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¿Seguimos necesitando el papado?

Millones de personas esperan una guía moral, pero aspiran a que el nuevo pontífice acometa las reformas en la Iglesi

18/04/2005 - Autor: Hans Küng - Fuente: El Periódico
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Hans Kung (Foto fratres.wordpress.com)
Hans Kung (Foto fratres.wordpress.com)

Tras la pompa del funeral papal, y cuando comienza el cónclave para elegir al próximo vicario de Cristo, hay una cuestión clave que quizá no se plantea lo suficiente: ¿aún necesitamos el papado? Mi respuesta es un sí con reservas.

Ejercido de la manera adecuada, el papado abre grandes posibilidades para la Iglesia católica y para el cristianismo en general. Siempre lo he creído y sigo creyéndolo. Mi opinión se ha visto confirmada por los gigantescos flujos de peregrinos que han acudido al Vaticano durante las semanas anteriores y posteriores a la muerte de Juan Pablo II, multitudes que han sorprendido incluso a la curia romana. Su pasión y su número no se pueden atribuir a la atracción mística de Roma o al turismo de masas, ni siquiera a cierto sensacionalismo piadoso.

La personalidad de Juan Pablo II es una de las claves; el funeral de un papa Ratzinger hubiera suscitado mucha menos atracción popular. Las multitudes respondían a algo que encontraban en este papa y que no podían hallar en otra parte. En nuestra época posideológica, hay pocos modelos de conducta creíbles en la política, en el mundo de los negocios y en la cultura.

Pero el Papa, que llegó a millones de personas en sus viajes, era evidentemente una figura paterna para muchos de ellos. Presentó sus convicciones como católico con claridad, determinación y consistencia. En una época de posmoderno vacío de sentido, Juan Pablo II ofreció una guía. Hizo más visible la dimensión religiosa, incluso para los laicos. Las naciones más pequeñas sentían que sus visitas las hacían ser más importantes, y los individuos sentían fortalecido su valor; aunque entre éstos se incluyan dictadores como Pinochet. Y finalmente, incluso cuando estaba demasiado enfermo para viajar, ese hombre que soportaba tanto dolor conmovió muchos corazones.

Pero el funeral papal no se desarrolló sin dudas y reservas. Con la cobertura mundial de su sepelio, proyectada por el propio Papa e impresionantemente escenificada por la curia, un papa que constantemente pidió espiritualidad y conversión también gestionó de manera colosal la exposición al mundo del mensaje cristiano.

Sin embargo, en el proceso se perdió parte del mensaje del Papa: muchos de los que había denunciado, desde George Bush, héroe de la guerra de Irak; hasta Robert Mugabe, con su profundo desprecio por los derechos humanos, se unieron en piadosa plegaria. Un papa mediático se convirtió progresivamente en prisionero de los medios y fue arrastrado por ellos en su muerte.

No debemos concluir, a raíz del desahogo emocional de los millones de personas que acudieron en peregrinaje al funeral, que los millones de espectadores de televisión de todo el mundo tenían los mismos sentimientos. Al contrario, muchos se sentían molestos, realmente violentados, por un culto a la personalidad que desplegaba un triunfalismo más asociado con los emperadores romanos que con Jesús de Nazaret. Incluso antes del funeral, algunos observadores católicos y muchos más ortodoxos y protestantes hablaban de papolatría --divinización del papa-- y exceso religioso, afirmando que el funeral era una pieza colosal de propaganda vaticana.

He escuchado muchas quejas sobre la falta de sentido crítico de la información televisiva. A pesar de toda la admiración que mostraran, muchos de los peregrinos de Roma también cuestionaban algunos elementos del mensaje del Papa. Así pues, el tema se plantea cada vez con mayor urgencia. ¿Por qué necesitamos al papado? ¿Cuál es su significado? ¿Cuáles son las tareas del papa en el siglo XXI, y cuál debería ser el perfil de nuestro próximo pontífice?

Muchos católicos no quieren un papa antimoderno que se aferre a la doctrina de la Iglesia medieval antes que al propio Evangelio, que para los problemas que se le plantean a la Iglesia apunta en una dirección de libertad, misericordia y piadosa bondad. Quieren un papa que respete la libertad de quienes piensan de manera diferente. Según una encuesta realizada el 7 de abril, el 88% de los alemanes --y seguramente también mucha gente en otros países-- quieren que el próximo papa realice reformas internas en la Iglesia.

Por su parte, muchos obispos esperan un compañero colegial que no se presente como gobernante único, sino más bien como un obispo que asuma el liderazgo, incorporado al colegio de obispos y sensible a las inquietudes de las iglesias locales. Quieren un papa que acabe con el centralismo romano, que permita que el Sínodo de Obispos comparta las decisiones y que conceda más autonomía a las conferencias episcopales nacionales.

Entretanto, centenares de millones de mujeres católicas esperan un pontífice que -aunque elegido por varones que no pueden elegir a una mujer- ayude a conseguir la igualdad de hombres y mujeres en la Iglesia que ya recogen los evangelios. Esperan un papa que prescinda de juicios rígidos sobre cuestiones de ética sexual, que suprima la discriminatoria prohibición del matrimonio de los sacerdotes, que fortalezca el papel del laicado y que permita una muy necesaria discusión sobre la ordenación de las mujeres.

Muchos teólogos católicos desean un papa que dé cabida a la diversidad en la enseñanza y la investigación teológica, y que conceda importancia al diálogo en vez de insistir en imponer su voluntad por la vía doctrinaria. Prefieren un papa que haga posible que haya más mujeres que ocupen cátedras de Teología y se allane así el camino para que más gente joven estudie Teología y entre al servicio de la Iglesia.

Muchos cristianos de todas las iglesias quieren un papa que actúe ecuménicamente, que ponga en práctica, con decisión, las recomendaciones de las comisiones de diálogo ecuménico que desde hace mucho tiempo están sobre la mesa. Un papa que por fin reconozca a los ministerios protestantes, como se ha recomendado, y que acoja y promueva activamente la hospitalidad eucarística, la verdadera eucaristía compartida que ya es practicada desde hace mucho tiempo en gran cantidad de grupos y comunidades.

Mucha gente espera un papa abierto al mundo, que realice una contribución constructiva a la solución de los problemas mundiales, como la explosión demográfica y la propagación del sida. Ansían un papa que no pretenda poseer el monopolio de la verdad; un papa que, además, considere con seriedad las cuestiones desagradables y las responda.

En resumen, en lugar de un papa mediático, ahora necesitamos un papa pastoral. Necesitamos un pontífice que se preocupe particularmente de los innumerables individuos y grupos olvidados de la Iglesia católica; uno que encuentre, con valentía, soluciones a muchos de los problemas acumulados en el interior de la Iglesia. El significado del oficio papal, como sucesor de Pedro, ya no puede radicar hoy en la dominación de la Iglesia y del mundo cristiano, sino siempre y únicamente en servir. El papado necesita una primacía pastoral de servicio, renovada a la luz del Evangelio y comprometida con la libertad.

Copyright 2005. Hans Küng. Distributed by The New York Times Syndicate. Traducción de Xavier Nerín.
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