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Del Rif a Alcorcón

Paseo por la localidad madrileña entre hiyabs, mezquitas sospechosas y carniceros halal

11/08/2005 - Autor: Mohamed Talbi - Fuente: El Mundo
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Lahcen Cherrut junto a su familia /ANTONIO HEREDIA
Lahcen Cherrut junto a su familia /ANTONIO HEREDIA

En el restaurante Al-Manar, el aroma de las especias se mezcla con el intenso olor a tabaco que desprenden los cigarrillos de tres corpulentos marroquíes, todos ellos de origen rifeño. En un árabe raquítico, comentan airadamente lo exagerado de la medida del carné por puntos, lo sumisos que son «los ponys ecuatorianos» y lo pervertidas que se han hecho las mujeres marroquíes.

Estamos en Alcorcón, municipio madrileño que en los últimos años está absorbiendo a gran parte de los marroquíes que llegan a la capital. Ya desde la salida de la estación de metro, se observa la fuerte presencia de jóvenes de aspecto magrebí que forman grupos en las puertas de los 40 cafés árabes brotados como hongos en los últimos 10 años.

Lahcen Cherrut es el propietario del Al-Manar. Arribó a España de polizón en un ferry en 1991 dejando atrás mujer y cinco hijos que no volvería a ver hasta 1996. Pero en sus cinco años de ilegalidad contó con el inestimable apoyo de sus compatriotas de Móstoles.

Catorce años después, Lahcen prepara junto a su mujer Fátima los sabrosos tallines -guiso marroquí- en su pequeño restaurante en Alcorcón. Ya han casado a sus dos hijas mayores -que viven en Italia- y trata de educar a sus otros tres hijos, Lamiae (16 años), Mojliss (14) y Mohamed (11) en una espaciosa casa de tres habitaciones.

Confía en regresar cuando se jubile. «Estamos muy bien en España pero no podemos olvidar Marruecos. Por más que intentamos reproducir el ambiente de nuestro país, no logramos despojarnos de los tiernos recuerdos que nos persiguen».

Los Cherrut son seis de los casi 505.400 ciudadanos marroquíes que viven España. En sus casi 15 años de estancia en tierras españolas, Lahcen ha observado la imparable ascensión del número de compatriotas, que se ha incrementado un 994%. Madrid es, después del País Vasco, la comunidad en la que menos se ha desarrollado la inmigración marroquí. Sólo a partir de 1997 comenzó a duplicarse la cifra de domiciliados en la capital. «Nos gusta trabajar por cuenta propia. Desde que han empezado a llegar ecuatorianos y rumanos, los españoles no nos quieren contratar. Ellos se conforman con sueldos miserables. Nosotros hablamos en tono desafiante a nuestros jefes, ellos prefieren la sumisión y siempre contestan: "Lo que mande usté», argumenta con altivez un asiduo del restaurante.

Pero Lahcen repite machaconamente que la convivencia en el pueblo es satisfactoria. «Ni siquiera en los días posteriores al 11-M, la confianza entre nosotros y el resto de comunidades se vio socavada. Aquí hay total libertad, el que quiere ir a emborracharse va a un bar y el que quiere ir a rezar va a la mezquita».

El de Rachida es un caso distinto. Reitera con insistencia cansina que mi estancia en su estudio no puede durar más de dos días. «No quiero que piensen cosas... Soy divorciada y tengo que proteger mi honor».

La conocí hace dos años, cuando yo era estudiante y me quedé a petición de mis padres en su casa en Majadahonda. Rachida vivía con su madre, compartía piso con dos jóvenes marroquíes, era más afable y no llevaba pañuelo. «Intenté regularizar la situación de mi madre pero no hubo manera. Volvió a Marruecos en mayo y ahora me siento sola».

Rachida acaba de cumplir 35 años y trabaja en casa de una familia española en Móstoles. Llegó a España hace 10 años. Su fracaso matrimonial con un español converso y las truculentas experiencias con sus ex compañeros de piso han hecho que adquiera un carácter áspero y han impregnado su discurso con expresiones de tinte religioso: «Es preferible que vuelvas a Marruecos, no tienes nada que hacer en la tierra de los nazarenos término utilizado por algunos marroquíes para referirse a los no musulmanes».

Con más distensión me acoge Mustafá Lamrani, Musta para los amigos. Tangerino de 37 años y vecino de Alcorcón, vive ilusionado con su nuevo empleo y su futura boda con una marroquí en diciembre. «En Marruecos he hecho de todo, trabajaba 14 horas y mis esfuerzos no eran recompensados. En el mejor de los casos me daban 140 euros». Tramitó un visado de turista en Tánger y, a principios de 1996, se instaló en Madrid. «Mi llegada a Alcorcón no fue fortuita. Un primo que tengo en Barcelona me dejó colgado y conseguí trabajo en una cadena de restaurantes. Al comprobar mi eficiencia me pidieron ejercer de instructor de empleados recién incorporados a su restaurante en Alcorcón». Pero alguna vez se sintió rechazado. «En una ocasión mis propios compañeros me boicotearon por ser marroquí. El trabajo duro , para el moro».

Me dejo perder bajo un sol de justicia por las calles en busca de la mezquita. Cuando consigo localizarla, me informan de que en verano sólo se abre a la hora de la oración. «El imam está de viaje. Después de tres años sin papeles, por fin ha podido regularizarse y bajar a Marruecos para ver a sus hijos».

Pese a su aspecto modesto y sus pequeñas dimensiones, la mezquita de Alcorcón fue uno de los lugares señalados por sus estrechos vínculos con el islamismo radical. Desde su púlpito, Samir Ben Abdellah, más conocido como el imam de Alcorcón, lanzaba furibundas invectivas contra todo aquel que no seguía la doctrina de Mahoma. El juez Baltasar Garzón ordenó su detención en el marco de la Operación Nova.

Igual de importantes que las mezquitas son las carnicerías halal.Además de prohibir el consumo de porcino, el Islam ha establecido preceptos muy estrictos a la hora de degollar los animales. Abdelkrim Ziani es un ejemplo de empresario emprendedor que en muy poco tiempo ha abierto dos carnicerías, una en Alcorcón y otra en Torrejón de Ardoz.

A Abdelkrim le brillan los ojos cuando ve entrar a una fornida marroquí con su marido español. Sin ningún tipo de pudor, me susurra: «Estas marroquíes son lo peor. Con nosotros se hacen las estrechas y cuando se acuestan con los españoles hacen auténticas virguerías».

Además de carne, Abdelkrim vende mantas, teteras, vasos y un sinfín de artículos que importa de mercados marroquíes en Bélgica y Marruecos. Se casó cuando tenía 16 años y, tras una breve visita a España, decidió quedarse en Madrid.

Topónimos rifeños

Locutorio Rif, tetería Chaouen, bar Alhucemas, casi todos los nombres son topónimos de pueblos y ciudades situadas en las regiones rifeñas en una clara reivindicación cultural, que los habitantes de esta castigada parte de Marruecos tienen denegada en su propio país.

En uno de estos locales, en la calle Madrid, me detengo, atraído por una conocida balada de Cheb Hasni, un mito de la canción argelina que fue asesinado en la región de las kabilias. Pasados los años, la música Rai sigue calando igual de hondo entre los jóvenes marroquíes.

Dentro del angosto bar, un camarero lía con parsimonia un porro, me sonríe y me comenta que es el primero del día. Con familiaridad me pasa el porro y me pregunta de dónde soy. Saber que soy de Tánger le anima y me empieza a preguntar por nombres de barrios y narcotraficantes que él conoce. Sólo interrumpe su charla para pasarle a su multiétnica clientela su dosis. «A estos búlgaros les das excremento de vaca y se lo fuman». Kassem me cuenta que cada vez es más difícil conseguir hachís de buena calidad y que en breve bajará a veranear en Marruecos.

Mareado, abandono su local y me dirijo a la estación de metro, por el camino me cuentan que el restaurante Al-Manar ha sido asaltado por unos desconocidos.

La ropa y el vocabulario

Los jóvenes marroquíes muestran especial predilección por la ropa deportiva de marca. Pero el componente religioso también está presente: se puede ver a las mujeres marroquíes con sus hiyabs -pañuelos que cubren su cabeza- en una mezcla curiosa de lo occidental y lo oriental. Y con los calores veraniegos, los hombres no dudan en ponerse sus gandoras (chilaba ligera y suave). En cuanto al vocabulario, siempre han sido políglotas. Pero, sin duda, los del norte del país son los que, por su pasado colonial, mejor castellano hablan. Además en el habla del norte, sobre todo en Tánger y Tetuán, es frecuente el uso de palabras españolas para designar objetos cotidianos: tilivision, por televisión; nibira por nevera, cuzina por cocina...


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