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Hotel Ruanda

África es, se dice, la abuela de Europa

03/06/2005 - Autor: Joaquín Albaicín - Fuente: Generación XXI
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Hotel Ruanda
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África es, se dice, la abuela de Europa

Desde el momento en que de ella partieron las siete Evas de las que procederían todos los europeos. Certezas o sospechas paleoantropológicas aparte, África es también una de las más importantes reservas musicales de la humanidad. Así, al menos, lo cree Thomas Daddesio, que cada año lleva a Papa Susso, el gran griot de Ghana, a dar un concierto a la Universidad de Slippery Rock (Pennsylvania).

No es el único: comparten su opinión las multinacionales del disco que han hecho negocio con Toumani Diabate, Rasha, Manu Dibango u Oliver Tuku Mutukudzi, el Dylan de Zimbabwe. Mas África es igualmente la tierra del tsunami semanal, el paisaje terminal donde la ola del Fin adopta forma de hambruna perpetua, epidemia que no deja títere con cabeza u holocausto a machetazo limpio. Por cierto que las dos primeras variantes de la ola –y parece que también la tercera- eran desconocidas en el continente negro antes de la llegada de los occidentales, destructores de los ecosistemas autóctonos a fin de supeditarlos a las necesidades de las metrópolis coloniales y urdidores de divisiones "étnicas" allá donde no había más que desigualdades sociales (esos pobres y ricos que, en palabras de Jesús de Nazareth, siempre tendremos en el mundo).

Precisemos que por África entendemos aquí el África Negra.

La civilización del antiguo Egipto era hija de la hindú y, pues, foránea: la piastra egipcia es, por decirlo así, hermana de la rupia. En cuanto al África mediterránea, no es África, sino Arabia, y no importa que esto sea incierto tanto desde el punto de vista de la geografía como desde el de la preeminencia étnica. África, para entendernos, no es Nasser, ni Mohammed VI de Marruecos. África es Kunta Kinte.

Las Áfricas

De entrada hay, pues, varias Áfricas, y varias a su vez dentro del África por excelencia. Una es la de los aceitosos e interminables cuerpos de mujer retratados por Uwe Ommer, convenientemente amenizados en los Parises por la mafia rosa de las pasarelas (según el estadista y político Leopold Sedhar Senghor, los más hermosos serían los de las oriundas de Senegal, Mali, Nigeria, Sudán y Somalia). Otro África es el de Marcus Garvey, utopía ahogada en la descarnada pesadilla de Liberia. Otro, el de la filatelia: el inconsciente heráldico blanco asocia África con dos lanzas cruzadas sobre un escudo de madera sostenido por dos leones, en paralelo a ese Asia al que se accedía pasando por entre un par de gongs de película de Fu Manchú... Ese África de los sellos es una gran jungla sepia en la que todo el mundo va desnudo de cintura para arriba y navega en canoa por ríos conradianos, y cuyo ethos podría resumirse en un surtido de estampas de fauna troqueladas a la medida de Johnny Weissmuller. Es el África, en fin, de Tarzán, en la que los africanos son meros figurantes. Está también el África "universal": durante mucho tiempo, a ojos de Hollywood, cualquier "nativo" que apareciera en sus películas –sin importar que fuera de Sumatra o Nueva Zelanda- debía ser negro, atravesarse con un hueso la rizada mata de pelo y ocultar sus vergüenzas con un taparrabos de piel de leopardo. Un África, en fin, irreal que empieza más o menos en los sellos de Guinea y termina en los de Sudán, al sur de la antigua Costa Francesa de los Somalíes, allá por la primera catarata del Nilo, hasta la que a veces descendían los faraones y donde, según René Guénon, aún vivía en la década de los treinta una tribu de licántropos.

Los viejos sellos de Ifni con la efigie del Caudillo

Probablemente digan ya poco sobre el África actual. Hay uno, sin embargo, aquel dentado valor zaireño conmemorativo de la pelea entre Cassius Clay y George Foreman en 1974, que sirve de elocuente soporte icónico –dos negros zurrándose- al aserto de que también existe el África negada desde el punto de vista político. Las cosas parecen, en efecto, haber cambiado muy poco desde los años en que los soviéticos enviaban asesores para enseñar a torturar con más provecho a la policía del régimen comunista etíope. En comparación con casi cualquier país del África Negra, Bolivia es Jauja. Baste, a modo de sucinto ejemplo, el intento de golpe de estado en Guinea preparado con –al menos- conocimiento de cuatro servicios secretos occidentales, y encabezado en su fase operativa por Simon Mann, de la empresa de mercenarios Executive Outcome (entre los detenidos por la intentona, Mark Thatcher). O la reciente crisis derivada de la presencia militar francesa en Costa de Marfil. El padre Ismael Beltrán, responsable de los Hermanos de La Salle en el África francófona, la explicaba de modo muy elocuente en una entrevista con el diario madrileño La Razón: "Francia es la dueña de Costa de Marfil desde que el país logró su independencia en 1960. Todo el control económico, político y militar está en manos de París. Todavía hoy los servicios de agua, gas y electricidad están en manos francesas, y lo mismo pasa con las pocas industrias del país". Huelga decir que las tropas galas se encuentran en Costa de Marfil bajo mandato de la ONU, indicativo de lo poco que esto significa y de cómo quienes justifican o no los conflictos en función de su sanción o no por la ONU no son más que dos ramas del mismo y podridísimo árbol, cuya máxima demostración de humanitarismo es la sofistería. ¿Cuántos cascos azules culpables de violación son juzgados por tan común delito? Muy pocos, y sólo si la infamia trasciende. En tales casos, se zanja el asunto con unas cuantas suspensiones de sueldo… para purgar un delito penado en casi todo el mundo con un puñado largo de años de cárcel. "Es un escándalo", declaró Bouthros-Gali en su tiempo de Secretario General de Naciones Unidas, refiriéndose al holocausto ruandés: "Soy el primero en decirlo y estoy dispuesto a repetirlo. Es un fracaso no sólo de las Naciones Unidas, sino también de la comunidad internacional, y todos somos responsables. Es un genocidio".

El Hotel Ruanda

Sin embargo, ningún alto cargo de Naciones Unidas ni de la "comunidad internacional" ha sido jamás procesado por su responsabilidad -por omisión, cuando menos- en ese genocidio. Ni lo será. El Hotel Ruanda es la máxima concesión que Occidente está dispuesto a hacer a los africanos, unas cuantas cajas de cervezas calientes y una máquina de hacer hielos averiada para ayudar a sobrellevar el pánico a los condenados a la degollina. Tampoco los propios africanos parecen, en rigor, demasiado dispuestos a hacer mucho por sí mismos. Gadafi se volvió hacia el África Negra desengañado por las rencillas familiares e intereses personales que dividen al mundo árabe. Aparte de un proyecto de moneda única, tan nefasto para los coleccionistas numismáticos como el consumado ya por la Unión Europea y en virtud del cual se supone que un día no muy lejano dejarán de emitirse kwachas, tanos, nafkas, nairas y demás divisas no cotizables en bolsa… poco de interés ha encontrado el coronel en la Organización para la Unidad Africana. Sobre todo esto, dos libros muy bien documentados, ambos en el catálogo de Paidós: Diamantes sangrientos, de Greg Campbell –sobre el tráfico de piedras alimentador de los regímenes demenciales de Liberia y Sierra Leona- y África después de la Guerra Fría, de Mark Huband.

¿Vivificar los tejidos del continente negro?

Algo bien difícil, cuando las lumbreras mejor pagadas de la ciencia del Primer Mundo trabajan sin descanso en el diseño de cohortes y cohortes de nuevas enfermedades, destinadas a ser probadas por primera vez precisamente en los campos de refugiados de África. A África se destinan todos los medicamentos de nuevo cuño revelados como fallidos y como portadores de graves riesgos para la salud del paciente-cobaya. "No importa", se razona: "¿No van a morirse de todos modos?" Y sí, son los Estados Unidos quienes, en su función de "guardianes del mundo", obstaculizan de modo principal la producción de fármacos baratos. Mas no nos engañemos. En el improbable caso de que Washington levantara el veto a la producción y venta a bajo precio de medicinas sin respeto por sus patentes comerciales, otro usurero –de América, de Europa o de Asia- ocuparía su lugar. Y es que estamos hablando de África. ¿No van a morirse de todos modos?

 

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