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Para combatir la islamofobia

30/11/2005 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

Durante los pasados 18 y 19 de noviembre se celebró en Sevilla un seminario sobre islamofobia convocado por el Relator Especial de Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de racismo, Doudou Diène. El acto tuvo lugar en la sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, y reunió a personalidades de talla internacional como el ex-Presidente del Parlamento Indonesio, Mr. Amien Rais o Imam Abduljalil Sajid, del Muslim Council for Religious and Racial Harmony.

Dentro de la amplia representación española estuvo presente Abdennur Prado, cuyas propuestas para combatir la islamofobia presentamos a nuestros lectores.
Como señaló el Secretario General Kofi Annan en su discurso en Naciones Unidas sobre la islamofobia de diciembre de 2004, la estrategia básica en el combate contra el odio religioso pasa por tomar medidas legales, la integración de las minorías religiosas como ciudadanos de pleno derecho, la educación y la promoción del diálogo interreligioso. En todo esto pueden jugar un papel determinante los Estados, sobre la base de la cooperación activa pero no ingerencia respecto al hecho religioso. Por nuestra parte, y a requerimiento del Relator especial Doudou Diene, hemos elaborado una lista de medidas que pueden ser implementados para combatir la islamofobia:

- Promulgar leyes que condenen la propagación del odio por motivos religiosos, evitando establecer una jerarquización entre las distintas formas de odio religioso.

- Realizar campañas institucionales sobre la libertad y el pluralismo religioso, presentándolas como un bien en si mismo.

- Creación de organismos especializados en la monotorización y catalogación de todos aquellos actos o discursos que promuevan el odio interreligioso, con un doble objetivo:

1) Realizar informes fiables.

2) Lograr una mayor conciencia entre los medios de comunicación.

- Revisión de los libros de texto, con el fin de eliminar toda denigración de las religiones, mediante la creación de comisiones de expertos en la cual estén representadas todas las minorías religiosas.

- Abrir los medios de comunicación públicos a la participación de ciudadanos miembros de minorías religiosas, especialmente en aquellos temas que les afectan más directamente.

· Velar por la aplicación del derecho a réplica en los medios de comunicación.

· Apoyar iniciativas de las comunidades minoritarias tendentes a promover una imagen positiva del pluralismo religioso, con especial atención al diálogo interreligioso.

· Promover la participación de minorías religiosas en actos públicos.

· Realizar campañas de sensibilización sobre el peligro del odio religioso entre los distintos cuerpos de seguridad del Estado.

Aunque al proponer estas medidas estamos pensando especialmente en la islamofobia de los países europeos, la mayoría de ellas sirven asimismo para los países de población musulmana, aunque en estos casos hablaríamos de combatir la judeofobia o la cristianofobia. La defensa de la libertad religiosa es un bien universal, que no admite sectarismos. En relación a estos países, me atrevo a sugerir otro paquete de reformas mucho más profundas, en concreto:

· Eliminar las leyes que impliquen una discriminación hacia otras religiones, o que limiten la libertad religiosa de los ciudadanos, en especial las leyes que condenan la apostasía como un delito.

· Promocionar todas aquellas corrientes del islam que muestran que es compatible con la democracia, los derechos humanos y la igualdad de género.

· Revisar todas las leyes que discriminen a las mujeres, en materias importantes como la herencia, el divorcio, la violencia doméstica, el acceso a la educación, el acceso a determinadas profesiones, el derecho a la propia imagen y la libertad de vestimenta.

Debería hacerse notar a los Estados de población mayoritariamente musulmana que la islamofobia que amenaza a Europa no se alimenta del vacío, sino que se aprovecha de determinadas situaciones para crear un estereotipo negativo y estigmatizar al islam y al conjunto de los musulmanes. Por ello, considero que en el combate contra la islamofobia son fundamentales las acciones que puedan llevar a cabo los propios musulmanes. Como ejemplo positivo, quiero citar dos acciones llevadas a cabo en España en el año 2005. En primer lugar, la fatwa contra el terrorismo lanzada por Mansur Escudero, Secretario General de la Comisión Islámica de España, y que declara de forma tajante que los que cometen actos terroristas se han situado ellos mismos fuera del islam. La otra acción es el Primer Congreso Internacional de Feminismo Islámico, celebrado en Barcelona, y a través del cual hemos presentado el combate de diferentes colectivos de mujeres musulmanas por la igualdad de género, rompiendo así con un estereotipo orientalista que tiende a negar a las mujeres musulmanas su voz y hasta su propia humanidad.

Todo esto es sin duda importante. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todo esto implica un trabajo a largo plazo, y de resultado incierto. No podemos esperar que los Estados vayan a aplicar de un día para otro las medidas que hemos sugerido, ya que muchas veces son los propios estados los más interesados en la proliferación de odio interreligioso. En los últimos años, muchos hemos sido los que hemos realizado grandes esfuerzos para mostrar la presencia del islam en Europa como algo enriquecedor, pero la percepción mayoritaria sigue siendo otra.

Mientras numerosas organizaciones no gubernamentales se dedican a este trabajo social y de conocimiento, existe una maquinaria mediática muy poderosa que sigue una y otra vez repitiendo los mismos mensajes que ligan el islam a la violencia, que presentan el islam como una religión primitiva e incompatible con los derechos humanos y la democracia. ¿Qué poder tenemos los pequeños grupos de base que trabajan por el diálogo y el entendimiento mutuo?

Desde Junta Islámica, creemos que es necesario pensar una estrategia más directa, mediante la cual consigamos llegar al conjunto de la ciudadanía, y esto sólo puede hacerse utilizando los medios de comunicación. Por todo ello, estamos trabajando en el diseño de una campaña contra la islamofobia, que quisiéramos presentar ahora. Para comprender el porque de esta campaña, queremos hacer una reflexión sobre la islamofobia, tal vez la amenaza más seria que en estos momentos se proyecta sobre la democracia en occidente.

Todos los presentes somos conscientes de que la islamofobia es un mal, y que puede convertirse en uno de los problemas más graves de las sociedades europeas en la primera mitad del siglo que afrontamos. La islamofobia no es algo minoritario, circunscrito a los movimientos neo-nazis o a los partidos oficiales de extrema derecha, como el Frente Nacional en Francia o la Liga Norte en Italia.

Estos movimientos son tan solo el aspecto más evidente de la islamofobia que se vive en las sociedades europeas. Personalmente, lo considero el aspecto menos grave. Al identificarse con el fascismo o la ideología nazi, estos movimientos se descalifican a si mismos de cara a la mayoría de la población. Mucho más grave es otro tipo de islamofobia, que pasa casi como algo aceptable e incluso es considerada normal en medios académicos y universitarios. Debemos ser conscientes de que existen amplios sectores de la población europea que consideran la islamofobia como algo perfectamente justificado. Realmente, incluso entre sectores cultos es difícil encontrar a alguien que tenga una opinión positiva del islam, como una de las grandes tradiciones de la humanidad. Incluso aquellos que rechazan la islamofobia como una forma de racismo, lo hacen aceptando la visión del islam construida por el orientalismo. Siendo así, parece normal que Charles Imbert, el director del periódico francés Le Point, admita públicamente y sin tapujos ser islamófobo.
En España, país con un esplendoroso pasado musulmán, la islamofobia está a la orden del día. Como muestra, quiero citar unos ejemplos tomados de los principales periódicos españoles. En primer lugar, citar al profesor de derecho político de la Universidad de Madrid Antonio Elorza. En una serie de artículos publicados en El País, el diario de mayor tirada en España, Antonio Elorza se ha convertido en uno de los más acérrimos defensores de la vinculación entre islam y terrorismo. Una y otra vez insiste en considerar a los terroristas como “musulmanes ortodoxos” que siguen al pie de la letra lo que el Corán les dice, llegando a afirmar que el profeta Muhámmad (saws) cometió “crímenes contra la humanidad” (Yihad en Madrid, El País, 18-03-2004).

Esta misma vinculación entre islam y terrorismo es explícitamente mencionada en una entrevista publicada en la web de la Fundación Gustavo Bueno, financiada con fondos públicos, donde el pensador Gustavo Bueno declara: “Hay que atacar las bases mismas del Islam.” Y, a una pregunta sobre de los atentados del 11 de septiembre: “Es la revelación. Es Mahoma. Es el fanatismo.”

Todo un Premio Nacional de Periodismo (1983), Martín Prieto, escribe en El Mundo: “El Corán chorrea sangre, es el mayor compendio conocido de misoginia y se erige en ley civil, ley penal y es la única Constitución de los fieles. La mujer es ganado y su mera desobediencia al varón debe ser castigada físicamente.”

A veces, la islamofobia se manifiesta de un modo grotesco, como en un artículo de Juan A. Verdú titulado “¿Ha comenzado la invasión?”, donde señala la posibilidad de que el millón de inmigrantes marroquíes que hay en España hayan sido enviados como una avanzadilla de una próxima invasión militar de España por parte del reino de Marruecos:

“En el momento conveniente, cumpliendo un plan perfecta y —sobre todo— pacientemente elaborado, este formidable ejército podría ponerse al unísono en pie de guerra y llevar a cabo una carnicería de dimensiones pavorosas. No les harían falta pistolas, fusiles ni explosivos, puesto que les bastaría con imitar el sistema de los fundamentalistas argelinos, que siguen haciendo de las suyas aunque sus acciones hayan dejado de ser noticia. Me refiero al degüello, claro. Método rápido y silencioso que, puesto en práctica a traición, puede dar un rendimiento altísimo. Casi simultáneamente con esta primera fase de la invasión, tendría lugar el desembarco de las tropas uniformadas, quienes contarían con la tremenda ventaja que supone enfrentarse a un enemigo presa del horror y la estupefacción.”

A tenor de esto, no sorprende que desde algunos medios se haya sugerido la prohibición de la práctica del islam en España, por considerar el islam como “contrario a la Constitución”. En esta línea se sitúa la serie de artículos firmados por Luís María Ansón, director del periódico La Razón: “A la vista de estos textos que colisiona con nuestra Constitución y en los que se establece la discriminación por razón de sexo y el derecho a la violencia doméstica contra la mujer, cabe preguntarse por qué el Gobierno socialista pretende subvencionar en las escuelas públicas españolas la enseñanza de la religión coránica.” (La Razón — 12/09/2004).

La pregunta sobre la constitucionalidad del Islam ha sido contestada de manera categórica por Álvaro de Juana, también en La Razón: “La incompatibilidad del islam con el sistema Constitucional Democrático de Derecho español es amplia y profunda.” (La Razón, 01/12/04). Para José Martínez- Abarca la cosa no puede ser más simple: “O Ley o Islam: o hay Islam o hay Derechos del Ciudadano. O hay Islam o hay Constitución. O hay Islam o hay civilización occidental. No puede convivir el Islam y la ley.” (Ley o Islam, La Razón — 12/09/2004).

Si cualquiera de estas opiniones se vertiese en relación al judaísmo sería denunciado inmediatamente como antisemita, y provocaría el rechazo general. Dado que esto no sucede en el caso de la islamofobia, debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que hace a la islamofobia aceptable para estos sectores? ¿Cómo combatir la islamofobia si ni siquiera se reconoce como un mal en prensa, ámbitos universitarios, entre políticos considerados demócratas y con representación parlamentaria?

Para comprender esto, hay que tener en cuenta dos factores: en primer lugar, la larga tradición orientalista estudiada por Edward Said, con la creación de estereotipos sobre “lo árabe”, “lo islámico”, “lo semita”, caracterizados como entidades monolíticas. El orientalismo puede ser definido como la doctrina que considera que “lo semita”, “lo islámico” o “lo árabe” consisten en una serie de características inamovibles a lo largo de la historia, y que definen a todos los miembros de los pueblos semitas, y en especial a los musulmanes. A partir de aquí, se puede discutir cuales son las cualidades de los pueblos semitas, si son fatalistas, nómadas, sedentarios, hospitalarios o gandules. Todo esto es objeto de diversas teorías. Lo que no cambia es el hecho de que, se le de un valor u otro, las categorías de “lo islámico” o “lo semita” son inamovibles, y definen a todos los musulmanes o semitas independientemente de sus opciones personales. Con ello, se les priva de la posibilidad de pensar o decidir por si mismos, como seres concretos y responsables de sus actos. En una palabra: se niega su propia humanidad.

En segundo lugar, debemos tener en cuenta que en los últimos años asistimos a la creación (nada inocente) de una corriente de opinión que tiende a justificar la islamofobia. Esta campaña se alimenta de los estereotipos forjados por el orientalismo clásico, a los cuales ha añadido un componente nuevo. En los últimos años han sido acuñados los términos Eurabia e islamo-fascismo, con los cuales se pretende vincular al islam con la historia más oscura de occidente olvidando lo evidente, el hecho de que los fascismos europeos fueron y son antisemitas en un sentido amplio: su odio racista abarca a musulmanes y a judíos.

Un caso extremo de esta línea de pensamiento nos lo ofrece el artículo titulado “El antisemitismo”, de Adolfo García Ortega, publicado en El País, y donde leemos lo siguiente:

“El antisemitismo árabe no tiene disimulo, es motivo de orgullo en los países árabes. Este discurso emparienta al neonazi francés o español (que al lado del odio musulmán casi produce ternura) con la variante de los mismos que serían las grandes masas de jóvenes islámicos que en París, en Londres, en Roma o en Madrid van alentando y exhibiendo un odio radical a los judíos… La xenofobia feroz y sangrienta que los musulmanes aplican contra los judíos. Musulmanes cuya única obsesión no es salir de su pobreza, sino alcanzar la salvación por el odio y la muerte, como bien predica la yihad coránica.”

A este tipo de artículos se les puede aplicar el comentario de A. Taleb sobre La rabia y el orgullo, aparecido en Le Monde:

“Si cogiésemos la obra de Fallaci y sustituyésemos la palabra musulmán por la palabra judío, tendríamos un renacimiento de la literatura antisemita de los años 30.”

En relación al artículo anterior, nos hemos atrevido a hacerlo:

“La islamofobia judía no tiene disimulo, es motivo de orgullo en Israel. Este discurso emparienta al neonazi francés o español (que al lado del odio judío casi produce ternura) con la variante de los mismos que serían las grandes masas de jóvenes judíos que en París, en Londres, en Roma o en Madrid van alentando y exhibiendo un odio radical a los musulmanes… La xenofobia feroz y sangrienta que los judíos aplican contra los musulmanes. Judíos cuya única obsesión no es salir de su pobreza, sino alcanzar la salvación por el odio y la muerte, como bien predica la Biblia.”

Sin duda, un texto semejante sería considerado de inmediato como antisemita, y no publicable en un medio de comunicación serio como es El País. Al final, Adolfo García Ortega no se corta y proclama abiertamente:

“El islam puede ocupar el mismo papel desestabilizador que el cristianismo primigenio en la época del Imperio Romano, y representar así un peligro latente.”

Este discurso enlaza con el de Alain Finkielkraut sobre el supuesto nuevo antisemitismo de la izquierda. La argumentación desarrollada por Finkielkraut en su ensayo En el nombre del Otro (ed. Seix Barral) puede parecer extraña: el nazismo provocó en Europa una reacción antirracista, que ahora se dirige contra los judíos.

La mala conciencia europea por las cámaras de gas se ha volcado en la defensa del Otro, en la solidaridad hacia las minorías y los oprimidos. A esta mala conciencia se añade la culpa por la colonización. Todo lo que implica desprecio del Otro y de sus diferencias es tachado de racismo. En estas circunstancias, y frente a un Estado confesional judío como es Israel, acusado en la Conferencia de Durban del 2001 de practicar el apartheid, el humanitarismo europeo tiende a solidarizarse con los palestinos. Nos encontramos, entonces, que un sentimiento positivo surgido como rechazo del pasado antisemita europeo, es descrito como una nueva forma de antisemitismo. En resumen (según Finkielkraut), el antisionismo de la izquierda europea es el viejo antisemitismo con un nuevo rostro, oculto tras los velos de la solidaridad para con los palestinos. En una entrevista publicada en el diario La Nación (4 de enero 2004), admite la paradoja de que el nuevo antisemitismo “tiene un lenguaje antirracista. No se trata de presentar a los judíos como una raza, sino de presentarlos como racistas”.

El intento de identificar antisionismo y antisemitismo no es nuevo, y ha sido mil veces rebatido desde dentro del propio judaísmo. Hemos escuchado y leído a numerosos pensadores judíos de renombre criticar el sionismo, de modo que esta identificación no se sostiene. Una cosa es el judaísmo, religión milenaria, y otra el movimiento político surgido en la Europa del siglo XIX. No todos los judíos son sionistas, del mismo modo que no todos los musulmanes son salafies o wahabbies. Atacar el wahabismo o la política interna de Arabia Saudí no es islamofobia.

Tampoco atacar el sionismo o la política de Israel es necesariamente antisemitismo, aunque también debemos reconocer que en muchas críticas a Arabia Saudita o a Israel asoma el antisemitismo.

Ahora, la tesis de Finkielkraut implica otra vuelta de tuerca. Al transformar el anti-racismo de los movimientos sociales en anti-semitismo, se está retorciendo la lógica de un modo perverso. Intelectualmente, un salto en el vacío, que tiene la particularidad de entorpecer la verdadera lucha contra el antisemitismo.

Finkielkraut y sus acólitos apenas esconden su racismo. Su discurso se basa en la premisa de que las comunidades árabo-musulmanas de Europa son antisemitas. Con este tipo de generalizaciones, se cae en el racismo hacia los árabo-musulmanes con la excusa de combatir el antisemitismo. Del mismo modo, cuando ciertos políticos en el mundo islámico señalan a “la prensa judía” como origen de la islamofobia, están fomentando el antisemitismo. Con esto, entramos en un círculo vicioso. Hacer la lista de los agravios recibidos para acusarse mutuamente no es ninguna solución, sino todo lo contrario.

Por todo ello, desde Junta Islámica estamos trabajando en el diseño de una campaña contra la islamofobia. Creemos que la única manera de atajar este problema es unir la lucha contra el antisemitismo a la lucha contra la islamofobia, y comprometer en ello a los dirigentes de ambas comunidades. No se trata de algo diferente, sino de dos aspectos de un mismo problema. La islamofobia es el antisemitismo clásico europeo con un rostro nuevo. Separar uno de otro y tratar de jerarquizar el odio religioso puede resultar contraproducente. Desde una concepción humanitaria y universalista, debemos ver el odio contra las razas y las religiones como un fenómeno unitario.

Esta campaña tendría como lema: “la islamofobia es el fascismo del siglo XXI”, y estaría encaminada a vincular en la conciencia colectiva europea las imágenes del fascismo y del genocidio judío con los ataques que sufren hoy en día las comunidades musulmanas. En concreto, pensamos en una campaña mediática, que utilice los medios de comunicación para llegar a las masas. Estoy hablando de anuncios en televisiones públicas, de vallas publicitarias, en las cuales las imágenes de las cámaras de gas se superpongan a las de quemas de mezquitas y otros ataques sufridos por las comunidades islámicas en la Europa del siglo XXI. Todo ello debería ser acompañado por la realización de foros sobre la islamofobia en universidades, para crear una conciencia crítica sobre el peligro que amenaza a Europa. Se trata de vender un producto, de lograr la asociación en la mente de los ciudadanos de las ideas “fascismo” e “islamofobia”. Somos conscientes de que una campaña de este tipo puede ser muy costosa, pero también de que si no se toman medidas de este tipo perderemos el combate contra la islamofobia.

La campaña tendría los siguientes objetivos:

1. Desarticular el discurso islamófobo que pretende vincular islam y antisemitismo.

2. Despertar la conciencia de que la islamofobia constituye un peligro real para las democracias europeas.

3. Combatir el antisemitismo entre los colectivos musulmanes en Europa.

En conjunto, esta estrategia es simple, y se basa en la idea de no jerarquización, no segregación y no territorialización del odio religioso. Como estrategia, vincular la islamofobia al antisemitismo es la mejor arma para luchar contra la indiferencia general. Se trata, ni más ni menos, que de aprovecharnos del combate contra el antisemitismo realizado al máximo nivel durante más de medio siglo. En última instancia, se trata de vincular la islamofobia con los campos de concentración y el exterminio de los judíos, alertar sobre el monstruo que Europa está incubando. Hacer ver de la forma más directa posible que existe una seria posibilidad de que los horrores del Holocausto se repitan, en esta ocasión con los musulmanes como víctimas propiciatorias.

Aunque esto puede parecer alarmista, una mirada fría sobre la historia europea puede servir para alertar a muchos sobre el verdadero carácter de la islamofobia. No estamos diciendo que hoy en día se den las condiciones para progromos anti-musulmanes generalizados, pero tampoco sabemos lo que puede suceder dentro de dos o tres décadas. La permisividad e indiferencia general de hoy hacia la islamofobia está sembrando la violencia de mañana. En el caso de que Europa entre en una fuerte recesión económica que dé alas a los partidos populistas, no cabe duda de que los primeros chivos expiatorios seríamos los musulmanes, o más precisamente, la inmigración de origen musulmán. Así lo están manifestando desde hace años partidos con representación parlamentaria, en algunos casos formando parte de coaliciones de gobierno.

En última instancia, estamos convencidos de que islamofobia en occidente tiene causas estructurales profundas vinculadas a la historia y a la construcción identitaria de los países europeos. Las dificultades que estos países encuentran a la hora de encajar el pluralismo son notorias. En ninguna otra parte del mundo se debate con tanta pasión como integrar las minorías, o como gestionar sociedades multiculturales. Esto en si mismo es una prueba de que hay algo en los Estados-nación europeos refractario al pluralismo. Esta visión contrasta sin duda con la imagen que estos mismos países proyectan de si mismos, como faros de libertad y tolerancia, como modelos a seguir. Se diría que Europa padece amnesia de su propia historia. Se olvidan fácilmente la colonización, la esclavitud y el exclusivismo religioso que han dominado la historia de Europa durante muchos siglos.

Pero existe algo mucho más preocupante que esto. Como ha mostrado el pensador italiano Giorgio Agamben en su obra Lo que queda de Auschwitz, existen una serie de principios jurídicos característicos de los Estados-nación europeos que permitieron el establecimiento de campos de concentración en la Alemania nazi, que luego fueron transformados en campos de exterminio. Lo peor de esto es que esa estructura jurídica permanece intacta en las legislaciones europeas, vinculada a un concepto biológico de la ciudadanía.

A partir de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, el ordenamiento jurídico occidental se basa en el concepto de ciudadanía. El ciudadano es tomado por el hombre propiamente dicho, el hombre soberano, con capacidad para incidir en el devenir de la nación a la que pertenece. Este concepto está ligado al nacimiento: es ciudadano el nativo de un territorio. Estado-nación significa: Estado que hace del hecho de nacer el fundamento de la soberanía. Según lo definió Foucault, es la instauración de la biopolítica, un concepto biológico como base de las relaciones de poder.

La declaración de derechos del hombre implica que el súbdito se transforma en ciudadano. Este pertenece a un Estado-nación concreto, que garantiza sus derechos. Una nación es un conjunto de hombres nacidos en un mismo territorio, cuya construcción como Estado implica la elaboración de una historia nacional diferenciada de otras historias nacionales. A saber: una lengua, una cultura, una etnia y una historia propias. En síntesis, una mitología sobre su origen, su carácter y su significado. A partir de este momento, las naciones europeas se lanzaron a construir (o a inventar) su propia historia, casi siempre en oposición a otros pueblos. No otra cosa es el republicanismo en Francia, una mitología creada como signo de identidad que vincula al individuo y al Estado, al mismo tiempo que caracteriza a Francia con respecto a otros estados europeos. Las diferencias con los otros y la homogeneidad interna son los elementos constitutivos de cada nación. El Estado-nación se convirtió en el elemento homogeneizador de los diferentes pueblos europeos, realizando un trazado preciso de fronteras sobre el mapa, como medio de delimitar las costumbres y cualidades esenciales de sus habitantes.

Todos aquellos que mostrasen una identidad distinta a la del Estado-nación dentro del cual quedaron situados, son los antecedentes de los actuales refugiados e inmigrantes. Así, se suscitaron problemas sobre el lugar que debían ocupar las minorías: gitanos y miembros de otras religiones y otras nacionalidades.

A finales de la primera guerra mundial, se desplazaron de sus países 1.500.000 rusos blancos, 700.000 armenios, 500.000 búlgaros, 1.000.000 de griegos y centenares de miles de alemanes, húngaros y rumanos. La Sociedad de las Naciones es la institución que gestionó estos desplazamientos, a través de diferentes organismos y acuerdos internacionales, tratando de encontrar un lugar para cada uno de estos pueblos. Aquellos que se quedaron sin un Estado-nación con el cual identificarse, sufrieron campañas de exterminio, como armenios, gitanos y judíos. Aquellos pueblos que no se desplazaron pero cuyas identidades quedaron excluidas de un Estado-nación, quedaron situados en una situación intermedia de pueblos sin patria, como los catalanes, vascos o irlandeses. En Francia, todo signo de identidad propio y diferenciado fue duramente reprimido por el Estado central, como bien saben en Alsacia, Rosellón, Córcega, Bretaña...

A partir de la Primera Guerra Mundial, muchos Estados europeos promulgaron leyes que permitían la desnaturalización y la desnacionalización de sus propios ciudadanos. ¿Qué quiere esto decir? Que todos aquellos que no respondiesen a la identidad nacional que homogeniza a todos los ciudadanos de un Estado-nación, eran susceptibles de ser despojados de sus derechos. Así, Francia promulgó una ley en 1915 que afectaba a los ciudadanos naturalizados de origen alemán; Bélgica lo hizo en 1922; Italia en 1926; Austria en 1933 y Alemania en 1935.

El caso de Alemania es paradigmático de la dirección tomada por Europa en la primera mitad del siglo XX, una dirección que no ha sido revocada y que ahora corre el peligro de repetirse a cuenta del auge del fenómeno migratorio. Las Leyes de Nuremberg dividieron a los alemanes en ciudadanos con pleno derecho y en ciudadanos sin derechos políticos, del mismo modo que en la Europa del siglo XXI existe una masa de inmigrantes que viven como ciudadanos de segunda, a cuenta del principio jurídico que determina que es el nacimiento el que otorga derechos a los ciudadanos. Los “no-nativos” carecen de derechos políticos, lo cual en una democracia equivale a su exclusión de los planteamientos de los gobernantes (aunque existe la posibilidad de nacionalizarse). Si no pueden votar ni ejercer presión alguna, sus reivindicaciones no son tenidas en cuenta. Una última categoría, más extrema, la constituyen los llamados “inmigrantes ilegales”, los cuales son reconocidos en tanto que ilegales, pero que carecen de los derechos inherentes al nacimiento y a la ciudadanía. Desde el momento en que seguimos equiparando al ser humano con el ciudadano, y a este con el fenómeno del nacimiento en un territorio concreto, los inmigrantes ilegales tienen el estatuto jurídico de “no-personas”. Carecen de derechos humanos. T. Hammar ha propuesto utilizar el término denizens para definir a los residentes en territorios de los que no son citizens. En la Europa actual y satisfecha de si misma existen varios millones de personas pertenecientes a esta tercera categoría, a los cuales les son negados todos sus derechos, y en muchas ocasiones son utilizados como esclavos. Esta situación es alentada por los mismos Estados que se presentan a si mismos como garantes de los derechos humanos, y que acusan a países del tercer mundo de no respetar estos derechos. La exclusión de sectores cada vez más amplios de la población responde a este esquema, de manera preocupante. Lo que hemos visto las semanas pasadas en las banlieues francesas no es sino una muestra más de este fenómeno. Aunque la ley les ampare y tengan el estatuto pleno de ciudadanía, el Estado-nación se resiste a aceptar en su seno unos colectivos que no comparten la mitología fundadora, todos los mitos asociados al republicanismo y la francofonía.

Dentro de la historia europea existe un momento de fractura con respecto a ese pasado de formación de Estados-nación monolíticos. Nos referimos, precisamente, al istmo que representan la Segunda Guerra Mundial y el genocidio de los judíos en la Alemania nazi, la destrucción de Europa a causa del fascismo. El cambio en la concepción que Europa tenía de si misma se realizó precisamente en relación al judaísmo. Durante los siglos XIX y primer tercio del XX existe una importante bibliografía sobre “la cuestión judía”, sobre como situar la presencia de los judíos en el seno de estados-nación centralizados e industrializados. Muchos de estos discursos son casi idénticos a los que ahora oímos sobre los musulmanes. Sólo a raíz de las cámaras de gas Europa toma consciencia de si misma, e inicia un proceso de apertura y de aceptación del fenómeno transnacional y pluricultural como algo positivo.

Si hemos hecho este breve recorrido sobre el concepto de ciudadanía, es por hacer comprender que las dificultades de integración que padecen los musulmanes en Europa tienen causas profundas. Como reacción ante la formación de sociedades pluriculturales, la islamofobia se asocia a la resistencia ante la superación de un modelo de Estado-nación que hunde sus raíces en la historia, y al cual se sienten vinculados muchos ciudadanos. El proceso globalizador y el consiguiente aumento del número de ciudadanos musulmanes en Europa es percibido como una amenaza. En este sentido, la estrategia de vincular la islamofobia con la historia reciente de Europa tiene una ventaja enorme, de cara al imaginario colectivo. Esta estrategia se basa en la convicción siguiente: si tuviésemos que convencer a la masa de la población europea de que el islam es una religión tan digna de respeto como el cristianismo, pasaríamos siglos, y no se si podríamos lograrlo. En cambio, si vinculamos el rechazo del islam como religión universal al fascismo europeo tendremos mucho ganado. El rechazo que provoca el fascismo actuaría como resorte, como un acicate para aceptar la presencia de las minorías musulmanas en Europa. Se trata de vencer la resistencia de los sectores más reaccionarios a los cambios en las identidades nacionales que comporta la globalización.

Lo que pedimos a Naciones Unidas, a través del Relator Especial, es una recomendación a los gobiernos europeos sobre la necesidad de realizar campañas contra la islamofobia, que tengan en cuenta la necesidad de vincular el odio hacia el islam con el fascismo y el antisemitismo, como partes de un fenómeno unitario. Se trata, antes que nada, de sacudir las conciencias de una buena parte de la población, de esos sectores que se han acostumbrado a la islamofobia como algo cotidiano, a lo cual apenas prestan atención.


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