienes hoy vivimos ese aspecto universalista del islam, incurre en la misma contradicción que Bin Laden o Al Qaida cuando hacen suya la reivindicación sobre Al Ándalus. Decir que los musulmanes colaboradores de webislam servimos a intereses masónicos o sionistas porque defendemos la sociedad multicultural, la laicidad y la alianza de pueblos y culturas, es negar precisamente el espíritu de tolerancia y apertura islámicos que hubo en Al Ándalus durante mucho tiempo, y es negar la universalidad del mensaje del islam, su capacidad para nutrir las sociedades, para sintetizar y actualizar sus saberes, ayudando al ser humano a vivir según sus propias creencias y convicciones.

La nostalgia andalusí de Bin Laden incurre en la misma aberración: ¿nostalgia del califato, del esplendor cultural, científico e intelectual o nostalgia de las taifas fundamentalistas que propiciaron precisamente la desaparición de aquella sociedad multicultural, de aquel paradigma civilizador?

Con respecto a la sociedad global, más de lo mismo. La paradoja se nutre de la vieja visión de las cruzadas, con el Viejo de la Montaña escondido en las Cuevas de Tora Borah, por un lado, y la progresiva normalización del islam y de las comunidades de musulmanes en las sociedades del bienestar, por otro. Ambas fuentes manan juntas. La de la confrontación y la de la colaboración. Sirven a intereses bien distintos e irreconciliables puesto que basta que uno de dos no quiera para que el diálogo y la construcción positiva no puedan ser posibles y sólo quede el recurso a la violencia.

A pesar de ello, la imagen del terrorismo islamista en las cadenas mediáticas de las grandes corporaciones y el discurso de la Guerra Santa en los diarios neoconservadores encuentran su equilibrio en la propia expresión de los musulmanes, de esa minoría cada vez mayor de ciudadanos europeos o norteamericanos que se desenvuelven en estas culturas del bienestar con toda normalidad y aportan elementos importantes, sobre todo en el terreno de los valores humanos, en las sociedades concretas en las que viven. Una aportación ahora silenciosa y de la que poco o nada se ocupan esos medios a sueldo de la globalización neoliberal, pero también una realidad que está ahí y crece exponencialmente, tanto en número como en capacidad de integración e intercambio.

En ese contexto paradojal aparecen, cada vez con mayor frecuencia, visiones equilibradas, con una perspectiva de futuro en un sentido real y civilizador, que apuestan por el diálogo y la colaboración. Es el caso, por ejemplo, de las ideas que hilvanan el discurso ecuménico del teólogo Juan José Tamayo. La construcción de una teología del encuentro no es, para él, una quimera pues en las diversas tradiciones religiosas y, más concretamente en el cristianismo y en el islam, existen grandes zonas de confluencia, sobre todo en aquellos aspectos coincidentes con los derechos humanos básicos y universales.

Este tipo de reflexiones nos llevan una vez más a considerar los aspectos críticos y autocríticos de la experiencia religiosa. A considerar, por ejemplo, la necesidad contemporánea de discernir entre lo espiritual y lo cultural e ideológico, en todas y cada una de las tradiciones religiosas. Una necesidad que, en el fondo, lo es de volver a las fuentes del hecho religioso, a sus manifestaciones más primarias y menos instrumentalizadas. Advertir esa necesidad es, en definitiva, reconocer el derecho del ser humano a conocer la Revelación y a vivir acorde con ella.

Podemos así vislumbrar la naturaleza y riqueza básicas del mensaje en las diversas tradiciones religiosas, más allá de sus interpretaciones y expresiones históricas concretas, de las escuelas inevitablemente surgidas tras la desaparición de los profetas y espirituales. Podemos entonces darnos cuenta de que aquellos aspectos que son susceptibles de crítica desde la “defensa de los derechos humanos” son precisamente las interpretaciones culturales e ideológicas de ese mensaje espiritual que han surgido al hilo de intereses sociopolíticos. Reconocer esta inevitable dicotomía en la experiencia religiosa de los pueblos puede ayudarnos precisamente a superar las barreras separadoras que hoy levantan quienes tanto temen a la paz. Sobre todo si tenemos en cuenta que hay muchas más cosas que nos unen en la defensa del ser humano integral.

Esta Teología del Encuentro, acorde a los valores humanos universales, proporciona la base conceptual necesaria para abordar ese tan necesario proyecto de Alianza de Civilizaciones, porque sin ese conocimiento mutuo de los valores que son comunes no se pueden aunar los esfuerzos de una sociedad global de tan vasta diversidad religiosa, lingüística y cultural.

La normalización interreligiosa pasa por la apertura al conocimiento del otro y, en ese sentido, en la sociedad en que vivimos, el islam sigue siendo el gran desconocido. Y no lo es por falta de información (se habla del islam y de los musulmanes casi constantemente en los medios de comunicación europeos) sino más bien porque el islam se contempla y se expresa desde fuera, desde una visión que se ha forjado a lo largo de los siglos sobre un cúmulo de estereotipos hirientes y diferenciadores. Se sigue mirando hacia el islam desde la ideología colonialista de siglo XIX. Lo mismo ocurre en buena parte del mundo musulmán con respecto a la percepción de la sociedad y las formas de vida occidentales.

Por eso es necesario atravesar el umbral de las viejas definiciones y mirarnos todos cara a cara, aquí y ahora, ejercer la crítica abiertamente sobre los hechos que forman la contemporaneidad, tratando de resolver entre todos la convivencia. De la misma que dijimos que, si uno no quiere, no hay diálogo posible, también es verdad que si uno no quiere, dos no se pelean. Hay que empezar por uno. El proceso de normalización intercultural e interconfesional es el mismo proceso de construcción de la sociedad democrática, plural, abierta. No son dos procesos superpuestos e inconexos sino uno y el mismo. Por esta razón resulta tan oportuno el progresivo reconocimiento institucional, no sólo del derecho a la libertad religiosa, sino de los valores que las distintas confesiones están aportando al conjunto de la sociedad española.

En este contexto de diálogo, el estado español empieza a reconocer al islam como una forma de vida cuyos valores enriquecen a la sociedad en su conjunto, como parte de este mismo estado de derecho. Reconoce también el mensaje civilizador del islam y su naturaleza contraria a la violencia y a toda forma de terror. Pero habría que llevar las cosas más allá, hasta el punto en que se haga merecida justicia histórica y cultural a una manera de vivir y concebir la existencia que forma parte importante, quiéranlo o no los nostálgicos de otras visiones más confrontadoras, de la identidad de los ciudadanos de los diversos pueblos que integran el estado español. El mayor acto de justicia sería la plena normalización en un plano de igualdad real, tanto en el ejercicio de los derechos constitucionales como en la consideración que el propio estado ha de tener respecto a las comunidades que lo soportan.


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