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No a los Estados Unidos de Europa

La negativa de franceses y holandeses abre una crisis imprevisible

05/06/2005 - Autor: Raúl Sohr - Fuente: La Nacion de Chile
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Los redactores de la Constitución europea, rechazada esta semana en Francia y Holanda, no pueden alegar sorpresa ante los resultados en sendas consultas nacionales. Incluso un principiante en política sabe que un referéndum conlleva un gran riesgo: los consultados no votarán necesariamente sobre lo que se les pregunta. Muchos aprovecharán la oportunidad para castigar a sus gobiernos o mandarles una señal de lo que esperan de ellos. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió en el Viejo Continente.

El "non" galo y el "nee" holandés dan un golpe decisivo a la construcción de una Europa política. No es el fin del camino, pero es un revés de proporciones. Tomará años volver a la ruta expansionista, que ya incorporó a 25 Estados, con la ambiciosa meta de tener una sola voz ante el mundo. El ideal de una Europa fuerte, capaz de contrapesar a Estados Unidos, postulado por el Presidente francés, Jacques Chirac, queda postergado hasta nuevo aviso. Los grandes proyectos estratégicos de balances mundiales no preocupan a la gran masa de la población. Sus intereses son más inmediatos y tangibles.

300 páginas y los turcos

En el resonante no franco-holandés hay muchas voces disonantes. Tanto sectores de derecha como de izquierda pueden adjudicarse el triunfo. En la extrema derecha hay una poderosa corriente xenófoba que ha conseguido poner el tema de la inmigración en el centro del debate político. En Holanda, el Gobierno ha recibido duras críticas por la deportación de más de 20 mil personas cuyas peticiones de asilo fueron rechazadas. También en Francia la inmigración y la construcción de una sociedad multicultural provoca fricciones. Los franceses pasaron meses trenzados en una áspera polémica sobre el derecho de las jóvenes musulmanas a utilizar el velo islámico. Finalmente, el Estado impuso su condición secular y prohibió el velo en todas las escuelas fiscales.

Las 300 páginas de la nueva Constitución nada tienen que ver con el posible ingreso de Turquía a la Unión Europea (UE). Pero los adversarios al arribo de nuevos inmigrantes movilizaron sus huestes por el no como sinónimo del cierre de las fronteras. Un quinto del electorado francés ha votado por el fascista Frente Nacional. La agitación contra los trabajadores provenientes de África y países árabes encuentra oídos receptivos entre los blancos pobres que viven en las periferias de las grandes ciudades. Las sugeridas imágenes de hordas de turcos musulmanes que invadirán Europa, si son aceptados en la UE, motivó numerosos "non".

Curiosamente, los defensores del empleo para los nacionales no usaron la imagen de un inmigrante tercermundista. Para graficar la amenaza de extranjeros que "roban" puestos de trabajo utilizaron la figura de un gásfiter polaco. Un ejemplo tan abstracto como el arte conceptual polaco.

Mas allá de la situación económica existe cierta desazón cultural en muchas sociedades europeas. Las razones e ideales que originaron la UE son percibidas por la población como algo del pasado distante. El ideal de crear una zona de paz que evitase un cuarto round bélico entre alemanes y franceses es ya dado por un hecho. La amenaza a la libertad y la democracia representada por la Unión Soviética desapareció. Los frutos de la integración económica ya están a la vista. En estas circunstancias, sin un enemigo que contribuya a cerrar filas, despierta una inquietud ante un futuro incierto. Los ciudadanos de los países que cuentan con un alto nivel de vida no quieren, como es natural, perder los logros que costaron décadas de esfuerzos. Están también quienes estiman inaceptable la creciente pérdida de soberanía nacional.

Cada vez es mayor el número de decisiones que son adoptadas en Bruselas y no en las respectivas capitales nacionales. Si ya en muchos países se estimaba que las autoridades no estaban en contacto con los anhelos de la población, qué podía esperarse de los burócratas de la UE que no responden a ningún electorado específico. Un grupo de selectos tecnócratas supranacionales dictan los destinos de 450 millones de personas del Atlántico a los Balcanes. Ellos determinan cuándo un chocolate es tal (según la cantidad de cacao) o cuándo una salchicha merece esa denominación.

Los propios políticos que defienden Europa cayeron en el vicio de criticar las decisiones incómodas como caprichos o errores de los eurócratas. Las decisiones atinadas, claro, siempre eran sugerencias de sus gobiernos.

Los altermundistas

En la izquierda, por su parte, confluyeron diversas corrientes. Los sindicatos nunca han visto con buenos ojos la competencia internacional. Estiman que es un subterfugio de las empresas para regular el mercado laboral por la vía del más bajo común denominador.

En especial temen a lo que en Francia llaman la "deslocalización", que es el proceso de emigración de empresas en busca de mano de obra y servicios más económicos. Y las posibilidades en el mercado mundial son inmensas. Comenzando por China, donde la hora de trabajo manual se cotiza 0,64 centavos de dólar, contra los más de 20 dólares de países como Francia y Holanda. Son muchas las empresas de ambos países que han emigrado hacia el Lejano Oriente dejando una estela de cesantía. Un ejecutivo de la empresa francesa Moulinex explicaba que las dificultades de la compañía de electrodomésticos tenían una causa principal: no haber emigrado a tiempo a China. El malestar se repite en el agro, donde muchos pequeños agricultores sobreviven gracias a subsidios de sus Estados.

El alto costo del empleo estimula la "deslocalización" y desincentiva nuevas contrataciones. El desempleo golpea duro a Francia y otros países de la UE. Y, como es previsible, perjudica en mayor grado a los recién llegados al mercado de trabajo: los jóvenes. Uno de cada cuatro galos menores de 25 años está cesante. Otra vertiente del no son los ecologistas y los que en Francia denominan altermundistas (otro mundo es posible), representados por la organización Attac. Como es natural, los verdes no desean una mayor explotación de los recursos planetarios y, por lo tanto, objetan la globalización. Attac interpreta a una gran masa que acepta abrir las fronteras pero se oponen a una pérdida de la calidad de vida ya alcanzada. Critican que a los ciudadanos se los convierta en meros consumidores. En realidad, nadie aceptará alegremente que le reduzcan sus beneficios sociales, salud, educación, pensiones… en aras de una competitividad internacional. Si la globalización no ofrece mayor riqueza y bienestar, ¿cuál es el estímulo para aceptarla? Como muchos no obtuvieron una respuesta satisfactoria a la interrogante, votaron con un rotundo "non". La rechazada Constitución fue acusada por los izquierdistas de neoliberal, de estimular la penetración de empresas transnacionales y poner a Europa en la misma vena económica que Estados Unidos e Inglaterra.

Londres, el dilema

En rigor, el texto se presta para todo tipo de interpretaciones. Hay párrafos en que se promueven mercados abiertos, competitivos y transparentes; lo cual no es novedad, pues está ya planteado en textos anteriores como el Tratado de Roma. Otros párrafos hablan de los derechos sociales de los ciudadanos; de haberse aprobado la Carta Fundamental, su aplicación hubiese dependido de las diversas hegemonías políticas. En algunos momentos, el énfasis habría gravitado hacia lo social y en otros hacia lo económico. Cada cual vio en la Constitución lo que quiso ver. En definitiva, la victoria del no fue la victoria de fuerzas conservadoras de derecha e izquierda.

Uno de los beneficiados con el fracaso constitucional europeo es el Primer Ministro británico, Tony Blair. Él, junto a su Partido Laborista, es partidario de la integración europea. Los británicos, sin embargo, son poco proclives a las constituciones y la construcción de una Europa federal.

Más bien la prefieren tal cual es hoy: un gran mercado común con un amplio nivel de cooperación administrativa. Londres, en todo caso, sabía que tendría grandes dificultades para obtener un sí en un referéndum. Por eso se programaron para votar últimos. Nadie, en verdad, creyó hace un año que Francia rechazaría la Constitución que es, en buena medida, su propia obra. Pero dadas las circunstancias, ahora no tiene sentido un referéndum británico. ¿Para qué votar por una Constitución que ya no tiene vigencia?

Londres tampoco se adhirió al euro, la moneda común europea. Hoy surgen interrogantes sobre su futuro. Se daba por sentado que la divisa era un paso en la construcción de un Estado europeo. Si semejante Estado no verá la luz del día surgen dudas sobre si tiene sentido mantener un Banco Central que dicta políticas como si se tratara de un solo país. Hasta ahora los resultados del banco, instalado en Frankfurt, dejan que desear. Los países bajo su control han tenido un rendimiento mediocre. Peor aún: Francia y Alemania no respetaron las reglas impuestas y sobrepasaron los límites impuestos al déficit fiscal.

Los partidarios de los Estados Unidos de Europa buscan bajar el perfil de los reveses sufridos. Otros, en cambio, ya preparan el entierro del proyecto de un gran Estado federal europeo. Cualquiera sea la visión, el ideal de la unidad europea está en crisis. La tentación nacionalista de velar por los intereses de cada Estado, por encima de una visión colectiva, crecerá si aumentan las dificultades. Así, uno de los experimentos políticos destinado a superar los nacionalismos estrechos y dejar atrás un pasado de guerras fratricidas tambalea. Las urnas encendieron las luces rojas y sólo las urnas podrán dar la luz verde para una Europa política.

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