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Algunas observaciones sobre el dikr y la alquimia espiritual del sufismo

El hombre es un instrumento que se afina con el recuerdo de Dios

22/05/2005 - Autor: Manuel Shuhud - Fuente: Tarika.es
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El hombre es un instrumento que se afina con el recuerdo de Dios
El hombre es un instrumento que se afina con el recuerdo de Dios

La Realidad divina nos envuelve y penetra pero esencialmente es interna y su realización siempre implica un pasaje de la exterioridad de las cosas a la interioridad del Si mismo, de la periferia al centro de la Realidad (Haqiqa). La tenemos, pues, incorporada, determinando el propio núcleo espiritual del ser. Pero en el hombre ordinario, no realizado o en trance de realización, su presencia, como su acción, es inconsciente, latente, potencial, como dormida en el fondo del alma (1).

Según todas las tradiciones el alma o la Psíque, a diferencia del espíritu que es inmutable (Pneuma, Nous), es de naturaleza musical, es decir, rítmica vibratoria. Los diferentes estados de que es susceptible aparecen como diferentes formas vibratorias de una misma substancia, luminosa y sonora al mismo tiempo, tal y como el hielo y el vapor son diferentes estados del agua, o los cuatro elementos primordiales (Aire, Fuego, Agua y Tierra) lo son del Eter impalpable.

Así a cada estado del alma puede asimilarse legitimamemte un color o una tonalidad musical diferentes, siendo ambas cosas cualidades vibratórias de lo mismo. (2) Toda vibración es la repetición periódica de un ritmo, de un impulso, de un "número", del mismo modo que toda energía es una forma de tensión entre opuestos. La voz, la palabra, el verbo, el logos, en tanto expresión sensible, es decir, externa, de una realidad interna o pensamiento, es de la misma naturaleza que el sonido y la música, es rítmica y vibratoria. Es pues normal que poseyendo características análogas, los estados del alma influyan directamente sobre el pensamiento y la palabra (también sobre el temperamento y el carácter) y viceversa, ciertas voces y ritmos actuen sobre ella por simpatía. Todo esto nos lleva a la ley de correspondencia universal que permite la sincronía simultánea y la relación de semejanza entre todos los estados de la realidad, es decir, la perfecta unicidad del Ser. A este respecto, cabe recordar que las lenguas sagradas como el árabe, poseen unas características especiales que no encontramos en otras lenguas diferentes. No sólo se trata de sus incomparables posibilidades ideomáticas y sus múltiples lecturas y significados, sino que el hecho de ser sagradas obedece precisamente al carácter no humano de su origen, su constitución interna sigue unas pautas cosmológicas en perfecta sincronía con los principios más universales, cosa que nadie podría inventarse y menos ser el resultado de una evolución lineal desde el grito y la onomatopeya a los sistemas ideograficos y fonéticos complejos.

En las lenguas sagradas existe una identidad misteriosa, pero real y efectiva, entre el nombre y lo nombrado (nomen is omen), hasta el punto de que el nombre de una cosa es el símbolo mismo de la cosa nombrada, una imagen de su esencia más íntima (3), aunque sin confundirse nunca con lo simbolizado, es decir, habiendo una relación mútua de analogía pero inversa e irreversible. Además de eso, la propia musicalidad del árabe se presta al canto y a la incantación. La palabra Dikr significa precisamente recitación, invocación, rememoración, recuerdo. Es el japa y el mantra hindú y budista, el hesicasmo cristiano, el shema hebreo, etc... Es la resonancia misma de aquello que se invoca y así se hace presente a la consciencia.

A través de la vibración que produce la invocación de ciertos nombres, palabras y frases, imprimiéndoles un ritmo determinado y por efecto de una resonancia sutil, los diferentes estados del alma se armonizan, entrando en contacto con sus posibilidades superiores. Toda la ciencia de los ritmos, es decir, de los ciclos, está contenida en el Dikr, ciencia que está en íntima relación con los principios y métodos de la alquimia espiritual. En efecto, decir ritmos es decir estados, mundos, ciclos, colores, números, formas geométricas, letras, planetas, metales, elementos, etc... todos ellos jugando un importante papel simbólico en la constitución interna del universo y del hombre en todas las cosmologías tradicionales. La unidad del macro y el microcosmos es algo consustancial a la cosmovisión tradicional.

La finalidad del Dikr, desde esta perspectiva, no podría ser otra que la de actualizar la unidad y la identidad esenciales del que invoca (el sujeto, el siervo), lo invocado (el objeto, la realidad espiritual) y el acto de invocar, revelándose así que el objeto de toda búsqueda espiritual es el conocimiento del verdadero sujeto, el Si mismo, del que el ego mental es un pálido reflejo y un velo de ignorancia. Unificando todas las potencias dispersas de su ser por efecto del dikr, uno se hace uno con el Uno.

Aunque legítimo a su nivel, el esquema mental que tenemos de Dios , el mundo y nosotros mismos, como cosas distintas, es insuficiente y separativo, y en última instancia falso porque asocia algo a la Unidad o bien la divide. No es más que un esquema mental provisional, un punto de vista relativo de la realidad, muy limitado porque dicha realidad se concibe unicamente como sucesiva. distinta y fragmentaria, es decir, individualizada y formal. Pero esa realidad solo existe en nuestra precaria consciencia de hombres "caídos" o extraviados (lad-dalin); en la realidad axial e informal del Espíritu, que todo lo unifica permanentemente al mantenerlo integrado, solo existe la Unidad indiferenciada. Es en este sentido que la práctica ritual del Dikr promueve una ruptura de nivel, un salto cualitativo de la consciencia, un traspaso de la mente analítica a la síntesis intuitiva del corazón; la reiteración ritual se encarga de actualizar en él, en el corazón, los contenidos simbólicos de los nombres sagrados, en proporción justa al grado de receptividad del iniciado.

Que la realidad divina esté dormida en nosotros, siendo que todo lo abarca y trasciende, también quiere decir, entre otras cosas, que tódo realmente está dentro de nosotros (el "regnum dei intra nos est" del Cristo); nada puede existir fuera que no lo podamos encontrar dentro de algún modo. Así, todo conocimiento es un re-conocimiento, el despertar a una realidad (4) inmanente pero velada por la ignorancia y la ilusión, o lo que es lo mismo, el sueño y el olvido. Dikr es reminiscencia en el sentido platónico, memoria de lo perenne, recuerdo de lo eterno, de lo infinito, cuya inmutabilidad omnipresente pasa desapercibida al esconderse tras la sucesión rápida, constante y cambiante de todas las cosas, sin embargo:"Dios está más cerca de ti que tu propia vena yugular", dice el Profeta (sala llah"alayhi wa salam). En efecto, todo es paradójico porque todo es simultáneo, lo omnipresente se esconde en lo fugaz, las grandes verdades en lo más pequeño, la eternidad en el instante presente y todo el universo en el espacio del corazón. El sufismo contempla este espacio como un instrumento musical o caja de resonancia; el dikr afina los ritmos individuales que surgen y transitan por este espacio, poniéndolos en armonía con el Ritmo universal. Crea un vórtice, un punto de apertura y de emanación, una puerta en el centro del corazón, punto que al prolongarse hacia arriba se convierte en el eje invisible que atraviesa todos los mundos, estados y estaciones que ilusoriamente nos separan del Uno, que es la única y verdadera realidad.

El hombre es un instrumento que se afina con el diapasón del Dikr, es decir, del recuerdo constante de Dios, para ser tocado o "jugado" (en francés es jouer y play en inglés) por las manos del Espíritu y entrar en el gran concierto universal que supone la coexistencia de todos los nombres y aspectos divinos, concierto o sinfonía de ritmos cuya cristalización deviene el Libro de la Vida, libro que encarna ella misma, la vida, y el sagrado Corán. Sus letras contienen todos esos ritmos y posibilidades como el germen a la criatura, y su recitación (qurán) los manifiesta y recrea. El Dikr más conocido del sufismo, la illaha illa llah, (no hay más divinidad que la Divinidad), forma parte principal de la Shahadah (testimonio) islámica, la afirmación monoteísta de la Unidad divina. De la Shahadah se dice que todo el Corán se encuentra contenido en ella y con él toda la esencia espiritual del sufismo. Pero el Dikr por excelencia es el nombre de Allah, del que sólo queremos destacar, para concluir, que su misma pronunciación fisiológica posee igualmente un sentido simbólico que revela esa afinidad misteriosa entre el nombre, lo nombrado y el nombrar en las lenguas sagradas. La letra Alif, la A, la primera y más primordial, idéntica a la Unidad, emana del fondo del corazón por el conducto de la garganta, es el sonido o vibración menos diferenciada del aliento, y la más contínua y difusa. La letra L y doble LL recoge como un anzuelo (5) esta emanación del centro de la boca y la transporta hasta el cielo del paladar para hacerla descender después hasta la base inferior de la boca. Este ciclo que protagonizan la lengua y el aliento, es perfectamente análogo a todo el proceso iniciático. Es un ascenso al Cielo y un descenso a la Tierra, idéntico al Miraj del Profeta, y en términos de la alquimia, una sublimación y una condensación posterior por la que queda completado el proceso de regeneración espiritual.

Notas:
1. En el Tantra Yoga hindú, la energía espiritual infusa en el hombre, Kundalini, se encuentra dormida, replegada sobre sí misma (como una serpiente enrroscada) en el hombre ordinario, situándose en la base de la columna vertebral. Subirla al nivel del corazón es una de las primeras finalidades iniciáticas.
2. En la misma tradición tántrica, Kundalini es igualmente de naturaleza lumínica y sonora. En la música clásica, los diferentes "tempos" en los que se clasifican los diversos movimientos, definen claramente los estados del alma, es decir, los temperamentos: con brio, con moto, vivace, alegro, etc...También la luminosidad del alma, su carácter ígneo, se polariza en lo fisiológico en luz y calor, constituyendo los sistemas nervioso y sanguíneo respectivamente.
3. Este es el caso del nombre simbólico que recibe el iniciado tras su iniciación o "segundo nacimiento". También en hebreo la palabra Dabar significa nombre y cosa a la vez.
4. En algunas lenguas románicas la palabra conocer tiene una evidente asimilación fonética con la palabra nacer, co-nâitre, co-neixer. Al conocerse una cosa que se ignoraba, es decir, que estaba oculta a la consciencia, ella nace en nosotros y nosotros en ella, quedando integrada o mejor "actualizada" en el ser. Toda forma de conocimiento verdadero reposa en la premisa tradicional de que "ser es conocer", el ser es todo aquello que conoce y en su unidad es a la vez sujeto y objeto del conocimiento, pues nada podría conocer que no estuviera ya virtualmente en él. De ahí que "nadie puede añadir un codo a se estatura", pues, hasta allí donde ese ser se conoce y se identifica con lo que conoce, pone sus propios límites.
5. Precisamente la letra árabe Lam, (la L), es vertical y tiene la forma de un gancho o un anzuelo. En las lenguas latinas y escrita en cursiva tiene la forma de un lazo.
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