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Jugar en desventaja

Una bomba social podría estallar si la Organización Mundial del Comercio no plantea soluciones

16/12/2005 - Autor: Carlos Miguélez - Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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Una bomba social podría estallar si la Organización Mundial del Comercio (OMC), reunida en Hong Kong con motivo de la Ronda de Desarrollo, no plantea soluciones para las vidas de millones de personas con esperanzas acumuladas y con poco que perder.

El fin de la pobreza, la última publicación de Jeffrey Sachs, uno de los más reconocidos economistas del mundo, propone cuatro peldaños en la escalera del desarrollo.

Para 1.000 millones de seres humanos, el objetivo de todos los días es sobrevivir. Estas personas ganan sólo unos centavos de dólar diarios y se encuentran en un estado de enfermedad, hambre y necesidad constantes. Se puede inferir que el comercio, al menos en su modelo presente, afecta el desarrollo de los pueblos. En el segundo peldaño del desarrollo se encuentran las personas cuyas rentas apenas les permiten vivir por encima de la subsistencia. Su pobreza les dificulta el acceso a servicios básicos como el agua potable. Son 1.500 millones de personas las que viven así en el mundo.

El tercer peldaño lo componen 2.500 millones de personas a las que la clase alta de los países desarrollados ni siquiera considerarían como clase media. Sus rentas llegan a unos cuantos miles de dólares anuales y suelen vivir en ciudades; cuentan con agua corriente, la suficiente ropa y sus hijos reciben una educación. Y arriba se encuentran las 1.000 millones de personas de los países ricos y el creciente número de personas acomodadas que viven en algunos países emergentes.

El drama de la situación actual es que muchas personas ni siquiera llegan a la escalera del desarrollo. Por eso va en aumento la emigración de quienes son empujados a dejar a su familia, a su gente, sus raíces. Utilizan lo poco que les queda para atravesar el mar o un gran desierto. Algunos llegan, otros se no llegan, muertos de sed, de frío, o cazados como animales por milicias fronterizas. De ahí que sólo se emigre por necesidad.

Entre los cientos de inmigrantes muertos en el desierto de Arizona estos últimos años se encontraron a muchos campesinos. Algunos, por ejemplo, trabajaban en la cosecha del café en México, que sufrió una crisis a causa del hundimiento de los precios mundiales del café.

Nestlé y otras compañías habían aprovechado la devaluación de la moneda vietnamita para comprarle al país grandes cantidades de café robusta, de más baja calidad, y así bajar los precios. Como aumentó la producción pero no el consumo, se hundieron los precios y quedaron arruinados miles de productores de café no sólo de México, sino de Nicaragua y de Colombia. Se condena a las familias que optan por producir coca en lugar de morir de hambre. ¿Por qué no condenar a las organizaciones financieras que regulan el comercio mundial y ayudan a quienes lo distorsionan en detrimento de los países más empobrecidos?

Estas organizaciones han dado muchas facilidades a las multinacionales y a los gobiernos proteccionistas. Lejos de fomentar el desarrollo como sus nombres originales sugieren –Banco Mundial para el Desarrollo, por ejemplo– han hundido a las comunidades rurales que dependen del comercio de sus materias primas. No sólo ha sido el café. También el algodón y muchos otros productos de monocultivo que han creado bolsas de pobreza que los obliga a desplazarse.

Desde su creación, la Ronda de Desarrollo pretendía cambiar las reglas del juego en materias de comercio para buscar la mejora económica de estos pueblos desfavorecidos. Pero según el prestigioso periodista español, Joaquín Estefanía, ha habido trampas desde el principio. Estados Unidos y Europa se han dedicado a echarse la culpa de la situación mientras aplazan la supresión de los aranceles que bloquean los productos que vienen de los países del Sur, las subvenciones agrícolas y las subvenciones a las exportaciones de los países desarrollados. Los países empobrecidos comienzan a desesperarse, pero se oponen a aceptar las migajas. Además de competir en desventaja, todos estos países tienen una deuda externa que les impide invertir en los pilares del desarrollo: la educación y la salud.

¿Para qué jugar en desventaja? Ninguna selección del mundo iría al Mundial de Alemania si le dijeran que sólo pueden jugar ocho en un partido.

 


Periodista
cmiguelez@solidarios.org.es
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