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Rigor y belleza

Oponer Majestad a Amor ó Misericordia puede llevarnos a conclusiones erróneas

04/06/2005 - Autor: Sheikh Sidi Hamza al Qadiri al Butchichi - Fuente: Tariqa-es
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El que ha recibido el sirr, ha recibido la semilla de santidad.
El que ha recibido el sirr, ha recibido la semilla de santidad.

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso

Se describe a menudo el camino como un movimiento circular en espiral ascensional y no como línea recta que se pierde en el infinito. Ese movimiento nos hace pensar en los derviches giróvagos. El derviche gira describiendo círculos, pero interiormente su alma se encuentra en una espiral ascensional provocada por la atracción del punto de focalización interior. La orientación hacia ese punto central es lo que nos permite reajustarnos; ese reajuste permanente nos provoca una atracción.

El camino entonces nos aparece como una incesante danza manifestándose en múltiples formas; cuando meditamos, nuestro mental, nuestros pensamientos son atraídos hacia ese Centro. Utilizando nuestro zikr, polarizándonos con atención sobre la búsqueda de una orientación, manifestamos nuestro deseo de unirnos a la fuente divina, la fuente del significado que se encuentra en cada uno de nosotros ¡Además en ciertos momentos tomamos conciencia que lo que resulta de nuestra actividad, más que la expresión del resultado de nuestro deseo, es la llamada de la fuente que se manifiesta! Y nos damos cuenta que si esta llamada no estuviese inscrita en nosotros desde el origen, jamás hubiésemos sentido el deseo del viaje interior.

Volver sin cesar "al telar" nos lleva reajustarnos al camino; es como cavar un pozo que nos permita acceder a la fuente aunque desconozcamos su profundidad.

En el sufismo, se hace mención a dos caminos: el de Misericordia (Belleza) y el del Rigor (Majestad). Puede parecer que este ultimo requiere de entrada una gran disciplina y una cierta renuncia, dando mucho y recibiendo muy progresivamente; el primero en cambio, es el sabor de la vía lo que nos llevaría a transformarnos. Pero conviene estar atento, porque oponer Majestad a Amor ó Misericordia, puede por simplificación abusiva llevarnos a conclusiones erróneas.

Tenemos que estar particularmente atentos al hecho que tanto Misericordia como Rigor son copartícipes a las dos vías. Sin embargo, en un caso como en otro las cosas no se presentan en el mismo orden ni las formas que revisten cada vía son forzosamente las mismas.

Esto significa que nuestra exigencia de rigor tiene que aumentar proporcionalmente a la misericordia que nos es prodigada. Como se puede ver esta actitud es contraria a la tendencia que consiste en creer, que en una vía de amor podemos sin rodeo abandonarnos y dejarnos ir a los acontecimientos, que todo vale, con el pretexto que al ser la compasión lo primero, no hay nada más que hacer, que esperar.

En definitiva de lo que se trata es de saber lo que se recibe, y bajo esta perspectiva la vía de Misericordia puede muy bien estar sembrada de muchas y más grandes puebas que la vía del Rigor.Incluso¡ puede que exija de nosotros un mayor rigor! Por lo contrario, la vía en la que nos invitan desde el principio a una extrema vigilancia, aparece como la de mayor compasión.

No pensemos por lo tanto que existan vías más fáciles y complacientes que otras y no olvidemos también que todas las vías verdaderas son vías de Dios. Como ejemplo se nos ofrece el del agua: este fluye, siempre adaptándose al terreno, de la misma manera el agua del Espíritu toma en cuenta nuestra disponibilidad y nuestra disposición a recibir. En un caso como en otro la exigencia es la misma: tenemos que despertar y sacudirnos de nuestro torpor. ¿No es acaso esta exigencia la prueba de una gran compasión y una de las gracias más excelsa que se pueda obtener?¿No consiste quizá la mayor misericordia, hacernos comprender que la única cosa necesaria y suficiente, es la obra espiritual?

El radical retorno a uno mismo nos permite tomar conciencia de todo lo que se nos escapa y del profundo sueño que nos envuelve desde hace tanto tiempo.
Esto hace pensar en aquella historia del libertino que decía: "¡Cómo ya no nos queda suficiente tiempo para beber en copas, bebamos en jarras!". Tenemos que tomar conciencia que el tiempo de que disponemos huye vertiginosamente y que hemos venido aqui hacer algo importante y esencial. Es para este propósito, para lo que estamos aquí, aunque la mayoría de las veces, sumergidos por el torbellino de nuestras preocupaciones inmediatas nos olvidemos de ello. Por consiguiente, es primordial que se establezca una exigencia de rigor, porque cada instante es eco de esta exigencia. Y en la sucesión de los instantes donde nuestras vidas se consumen, podemos estar atentos a la llamada intima que nace y surge en nosotros.

La exigencia y el rigor son lícitos cuando se manifiesta la conciencia de la llamada. Más la conciencia de la llamada es grande y más se impone como legitimas y saludable, la exigencia y el rigor. La compasión resulta y aparece dentro del campo de esta aguda conciencia.

En realidad, la exigencia de rigor viene dada por la toma de conciencia de nuestra inconciencia; y más aguda es esta concienciación, más claramente comprenderemos todo el camino que nos queda que recorrer. Con la percepción y el convencimiento de nuestras debilidades he imperfecciones se nos hace evidente la necesidad de la Misericordia divina. El camino avanza en medio de la perplejidad, entre dos polos, que como un péndulo nos envía de uno al otro. No hay compasión sin rigor, ni rigor sin compasión.

Autorización divina y secreto

Podemos abordar la educación espiritual de la vía bajo varias perspectivas y evocar especialmente el papel que desempeñan los discípulos unos con otros, y el lugar que ocupa la fuente espiritual, es decir el guía. Una vía no es nada más que una comunidad espiritual: cada uno recibe y cada uno da. Más recibimos y más damos, y más damos, más recibimos: "Da lo que tienes en el bolsillo, Dios te dará lo que aún esta en el misterio". Todo empieza por un acto de entrega, y por ese hecho recibimos.

En una comunidad espiritual, las actividades de cada uno es una forma de entrega, de don. Es preciso tomar conciencia de eso y evitar decir: "Solo podré ser útil a los demás cuando haya recibido lo suficiente". Eso es un escollo, porque es dando que nos predisponemos a recibir. Así algunas personas, por exceso de modestia, pero también por una mala orientación, se recluyen en una especie de pasividad y piensan que deben esperar una cierta madurez interior antes de emprender una acción cualquiera. Podemos esperar mucho, porque jamás estamos lo suficientemente maduros. En una vía espiritual, estamos siempre en perpetua evolución y un juicio de esas características es una barrera, ¿cuándo podemos verdaderamente decir que estamos maduros? Debemos por lo tanto, de múltiples maneras, ponernos al servicio de los demás respetando las reglas del juego de la vida comunitaria. ¿A fin de cuenta, cual es el interés de una vía espiritual? Es una comunidad que recorre un camino y como meta se propone crear las mejores condiciones posibles para que tenga lugar un trabajo espiritual. En consecuencia, todo debiera estar organizado para ese objetivo.

También hay lo que constituye la razón de ser fundamental de una comunidad, la que de alguna manera es su corazón latiente: el ser realizado, que tiene como vocación transmitir un mensaje - no por voluntad propia sino por mandato divino. Este ser despierto, el guía, transmite un influjo, una energía espiritual llamada sirr, que literalmente significa, el secreto. El guía ha alcanzado un grado tal de realización espiritual y unión, que recibe ese secreto divino y con él la autorización (idhn) de difundirlo. Son muchos los santos que recibieron el secreto del conocimiento pero sin estar autorizados a difundirlo. La mayoría de ello nos son desconocidos y aún si los encontrásemos y nos sentásemos a su lado, no sabríamos nada de ellos. A menos de estar en el mismo estado de conciencia que ellos no podríamos detectarles. Los que como nuestro guía han sido designados para transmitir el secreto, tienen una pesada carga. Pero están asistidos en sus enseñanzas, existe una protección inherente y una asistencia a la transmisión de ese secreto. Éste también es el papel de los profetas, pero con funciones más amplias, como el establecimiento de leyes sagradas, reglas sociales y ritos. A parte de esa función especifica de los profetas, también hay la transmisión del conocimiento que se perpetua a través de los santos, los guías espirituales que recibieron un idhn (una autorización espiritual) más o menos condicionada o limitada.

Algunos santos pueden transmitir un conocimiento sin darse a conocer: se les tiene entonces que descubrir, como en el caso de Sidi Abû Madyan, el maestro de nuestro maestro. Vivió en una época carente de santos, de maestros manifestados, de quien recibir una enseñanza. En su búsqueda de un maestro, encontró muchos otros, y a veces en circunstancias muy difíciles. Después de muchas peregrinaciones descubrió que aquél que iba ha convertirse en su maestro no era otro que su propio vecino que hacia 18 años que vivía al lado de su casa. Más tarde comentó: "¡Lo podía haber pensado de cualquiera, menos de él! Era la ultima persona a quien le hubiera preguntado un consejo sobre la religión, me parecía un perfecto inculto" ¡No solo parecía inculto, sino que además tenia reputación de bufón! Sidi Abû Madyan, jamás imaginó buscar la compañía de un hombre que invitaba a los notables de la ciudad, les hacia el té y les contaba historias cómicas, por lo menos era difícil imaginar que en esa persona se pudiera encontrar algún conocimiento de Dios. En realidad era un malâmati, un hombre realizado que se disimulaba bajo el "disfraz" de la vulgaridad y que pertenecía a la tarika Tijaniyya; se llamaba Sidi al-Mâhdi ben"Ariane. Así cuenta Sidi Hamza, nuestro maestro, el encuentro entre Sidi Abû Madyan y Sidi ben"Ariane: "Abû Madyan visitaba con frecuencia un faqîh (un maestro del Coran), intuyendo que le podía ayudar en su búsqueda. Un día el faqîh le dijo: " Esa ciencia que buscas, la tuve un tiempo, pero ahora ya no la tengo. Si quieres encontrarte con tu maestro, ves a tal sitio a la hora de la oración del alba. Cumple con la visita a ese santuario y al salir encontrarás al que tú buscas." Llegado el momento, se desplazó hasta el santuario situado en lo alto de una pequeña colina. Una vez cumplido con el ritual, se apresura en salir y de lo alto de la colina distingue un hombre subido sobre una mula:"Este es el polo (qutb) que buscas, le dijo ese hombre.¿Qué quieres que te haga el qutb?" Sidi Madyan no podía creer lo que sus ojos veían, aquel hombre encima de la mula no era otro que Sidi ben "Ariane, el vecino de la casa de al lado, al que él le tenia muy poca estima. Corrió hacia él, y llorando le beso los pies. Sus lagrimas corrieron abundantemente. "Bien sabes Sidi, le dijo, que todos estos años, mi búsqueda fue sincera. ¿Cómo has podido dejarme al abandono? - No había llegado el momento, le dijo Sidi ben "Ariane. Ven ahora conmigo, te voy a transmitir todo lo que necesitas" En su periplo Sidi Abû Madyan conoció muchos maestros anónimos o conocidos únicamente por pequeños círculos, recibiendo varias idhn (autorizaciones), hasta que Sidi ben"Ariane le transmitió expresamente la autorización para enseñar.

Comprobamos que hay momentos en donde los maestros enseñan abiertamente y en otros de manera oculta y reservada. Con frecuencia cuando ocurre la manifestación de un maestro, este recibe la misión de comunicar la vía, de transmitir su enseñanza; entonces se constituye alrededor de él una comunidad de gente que acude para recibir su enseñanza. La constitución de una comunidad esta determinada por la existencia de ese sirr (ese secreto) vinculado por ese idhn (autorización para su transmisión) entregado al maestro para que lo comunique. Esto condiciona todo el resto: las relaciones van a tejerse, a organizarse en torno a la existencia de ese sirr y de su idhn. En una qasîda (canto sagrado), un refrán precisa: "¡Di con claridad y convoca!" El sirr mencionado es como una fuente en medio de un jardín que todo irriga. Nuestros corazones, nuestras relaciones, nuestro comportamiento, nuestras actitudes son irrigadas por el sirr. "¡El sheik da nacimiento, los foqarâ educan!", dicen unas palabras de Sidi Hamza. Claro es que el sheik también educa, pero únicamente cuando el sirr a dado nacimiento a las cosas. El agua espiritual fluye y los foqarâ (discípulos), que son de alguna manera los jardineros, instalan las canalizaciones, y hacen que el agua circule para que alcance lo que tiene que ser fecundado. La función del discípulo consiste tanto en recibir como en dar: reciben el sirr al mismo tiempo que se hacen su jardinero. Es alrededor del sirr que se forma la comunidad. Esta no tiene como función en sí existir socialmente, esta ahí para cumplir una función. En torno a la fuente central del sirr se establecen todas clases de relés posibles; cada faqîh no debe, ni retener ni hacer barrera a ese sirr, al contrario debe esforzarse en hacerse lo mas transparente posible para facilitar su trasmisión; así es a la vez, el que recibe y el que da. Este es el papel que todos deben desempeñar, dentro de la función propia de cada uno. Por esto, dentro de la comunidad no debe haber ninguna discriminación entre las personas; ninguna es mas o menos importante que otra, todas tienen su importancia. Como todos transportamos y transmitimos ese sirr, todos tenemos esa gracia y esa responsabilidad. Pero debido justamente a esa gracia y responsabilidad existe una diferenciación en las funciones: algunos cumplen funciones de responsables, otros se ocupan de los aspectos de la vida comunitaria etcétera. Nadie tiene menos responsabilidad que otro, cada uno, ahí donde está, hace todo lo necesario para hacerse transparente al sirr. Ahí como en todo, hay reglas a respetar, es la condición absoluta para que el sirr se reparta, para que toque e irrigue los corazones.

No somos una sociedad organizada con castas, grados, subalternos; todo eso es del ámbito profano. Lo importante en la comunidad espiritual, es que cada uno asuma la función que le recae, la diferenciación de funciones existen para crear mejores condiciones de comunicación. Pero las reglas del juego deben de ser respetadas. Cada uno es un enlace vivo, un mediador vivo que por su actitud, su comportamiento, facilita la corriente: el sirr pasa de unos a otros, lo esencial es no crear obstáculos y ver mas allá de la exterioridad de las cosas. El sirr esta vivo siempre que la vía sea viva e imprevisible. Una vía viva crea movimiento, dinamismo. Debemos intentar servirla lo mejor que podamos, dentro de un perpetuo cambio, una perpetua transformación. No pisamos tierra donde todo esté definitivamente organizado, regulado, distribuido y sistematizado. De alguna manera es más simple comunicar en comunidades en las que no hay un sirr vivo que en las que lo hay. Pero justamente lo que nos interesa y el motivo por el que estamos, es que el sirr es vivo, la comunidad viene después como un medio para caminar hacia Dios.

Sin quererlo, estamos influenciados por el entorno donde nos desenvolvemos y tenemos que mantenernos vigilantes. En efecto, en una comunidad como la que hablamos, el poder, sea cual sea, no tiene lugar; constituye una barrera que impide la comunicación del sirr. Si los grandes maestros sufis consiguieron comunicar el sirr a sus discípulos y transmitirlo en los lugares más alejados, precisamente es porque toda la vida se han ejercitado en extraer de sus corazones todo apetito de poder. "Nos hemos vuelto tan débiles que hemos adquirido toda la fuerza posible", dice una qasîda. Dentro de la vía es otra cosa la que esta en juego. Debemos respetar las funciones de unos y otros, porque somos medios de transmisión; lo que se respeta a través de esas funciones, es a la vez lo que se transmite y el idhn dado. Cada uno, ahí donde se encuentra, se esfuerza en no oponerse a esa transmisión, a esa relación con la fuente: va de la supervivencia de la comunidad. Debemos sentirnos conectados con la fuente y trabajar para hacernos lo más transparentes posible a la presencia de ese sirr. Pero la verdadera transparencia del sirr, lo que le deja manar en su pureza, claro esta, es el corazón del sheik, un corazón libre de todo ídolo y de afán de poder que ha vuelto al estado de servidumbre absoluta. Ese es la verdadera orientación. Cada uno de nosotros debe orientarse hacia esa transparencia, hacia ese sirr, y contribuir a su comunicación, a su difusión. Como dice Ibn Atâ Allâh: El que ha recibido el sirr, ha recibido la semilla de santidad.

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