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¡Ahlan ua sahlan! (¡Bienvenido!)

Los musulmanes guardan, con relación al Papa, una actitud discreta y circunspecta. De respeto y cierta distancia

26/04/2005 - Autor: Tahar ben Jelloun - Fuente: La Vanguardia Digital
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Tahar Ben Jelloun
Tahar Ben Jelloun

Los musulmanes guardan, con relación al Papa, una actitud discreta y circunspecta. De respeto y cierta distancia. No es que piensen mal del jefe de la Iglesia católica; se trata, simplemente, de que desconocen una estructura caracterizada, entre otros factores, por la existencia de la figura de un dirigente religioso electo. El Islam suní, al que pertenece un 90% de los musulmanes, no preconiza la existencia de una jerarquía. Tras la muerte del profeta nadie podía legítimamente ocupar su lugar. Alá especificó claramente que se trataba del último profeta enviado a los hombres. Todos los que vinieran tras él con la pretensión de llevar a cabo sobre la tierra una misión dictada por Dios serían usurpadores. El creyente no precisa de intermediarios entre él y Alá. Los musulmanes no entienden, por ejemplo, el acto de confesión de un católico a un ser humano, comportamiento que indudablemente les extraña y sorprende. Desde su punto de vista, la espiritualidad no ha de estar necesariamente sometida a la existencia de un representante de Dios sobre la Tierra, y el creyente es responsable directamente ante Dios. Cabe la posibilidad, en todo caso, de que el día del juicio final solicite al profeta que interceda ante Alá por él. A ello obedece que los musulmanes -respetando como respetan la función y el papel del Papa- no den a la cuestión mayor importancia. No obstante, dado que el Papa Juan Pablo II cambió los métodos de gobierno en el Vaticano, es menester constatar que los musulmanes siguieron con interés los últimos días de este Papa ciertamente distinto de los demás.

¿Qué esperan, en consecuencia, los musulmanes del nuevo Papa? Lo ignoro. Pero me he detenido a reflexionar sobre lo que un musulmán corriente podría esperar del sucesor de Juan Pablo II. He aquí algunas consideraciones al respecto.

En primer lugar, que prosiga y profundice en la política de diálogo y acercamiento entre la cristiandad y el Islam; este último no deja de progresar por más que pese sobre él el infamante fardo del fanatismo y el oscurantismo. En este sentido, el interés y la solicitud del nuevo Papa ayudarían a los musulmanes tolerantes y moderados a combatir con mayores posibilidades de éxito las desviaciones peligrosas con que ciertos elementos perjudican a esta religión. Si el Papa observa el Islam con mirada benevolente y afable, numerosos prejuicios e imágenes negativas se verían vencidos.

Asimismo, que muestre una actitud más abierta con relación a los países del sur, que se interese más por las minorías cristianas que viven en el seno del mundo árabe (los coptos en Egipto, los maronitas en Líbano, etcétera).

Que se comprometa más activamente en el proceso de paz entre palestinos e israelíes. Que su primera visita al extranjero sea a la tierra de Palestina e Israel; símbolo poderoso, en tal caso, y aliento para todos los ciudadanos deseosos de vivir en paz en esta región afligida por tantos años de conflictos, miedo e incomprensión. La paz se construye también con gestos simbólicos. En su visita, el Papa visitaría la morada de unos y otros, les hablaría y ayudaría a librarse del odio y la sospecha, emplearía las palabras adecuadas para persuadirles de la necesidad de empezar a convivir.

Que denuncie el fanatismo religioso dondequiera que haga estragos y proceda de donde proceda. Las tierras del Islam presencian un nuevo periodo de tensión en el que la religión se ha desviado de su senda bajo el influjo de objetivos ideológicos y asesinos. En otros lugares del planeta, por otra parte, los partidarios de la guerra invocan asimismo la bendición de la Iglesia. Nuestro hombre espera que el Papa recuerde a Bush y a su camarilla conservadora que no se hace la guerra en nombre de la religión, ni siquiera aunque se rece antes de comenzar cualquier reunión política.

Que analice las desviaciones de tipo racista de las que es víctima el mundo árabe y musulmán, sobre cuyos integrantes se cierne la sospecha de ser portadores de bombas; se trata, ciertamente, de los primeros perjudicados por las amalgamas que suelen fraguarse en todo tiempo y lugar.

Que se comprometa de forma más abierta en la cuestión del encuentro de civilizaciones para demostrar a Samuel P. Huntington que no hay choque de civilizaciones (entendiendo por ello choque entre el Islam y el Occidente cristiano), sino un choque de ignorancias.

Que aprenda la lengua árabe, lengua del Corán. Tal vez es pedirle demasiado, pero sería una señal de enorme simpatía dirigida a los cientos de millones de árabes.

Que vaya a Egipto, cuna de las grandes civilizaciones; a Marruecos, país de encuentro entre Oriente y Occidente (Juan Pablo II se dirigió a la juventud marroquí en el estadio de Casablanca, acto que tuvo gran repercusión).

Que disponga que se enseñe o bien pida a los responsables de la enseñanza y la formación de los países occidentales que se enseñe la historia del Islam y los orígenes de la cultura árabe.

Que promueva la organización de coloquios y seminarios; debates entre teólogos, historiadores y filósofos del mundo cristiano y el musulmán.

Que la palabra sea, de nuevo, el medio más sutil y perspicaz para conocerse mejor y obrar en el sentido de la concordia y de la paz.

Por su parte, los musulmanes deberían emprender iniciativas similares a fin de conocer mejor el mundo cristiano y aprender a convivir con él.

En fin. Todo esto son deseos. Deseos piadosos, como suele decirse.

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