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Carta de Washington

30/12/2005 - Autor: Fred Halliday - Fuente: La Vanguardia
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Fred Halliday
Fred Halliday

El fin de semana de Acción de Gracias suele ser el momento del ciclo político estadounidense en que los congresistas regresan a sus circunscripciones y empiezan a recaudar dinero para las elecciones al Congreso y al Senado del año siguiente. Los políticos comienzan a inferir de las encuestas el estado de opinión en sus distritos antes de encargar sondeos de sus propios electores. Esta vez para los republicanos las noticias son sombrías: los donantes envían un mensaje claro de preocupación por Iraq y de desilusión por el segundo mandato de George W. Bush. Bush tiene los índices más bajos de su presidencia, mientras que el vicepresidente Cheney ha visto caer un índice de popularidad, que superaba el 60% en el 2001, hasta el 36% en noviembre pasado. La mayoría de los 1.006 votantes encuestados en noviembre juzga que los consejos de Cheney al presidente son "malos".

El mensaje es claro: al año de iniciar su segundo mandato, George W. Bush ha perdido, tal vez para siempre, el apoyo de buena parte del pueblo estadounidense, de los financiadores del Partido Republicano y de sectores del Congreso. Las razones son diversas: el escándalo por la filtración del nombre de la agente de la CIA Valerie Plame, que ha llevado a la formulación de cargos contra Scooter Libby, el principal asesor de Cheney, y que aún podría afectar a Karl Rove, asesor de Bush; la incompetencia, la negligencia y la corrupción en relación con el desastre del Katrina en Luisiana; la creciente revuelta del Congreso ante la renovación de la legislación antiterrorista y ante la autorización por parte de la Casa Blanca de la tortura en centros de detención estadounidenses; la evidente paralización de los planes de reforma de la Seguridad Social... Pero el factor de Iraq es el que ha invertido el apoyo público. No se trata tanto de la exageración - cuando no invención- de una amenaza iraquí en relación con las armas de destrucción masiva ni de la palmaria falsedad del intento de vincular la respuesta al 11-S, la mal llamada guerra contra el terrorismo,con el deseo de derrocar el régimen baasista de Bagdad. Se trata de la situación de las fuerzas armadas estadounidenses y, en particular, del elevado precio de la guerra en muertos y heridos. Ha calado el mensaje de que la guerra no se puede ganar; los soldados estadounidenses se han convertido en objetivos, el equipo es escaso, las fuerzas sobre el terreno están desmoralizadas.

La verdad es que el portador de este sombrío mensaje es una figura inesperada: John Murtha, de 73 años, un fornido y pausado senador demócrata por Pennsylvania, autor de una denuncia de la estrategia de Bush en Iraq. Murtha ha visitado de modo regular hospitales militares como Bethseda y Walter Reed; ha estado con las tropas en Iraq; posee a sus espaldas un indiscutible historial militar y lo dijo sin ambages: la guerra no podía ganarse, el ejército se estaba debilitando y, al margen de muertos y heridos, se estimaba que unos 50.000 soldados padecerían problemas mentales. Estados Unidos debía abandonar Iraq cuanto antes tras las elecciones iraquíes de diciembre.

Murtha, un hombre por lo general reservado, cuyo aspecto físico recuerda al del propietario de algún respetado bar en el condado irlandés de Galway, fue considerado durante mucho tiempo en Capitol Hill como uno de los mejores aliados de las fuerzas armadas estadounidenses; marine durante un largo periodo, condecorado en Vietnam, ha apoyado a lo largo de los años las partidas militares, apoyó la guerra de 1991 por Kuwait y votó junto con otros 80 demócratas en favor de la guerra en el 2003. Pero su propia experiencia en Iraq lo ha llevado a un cambio de actitud. Los oponentes de Murtha intentaron desacreditarlo con epítetos que iban desde negativista hasta cobarde.Sin embargo, Murtha expresó en lo que dijo el parecer de una buena parte de la opinión pública estadounidense.

Las cifras del reclutamiento del ejército en el 2005 ponen de manifiesto la caída del apoyo popular; entregados a la campaña de reclutamiento más intensa desde la guerra de Vietnam, los militares no han logrado dotar plenamente el 41% de sus unidades especializadas combatientes y no combatientes. En las fuerzas especiales, inteligencia y traducción, han reclutado sólo un tercio de los objetivos. En los últimos dos años, el ejército y los marines se han visto incapaces de cubrir el 20% de sus necesidades en artificieros especializados en desactivar explosivos, un importante punto débil dado el uso de bombas en Iraq. La Guardia Nacional no consigue cubrir su cuota de tanquistas y especialitas de artillería. Con la moral por los suelos en Iraq, el ejército profesional no consigue alcanzar los objetivos estadounidenses, y se da la circunstancia de que este mismo Gobierno empezó su andadura afirmando que Estados Unidos era capaz de librar simultáneamente en el mundo dos guerras y media.

La sensación de asedio que vive la Casa Blanca es patente. Cheney insistió en el American Enterprise Institute en la necesidad de una implicación continuada en Iraq, pero no permitió preguntas tras su discurso de 19 minutos y no dejó de parecer tenso y nervioso. El propio presidente Bush eligió otro refugio seguro, la Academia Naval de Annapolis, para hacer pública su "estrategia para la victoria" y rechazar todas las peticiones de un calendario de retirada.

La respuesta del Gobierno actual consiste en intentar hablar de lo que perciben como avances positivos en Iraq, como la construcción de infraestructuras, y en depositar sus esperanzas en un ejército iraquí más fuerte capaz de hacerse cargo de la situación mientras las fuerzas estadounidenses se redespliegan a cuarteles fortificados, es decir, se retiran del campo de batalla. Las elecciones legislativas iraquíes del 15 de diciembre se consideran fundamentales en esta estrategia de Bush. Sin embargo, la política de redespliegue consiste básicamente en una retirada de la implicación activa con las fuerzas opositoras, unos enemigos que, según afirman los militares estadounidenses, son más difíciles de combatir que los guerrilleros vietnamitas debido a su fragmentación en una miriada de grupos descentralizados. El redespliegue iraquí propuesto recuerda muchísimo - y sobre todo a los observadores árabes- a lo que ocurrió en Líbano entre 1983 y 1984, cuando, tras la pérdida de centenares de soldados como consecuencia de los ataques de Hezbollah contra los cuarteles, las fuerzas estadounidenses se "redesplegaron a barcos", unos barcos que luego zarparon.

De modo claro y evidente, la estrategia general es "declarar la victoria y partir", según las célebres palabras pronunciadas en la década de 1970 por el senador contrario a la guerra George McGovern. El problema existente en relación con esta solución - por más que se oculte en los discursos del presidente y del vicepresidente- es que, desde los guerrilleros de la oposición, pasando por los políticos iraquíes que se han comprometido de forma legítima y valiente con el proceso constitucional, hasta los estados vecinos cada vez más inquietos e implicados, todo el mundo sabe que Estados Unidos está huyendo.

En un reciente congreso celebrado en Londres al que suelen asistir funcionarios árabes proestadounidenses, ningún árabe con los que hablé creía que Estados Unidos pudiera mantenerse en Iraq, y menos cuando los diplomáticos estadounidenses ya habían visitado su país indagando sobre cómo podrían declarar la victoria y luego retirarse.

En cuanto a Murtha, dedicó poco tiempo al contraataque de Cheney y, en alusión a la falta de experiencia militar del presidente Bush y de su vicepresidente, se limitó a decir: "Me gustan los tipos que nunca han estado ahí y que critican a los que sí hemos estado. Me gusta eso. Me gustan los tipos que pidieron cinco prórrogas y nunca fueron a luchar, pero que luego envían a gente a la guerra y no están dispuestos a oír sugerencias sobre lo que hay que hacer".

Considerada la cuestión de manera retrospectiva, la Acción de Gracias del 2005 podría marcar el momento en que se vino abajo toda la estrategia neoconservadora en Iraq y, en realidad, en ese Gran Oriente Medio por donde se han desbocado las fantasías imperiales desde la década de 1990: un equivalente de la debacle anglofrancesa en Suez en 1956.

Se han establecido asimismo numerosas analogías con la guerra de Vietnam, pero quizá sea mucho más pertinente la - no expresada- comparación con la guerra soviética en Afganistán. Cuando los soviéticos enviaron al Ejército Rojo a Kabul en 1979, intentaron limitar los costes políticos y económicos restringiendo los efectivos a unos 120.000 soldados, es decir, lo necesario para guarnecer las principales ciudades; de ahí el término oficial contingente limitado utilizado para referirse a esas tropas durante los siguientes diez años.

Estados Unidos en Iraq se ha enfrentado a un problema similar en la medida en que no ha sido capaz de comprometer todo el nivel de efectivos que podía y que era necesario para controlar plenamente el país. Estas limitaciones tienen sus propias consecuencias en la actualidad, cuando las fuerzas estadounidenses se encuentran cada vez más restringidas y vulnerables, sin homólogos locales adecuados y sin apenas datos de inteligencia sobre los planes y disposiciones enemigos.

La réplica de los guerrilleros iraquíes al discurso de Bush en Annapolis ha sido indiscutible: con una unidad escasamente armada, se apoderaron de una importante ciudad suní - Ramadi-, la mantuvieron durante varias horas y grabaron la acción en vídeo; unos días más tarde, atacaron a una patrulla estadounidense y mataron a diez de sus miembros, todo lo cual quedó también registrado en imágenes. El presidente Bush, el vicepresidente Cheney y el ejército estadounidense se han dado cuenta ya de que se encuentran en una situación de la que no pueden salir vencedores: queda por ver en este momento cuánto tardarán en actuar en consecuencia.

Bush podría tener por delante unos 36 meses muy solitarios hasta conseguir concluir un segundo mandato, acuciado ya por los problemas y quizá definitivamente desacreditado. Por supuesto, como me comentó un importante pensador realista estadounidense, no es algo por lo que Estados Unidos deba preocuparse demasiado a largo plazo. El país es tan poderoso que sobrevivirá y su economía continuará creciendo. El precio se pagará en Iraq y, de modo más general, en Oriente Medio, donde la militancia suní extremista se sentirá envalentonada, como ocurrió en Afganistán y durante mucho tiempo, tras la partida del contingente limitado estadounidense.

FRED HALLIDAY, profesor de Relaciones Internacionales, London School of Economics. Traducción: Juan Gabriel López Guix
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