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El estado del discípulo

Tal y como los pobres reciben las limosnas...

22/11/2005 - Autor: Tariqa Qadiría Butchichía - Fuente: Tariqa Qadiría Butchichía
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Se trata, antes que nada, de ponerse en disposición de recibir...
Se trata, antes que nada, de ponerse en disposición de recibir...

Más que actuar se trata, antes que nada, de ponerse en disposición de recibir. Para que esto ocurra es necesario desarrollar en nosotros el verdadero estado de discípulo, la actitud justa de aquel que desea recibir: "tal y como los pobres reciben las limosnas" como indica un versículo del Corán. Si utilizamos el término foqqara para designar los discípulos de una vía espiritual, termino que significa "los pobres", es para mostrar la absoluta necesidad de este estado de pobreza. El versículo del Corán "Oh Hombres, vosotros sois los pobres con relación a Dios, y Dios Él es el Rico, el Glorioso" se hace eco de la frase del Evangelio "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el Reino de los Cielos".

Para realizar este estado de pobreza espiritual hace falta, sobretodo, renunciar a nuestro estado de "maestro". Nuestro maestro actual es el ego, nuestro sí despótico. Volverse pobre quiere decir deshacerse de nuestro yo ilusorio. A menudo el hombre no tiene la conciencia clara de sus tendencias egóticas y las suele atribuir a toda suerte de circunstancias exteriores. Ser un discípulo es empezar este gran combate contra el conjunto de tendencias negativas del alma.

Se trata de unificar las diferentes tendencias que nos gobiernan, de simplificar nuestro ser concentrándolo, es decir, redescubrir lo que siempre ha estado presente en nuestro interior. No se trata de construir un nuevo ser, sino de ser nosotros mismos en lo esencial. Por esto mismo hace falta tomar verdadera conciencia de nuestros límites y de la necesidad de un trabajo interior para liberarse de este sentimiento del "sí mismo" que ocupa nuestro espíritu, que usurpa nuestra verdadera identidad y abandonar esta autosuficiencia para tomar el camino del conocimiento interior que despierta la intuición y el desvelamiento sin prejuicios. Porque como dice Sidi Hamza "no se acerca a Dios aquél que no se olvida de sí mismo". A medida que desaparece la huella del ego, aparece la realidad divina.

El primer discípulo es el Sheykh. Aquél que guía a los otros es el que ha realizado plenamente en él la condición de discípulo. El Guía no hace lo que él quiere; es un instrumento de la realidad universal. Totalmente inmerso en ella no puede hacer más que lo que debe ser hecho en el momento en que debe ser hecho. Es por ésta extinción en la realidad divina en la que habita que su enseñanza puede ser realmente operativa y, consecuentemente, transformadora. Se dice que el sufí es aquél que no posee nada y que no es poseído por nada. El secreto espiritual no es propiedad exclusiva del Guía para distribuirlo según su parecer: es su depositario.

Si en el momento en que el Sheykh es llamado a reunirse con su Señor ninguna persona de su entorno muestra el estado de desapego necesario para recibir este secreto, no puede ser transmitido y la cadena iniciática, silsila, queda interrumpida. La Vía se convierte así en una vía de bendiciones. Es por esta razón que un Sheykh, en los últimos momentos de su vida, ha dicho a los discípulos que esperaban conocer a su sucesor: "yo remito las llaves a su propietario". El secreto sólo pertenece a Dios, el Guía es simplemente, por su particular transparencia y desapego interior, la llamada a entrar y la puerta que nos permite traspasar el umbral.

De la misma manera se trata de comprender que uno no posee nada y que uno no da nada: sólo lo deja pasar. Ciertas cosas pueden pasar por nosotros, si Dios quiere, pero ellas en si mismas no nos pertenecen. El Profeta decía "si no hubiera el pecado, yo temería lo peor para los hombres". Este "peor" es el orgullo, el sentimiento de suficiencia que constituye uno de los principales obstáculos para el progreso espiritual. La humildad es la única condición absolutamente necesaria para el que pretende iniciar y seguir una Vía: ponerse en condición de recibir es aceptar la idea que nada nos pertenece pero que todo puede sernos dado. Es aprender a escuchar y recibir, antes que dar y actuar; no es buscar como hacer o coger sino, sobretodo, a leer los signos que se nos envían; aceptar lo que llega tal como llega. Lo enviado es siempre más importante que lo que uno desea hacer. Sidi Hamza nos dice "no hace falta preguntar el porqué o comentar sino dejarse guiar". Frecuentemente uno pierde mucho tiempo en preguntar el porqué de las cosas o cuestionarlas sin atender al significado que llevan inscrito en su interior.

Convertirse en un discípulo es también hacer aquello que nos parece mas justo, aceptando previamente el resultado de nuestras acciones, a pesar de que pueda ser diferente a lo esperado. Este desapego de los frutos de nuestras acciones tiene por efecto pacificar nuestro ser interior y aprender poco a poco a poner toda la confianza en Dios para dejarle guiar nuestras vidas. Es posible que aquello que se desea ardientemente se convierta en un perjuicio o, inversamente, aquello que a priori se rechaza puede resultar un beneficio. El hecho de actuar a partir del desapego de los resultados nos permite estar disponibles a cada instante. Atrapados por la tensión que implica lo decidido uno pierde de vista todo el resto de posibilidades que podrían sobrevenir. Es en éste sentido que dentro de la Vía se habla de la importancia de "soltar el lastre", lo cual no tiene absolutamente nada que ver con dejar hacer.

En la perspectiva sufí la calidad de los actos trasciende el individuo que los cumple y repercute directamente en el plan del Ser: Sidi Hamza proclama: "El sufismo es enteramente la excelencia de comportamiento (ihsan). Aquél que sobrepasa en excelencia de comportamiento sobrepasa en sufismo". Y el Profeta dijo "Yo no he sido enviado sino para procurar la nobleza de los comportamientos". De esta manera se resume el conocimiento de Dios: la excelencia de comportamiento es la búsqueda de la actitud que conviene a cada momento, a cada persona y a cada situación. Situándonos en la óptica de una transformación interior la Vía espiritual no se puede dejar encerrar en los límites de la moralidad. Ella trasciende la moral sin negar en ningún momento las virtudes sociales.

La excelencia de comportamiento no es una norma social sino un medio de educación espiritual que se conforma al mundo que nos circunda: es por esta característica que ella es, a la vez, un germen y un fruto de la Vía. Lo importante no es lo que uno sabe sino lo que pone en práctica. Dentro de esta óptica la comunidad constituye una especie de laboratorio donde el discípulo podrá ejercitarse en buscar la actitud justa, el buen comportamiento con el objetivo de aplicarlos al conjunto de su vida social. En esta búsqueda su sinceridad será su mejor carta de presentación y su corazón la brújula que le permitirá medir el grado justo de sus acciones.

De esta manera podemos llegar a definir el sufismo como el hecho de "mantenerse recto sin atender a lo que los demás hacen alrededor". El ego siempre tiende a exigir a los demás lo él mismo no consigue hacer y acepta de mal grado que todo el mundo no haga como él, atribuyendo esto tanto a la mala voluntad como a la incapacidad. Tal es el resultado de ponerse él mismo como su propia norma y pretender juzgarlo todo y a todos según sus propios criterios. En la Vía espiritual no se trata de dejarse turbar por lo que se observa alrededor sino de convertirse simplemente en un Hombre. Lo esencial es la relación que nos une a Dios: cada cosa tiene su razón de ser y el lugar que le corresponde. La propensión a juzgar es uno de los mayores signos de identidad del ego. Sidi Hamza nos dice al respecto: "El defecto y la fealdad no están en las cosas y los seres, sino en la impureza de nuestra mirada hacia ellos. Cuanto más está el alma apaciguada, perfecta y pura, más estará dispuesta a ver en todo ser una manifestación de la Luz de Allah: todo es bello, sólo el corazón sin limpiar del discípulo vuelve las cosas feas". Y además nos exhorta a "romper la balanza"

Mientras uno continua juzgando a los hombres o las situaciones uno se encuentra en la limitada esfera del ego. Aquél que proyecta sobre cada cosa su experiencia y sus valores sin darse la oportunidad de descubrir esa realidad que es la suya se empobrece y queda encerrado en la que ya conoce. El no-juzgar no tiene nada de moral; se trata de abrirse a otra forma de conocimiento.

Dentro de la misma óptica Sidi Hamza nos anima a magnificar a todos los seres "Mirad a vuestros hermanos como seres perfectos por el simple hecho de estar dentro de la Vía. Poco a poco os daréis cuenta de que la Creación entera es perfecta, y esta magnificación se extenderá a todas las cosas". Magnificar no significa perder la capacidad de apreciar la rectitud de un comportamiento, un propósito o una situación; la magnificación no consiste en idealizar a los demás o en ver la grandeza en aquello que no la tiene sino percibir que cada cosa y cada uno de los seres creados es una manifestación de la Realidad divina. Se trata de convertirse en testimonio de lo que los seres son verdaderamente, es decir, de las maneras con las que se nos manifiesta Dios.

La excelencia de comportamiento consiste en ponerse siempre al servicio de los demás y practicar la generosidad con el prójimo. "La más alta estación espiritual es la de la servidumbre" nos dice Sidi Hamza. Si uno desea una rápida progresión es importante el dar sin contar, sin calcular (ni el tiempo, ni el dinero ni la hospitalidad). El discípulo recibe en la medida que ofrece sin esperar nada a cambio. Por consiguiente no hace falta mirar atrás y anotar todo aquello que uno ha dado, sino dar por Dios, dar como si uno tirara algo al mar y sin pensar en los derechos sobre cualquier cosa.

Todas estas virtudes espirituales no son innatas: provienen de las predisposiciones espirituales de cada uno y son el objeto de un profundo trabajo personal. Por esto, Sidi Hamza nos dirige unas indicaciones muy concretas al respecto:

"Cada uno debe vigilar su corazón. Toda sugestión deberá ser rechazada. Es preciso rechazar lo que es en sí malsano y procurar abrirse a todas las Gracias Divinas, a lo que es positivo y favorece el camino y el desarrollo. Pero, ¿ Cómo rechazar las sugestiones negativas? Cuando se las sienta llegar, es preciso decir a su ego que está equivocado y que es él quien tiene todos los defectos y no los otros. " Soy yo el que está equivocado. ¡Si veo el defecto en el otro es porque está en mi, sino no lo habría visto!". No dejad entrar en vuestro corazón las sugestiones negativas porque sino se convertirá en una cuadra llena de desechos. Intentad guardar vuestro interior limpio y puro, el dhikr os ayudará a sacar lo que hay de impuro. La llave de la respuesta está en el dhikr. Gracias al dhikr tendréis la intuición de lo que conviene hacer en cada situación y la respuesta a todas aquellas cuestiones que se os presenten".

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