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El terror por el terror mismo

A veces, imbuidos en su fanatismo, se inmolan haciéndose volar por los aires...

08/07/2005 - Autor: Jorge Carlos Brinsek - Fuente: El Debate
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A veces, imbuidos en su fanatismo, se inmolan haciéndose volar por los aires... (Foto www.elrevolucionario.org)
A veces, imbuidos en su fanatismo, se inmolan haciéndose volar por los aires... (Foto www.elrevolucionario.org)

Nada puede justificar el terrorismo y, menos aún, cuando se invoca a Dios y a la sagrada religión del Islam para perpetrar estas barbaries, como la ocurrida ayer en el centro de Londres, o como la que devastó la estación de trenes de Atocha, el año pasado en Madrid, o la que pulverizó las torres gemelas neoyorquinas, hace ya casi cinco años, en los Estados Unidos.

Quienes actúan de esa manera, no son "combatientes", ni "revolucionarios" ni "mártires". Son simplemente asesinos. Reclaman el retiro de las fuerzas extranjeras de Irak, pero son los primeros en masacrar iraquíes y no dudarían en convertir ese sufrido y afligido país en un gran cementerio, si mañana tomaran el gobierno y quedaran absolutos dueños de la situación.

Son hombres cuyo único lenguaje son las bombas y las armas. Secuestran y asesinan a inocentes. Hacen estallar bombas cortando de cuajo las vidas de niños, mujeres y hombres que en modo alguno son responsables de las situaciones políticas que alegan combatir.

Si ellos sostienen que las tropas desplegadas en Irak también perpetran asesinatos, flaco favor le hacen a su causa poniéndose a la misma altura de la conducta que, aseguran, utilizan sus invasores.

A veces, imbuidos en su fanatismo, se inmolan haciéndose volar por los aires con la letal carga que llevan a su cuerpo. Son mal llamados "kamikazes" porque, como en otras ocasiones se ha explicado en esta columna, ese término es excluyente del oficial naval aviador japonés de la Segunda Guerra Mundial, que lanzaba su aeroplano contra un enemigo superior y tras ser acribillado por la artillería antiaérea del navío, se estrellaba ya sin vida en la cubierta tratando de provocar, aun después de muerto, el mayor daño posible. Un kamikaze jamás hubiera puesto una bomba en un ómnibus o un subterráneo, ni hubiera enviado su avión a un edificio lleno de civiles.

Toda guerra tiene sus leyes, y hasta para matar hay un reglamento. Y esas leyes excluyen incondicionalmente a la población civil y más aún fuera de un teatro de operaciones.

Si la resistencia iraquí embosca un convoy militar, puede entenderse –dentro del horror– que hay de hecho una beligerancia, pero incluso así los prisioneros de ambas partes merecen la máxima consideración humanitaria pese a que en estos casos no suele haber demasiada piedad en ambas partes. Pero una cosa es el combate en el terreno y otra muy distinta, atacando, sin posibilidad alguna de que las víctimas atinen siquiera a defenderse, blancos inocentes a miles de kilómetros de distancia.

Es cierto, porque sería hipócrita negarlo, que aldeas enteras fueron barridas del mapa por bombardeos aliados… como también lo es el hecho de que Saddam Hussein, en su momento, supo tener su cuartel general debajo de un hospital.
Pero una cosa no justifica la otra y la experiencia dice que, cuando la fuerza y el terror se imponen en este tipo de instancias, es difícil luego que las cosas vuelvan a su cauce.

Irak está ocupado por una coalición, de acuerdo, y sus habitantes tienen el derecho a la autodeterminación absoluta, lo más rápido posible. Pero en nombre del Islam se cometen brutales atentados en todo el mundo árabe, donde no hay un solo soldado extranjero. La explicación es simple. Es precisamente invocando el Islam, que bandas de forajidos quieren adueñarse de la voluntad de sus connacionales y someterlos poco menos que a la esclavitud, al menos en la libertad de sus ideas.

Y el Islam no tiene nada que ver con esto y quienes cometen estas atrocidades son los primeros en renegar de él. Nada más leer el Sagrado Corán, para darse cuenta hasta qué punto se blasfeman sus principios.

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