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A propósito de la imposible muerte de mi amigo Mohamed Chukri

29/12/2005 - Autor: Salvador López Becerra - Fuente: Marruecos Digital
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Mohamed Chukri y Salvador López Becerra en una foto tomada en 1990.
Mohamed Chukri y Salvador López Becerra en una foto tomada en 1990.

Un sábado 15 de noviembre moría, victima de su destino, Mohamed Chukri. — “ahora que me estoy muriendo”, comentó sin rencor a Javier Valenzuela, en una entrevista que sostuvo con éste para “Babelia”, el suplemento de libros y cultura del diario “El País”, se dan cuenta de que soy un escritor marroquí”— nacido en 1935 en una aldea rifeña, Mohamed Chukri se hizo célebre en todo el mundo literario entendido por su obra “el pan desnudo”— uno de los libros más importante de la literatura árabe contemporánea— donde narra su dura vida alrededor de la prostitución, el alcohol y las drogas. otros libros suyos —como parte de una trilogía—son: “Tiempo de errores” y “Rostros, Amores, Maldiciones”. amigo de sus amigos, descarado y sentimental, trabó relación con escritores como Paul Bowles, William Burroughs, Jean Genet, Allen Ginsberg, Tahar Ben Jelloun, o Tennessee Williams…

Nos conocimos a finales de los ochenta, no puedo precisar cuando, afortunadamente, hace años que dejé de ser esclavo de los guarismos y las manecillas de los relojes.

Unas veces quedábamos en la ruidosa terraza atlántica del destartalado y mítico hotel “Continental” donde con frecuencia yo me hospedaba; otras, en el snack del suntuoso y decadente “Minzah”, o en zona neutral: en el “Café Fuentes”, frente a la “Pensión Becerra,” —o en cualquier otro garito del “Zoco Chico”— pero la mayoría de las veces nuestros encuentros eran en el “Bar Negresco”, su hábitat preferido, espacio donde incluso su ángel de la guarda podía tomarse un respiro, un “trinqui” de libertad apenas vigilada; y era en la emancipación inventada de estos espacios donde las musas se le desnudaban y él daba rienda suelta al artista, al domador de sus propios fantasmas y quimeras.

Igualmente sucedía en las noches de antros de nombres pretenciosos: “Regine´s”, “Scott´s”, “Morocco Palace” y en el sin fin de cutres, falsos y carísimos cabarets anónimos, desheredados incluso de neón; la mayoría de ellos solapados burdeles donde los enflaquecidos cartones de vino peleón y las botellas de cervezas se amontonaban — “¡a ver quien tiene cojones de beber más!”— sobre las impúdicas mesas del gentío no practicante de las cinco preceptivas oraciones.

Allí, el hombre de alma herida ejercía la dualidad maldita de ser también un escritor incomprendido. Mucho antes que se publicasen le oí la versión etílica de estas palabras: “La palabra “éxito” me recuerda siempre a una sonrisa forzada y frívola o a un negocio lucrativo engañoso. No quiero hablar de éxitos, atentan contra mi ambición” “A quien está habitado por la eternidad no le importa la victoria, ¿Qué puede hacer Don quijote con su vida si pierde su locura?"

Mohamed era un tío que mantenía el tipo, sí, era un estoico con su karma manchado por la desolación, un atlas fatigado; muchas veces le sospeché lágrimas secas como charcos agrietados; ojeras como ondas en la extensión de una poza de fondo insondable; lodazales creativos para su escritura; lagañas de dolor, de mucho dolor, de tanto dolor que para nada serviría si se pesase; esto hizo que le estimara casi como a un hermano.

Delicada Ave del paraíso a la que le tocó anidar en la cara oculta de la luna: en la incomprensión y en la soledad. Cuando es estigma, el llanto se torna aullido, dolor flameante al que Mohamed aplacaba las llamas con alcohol, solo o junto a las Vestales musas de sus noches y ensueños infinitos.

Y además: ¿Si en España, para los mejores, escribir todavía es llorar qué me dirán ustedes de ejercer como un Escritor de Raza a catorce kilómetros de ésta, en Marruecos, en nuestra hermana África, la fértil y bella, espacio mítico, en donde el surrealismo ya existía antes de que Bretón naciera? Lugar donde, de forma más acentuada, las composturas y deseos que el corazón en verdad siente y proclama hay que ocultarlos, cueste lo que nos cueste. En el mundo todo únicamente los iluminados se salvan de esta andrajosa carga; y muy pocos son —de los nombrados como artistas— los que consiguen rasgar el lienzo de esta normalizada esclavitud. Algunos teóricos de la dialéctica comparada ( recua de borricos acomodados a las bridas) opinan que al igual que las religiones no precisan de la espiritualidad, el Ser humano no necesita de las corazonadas. Sí, la Madre Tierra soporta crónica cefalea por las travesuras de sus tantos mozalbetes, tontuelos, ignorantes.

¿Qué sabe nadie de alguien? “Nuestras casas saben bien lo que somos” dijo el comúnmente admirado Juan Ramón Jiménez quien, por cierto, sabiamente salía poco de las suyas. Es verdad que a la persona y al escritor llamado Mohamed Chukri, le hubiese gustado haber podido salir y entrar más de su país — pero tanto tienes tanto nos vales parece que tienen grabado en bancos y expendedurías de visados — pero esto no fue inconveniente para hacer una más que interesante y singular obra literaria que le permitió darse algunos “voltios” por los geográficos extrarradios.

Que todavía existieran lectores europeos que a finales del siglo XX se escandalizara con la desnudez de su escritura no le importaba tanto — él sabía que el cinismo y el miedo es patrimonio universal— como el precio de venta de los libros y sus menguados derechos de autor recibidos. Recuerdo nuestras carcajadas de hipopótamos inmersos ante la fantasiosa ocurrencia suya de colocar cámaras secretas (a modo de webcam) en ciertas habitaciones, en la intimidad de los sepulcros blanqueados de ambos lados del Estrecho.
Siempre estaba con la gente desprotegida: “Si a los oídos de los príncipes llegase — decía él, remedando a Don Quijote— la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían”.

A veces antes de entrar yo al “Negresco” miraba tras los cristales o me asomaba a la escalerilla del piso superior por ver si él había llegado (solíamos quedar siempre sobre las doce, una o dos horas menos en España, dependiendo de las estaciones. Y allí estaba Mohamed, como si no se hubiese mudado de postura desde la última vez, como si sus largas horas de soliloquios no hubieran encontrado una pausa, como si la madrugada no hubiese otorgado ni tan siquiera una breve amnistía al mono saltarín de sus pesadillas.

No, no poseía más resuello que la avidez con la que narraba su vida y “pribaba”. —“Los ojos del búho están despiertos en los míos”, dijo alguna vez.

Y allí estaba, sí, su esqueleto menudo y surcado por los azogues de la vida y la vid; con su benemérito mostacho perdulario tostado por el tabaco y enlucido en sus bordes más terrenales por el nácar de la efervescencia espumosa de la “flojita” cerveza “flag”; con las dos finas bolladuras cicatrizadas, chifarradas profundas, vacías, en su frente y la ganzúa prominente de su nariz aguileña: ¡Oh, he aquí el implacable opinador de todo! Aunque he de confesar que tratándose de patrias chicas, él por rifeño y yo por andaluz (que en temperamento externo es casi lo mismo) quedábamos casi siempre en tablas: si para él su tierra era insoportable, yo a la mía le veía aún peor; con más defectos incluso de los que en mentira no poseía.

Ahora sé que todos aquellos denuestos fueron producto de la literatura y de la ignorancia espiritual pues ¿que hubiera sido de él sin su enigmática Tánger y de mi sin el ensueño de “mi” Málaga, de la poca altura intelectual de inciertos políticos, de la poca catadura moral de muchos poetas, de la almendra vana de la hipócrita amistad…? Sí, del hartazgo de mediocridad surge el despertar, la consonancia que da sentido a una vida. Lo bueno de las ciudades es su indolencia, su indefensión, su humildad salvaje; nunca se quejan. Y sin embargo debiéramos pisarla como besándola, jubilosos de existirla aunque la humareda de los vendedores de humo intenten nublar la esencial belleza de nuestra visión

No, a él, a Mohamed Chukri, no le fastidiaba Tánger —“La grande” como le gustaba nombrarla en los subidones— sino muchos de sus mamarrachos, quienes desde posiciones elevadas la hacían para él irrespirable, al igual que podría ocurrir con… (Ponga aquí el lector el nombre del villorrio o ciudad de sus dolores). Nunca le oí quejarse de España, nunca. Él era generoso, no sólo en cervezas, y supo positivizar todas las experiencias, ahí están las palabras de sus libros.

No, no existe tonto mayor que quien se miente a sí mismo y no hay necio mayor que quien no abre puertas a un escritor verdadero. Oh Tánger — ¡intacta decadencia perfecta! —ya sin su más bella flor silvestre.

Pasaron los años y él seguía bebiendo y “rajando” y escribiendo cada vez mejor y con más sobriedad estilística que no etílica. Estábamos de acuerdo que de existir en su país, tal como ocurre en España, cofradías nazarenas, peñas taurinas y futboleras no le hubiese echo falta tampoco ser un buen escritor traducido a hasta la saciedad— incluso al hebreo—, le hubiera bastado con mearse en la creación y seguir la tradición de la cancioncilla popular y ser un buen relaciones públicas. Y una vez en el redil le hubiesen echado una mano con la corruptela de los premios. ¡Pero tampoco! pues carecía de tolerancia a estos compuestos químicos humanos, cualidad indispensable del bufón perfecto. Asequible siempre, nunca se consideró un mediocre. Siempre denostó del chalaneo de los casposos galardones literarios; nunca comprendió que en España (a él le gustaba hablar en español y de España) “un país, por historia y tradición, del primer mundo” se le diera tanta importancia, como en los países subdesarrollados, a la peor de todas las corrupciones: la intelectual. Cuando se ponía bilateral, yo, a modo de llamada de atención bromista le regañaba patrióticamente ruborizado con un grave carraspeo. No llegaba a comprender — cosa que nos sucede a muchos— el infantilismo de tantos adultos.

Coincidíamos en que el tramposo ladino sólo se engaña así mismo y que es un pobre ser con un ego enfermizo, una pobre criaturas embriagada de sí, Caín que incluso el tiempo olvidará por muchas placas y distinciones convenidas: “Estos profesionales del trapicheo literario son unos engañabobos ¿a qué altura moral se creen?”

Por claro, se le tildaba de duro. Y gracias a la ayuda de quien él menos se esperaba, el joven rey de Marruecos —“El ser humano en el otoño de la vida o es sabio o es loco, o recoge o es recogido”— encontró al final de sus días la atención del “buen samaritano” en un hospital militar de Rabat. Auxilio último que ni lectores —un simple lector sólo es eso, un lector simple — ni “amigos” — la amistad es un ave que vuela alto— ni agentes literarios ni artísticos — sanguijuelas del arte — ni crítica literaria — prostitución en nómina— ni la inculta gente bien — esnobistas acomplejados—fueron capaces de darle.

Atrás quedaron nuestras largas charlas sobre la vida, sobre el amor y sus olvidos, sobre la Amistad y la Literatura, sobre las excentricidades de Jean Genet o Paul Bowles…sobre el gozo de la poesía, el pasional laberinto de las relaciones hispano marroquíes y nuestros paseos por el “Boulevar Paster”, la “Avenue d´Espagne”, o la “Rue de la Liberté” .

—“Estoy haciéndome mayor Mohamed, le dije. — ¡Si todavía eres un chiquillo! ¿Por qué dices eso? Respondió él. —Por el número de tumbas que visito cada vez que paseo por mi memoria”.

Ignoraba yo que algún día escribiría aquél insulso dialogo ebrio frente a las columnas de Hércules. Sí, querido Mohamed, cada competición tiene su servidumbre. Somos nuestro propio destino y nuestros sueños son, a la vez, destino y camino. Estoy seguro que cada atardecer —allá donde te encuentres— brindarás satisfecho por los notables cambios que se suceden en tu país. Sí, día a día, de pea en pea con tus ángeles custodios.

Descansa en paz amigo, que las bendiciones de tus aliados verdaderos y las del “Marqués de Riscal” sean contigo. Saha Joya.

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