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Sobre la verdad del Islam

07/01/2006 - Autor: Sheikh Tosun Bayrak al-Jerrahi
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El nombre de Allah
lbn `Arabi dice que el nombre Allah es el nombre propio del Uno y único Dios. Es el nombre de la esencia de Dios, que contiene en sí los Bellos Nombres de todos Sus atributos.
Todo en el Islam ha sido generado desde el nombre Allah. Este nombre es la causa de la unidad de Dios; la causa del Sagrado Corán y de todos los otros libros sagrados; la causa de la adoración y la oración. Todo el resto es nombrado, pero Allah es el que da los nombres. Por esta razón, el Mensajero de Allah dijo: 

Noventa y nueve hermosos nombres de Allah han sido mencionados en el Sagrado Quran. Algunos como «el Siempre Viviente» o «el Omnisciente» son los nombres de los divinos atributos. Algunos, como «el Creador» y «el Sustentador» son los nombres de las divinas acciones. Cuando las mencionamos, decimos: «Allah, el Siempre Viviente» y «Allah, el Sustentador».
En el Islam declaramos nuestra fe diciendo La ilaha, illa Allah, no hay ningún dios excepto Allah. Con esta frase expresamos que todo viene de Allah y que no hay nada más que Él. No es suficiente como una declaración de creencia en Él, decir La ilaha illa al Jaliq, «no hay dios alguno excepto el Creador», aunque verdaderamente Allah es el Creador. Uno puede decir que una persona es creativa, que un árbol es viviente, que un alimento sustenta, pues tales criaturas expresan estas manifestaciones de Sus atributos. Pero a nada en Su creación le puede ser dado el nombre de Allah, pues Él es otro y distinto de todo lo que Él ha creado y no hay nada como Él.
En la declaración de fe musulmana, después de decir «No hay ningún dios excepto Allah» es necesario atestiguar que «Muhammad es Su servidor y Su mensajero». El Mensajero de Allah es un ser humano escogido, un hombre perfecto. El que sea «servidor de Allah» nos muestra el más alto nivel al que cualquier ser humano puede aspirar. El que sea «Mensajero de Dios» es una indicación de su cercanía con su Señor. Él es un guía y un ejemplo para la humanidad; Allah lo ha enviado como una misericordia para el universo y los musulmanes creen que intercederá por los fieles en el Día del juicio. El Profeta es humano, pero como dice el Sheij Abdul‑`Aziz Dabbag, un contemporáneo de Ibn Arabi: «Si la fuerza y el valor de cuarenta guerreros fueran puestos en un hombre que pudiera arrastrar a un león macho de una oreja y si ese hombre viera la verdad del Profeta por un solo momento, el pavor que sentida rompería los pulmones de su pecho y su alma le dejaría».
Nadie puede mirarlo excepto unos cuantos santos a quienes Dios ha dado la fuerza y la capacidad de verlo. lbn Arabi dice que él lo vio en un estado de éxtasis y que no tenía sombra, pues la fuente de luz no tiene sombra. Dios ha creado la divina luz, con la que todo puede ser visto y entendido, corno su primera creación. Y Él puso esta divina luz en Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él.
Cuando esta luz se refleja en el corazón del creyente, su corazón ve la verdad. Esa persona se vuelve ciega al conocimiento de sí mismo, su ego, su carne, así como a estas características en los otros. Es como cuando las damas de Egipto invitadas por Zulcika a ver la belleza del profeta José, se olvidaron de sí mismas al verle y se cortaron los dedos mientras pelaban la fruta que tenían en sus manos.
De acuerdo con lbn Arabi, la verdadera paz de la sumisión, la verdad del Islam, es solo posible pasando por el estado de olvidarse de sí mismo y de todo lo demás. El santo Bayazid al‑Bistani dijo: «Sólo he estado consciente tres veces en mi vida. Una cuando vi el mundo; otra cuando fui consciente del Más Allá; y finalmente una noche en que vi a mi Señor. El me preguntó qué era lo que deseaba, pues me lo daría. Y yo Le dije que no deseaba nada, pues Él es El Único».
De este modo, el Islam no puede ser alcanzado sin eliminar las preocupaciones por este mundo y las preocupaciones por el Más Allá. Los que pueden hacer esto se hallan en continua adoración y oración.
De acuerdo con lbn Arabi, el camino a la verdad del Islam pasa por la acción y la sinceridad. La ruina de la persona corriente es saber, pero no ser capaz de actuar de acuerdo con ese conocimiento. La de una persona más elevada, es actuar de acuerdo con lo que sabe, pero sin sinceridad. El peligro para una persona de un nivel mas alto es divulgar conocimiento sin el permiso del Señor, pues el conocimiento inspirado y la habilidad de ejercerlo con sinceridad es uno de los secretos de la Verdad y solo puede ser compartidos con otros con el permiso de Aquel que concedió el conocimiento.
La declaración de fe: «Atestiguo que no hay dios sino Allah y atestiguo que Muhammad es Su siervo y Mensajero»; la oración diaria; el ayuno durante el mes de Ramadán; la caridad; el peregrinaje a la Meca, son los cinco pilares del Islam. A estas cinco obligaciones, Hadrat lbn Arabi agrega la limpieza, la pureza externa e interna
El asemeja el Islam a una casa con cuatro paredes. Una pared es la oración diaria, otra es la caridad, la tercera es el ayuno, la cuarta el peregrinaje. Esta casa tiene doble puerta; en una hoja de la puerta esta escrito: «No hay más dios que Allah», y sobre la otra: «Muhammad es Su siervo y Mensajero». El techo de esa casa es la limpieza, la pureza de cuerpo, mente y alma. En esta metáfora vemos que si una de las paredes falta, la casa no se sostiene; pero que la oración, el ayuno, la caridad y el peregrinaje ofrecen poca protección si no contamos con la pureza como techado.
La ablución, un símbolo de limpieza, es un pre‑requisito de la oración. De acuerdo con lbn Arabi, el agua usada para limpiarse en la ablución es un símbolo de conocimiento. El corazón de un creyente está vivo solo si está sostenido por el conocimiento.
Cuando no hay agua, uno puede hacer el ritual de la ablución con arena o tierra. La tierra también es un símbolo de la vida, pues todo lo vivo sale de ella. Cuando hacemos la ablución con agua, nos lavamos las manos y los brazos hasta los codos, la boca, la nariz, las orejas, la cara, los ojos, los pies y pasamos agua por la cabeza. Cuando realizamos la ablución con arena o tierra, no vertemos tierra sobre la cabeza porque la adoración es un intento de acercarse a Dios y ponerse tierra en la cabeza es un signo de luto, de lamentación, apropiado cuando algún ser amado nos abandona, dejándonos solos.
Dios dice:
Es Él quien ha hecho la tierra humilde, quieta y sumisa a ti.
(Mulk, 15)
La tierra es el mas bajo de los cuatro elementos. La necesidad de limpiarnos es la necesidad de deshacernos del sentimiento de superioridad y arrogancia.
Una vez limpio, el creyente se presenta ante su Señor cinco veces al día, durante las oraciones realizadas al amanecer, al mediodía, a la tarde, al atardecer y en la noche. En los diecisiete ciclos de las oraciones obligatorias, los veintitrés ciclos de las oraciones recomendables, así como en los otros rezos voluntarios, realizamos unos movimientos específicos.
Primero nos ponemos de pie en dirección a la Kaba. En cualquier parte de la tierra en que se encuentren, los creyentes se vuelven hacia la Meca, formando círculos concéntricos. Así, al mirar hacia la Meca también nos miramos los unos a los otros, mirando simbólicamente hacia el Señor en el corazón de todos los creyentes. Pues Dios dice en una tradición divina: «No puedo caber ni en los cielos ni en la tierra de Mi creación, pero sí en el corazón de mis siervos creyentes». Y el Profeta dice: «El creyente es un espejo para el creyente».
La oración comienza poniéndonos de pie de forma respetuosa. Cuando el fiel levanta sus manos por encima de sus hombros, con las palmas mirando hacia adelante, y dice Allahu Akbar, «Dios es más grande que todo lo que El ha creado», arroja tras de sí el mundo y todo lo que concierne a este. Luego enlaza sus manos, la derecha sobre la izquierda, en una posición respetuosa. Mientras estamos de pie, debemos ser conscientes de lo humano en nosotros, pues solo el hombre puede permanecer erguido. Luego recitamos el capítulo de apertura (al‑Fatiha) del Sagrado Corán:
En el nombre de Allah, El Compasivo, El Misericordioso,
Alabado sea Allah, El Señor de los mundos,
El Compasivo, El Misericordioso,
Dueño del Día del juicio.
A Ti sólo te servimos, a Ti sólo acudimos en busca de ayuda.
Guíanos por el camino recto,
El camino de aquellos a quien has concedido Tu gracia,
no el de los que merecen Tu ira, ni el de los extraviados.
lbn Arabi dice que estas palabras son una conversación entre el creyente y su Señor. Cuando el siervo de Dios dice: «En el nombre de Allah, El Compasivo, El Misericordioso», el Señor dice: «Mi siervo me está llamando». Y cuando dice: «Alabado sea Allah el Señor de los mundos, El Compasivo, El Misericordioso», el Señor responde: 

En el centro está el verso clave: «A Ti solo te servimos, a Ti solo acudimos en busca de ayuda», cuando todo el ser, consciente de sus acciones exteriores y de sus pensamientos y sentimientos internos, promete someterse a la voluntad de su Señor y le pide Su ayuda, declarando que no hay otro lugar adonde acudir excepto Él, que no hay nadie a quien pedir ayuda que no sea a Él. Este es un momento crucial en el encuentro con nuestro Señor. Aquellos que se dan cuenta de este momento tan imponente ‑tiemblan y derraman lágrimas. Pues el Señor puede decir: «Oh lengua, dices que te sometes a Mí y pides solo Mi ayuda, pero todos los miembros de ese cuerpo físico ‑tus ojos, tu mente, tu corazón‑ se han olvidado de Mi. Así que lo que dices no es más que una mentira». Los que son condenados de este modo son aquellos cuyas mentes, ojos y corazones divagan, aquellos que buscan, ven y sienten las tentaciones de este mundo durante la oración.
En los últimos tres versos del capítulo de apertura del Sagrado Corán, El Señor habla al corazón del siervo, pues la oración «Guíanos por el camino recto» es la llamada a una promesa del Señor, como también lo es «El camino de aquellos a quien has concedido Tu gracia, no el de los que merecen Tu ira, ni el de los extraviados
En el segundo movimiento de la oración, el creyente inclina el tronco hasta la cintura y repite tres veces Subhanaka Rabbii al-Azim, «Gloria a mi Señor, El más Grande», consciente del estado animal al que hemos sido reducidos: la mayoría de los animales rumian la tierra paralelos al suelo. Así pues, le rogamos a nuestro Señor, «Ten misericordia de mi, ¡oh Grandioso!». Luego nos enderezamos momentáneamente, recuperando nuestro estado humano. Con gratitud, caemos en la posición de la postración: al darnos cuenta de nuestra bajeza y de la tierra de la que estamos hechos, volvemos a la tierra.
Luego nos erguimos lentamente, sentándonos sobre las rodillas para recordar el Día del juicio. Volvemos nuestras cabezas hacia la derecha y luego hacia la izquierda, buscando la ayuda y la intercesión de aquellos que nos amaron en esta vida ‑nuestras madres, nuestros padres, nuestros hijos‑ pero todo es en vano, pues todos estarán preocupados por su propio destino. El único inmune al terror de ese Día será el que Dios ha enviado como Su Misericordia para el universo, el que intercederá por los pecadores, Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él.
Antes de todas las oraciones, con excepción de una, se recita la llamada. La excepción es la oración fúnebre. Y no hay ni una llamada al rezo que no sea seguida de adoración, excepto las llamadas recitadas en el oído derecho del recién nacido. El secreto es que la llamada que anuncia nuestra partida de este mundo es emitido en el momento de nuestra llegada.
La llamada a la oración consiste en recitar cuatro veces «Allah es el más grande»; dos veces «Doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah»; dos veces «Venid a la salvación»; dos veces «Venid a la felicidad» y luego nuevaniente «Allah es el más grande». Finalmente, el recitador dice una vez «No hay más dios que Allah».
La razón de que estas frases se repitan dos veces es que los musulmanes creen que todos los seres humanos nacen como musulmanes; que, de hecho, todo lo creado es creado como musulmán. Algunos han recordado su sumisión original a Dios; otros, no. La primera repetición es para aquellos que se dan cuenta de su estado. La segunda es un recuerdo para aquellos que lo han olvidado.
Es muy importante que estas palabras sean cantadas musicalmente y por alguien que tenga una voz hermosa, especialmente en la oración en congregación en las mezquitas. El Profeta eligió a Bilal, el abisinio, para realizar la llamada porque su voz era muy bella, a pesar de que su árabe era escaso. El Profeta dijo: «Cuando Bilal canta, todas las puertas del paraíso se abren hasta el trono de Dios». Y cuando se le preguntó si este honor le era solamente con el contestó: «No, este honor corresponde a todo aquel que llame a la oración».
En otra tradición, el Profeta dijo que los cuellos de los que recitan la llamada a la oración son muy largos: quería decir que recibirán bendiciones hasta donde alcancen sus voces. También dijo que las almas de los que llaman a la oración estarán junto a las almas de los mártires en el Mas Allá.
La llamada a la oración consiste en la invitación de Dios promulgada por medio de los labios de un ser humano. Se asemeja a la revelación de los libros sagrados promulgados por medio de los profetas. Por lo tanto, el que realmente llama a la oración, el que invita al hombre a la verdad y la salvación, a la paz y la felicidad, es siempre el Profeta. Como el Señor dice en el Sagrado Corán:
Oh Señor, hemos escuchado la llamada del que llama a la fe diciendo "Creed en El Señor" y hemos creído. (Al‑Imran, 193)
lbn Arabi dice: «Cuando mi Señor me hizo recitar la llamada a la oración, vi que cada palabra que salía de mis labios llegaba tan lejos como alcanzaba la vista. Así entendí las palabras del Profeta cuando decía que los cuellos de los que cantan la llamada a la oración serán muy largos, pues para ellos los elogios del Señor serán tan vastos como el área en que sus voces son escuchadas. Los heraldos que llaman a los creyentes a la oración están entre las mejores personas, después de los profetas que transmiten la verdad. La razón de que el profeta no realizara él mismo la llamada es la compasión que sentía por su gente. Si él mismo hubiera llamado a la oración, aquellos que no hubiesen podido asistir habrían desobedecido a Dios, siendo culpables de rebelarse contra Él».
Sobre el ayuno
Es la obligación de todo musulmán ayunar todo el mes de Ramadán, absteniéndose de comer, beber y tener relaciones sexuales desde el amanecer hasta el ocaso. Durante ese tiempo es también importante observar nuestras emociones, limpiándolas de crítica, ira y otros sentimientos negativos; así como protegernos de impresiones, palabras y pensamientos negativos. Para personas en el nivel de Hadrat lbn Arabi, el ayuno abarca todo el ser. Nada más que Dios y lo sagrado deberían entrar, no solo en nuestro ser físico, sino también en nuestro corazón. Como tampoco nada debería salir sino aquello que es puro.
lbn Arabi dice que el significado de ayunar es la negación de uno mismo, negando al maligno ego dominador y los deseos de la carne. A cambio, esta negación volverá al ser humano puro. Ninguna otra forma de adoración o esfuerzo por acercarse a Dios puede igualar al ayuno, pues en él no puede haber hipocresía. Es un secreto entre el Señor y Su siervo. Cuando uno ayuna sin resentimiento, sincera y amorosamente, la relación entre el siervo ayunante de Dios y el Señor se torna desinteresada, en obediencia total. Uno vence la voluntad y deseos propios y actúa según el deseo de Dios. Por ello, Dios dice: «Todos los actos y la adoración del hombre son para él mismo y le pertenecen a él mismo. Solo el ayuno es realizado para Mí y su recompensa viene de Mí. Dios también dice que el aliento de aquel que ayuna es para Él más dulce que el perfume, porque lo que el Señor huele no es mal olor, sino la manifestación de Sus atributos de Paciencia y Compasión. El que ayuna por Dios exhala éstos en cada aliento.
Sobre la caridad
La beneficencia es uno de los cinco pilares del Islam. Todos los años, cada musulmán está obligado a dar el dos y medio por ciento de sus activos líquidos a otro musulmán en necesidad. Así como la oración diaria y el ayuno son realizados para la limpieza de nuestras almas, la caridad es la adoración relativa a nuestras pertenencias materiales. Purifica nuestras posesiones y las hace lícitas.
Así como la caridad es la mejor de las buenas obras, la avaricia es un grave pecado. Hadrat lbn Arabi dice: «El que da de su propio sustento recibe de Dios más que lo que dio. El mezquino, además de su pecado de mezquindad, es culpable de desconfiar del Mas Alto Sustentador y se fia de sus bienes miserables antes que de la generosidad de su Señor. Así pues, gastad de lo que Dios os ha dado y no temáis la pobreza. Dios os dará lo que os está destinado, tanto si lo pedís como si no. Nadie que haya sido generoso ha perecido en la necesidad».
lbn Arabi relata la historia de un santo de la época que, malentendido por la gente, fue acusado de herejía y condenado a muerte. Al ser conducido al lugar de ejecución, pasó al lado de un panadero, al que le pidió media barra de pan a crédito. Teniendo compasión de él, el panadero se la dio. Más adelante encontraron a un mendigo junto al sendero y el santo le dio el pan.
Cuando la procesión llegó al lugar de la ejecución, el juez que lo sentenciaba le preguntó al público que se había congregado allí si daba su aprobación final para la ejecución del hombre al que habían declarado un hereje y un tirano. La gente gritó al unísono: «¡No, este hombre es un santo, no un hereje! ¡Es la expresión de la divina justicia, no un tirano!» Atónito ante este cambio, el juez tuvo que dejarlo en libertad.
Más tarde, el juez le preguntó al santo la razón por la que el público había intercedido en su favor. «¿Es su ira más grande que la ira de Dios?», preguntó el santo. El juez tuvo que admitir que la ira de Dios era mas grande.
«¿Es media barra de pan más grande que un dátil?» El juez afirmó que la barra de pan era más grande.
«¿No has escuchado el dicho del Profeta de Dios?» le preguntó el santo. «El Profeta dijo: Protégete de la ira de Dios y de su castigo dándole a un necesitado aunque sea la mitad de un dátil. Y también: La caridad te aleja del castigo del fuego y te protege de una muerte temprana».
Sobre la peregrinación
El quinto principio del Islam es la realización, una vez en la vida, del peregrinaje a la Kaba en la ciudad de Meca. El peregrinaje es una representación del Día del juicio. Uno se desnuda de todo signo de identidad y se envuelve en un manto; el rey y el mendigo se igualan. Mientras permanece en este estado, uno pretende estar muerto, separado del mundo. Se nos prohíbe matar un mosquito que nos esté picando o quitarnos una costra o incluso peinarnos el cabello.
Entre los actos simbólicos realizados durante el peregrinaje, se incluyen la circunvalación a la Kaaba; la reunión con millones de personas sobre las planicies de `Arafat y el sacrificio de un cordero para recordar la orden dada a Abraham de sacrificar a su hijo. lbn `Arabi dice que el significado literal de hayj, peregrinaje en árabe, es la intención consciente de hacer algo en un tiempo determinado.
Cuando Dios se dirigió al profeta Abraharn:
Santificad Mi casa para los que dan vueltas en torno a ella, o que la usen como lugar de retiro o se inclinen o postren (en la oración). (Baqara, 125)
Él relacionaba Su casa en este planeta con Él Mismo. Y cuando dijo:
La primera casa señalada para la humanidad fue la de Bakka. (Al‑iImran, 96)
Dios estableció esta primera casa de adoración y la convirtió en un símbolo de Su trono sobre la tierra. Dios pidió al género humano que la circunvalara, simbolizando con ello el movimiento de los ángeles que giran alrededor de Su Trono. Pero la circunvalación de las personas cuyas palabras son una sincera confirmación de su corazón, que han limpiado sus corazones de las tentaciones de esta vida en la tierra, es una adoración más valiosa que la devoción de los ángeles que dan vueltas alrededor del Trono de Dios en los Cielos.
Dios construyó su templo sobre tres columnas, a pesar de que hoy aparece en forma de un cubo. Estas tres columnas simbolizan las tres remembranzas del corazón. La esquina donde está la Piedra Negra representa las divinas inspiraciones. La columna en la direc­ción del Yemen representa las características angélicas. La tercera columna representa lo carnal de las pasiones humanas. Estas tres columnas sustentadoras son guardianes. No permiten que sugestiones malignas penetren en la casa del Señor. Sostenidos por estas tres columnas, los cuatro lados de la casa de Dios manifiestan amor, a pesar de que el cuarto lado del cubo, que está mirando hacia Irak, representa la posibilidad de la maldad en los seres humanos.
El corazón del creyente, la Kaaba verdadera, también tiene cuatro lados de divinas inspiraciones, atributos angélicos, influencias materiales y tentaciones diabólicas. Pero aquellos que conocen a su Señor tienen solo tres lados en sus corazones, pues en ellos la seducción de lo maligno está ausente.
Así como la oración diaria comienza con la declaración «Dios es Más Grande», el peregrinaje comienza con la declaración «¡Oh Señor, estoy presente, estoy aquí, en obediencia, preparado para recibir tus órdenes! No hay nada más que Tú. Todas las alabanzas se deben a Ti. Todo pertenece a Ti. No hay nada semejante a TÍ». Cuando al profeta Abraham se le ordenó construir la Kaba, Dios le dijo que gritara estas palabras, e hizo que las escuchasen todos los creyentes en el reino espiritual. En recuerdo de este acto, los peregrinos las recitan.
En el peregrinaje, los hombres usan dos paños blancos, uno alrededor de la cintura que llega hasta las rodillas, y otro sobre el hombro, para cubrir el torso; las mujeres también van vestidas de blanco y deben tener la cara descubierta. Esta práctica borra toda diferencia social y es un símbolo de la mortaja.
La tela blanca del peregrinaje no tiene costura alguna, como si no hubiera sido confeccionada por manos humanas. Pertenece a Dios, escondiendo lo que es reprensible o insuficiente en el ser humano, protegiéndonos de todo lo que Dios prohíbe y de las tentaciones de la carne. Como Adán, cargamos con nuestros pecados en el peregrinaje. Pero si él no hubiera errado, no habría descendido a nuestro mundo, donde es honrado como el Representante de Dios.
La Piedra Negra empotrada en una esquina de la Kaba es como el profeta Adán. Dejó el jardín prístina y blanca, pero se volvió negra cuando entró en la atmósfera de la tierra. Así la besan los creyentes.
Al final del Peregrinaje, en un lugar llamado Mina, los peregrinos lanzan siete piedras al Demonio una vez al día durante tres días consecutivos. La humanidad conoce a su Señor a través de Sus tres aspectos: Sus acciones, Sus atributos y Su existencia. Los tres días representan estas tres manifestaciones. Las siete piedras representan los pecados mayores: orgullo del propio estado espiritual, arrogancia, hipocresía, envidia, ira y negatividad, amor a las posesiones, amor al estatus. Así, el primer día arrojamos estos pecados fuera de nuestros actos; el segundo día, fuera de nuestro carácter; el tercer día, con el imponente misterio de la esencia de Dios, expulsamos estos pecados del propio ser. Finalmente purificados, en Mina ‑que significa «Esperanza» y «Objetivo, Meta»‑ terminamos el peregrinaje y volvemos al mundo. Luego tratamos de hacer lo que está bien y ser lo que se nos ha indicado ser.
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