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La hora del islam moderado

Los musulmanes dignos deben de salvar de la ignominia a su religión

07/08/2005 - Autor: Marcos Aguinis - Fuente: La Nación
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Marcos Aguinis
Marcos Aguinis

La angustiosa pregunta que recorre ahora el mundo exige saber cómo se puede acabar con los crímenes del terrorismo. Hace tiempo que empezó esta cuarta guerra mundial y predominan las confusiones, como sucedió con las otras.

Una de las peores confusiones radica en no diferenciar las palabras "comprender" y "justificar". Casi todo puede ser estudiado y comprendido, lo cual no significa que todo deba ser justificado. La conducta asesina de Hitler, por ejemplo, puede ser objeto de comprensión en base a su biografía y al contexto en que le tocó vivir, pero eso no da derecho a justificar su política totalitaria y asesina.

En los países civilizados y democráticos se tiene cuidado de no acusar al islam como fe, lo cual está muy bien. El islam es una religión histórica donde se pueden encontrar -como en las otras- elementos que empujan hacia el odio y elementos que empujan hacia el amor. Eso es evidente en toda religión que se examine con ojo crítico.

Pero el cristianismo ha dado un ejemplo formidable. Ha tenido su gloriosa hora de la verdad y realizó desde adentro las gigantescas reformas que necesitaba para compatibilizarse con el avance irrefrenable de la Ilustración. Desde la condena a Galileo hasta el Concilio Vaticano II corrió agua y sangre, pero finalmente la Iglesia Católica y casi todas las iglesias reformadas se han convertido en factores que favorecer el progreso, el pluralismo y la armonía universal.

Aunque nos cueste decirlo, es indiscutible que el terrorismo que desgarra el mundo tiene el sello del islam, ya que quienes planean y ejecutan los ataques son musulmanes y lo hacen en nombre de su religión. Para que se imponga en el mundo por sobre las de los "infieles" y sus valores degenerados. Comparto el dolor de los buenos musulmanes que repudian ese propósito, pero lamento pedirles que tengan en cuenta un detalle: ese rótulo no es una formulación arbitraria de la civilización.

Los ataques se perpetran en nombre del islam y gozan de enorme simpatía entre millones de musulmanes. Hasta el día de hoy, con décadas de asaltos a los aviones, aeropuertos, estadios olímpicos, supermercados, disquerías, hoteles, ómnibus escolares, subterráneos y otros sitios concurridos por civiles inocentes, no hubo una fatwa emitida por una gran personalidad islámica, ni por una entidad religiosa islámica, ni por un grupo de instituciones islámicas que denunciara su carácter inmoral.

Condenas esporádicas

Lo que sí hubo son esporádicas condenas de los atentados, muchas veces ambiguas y asociadas a una crítica compensatoria que trataba de disminuir la gravedad del delito. En esas ocasiones no faltaron lanzazos contra los Estados Unidos, Israel, el resto de Occidente o la depravación de las democracias, como para expresar "sí, está el terrorismo islámico, pero también el terrorismo de esos otros".

Las condenas con tufillo a hipocresía no sirven porque no son claras, valientes ni decididas a ir al fondo del problema. El fondo del problema no es Occidente ni la democracia ni la pobreza. El fondo del problema es la psicosis asesina que se incubó en las entrañas de la gran religión llamada islam y que deben extirpar los mismos musulmanes.

Por eso ha llegado la hora del islam. Millones de niños y jóvenes son inducidos al odio en madrazas que ignoran la tolerancia y el pluralismo. Las pagan ríos de petrodólares y colectas en el resto del mundo. Poco o nada han hecho las autoridades religiosas y civiles para convertir esos sitios en lugares donde se enseñe a pensar con libertad y también a tener respeto por el otro.

En numerosas mezquitas de Europa se predica el odio e incita a la jihad. Las denuncias que se hicieron sobre casos precisos no fueron tenidas en cuenta por el prejuicio de que no es "políticamente correcto" intervenir en otras culturas. Pero no se pensó que a esas "culturas" se les daba libertad para conspirar contra la cultura occidental que brinda generoso albergue, respeto y beneficios.

Los atentados de Londres son la mejor prueba de la ingratitud y el rencor insaciable que anida en el alma de los terroristas, en especial de quienes predican y planean los ataques, ni hablar de los jóvenes idiotas que se inmolan tras su lavado de cerebro. En Londres el islam ha gozado de plenos derechos y la población musulmana no era molestada en absoluto. Pero luego de la masacre se produjeron lamentables reacciones que encendieron la alarma en las aglomeraciones musulmanes. Hasta ese momento no habían sentido la obligación de expulsar -ellos mismos- a los imanes que fomentan el odio ni a los sujetos que elogian ese endriago llamado suicida-homicida.

Asustados, por fin decidieron tomar la actitud que hace rato se esperaba de ellos: quinientos dirigentes, eruditos y clérigos musulmanes se unieron para firmar una fatwa en contra de los ataques, recordar que el Corán no acepta el suicidio ni el asesinato de inocentes y citar el noble versículo que dice "quien mata a un ser humano es como si matase a la humanidad, y quien salva una vida es como si salvase a la humanidad".

Por primera vez, hace menos de una semana, sucedió un hecho de este tipo. Debemos celebrarlo.

Pero ese hecho ya ha sido criticado por los musulmanes que quieren seguir con el terrorismo. Otros suponen que la manifestación de los quinientos es sólo oportunista, para evitar la ira de los británicos. El hecho de que se haya firmado inmediatamente después de las represalias de muchos ingleses enloquecidos por la bronca, daría respaldo a esta suposición. Por lo tanto, es una fatwa no debería tomarse en serio. Ayer hubo nuevos atentados.

En manos de los musulmanes

La hora del islam debe consistir en un esfuerzo colosal de todos los musulmanes racionales para expandir por el planeta la decisión firme y apasionada de oxigenar su religión hasta liberarla de los restos paleontológicos que la tienen encadenada a la Edad Media. Deben prohibir la enseñanza del odio. Deben deslegitimar, descalificar y condenar todo asesinato de civiles. Deben ridiculizar al suicida-homicida e insistir una y otra vez a ese imbécil que no va al cielo sino al infierno, que no es un mártir sino un criminal. Y deben expulsar a quienes se dedican a convertir el islam en una religión de asesinos. Insisto en que tienen que hacerlo los mismos musulmanes, es el monumental desafío que les depara esta etapa de la historia.

Para que se entienda mejor, vale la pena hacer un paralelo entre el terrorismo islámico y el nazismo alemán. El nazismo se consideraba con derecho a hablar en nombre de todos los alemanes. El que lo repudiaba era insultado y asesinado como traidor a la patria. El nazismo tuvo éxito en el sentido de lograr que el mundo llegase a identificar todo alemán como nazi, el mismo éxito que está logrando el terrorismo, que provoca la lamentable identificación de todo musulmán como terrorista. Pero hubo dignos alemanes que enfrentaron el ciclópeo poder de Hitler. Son quienes salvaron de la ignominia a su pueblo enajenado.

Esto mismo se exige ahora de los musulmanes dignos: que salven de la ignominia a su religión, que la desprendan de los bandidos que la han secuestrado. Que hagan sonar la hora de un islam respetable y querible, aliado de la paz. De lo contrario será el resto del mundo, como sucedió con el nazismo, quien deberá aplastar a la serpiente. Y el costo será mucho más horrible.

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