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La nueva insurgencia iraquí

Si conoces al enemigo y te conoces a tí mismo, no debes temer el resultado de cien batallas.

04/07/2005 - Autor: Steven Metz - Fuente: Los Tiempos
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Cuando una insurgencia llega a la masa crítica, se necesitan diez años o más para erradicarla. (Foto www.backfocus.es)
Cuando una insurgencia llega a la masa crítica, se necesitan diez años o más para erradicarla. (Foto www.backfocus.es)

Sun Tzu, el gran filósofo chino de la guerra escribió que "Si conoces al enemigo y te conoces a tí mismo, no debes temer el resultado de cien batallas". La ausencia de ese conocimiento trae problemas y a menudo lleva al desastre. Este es sin duda el caso del conflicto en Iraq, donde entender a los insurgentes es tanto crucial como difícil.

En cierta medida, la insurgencia iraquí refleja a sus predecesores históricos. El conflicto es un "teatro armado" en el que los antagonistas luchan y al mismo tiempo envían mensajes a un público más amplio, en particular al pueblo de Iraq. Al igual que con todas las insurgencias, el apoyo del público --o la falta de él-- determinará el resultado.

Además, es probable que sea una función larga. La historia indica que una vez que una insurgencia llega a la "masa crítica", se necesitan diez años o más para erradicarla. Y como en el caso de insurgencias anteriores, el conflicto de Iraq es uno en el que los insurgentes utilizan actos terribles para intimidar al público, exponer los defectos del gobierno y provocar al régimen a que reaccione con excesos que puedan poner al público en su contra.

Pero la insurgencia iraquí difiere de sus antecesores en aspectos fundamentales. Su contexto cultural es distinto del de las insurgencias del siglo XX, sobre todo el uso de una ideología radical derivada de la religión. En contraste, las insurgencias del siglo XX eran generalmente seculares, se basaban en clases económicas, diferencias sectarias u otras segmentaciones políticas profundas. La mezcla de pasión religiosa con radicalismo político hacen que la insurgencia iraquí sea particularmente peligrosa y difícil de sofocar.

El contexto estratégico de la insurgencia iraquí también es nuevo. En el siglo XX las superpotencias apoyaron insurgencias y contrainsurgencias en una especie de conflicto con intermediarios. En contraste, el conflicto iraquí es parte de la primera insurgencia global del mundo --la red de conflictos individuales generados por el extremismo islámico, gran parte de los cuales están relacionados de alguna manera con al Qaeda, y la guerra global contra el terrorismo. Por primera vez en la historia, el terrorismo le da a los insurgentes la capacidad de atacar directamente a los aliados externos de sus enemigos.

Además, la organización y los métodos de la insurgencia iraquí, si bien no son únicos, difieren de los que existían a finales del siglo XX. Hay múltiples insurgencias que conviven en tiempo y espacio con objetivos y tácticas distintos.

Un componente son los jihadistas, algunos extranjeros y algunos locales, con vínculos directos con al Qaeda o, al menos, con simpatías hacia su forma de ver el mundo. Los jihadistas quieren aparentemente un Iraq estilo talibán que funcione como baluarte para la insurgencia global islámica.

Un segundo componente consiste de los ex funcionarios baathistas que buscan regresar al poder. Con acceso a fondos considerables, este grupo parece encargar muchas de sus operaciones al crimen organizado o a insurgentes "eventuales" motivados más por el pago que por la ideología.

Al tercer componente se le llama a veces "nacionalismo sunnita", pero esa frase no es correcta porque a los miembros de este grupo les importa menos Iraq como nación que la dominación sunnita del Iraq post Hussein y responder a lo que consideran injusticias o abusos personales. Este grupo parece basarse principalmente en estructuras tribales, parentescos y otras asociaciones locales.

Mientras que las insurgencias exitosas del siglo XX desarrollaron cierto grado de jerarquía y un ala política, la insurgencia iraquí sigue siento una red suelta y amorfa. Los distintos componentes y las subdivisiones de cada uno de ellos no parecen tener un mando central. Algunos pueden cooperar; otros no lo hacen.

Por último, la insurgencia en su conjunto es nihilista y se enfoca en la destrucción del nuevo gobierno iraquí y el sistema económico y político que está surgiendo, más que en la articulación de una alternativa coherente. De muchas maneras la insurgencia iraquí es análoga a las pandillas callejeras urbanas: cada componente comparte similitudes de conducta y organización, pero busca su propio crecimiento y realiza operaciones autónomas en su "territorio" en lugar de seguir un plan maestro o una estrategia.

Las buenas noticias para quienes desean la estabilidad y la democracia en Iraq son que una insurgencia amorfa, desorganizada y nihilista no puede "ganar" en el sentido tradicional de sustituir al gobierno y formar un nuevo régimen. Las malas noticias son que una insurgencia amorfa, desorganizada y nihilista puede con el tiempo convertirse en una que sea coherente, eficiente y que tenga un propósito.

Ello obviamente supondría una amenaza mucho más seria, pero incluso una insurgencia amorfa, desorganizada y nihilista puede sobrevivir y obstaculizar la estabilidad, la democratización y la prosperidad durante muchos años. Regresando a la analogía, las pandillas callejeras urbanas no pueden tomar el poder político, pero sí pueden hacer que los vecindarios sean peligrosos, retrasados y sombríos.

Hay por lo tanto tres caminos para Iraq: la evolución de una insurgencia más seria, el mantenimiento de la violencia a sus niveles actuales o la resolución de la insurgencia. Al menos tres factores determinarán cuál de los caminos tomará esa nación herida.

Un factor es la voluntad del nuevo gobierno. Los movimientos insurgentes que tienen éxito lo alcanzan porque la voluntad del gobierno se derrumba. En este momento no resulta claro cuánta determinación tendrán los líderes democráticos que están surgiendo en Iraq.

Un segundo factor es la moderación de la comunidad chiíta. Hay indicios ominosos de que la relativa paciencia de este grupo se puede agotar. Si eso sucede, la insurgencia será sustituida por una guerra civil sectaria mucho más peligrosa.

El tercer factor es la disposición de los grupos externos --tanto estatales como no estatales-- de prolongar el sufrimiento de Iraq apoyando a la insurgencia ya sea de manera abierta o por omisión. Hasta que Estados como Arabia Saudita, Siria y otros restrinjan de manera decisiva los flujos de personas y dinero que mantienen a la insurgencia, Iraq nunca será estable, democrático y próspero.

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