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Musulmanes colonizados

El colonialismo ha tenido sus efectos en la institucionalización del islam

22/05/2005 - Autor: Ahmed Lahori - Fuente: Webislam
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Henry Matisse. Moro.
Henry Matisse. Moro.

Sin duda el colonialismo ha dejado una profunda huella en el mundo islámico. He conocido marroquíes que reconocían haber recibido ‘enseñanza islámica’ de sacerdotes católicos, cuando Marruecos era una colonia española, y no americana.

Estos sacerdotes no hacían sino inculcarles una visión cristianizante del islam, donde se trazan todas las analogías posibles entre una religión y otra. El Islam es definido como un conjunto de dogmas y doctrinas, y se dejan en un segundo plano la libertad (no hay otro Soberano que Al-lâh) y el saboreo (dzawq). También el colonialismo ha tenido sus efectos en la institucionalización del islam, de modo que lo que ahora nos parece ‘normal’ hubiese sido considerado como una anomalía antes de la colonización. Si bien es indudable que islam y cristianismo son religiones hermanas y muy semejantes, también lo es que en diversos aspectos ofrecen soluciones diferentes. Cada cosmovisión es un todo ordenado, una forma orgánica y completa de enlazarse con el todo. Cuando ciertos componentes de una religión se mezclan con los de otra, lejos de constituir un enriquecimiento, se corre el riesgo de perder el todo. Además, este ‘contagio’ ha llegado de la mano de los elementos más reaccionarios del catolicismo, aquellos que se vinculan con el nacional-catolicismo. Para detectar esta presencia del colonialismo entre los musulmanes, hay que fijarse en cuatro puntos clave:

1. La equiparación del imam al sacerdote (y de la mezquita con la iglesia)

La palabra imam ha pasado a designar a una especie de ‘cura islámico’, revestido de funciones especiales, como si ‘ser imam’ constituyese un cargo propiamente dicho. Hemos visto como musulmanes acudían ‘al imam’ para casarlos, o para celebrar las exequias de sus hijos, cuando su función original no tiene nada que ver con esto. En realidad, el imam es simplemente aquel que dirige la oración: se trata de una función específica, y no de un cargo. Para ser imam, es suficiente con tener unos conocimientos básicos: saber de memoria algunos fragmentos del Qur’án y saber como se realiza la oración. Cuando acaba la oración, la persona en cuestión deja de ser imam. Aunque es comprensible que se acabe designando con el nombre de imam a la persona habitualmente encargada de dirigir la oración en una determinada mezquita, no es lícito pensar que tiene otra función que esta, o que debe ser considerado como un líder espiritual por parte de los musulmanes. Para dirigir la oración no hay que estar consagrado ni designado por nadie. La mayoría de los musulmanes han ejercido de imames alguna vez en su vida, o están capacitados para hacerlo. Si se está en grupo, suele escogerse la persona con más conocimientos, lo cual quiere decir que el imam puede variar de una reunión a otra. Esto no implica que el imam tenga un rango superior, ni que ejerza un magisterio espiritual de ningún tipo. En las familias acomodadas, era habitual tener un sirviente imam con buena dicción del Qur’án, costumbre que perdura. Cuando los musulmanes apelan al imam como una autoridad religiosa, investida de otras funciones que las de la realización de la oración, y acuden a él para celebrar casamientos u otras festividades, nos encontramos ante uno de los síntomas más típicos del islam colonizado.

2. Apelar a ‘la ortodoxia’ (y a ‘reconocidas universidades’)

El concepto de ortodoxia implica una Iglesia que ostenta el magisterio dogmático, algo vedado en el islam. Implica pensar que en el islam sólo existe una doctrina (doxia) correcta (orto), lo cual es falso. Desde los primeros tiempos del islam surgieron infinidad de escuelas de pensamiento: motakallim, mashshâ’ûn, jariÿíes, qadaríes, muridíes, ibadíes, ishraquiyún, asharíes... o tendencias: la alquimia, el hermetismo, las radiaciones de al-Kindi, la cosmovisión de los Ikhwân al-Safâ, además de todas las corrientes del chiísmo. Resulta cansino nombrar todos los grupos y doctrinas del periodo abbasida, por citar un periodo muy determinado de la historia. Todas estas doctrinas fueron aceptadas en su tiempo como islámicas, aunque discutieran entre sí sobre temas como la eternidad del mundo, la creación ex-nihilo, la predestinación, si el Qur’án es creado o increado, etc, y en algunos casos se produjese una ruptura. En todo caso, nosotros no tenemos la obligación de tomar partido por los ibadíes, los ishraquiyún o por los asharíes: en principio, todos ellos nos merecen el máximo respeto. Esta variedad de doxias se da también en el terreno de la jurisprudencia, con las (por lo menos) diecisiete escuelas jurídicas sunníes que en algún momento han gobernado la vida de los musulmanes, aparte de las chiítas. Reivindicar una ortodoxia en nombre de la tradición jurídica del islam es desconocer esa misma tradición jurídica. Se tiende a dar por hecho que los dictámenes de los sabios del pasado son más válidos por ser antiguos, y no en función de los argumentos presentados, lo cual es una solemne tontería. Por otra parte, se supone que esta ‘ortodoxia’ es preservada por determinados centros de saber o ‘reconocidas universidades’, a las que se otorga la categoría de ‘guardianes de la tradición’. Antes de la colonización, el método de la enseñanza del islam era completamente libre. Para ser considerado como un maestro en cualquier disciplina no era menester ningún título en ninguna universidad o centro de enseñanza oficial. Cualquiera podía sentarse bajo una columna de una mezquita y anunciar que iba a impartir una enseñanza. Su éxito y aceptación dependían exclusivamente de sus conocimientos. Cuando alguien apela a la ‘ortodoxia del islam’ para descartar tus argumentos, ten por seguro que se trata de un típico musulmán colonizado.

3. Crítica del relativismo moral

Por relativismo moral no entendemos el ‘todo vale’ de algunos descarriados. Desde el punto de vista de una cosmovisión tradicional, la norma es un medio de enlazarnos con el todo. Más bien, el relativismo moral se relaciona con el pluralismo, como respuesta a la coexistencia de diferentes morales en un mismo espacio. El relativismo es propio del islam, entendido como la aceptación de la diversidad de tradiciones y culturas como algo querido por Al-lâh. En este punto, el Qur’án no puede ser más claro: Al-lâh dice que ha otorgado un dîn (religión) diferente para cada pueblo. Nos dice que no corresponde a los hombres juzgar, sino aceptar las diferencias, y concluye: "¡competid en buenas obras!" (hasanat). Cuando los musulmanes decimos wa al-lâhu alaam (y solo Al-lâh sabe) estamos diciendo que todo saber humano es relativo. En el dunia (lo mundano) todo es relativo. Lo Absoluto corresponde únicamente a Al-lâh, y a la revelación que realiza a través de Sus signos y Sus Mensajeros. No sólo es aceptable el relativismo moral, sino también jurídico. Iman Shafi"i (ra) decía que no se puede legislar lo mismo en El Cairo que en Bagdad. Es decir: que las Leyes dictadas por Al-lâh (la Sharia) pueden tener una aplicación diferente según las condiciones del lugar: son relativas a una situación precisa. El relativismo moral siempre fue algo propio del islam e impropio de occidente, por lo menos hasta el siglo XIX. La crítica del relativismo moral y cultural es propia de una determinada ideología gestada en occidente, en su intento de imponer un pensamiento único. La crítica al relativismo moral realizada por la Iglesia implica su rechazo de la gestación de sociedades multireligiosas y multiculturales (como las que han caracterizado al mundo islámico durante siglos), un intento de mantener la moral católica como norma esencial de la sociedad occidental, por encima de las otras religiones o creencias. Cuando esta crítica del relativismo está en boca de los musulmanes, se hace patente el triunfo del colonialismo.

4. Sexualidad represiva

El placer sexual es un regalo de Al-lâh a las criaturas. La visión positiva de la sexualidad en el islam contrasta con otras concepciones religiosas. El Profeta Muhámmad (saws) amaba a las mujeres, y se casó y se divorció numerosas veces. De todos sus matrimonios, sólo una vez se casó con una virgen. Todas las demás eran mujeres experimentadas. El Profeta (saws) dijo que cuando alguien satisface legítimamente sus deseos sexuales, realiza con ello una buena obra (hasanat). Dijo que dar placer a la pareja constituye una sádaqa (ofrenda, palabra que suele traducirse por ‘limosna’) a Al-lâh. Lejos de constituir un pecado o un mal, la satisfacción del deseo no es sino expresión de la voluntad divina, creadora de goce y existencia. Por supuesto, todo ello se realiza dentro de unos límites: las relaciones fuera del matrimonio y la promiscuidad sexual son consideradas degradantes, una depreciación del cuerpo. Pero eso no implica un moralismo represivo, pues el matrimonio no es un sacramento indisoluble. Más bien, se trata de valorar el cuerpo y las relaciones sexuales como un bien. El islam estableció la facilidad para el matrimonio y el divorcio, la aceptación de métodos anticonceptivos y la posibilidad de abortar bajo determinados casos. Un motivo suficiente para solicitar el divorcio por parte de la mujer es el hecho de que su marido no la satisface. Desde el punto de vista islámico, una vida sin placer sexual es una vida a medias. Cuando uno observa la ola de puritanismo y de beatería seudo-religiosa que asola el mundo islámico, con la asignación a la mujer musulmana de figuras típicamente cristianas como ‘la perfecta casada’ o ‘el ángel del hogar’, se hace evidente el triunfo del colonialismo.

Pero sólo Al-lâh sabe.

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