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Huellas e imágenes de la realidad en el discurso de los media

Ponencia en el encuentro Arte, ciencia y espiritualidad. Conexiones entre culturas planetarias emergentes. Fundación Al Ándalus. Leonardo Journal. MIT Press. UNESCO. Melilla. 2004

06/09/2005 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: CDPI Junta islámica
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Hashim cabrera junto a Francisca del Carmen Sánchez en el Encuentro Arte, Ciencia y Espiritualidad: Conexiones entre Culturas Planetarias Emergentes,
Hashim cabrera junto a Francisca del Carmen Sánchez en el Encuentro Arte, Ciencia y Espiritualidad: Conexiones entre Culturas Planetarias Emergentes,

A medida que avanzamos en el nuevo siglo vamos obteniendo con cierta claridad una visión panorámica de las artes del siglo XX, sobre todo de su vocación analítica con relación a los diferentes lenguajes, soportes y técnicas. La tensión entre esa actitud deconstructiva y la pervivencia de las diversas expresiones del naturalismo, discurre a lo largo de todo el siglo, dando lugar a las distintas escuelas surgidas de las vanguardias, paralelas a la evolución del pensamiento y de las ciencias occidentales.

En la conjunción de esa dialéctica de arte, ciencia y espiritualidad, Kandinsky propuso un lenguaje visual global y unitario, conciliando esa vocación analítica con el principio de la necesidad interior, del significado del arte. Quiso cerrar la profunda herida del racionalismo reivindicando para las artes visuales una liberación sin precedentes. Buscó el encuentro del arte con la ciencia y la espiritualidad, y se encontró con un poema del sheij Muhámmad Al ‘Alawi, un sufí contemporáneo suyo, durante un viaje a Mostaganem, Argelia, con miembros de la Sociedad Teosófica. Ese humilde poema místico inspiró claramente las bases de la gramática visual contemporánea. El Suprematismo de Malevitch, la Bauhaus alemana, Rothko, el minimalismo, buscaron también y propusieron ese espacio unitario. El suizo Karl Gerstner lo encontró finalmente en Fes, Marruecos, a finales de la década de los ochenta, en el humilde tastir de Kamal Alí. Las vanguardias restablecían así los vínculos perdidos con otras tradiciones, y reconocían la validez de las visiones holísticas de diferentes pueblos y culturas. Este hallazgo epistemológico propició la creación de nuevas herramientas conceptuales de producción visual, y de nuevas tecnologías que son los medios intelectuales y materiales que utilizamos hoy en este occidente que propone la cultura de masas y la globalización.

La ciencia del siglo XX nos habló de relatividad, de interacción, de estructuras formales que sustentan una creación o un universo único, desvelándonos su insustancialidad e inmaterialidad, al tiempo que la obra de arte abandonaba la vocación representativa, el ilusionismo, la virtualidad. Hoy, tras ese siglo analítico y deconstructivo, la irrupción de la tecnología digital está propiciando un cambio de los soportes artísticos tradicionales, una intensa transformación de los lenguajes y de las formas de comunicación.

En las sociedades tradicionales la palabra y la imagen son un tesoro escondido que al brotar va dejando sus huellas en la memoria, hasta que esas huellas acaban siendo fijadas, registradas, escritas, almacenadas y reproducidas como un valor de cambio económico, de supervivencia cultural e identitaria. En nuestras sociedades postindustriales la escritura es vertida y reproducida conjuntamente con el sonido de la voz. Letra y palabra se confunden en un mismo soporte digital.

Pero, a diferencia de lo que nos ocurre cuando contemplamos el paisaje de la naturaleza ó sus representaciones tradicionales, cuando nos asomamos al paisaje digital nos sustraemos al esfuerzo de retenerlo en nuestra memoria, porque sabemos que puede ser instantánea e ilimitadamente reproducido. La imagen y el sonido digitales están guardados —defendidos del olvido y del deterioro— en otra memoria, en una memoria independiente y virtual, en aquella misma caverna donde Platón situaba a las ideas, en el mundo imaginal, en el ‘alam al mizal donde Ibn ‘Arabi, sufí andalusí del siglo XII, situaba el órgano de la imaginación activa y creadora, un mundo donde puede constatarse la condición autónoma de los seres espirituales y la disolución de las categorías que encadenan la vida de nuestro pensamiento.

A través de estos nuevos soportes, la vida y el pensamiento contemporáneos encuentran la posibilidad de restablecer vínculos entre las diferentes áreas del saber y de la experiencia, unas relaciones que se hallan profundamente debilitadas debido sobre todo a la especialización. La fragmentación del conocimiento propia del pensamiento analítico está dando lugar a un espacio que reúne un inmenso inventario de datos, y a la esperanza de que ese soporte, por sí solo, unido a la posibilidad de comunicación e interacción global podría devolvernos una visión unificada o al menos coherente de la realidad y proveer así una identidad global, una especie de cultura única y planetaria.

Pero eso, afortunadamente no es así, porque necesitamos un criterio para discernir esos datos, para leerlos y gestionarlos de manera que nos ayuden a vivir y a conocer la realidad. Existirá la posibilidad de llegar a una identidad global cuando dispongamos de un criterio gnoseológico adecuado plural y respetuoso con la memoria de todos los pueblos y culturas. Lo que está en juego es nuestra propia identidad y no nuestra capacidad para producir tecnologías más y más eficaces.

Hace veinticinco años el pensamiento posmoderno postuló el fin de los relatos y de la historia y nos trazó una identidad rota, fundada en lo fragmentario, en lo inconexo, que no propugnaba soluciones sino que asumía la rendición de los media a la maquinaria tecnológica y a su principal virtud legitimadora, la eficiencia, tal y como señaló J.F. Lyotard. Este pensamiento nos ha legado un vasto repertorio de huellas e imágenes de la realidad, una vasta memoria cultural, pero nos ha sustraído los criterios para interpretarla y comprenderla, al asumir el naufragio de todas las culturas y de sus narraciones en la aldea de la tecnología global y en un pensamiento homogéneo basado fundamentalmente en el criterio de eficiencia y en la representación alegórica.

Precisamente, desde un punto de vista gnoseológico, la alegoría es, tal vez, el mayor obstáculo que hemos de enfrentar a la hora de proponer nuevos lenguajes, de definir los ámbitos de la comunicación. Henry Corbin, con toda su lucidez ha escrito:

"La alegoría es una operación racional que no implica el paso a otro plano del ser ni a otro nivel de conciencia; es la figuración, en un mismo nivel de conciencia, de aquello que podría ser conocido de otra forma. Por el contrario El símbolo propone un plano de conciencia que no es el de la evidencia racional: es la ‘cifra’ de un misterio, el único medio de expresar lo que no puede ser aprehendido de otra forma; El símbolo nunca es ‘explicado’ de una vez por todas, sino que debe ser continuamente descifrado, lo mismo que una partitura musical nunca es descifrada para siempre, sino que sugiere una ejecución siempre nueva" 1.

Los media son hoy el instrumento conformador más potente del imaginario global, pero se trata de una herramienta poderosa que puede ser usada de diversas formas. Los contenidos que propagan los grandes medios tratan de afianzar la ideología de la eficiencia mercantil, supeditando las diversas dimensiones de la vida y la actividad humana a ese mismo criterio de eficiencia. La tecnología digital que afecta a los media —la que sostiene a los medios de comunicación masivos y a las redes de producción y comunicación electrónicas—mantiene activo el pensamiento mítico. Las viejas alegorías de la civilización y de las culturas son hoy la letra de cambio del neoliberalismo y de su religión de mercado. Se sustituye así la experiencia cultural y espiritual por sus representaciones.

Junto a este modelo anacrónico está surgiendo por todos sitios una nueva conciencia que abre la posibilidad de reconducir ese pensamiento mítico y pesimista hacia una experiencia de la realidad. Cuando reconocemos la virtualidad implícita en sus imágenes y en sus huellas, vivimos un despertar del sueño de la razón a la conciencia de lo real. Hablamos de una conciencia que surge y modela entornos abiertos e integradores, que crece como crecen las plantas, que fluye como fluyen los ríos. Estos nuevos ámbitos de producción y comunicación pueden favorecer el trabajo interior, la contemplación activa y el desarrollo de la imaginación creadora, que son las acciones que nos ayudan a trascender nuestra propia historia intelectual y cultural. Los nuevos medios favorecen las condiciones para que se produzca una comunicación eficiente, un intercambio enriquecedor, para que florezcan las ideas, la ciencia y el arte de los pueblos, entre las cenizas de la vieja y centralizada aldea global.

Como bien dice el videoartista cordobés Tete Álvarez, lo que ahora se plantea es "hasta qué punto las nuevas tecnologías de la información y el conocimiento han modificado sustancialmente el significado de conceptos como espacio y tiempo. Cómo el tiempo lineal entendido como devenir histórico ha dejado paso al tiempo real, la "perpetua posibilidad" de los versos de Elliot, un tiempo único eternamente presente que convierte en cenizas nociones como pasado y futuro. El territorio, antes plural, deviene en espacio virtual global, un espacio uniformado por la velocidad de las comunicaciones que reclama la lógica del sistema mercantil."

Necesitamos transitar estos espacios intermedios, cruzar esos puentes que nos devuelven a una experiencia de la realidad, a un espacio identitario global donde arte, ciencia y espiritualidad brotan juntos sin confundirse. Retornar al mundo del sentido, al mundo imaginal —‘alam al mithal— que nos propone Corbin, donde ciencia y pensamiento estén tan cerca como puedan estarlo arte y tecnología. Hemos heredado la alegoría pero al mismo tiempo hemos visto mermada nuestra capacidad de interpretar los signos, nuestra imaginación creadora. Hemos aprendido a leer una imagen, a interpretarla y reinterpretarla hasta el punto en que su significado ha llegado a ser una mera una palabra sin valor, y así, casi sin darnos cuenta, nos hemos rendido a esa imagen, a su existencia mítica.

Entre el sueño del vídeo y la inmediatez de la fotografía digital late la recurrencia a esas huellas e imágenes de la realidad, construyendo la eterna alegoría borgiana, un discurso que llega a ser vivido e interiorizado por los media como experiencia de una melancolía sin forma2, según nos dijo el profesor Arnheim en los años setenta del pasado siglo, como una sucesión interminable de rasgos que no llegan a precisar lo real, sino tan sólo a constatar su naturaleza inabarcable.

El discurso alegórico nos hace vivir una realidad jerarquizada, consensuada y virtual. Enfrentamos la disolución del sujeto —la muerte de ese yo que nos ha legado el pensamiento más tardío de las Luces— en un mundo velado, saturado de imágenes y huellas pero pobre de signos, en un cruce de caminos, como palomas mensajeras que nos parásemos por un momento en el aire a recordar nuestro destino.

Junto a esa rendición a la virtualidad, surgen expresiones con una intensa vocación de realidad. Esta conciencia no es tan nueva, y aparece expresada en numerosos pasajes del pensamiento tradicional. Nuestro maestro Ibn ‘Arabi afirma que: "El mundo es mera ilusión; no tiene existencia real. Este es el significado de —jayal— ‘Imaginación’. Imaginas que el mundo es una realidad independiente, distinta de la Realidad —al Haqq— pero en verdad no es nada de eso. Debes saber que tú mismo no eres sino imaginación. Lo que percibes y aquello que señalas como distinto a ti también es imaginación. Así pues, el mundo existencial es imaginación dentro de la imaginación".

Todas las imágenes posibles de la naturaleza y las culturas están en cada momento disponibles para todo el mundo, ready-made, como proponía Marcel Duchamp. Adquieren hoy un gran sentido las palabras de Kasimir Malevitch cuando al final del manifiesto de Vitebsk, en febrero de 1922 escribió: "Es preciso liberar el camino del ser humano de toda la parafernalia objetiva. Sólo entonces podrá percibirse por completo el ritmo del estímulo cósmico, sólo entones el planeta entero estará cubierto por una envoltura de eternidad, en el ritmo del infinito cósmico, del silencio dinámico."

Lo cual no deja de ser una visión de lo que hoy supone el espacio de la información digitalizada, donde las palabras y las imágenes han llegado a ser globales e insustanciales, a convertirse en un mero inventario de datos.

Están emergiendo nuevas formas de organización y comunicación más flexibles y eficaces. La naturaleza abierta de las redes de comunicación hace difícil el mantenimiento de las viejas identidades. Los nuevos soportes aportan inmediatez y presencialidad crecientes, y equilibran la carencia comunicativa que tienen esos espacios públicos imaginarios que mantienen sin cesar los medios de comunicación de masas. Estos nuevos soportes pueden llegar a ser un ámbito de pensamiento y lenguaje alternativos al pensamiento alegórico contemporáneo.

La clave de estas nuevas formas de conocimiento y expresión no es tanto instrumental como identitaria. La homogeneidad de la red y la autonomía de los nodos choca frontalmente con las estructuras de poder tradicionales, jerárquicas y centralizadas. Esto nos lleva a ciertas conclusiones. Una conclusión importante es, por ejemplo, que la globalización, la aceptación de la humanidad como una sola y del planeta como espacio común, implica necesariamente la forja de una identidad abierta a lo diverso, humana, universal, de un pensamiento y una experiencia integradores del individuo y la comunidad, de la naturaleza y las culturas, del arte, la ciencia y el pensamiento. Una verdadera identidad global ha de dar cabida a lo diverso, a ese fondo de universalidad y conocimiento que cada cultura expresa de forma vital y genuina. La identidad global implica el reconocimiento y la comprensión del mundo como espacio unitario y contiguo, implica también el reconocimiento de la naturaleza ilusoria, virtual y relativa de las representaciones, e implica, sobre todo, conciencia de la unicidad de lo real, una realidad donde tiene cabida cualquier discontinuidad, cualquier creación.

Una identidad cultural y espiritual globales pueden conformarse a partir del reconocimiento de la universalidad de unas señas de identidad comunes a todos los pueblos y culturas, que tienen que ver con la condición básica del ser humano, con sus necesidades y expectativas reflejadas en las diversas lenguas y sistemas de comunicación. Así podemos concluir que el conocimiento y la comprensión de los vínculos que unen a las diversas visiones y culturas es una tarea prioritaria en este proceso de reconducción del pensamiento global y, por lo tanto, de la misma globalización. El reconocimiento de estos vínculos es también un reconocimiento de ese sustrato real y único, inabarcable y misterioso e implica una clara dimensión espiritual.

De la exclusión a la inclusión, del análisis a la experiencia del tawhid. Y es aquí donde la visión y el pensamiento islámicos pueden aportar valiosos criterios. En la ciencia del tawhid, en la conciencia que surge como experiencia de lo único real, está implícita la posibilidad de articular lenguajes sintéticos que, sin embargo, no sucumban al autoritarismo, pues hay en el tawhid un reconocimiento claro del carácter relativo y virtual de toda expresión, representación y creación. Mediante la ciencia del tawhid podemos aplicar criterios a la hora de conocer la realidad en sus diferentes manifestaciones, a la hora de extraer conclusiones, de proponer soluciones. Una ciencia que no es otra cosa que la conciliación de toda identidad, del observador y de lo observado, del arte y de sus objetos, de la realidad y sus representaciones.

El restablecimiento de los vínculos entre arte, ciencia y espiritualidad no son sólo un asunto occidental pero sí fundamentalmente occidental, aunque hoy habría que reconsiderar estos términos porque ya no responden a la realidad contemporánea ni en un sentido geográfico ni cultural. ¿Dónde están hoy oriente y occidente? El proceso de secularización, de separación de esferas de la experiencia y la actividad humanas y de la especialización, aún sin ser un fenómeno exclusivamente occidental, tiene en la modernidad occidental su expresión más acusada y radical. Por eso, los herederos culturales y espirituales de ese occidente en trance de desaparición miran hoy hacia otras culturas y visiones en las que han prevalecido hasta tiempos más recientes visiones integradoras y unitarias que implican una conciencia global.

Las identidades cerradas y excluyentes que imponen a los media los grandes medios de comunicación chocan frontalmente con la necesidad vital de conocimiento de muchos seres humanos que las sufrimos. Esas imágenes coercitivas, esas huellas e imágenes de la realidad, ocupan hoy prácticamente todo el espacio comunicacional. Las cadenas televisivas, las emisoras de radio y los periódicos reproducen y actualizan sin cesar un imaginario mítico basado en los géneros literarios y cinematográficos tradicionales. Los usuarios reciben una dosis continua de información previamente pactada y consensuada, adaptada a las necesidades políticas, a las formas y horarios de producción, a los calendarios macroeconómicos.

En la actualidad, los llamados medios de comunicación de masas funcionan básicamente en una sola dirección: del diseñador y programador al espectador/consumidor. Son, básicamente, soportes para una representación. Hasta ahora los ciudadanos han sido meros espectadores-consumidores de información, han tenido pocas posibilidades de interactuar con esos lenguajes y esos medios, de influir en su forma de conocer la realidad. Y por otra parte, las experiencias creativas de los mediartistas, con las nuevas herramientas de producción visual —que podrían ayudarnos a regresar al mundo del significado, con las palabras propias de estos medios— no tienen aún presencia en la experiencia cotidiana de los ciudadanos.

También podemos usar estos nuevos soportes con plena conciencia de su valor y eficacia, enfatizando las cualidades características que le son inherentes, devolver los medios a su fuente y usar estos lenguajes para diseminar la conciencia, la belleza, la salud y el sentido, como proponían Kandinsky, Malevitch, Mondrian o Rotkho. Arte, ciencia y pensamiento no son ámbitos distintos cuando hablamos de la creación, de la transmutación, de la vida y de los lenguajes, cuando nos sumergimos en la experiencia del tawhid. Necesitamos un arte que surja cuando el pensamiento conviva con la tecnología manteniendo intacta su función crítica y gnoseológica, cuando deje de servir a unos criterios mediatizados exclusivamente por el criterio de eficiencia. Necesitamos conocernos y conocer el mundo. Un arte conectado a su fuente, a la creación, proveedor de signos, de sentido, en el que las distintas palabras no sean tan sólo la expresión de una irresoluble contradicción.

Notas:
1.- CORBIN, Henry. La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ‘Arabi. Ediciones Destino. Barcelona 1993. p.26.
2.- Arnheim, Rudolph. Hacia una Psicología del Arte. Arte y Entropía. Alianza Forma. Madrid, 1989.

Página del autor: www.hashimcabrera.com

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