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Las paradojas de la democratización árabe

Las causas del terrorismo islámico proceden menos de Oriente Próximo que de la propia Europa

16/07/2005 - Autor: Olivier Roy - Fuente: El País
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Olivier Roy. Foto blogs.reuters.com.
Olivier Roy. Foto blogs.reuters.com.

Al declarar, durante su última gira por Oriente Próximo, que la democracia debía prevalecer sobre la estabilidad en la región, Condoleezza Rice sigue la misma línea de la política de los neoconservadores estadounidenses que condujo a la intervención militar en Irak. Los dos argumentos oficiales dados en aquella época para la intervención (existencia de armas de destrucción masiva en Irak y apoyo al terrorismo) demostraron ser falsos. Pero desde el punto de vista de los neoconservadores, esto no invalida un ápice la legitimidad de la intervención militar. La idea subyacente es que sólo la democratización puede permitir solucionar los conflictos de Oriente Próximo y, por lo tanto, erradicar las raíces del terrorismo. A los neoconservadores les gusta recordar que las democracias no se hacen la guerra unas a otras: una Palestina democrática debería aceptar la coexistencia con Israel. Asimismo, las armas de destrucción masiva sólo suponen un problema cuando están en manos de dictaduras. Dado que parece difícil destruir la capacidad nuclear iraní, para evitar la perspectiva de un Irán islámico y nuclear sólo queda sustituir al régimen de los mulás por una verdadera democracia: aunque ésta disponga de la bomba, no será una amenaza para sus vecinos o para Israel.

El razonamiento va todavía más lejos, ya que tiene por objetivo no sólo los regímenes hostiles (el Irak de Sadam Husein, el Irán de los mulás o Siria), sino también los regímenes amigos (Arabia Saudí o Egipto). En efecto, los estadounidenses han quedado muy decepcionados por el papel que Arabia Saudí parece haber desempeñado en la radicalización religiosa islámica (sin olvidar el hecho de que 15 de los 19 terroristas del 11 de septiembre de 2001 eran saudíes). Pero muchos neoconservadores también han llegado a la conclusión de que los regímenes laicos autoritarios, que parecen ser aliados de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo islámico, son en realidad los mejores proveedores del radicalismo islámico. Desde Egipto hasta Argelia, incluso en Marruecos, arrojan a los brazos de los islamistas a una población empobrecida y harta de la corrupción. El bloqueo político propio de estos países alimenta el resentimiento contra Occidente y permite una fusión entre islamismo y nacionalismo, fusión que se encuentra tanto en el Hamás palestino como en el Hezbolá libanés o entre los grupos suníes que luchan en Irak contra EE UU.

Así pues, Condoleezza Rice ha roto claramente con la visión kissingueriana de Oriente Próximo que privilegiaba ante todo los equilibrios regionales, basada en los intereses nacionales de cada país, sin tener en cuenta la naturaleza de los regímenes. Pero esta visión kissingueriana de una realpolitik que tiene en cuenta a los Estados y no a los regímenes es la que prevalece de facto en la política europea respecto a Oriente Próximo. Para los europeos, la democratización debe empezar por una reforma de los regímenes realizada desde el interior, mientras que para la Administración estadounidense debe empezar por la sustitución de los regímenes. En el primer caso, se propone ayudar a los regímenes para mejorar; en el segundo, se apoya a las oposiciones. La diferencia es notable.

Sin embargo, ambos planteamientos resultan complejos, e incluso están llenos de contradicciones internas. Al privilegiar el apoyo a los regímenes autoritarios laicos por miedo a que surjan unos regímenes islámicos, los europeos han cometido el error de disociar el laicismo de la democracia y, por lo tanto, dejar a la oposición islámica apropiarse de las demandas de democracia y del rechazo a la dictadura y la corrupción por parte de la opinión pública. Por otro lado, está claro que de Marruecos a Egipto, pasando por Túnez, los regímenes autoritarios no están preparados para reformarse realmente, lo que contribuye a reforzar la islamización contestataria en la sociedad. Desde este punto de vista, el planteamiento de la Administración de Bush es más coherente: si los regímenes no pueden reformarse, entonces hay que contemplar su sustitución. Pero esto plantea tres preguntas: ¿se puede imponer la democracia en Oriente Próximo?, ¿es coherente la política estadounidense de democratización? ¿pondrá fin la democratización de Oriente Próximo al terrorismo?

La idea implícita en la creación en Irak, tras la victoria militar en 2003, de la APC (Autoridad Provisional de la Coalición), bajo la dirección de Paul Bremer, es que se puede construir la democracia desde cero. La disolución de la Administración baazista y del Ejército, así como la gestión directa y autoritaria del país por Bremer, debían desembocar en unas elecciones que habrían hecho surgir una nueva clase política encabezada por exiliados como Ahmed Chalabi. El fracaso ha sido enorme. Las lecciones son claras: la democratización debe tener en cuenta la cultura política del país y apoyarse en las diferentes élites nacionales. No hay democratización sin legitimidad política y esta legitimidad tiene dos pilares: el nacionalismo y la religión. Las consecuencias son sencillas: la democratización supone la integración política, con el riesgo de la victoria electoral de los partidos islamistas. Supone asimismo que se reconozca la legitimidad de algunas reivindicaciones nacionalistas. Por eso los estadounidenses, tras la marcha de Bremer de Bagdad, tuvieron que resignarse a que una coalición chií bajo la dirección del ayatolá Sistani ganara las elecciones en Irak.

Aquí llegamos al segundo problema: las incoherencias de la política estadounidense. La democratización implica reconocer al Hamás palestino o al Hezbolá libanés como interlocutores legítimos. Pero aquí la voluntad de democratización se opone al fundamento mismo de la "guerra contra el terrorismo": Washington pide a los europeos incluir a ambos partidos en la lista de movimientos terroristas y al mismo tiempo alienta unas elecciones que darían a estos partidos una legitimidad electoral. Washington concede un visado a Nadia Yasín, figura destacada del islamismo marroquí, pero se lo niega a Tarik Ramadán, que en Francia anima a los jóvenes musulmanes a definirse también como ciudadanos franceses. No obstante, hay que hablar con los islamistas, porque no hay que imaginarse que la democratización, desde Afganistán hasta Palestina, traerá consigo una secularización de la sociedad, al menos a medio plazo. Pero los estadounidenses no están dispuestos a comprometerse a largo plazo, aunque algunos pensadores neoconservadores (Wolfowitz y Gerecht), e incluso liberales (el periodista Thomas Friedman del New York Times), defienden un compromiso mayor y a más largo plazo en Oriente Próximo. Pero es algo que la opinión pública estadounidense ya no respalda.

Sin embargo, a largo plazo las perspectivas de democratización están lejos de ser negativas: la participación electoral en Afganistán (octubre de 2004) y en Irak (enero de 2005), así como las manifestaciones en Líbano y en Egipto, muestran que la opinión pública del gran Oriente Próximo quiere la democracia. Por otro lado, cuando el sistema político es abierto, los movimientos islamistas se integran en el juego democrático: en Turquía, la metamorfosis del Refah en Partido de la Justicia y el Desarrollo (dirigido por el primer ministro Erdogan) confirma la normalización de los islamistas; en Bosnia, el SDA (Partido de Acción Democrática) de Izetbegovic dejó el poder tras perder unas elecciones; y en Malaisia, el PAS (Partido Islámico de Malaisia) participa en el juego institucional. Por otro lado, aparte de las crisis efímeras (Argelia en 1991), los islamistas suman entre el 15% y el 20% de los votos (incluido en Irán, donde el candidato ultraconservador Ahmadinejad logró el 20% en la primera vuelta). Estamos lejos del terremoto anunciado, a condición de que la integración de los islamistas en el juego político haya sido preparada. En todas partes la oposición entre laicistas e islamistas se difumina, pero se produce en beneficio del nacionalismo. Pero hoy el nacionalismo en Oriente Próximo es ante todo antiamericanismo. Los demócratas de la región, aunque se alegren de la caída de Sadam Husein y quieran elecciones, se niegan a identificarse con EE UU. Los regímenes autoritarios utilizan este nacionalismo para bloquear las reformas.

Por lo tanto, nos encontramos ante un conflicto de prioridades (democracia ante todo para Washington y reconocimiento de las reivindicaciones nacionalistas por parte de la opinión pública árabe) y un conflicto de calendario: los estadounidenses no están dispuestos a comprometerse masivamente a largo plazo; sin duda pedirán a los europeos que lo hagan, pero éstos no tienen en absoluto la misma visión.

Los terroristas juegan con estas contradicciones. El grupo de Al Zarqawi practica la política de lo peor en Irak: se desinteresa del pueblo iraquí y busca únicamente volver toda solución política imposible (fomentando la guerra civil entre chiíes y suníes). Al Zarqawi no pretende construir un Estado, aunque fuera islámico: para él, Irak es únicamente un campo de batalla. Los atentados de Londres y de Madrid también entran dentro de esta lógica de lo peor.

Llegamos aquí a la tercera pregunta: ¿puede la democratización de Oriente Próximo acabar con el terrorismo? Aquí caemos sin duda en lo que es una ilusión profunda sobre la naturaleza del terrorismo islámico contemporáneo: en él se ve, en mi opinión de forma equivocada, una respuesta procedente de Oriente Próximo a las intervenciones militares estadounidenses en la región. Es un lugar común decir que Gran Bretaña y España fueron golpeadas para castigarlas por su participación al lado de los estadounidenses en Irak. El razonamiento subyacente es que una retirada de Irak les pondría a salvo (y pone a salvo a los países que se desmarcan de los estadounidenses). Pero la cronología del terrorismo demuestra que éste no es una respuesta a las intervenciones militares en la región. Las acciones de Al Qaeda no siguieron sino que precedieron a las de los estadounidenses. Fue después del 11-S cuando los estadounidenses intervinieron militarmente en Irak y en Afganistán. De manera más general, se puede demostrar fácilmente que la acción de Bin Laden nunca es reactiva, diga lo que diga él mismo. Es un combatiente internacionalista desde comienzos de los años ochenta y, desde que combatió a los soviéticos en Afganistán, nunca ha ocultado su hostilidad hacia Occidente. Si le sorprendió el llamamiento hecho a las tropas estadounidenses por la familia real saudí en 1991, éste le opuso entonces a los saudíes (con quienes había mantenido buenas relaciones con anterioridad) y no a los estadounidenses, a los que siempre ha odiado. El primer ataque contra las Torres Gemelas en 1993 tuvo lugar cuando el proceso de paz entre israelíes y palestinos parecía funcionar. El 11 de septiembre de 2001 fue planificado antes de la segunda Intifada de septiembre de 2000.

Por otro lado, un estudio sobre la radicalización de los militantes de Al Qaeda demuestra que no han surgido de movimientos islamistas o nacionalistas de Oriente Próximo (salvo el pequeño grupo egipcio alrededor de Zawahiri). Por lo general, se han radicalizado fuera de Oriente Próximo (en especial en Occidente) y siempre han sido internacionalistas (como el precursor de Al Qaeda, Abdallah Azzam, que abandonó el combate por la liberación de Palestina, porque, para él, el carácter nacionalista de la lucha se realizaba en detrimento del islam). En cuanto a la generación actual de Al Qaeda, se ha radicalizado dentro de un contexto de globalización y no de lucha para establecer un Estado islámico en un país determinado.

Bin Laden siempre se ha referido a las causas sagradas en el mundo musulmán (Palestina, Irak) para justificar sus acciones ante la opinión pública musulmana, que es muy sensible a ellas, pero no es esto lo que le motiva. Con motivo del 11-S mencionó el conflicto israelo-palestino, pero ya no lo hace. En 2001 habló de la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí, cuando hoy ya no hay. Ahora habla de Irak y de Afganistán, pero se han descubierto proyectos de atentados en España tras la retirada de las tropas españolas. En definitiva, Bin Laden siempre mencionará razones "objetivas" para popularizar su lucha entre la masa de musulmanes (que sí son sensibles a estas causas), pero no son éstos los motivos que impulsan la radicalización de aquellos que pasan a la acción: el caso de Mohammed Bouyeri, el asesino de Van Gogh en Holanda, muestra claramente que ni Irak ni Palestina han desempeñado ningún papel en la radicalización. Se trata de un argumento propagandístico de Bin Laden, no tiene como fin el reclutamiento: éste se inició antes de las intervenciones militares y seguirá incluso en caso de retirada militar. En cambio, Irak desempeña el papel de yihad ejemplar para los internacionalistas que quieren realizarla. Pero hay que señalar que se desentienden completamente de Irak como tal: no hablan de un Estado islámico ni organizan en Europa unas redes políticas de apoyo a "la lucha justa del pueblo iraquí". Van allí para combatir a los estadounidenses y adquirir el entrenamiento y el espíritu de cuerpo para pasar a continuación a la dimensión internacional. Irak desempeña el papel que Afganistán y Bosnia desempeñaron para los internacionalistas islamistas.

Las causas del terrorismo islámico proceden menos de Oriente Próximo que de la propia Europa, en la radicalización de una franja minoritaria de jóvenes musulmanes desarraigados. La democratización en Oriente Próximo será un paso muy positivo hacia la paz, pero no es la respuesta mágica al radicalismo islámico, que está mucho más relacionado con las mutaciones del islam contemporáneo y con su globalización.

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