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El Uno y el Tauhid

La fe en la unidad divina es, sin lugar a dudas, el pilar más importante de la creencia islámica

18/04/2005 - Autor: Josep Carles Laínez - Fuente: Webislam
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EL Uno y el Tauhid

La fe en la unidad divina es, sin lugar a dudas, el pilar más importante de la creencia islámica. A partir de él, se extenderán otros fundamentos de similar categoría, radicalmente consustanciales también del Islam, aunque en la base de todos jamás dejaremos de encontrar la enseñanza señera, el tauhîd. Esa unidad primordial e inmanente se constituye, por tanto, en el poso a través del cual la fe es aprehendida y, a su vez, en la manera en que el hombre es consciente de su esencia y de su relación con la divinidad. El monoteísmo del Islam nos aparece, así, no específicamente bajo la forma de (en griego) mono-theos (un dios) sino más bien con la característica de Theos. Y la diferencia no es meramente un juego de palabras, sino una profundización en el núcleo sustancial de una fe absoluta y, como escribe el sabio pakistaní Abu Al’Ala Al-Maududi (1903-1979) en su obra Los principios del Islam, "el concepto más elevado que puede hacerse de la divinidad (...) enviado por Dios a la Humanidad en todas las épocas por medio de sus profetas" (traducción del Centro Islámico de Granada).

Esta unidad divina es la gran diferencia del Islam respecto a las dos fes de la misma tradición profética, el judaísmo y el cristianismo, precedentes. Para el Islam, Dios (Al·lâh) es. Para las dos religiones anteriores, no. En el judaísmo, Dios responde a esta expresión: "Ehyeh Asher Ehyeh" (Éxodo 3:14), es decir, "Seré El Que Seré", en futuro. Dios es asumido como un devenir, una acción, algo en transformación constante y, por tanto, y aunque no se quiera entender así, un ser inconcluso, en el sentido de no-cerrado que le otorga ese futuro verbal.

Para el cristianismo (catolicismo), por el contrario, el Dios Uno se convierte en "fe trinitaria". La Iglesia Católica la identifica de este modo en los párrafos 253-255 de su Catecismo (cito por la edición en lengua española): "La Trinidad es una", "Las personas divinas son realmente distintas entre sí" y "Las personas divinas son relativas unas a otras". Los intentos de la jerarquía eclesiástica por dar forma a este dogma no bíblico, con el objeto de no ser asimilable al politeísmo, no han sido exitosos, al haber de imponer por encima la palabra "misterio". Queda, pues, la Santísima Trinidad al mismo nivel que, por ejemplo, la tríada hindú de Brahma, Vishnú y Siva. El Islam, por consiguiente, parte de la Tradición primordial. En ella, un solo ser divino es. Se trata, además, de la única religión de ese tronco profético, cuyo arranque se encuentra en el judaísmo, que así lo afirma. A diferencia de lo comúnmente aceptado, la verdadera religión europea (el paganismo) es paralela a la creencia islámica.

Popularmente (e incluso académicamente) cuando se habla de la "primitiva" religión de Europa, se cae en el tópico del politeísmo, la no creencia, el ateísmo subyacente a los míticos relatos de Dioses y de Diosas... En el fondo, se alude siempre a ella con el menosprecio de algo superado y, hasta cierto punto, pueril. Sin embargo, si saltamos por encima de esos relatos mitológicos, de esa manera de hacer comprender cierto modo de transcendencia a través de un mundo otro donde habitaban seres que bebían, comían, cantaban y luchaban aunque fueran llamados "Dioses" y atendemos al espíritu prístino, nos encontramos con otro tipo de visión. Empiezan así a surgir comparaciones para emparentar el paganismo con el Islam, pues en la cúspide de la creación, el Ser Absoluto es (el Uno de Plotino). Diodoro de Sicilia relata una conocida anécdota sobre el rechazo de los celtas a la idolatría o a la simple idea de dotar a la divinidad de rasgos antropomórficos, costumbre sí seguida por otros pueblos europeos, evidentemente no con el afán de captar rasgos divinos en esas figuraciones o mediante un proceso de inducción (hay seres divinos y los representamos), sino consecuencia de una actividad deductiva (hay hechos y actividades en la sociedad y de ellos deducimos unos patrones básicos a los cuales damos el nombre de Dioses y Diosas). Sin embargo, el Dios Fundante, el Ser Absoluto, el Noûs Impenetrable, está totalmente velado a los ojos humanos, pues trasciende todo pensamiento, todo aquello accesible al hombre o todo afán humano de conocerlo (Al·lâhu akbar).

Desde esta perspectiva, el Islam y Europa no sólo no son antitéticos; beben también de esa sumisión a Aquel por encima del Cual nada se puede adorar. Esto los hace tan cercanos y, por esta razón, posibles cómplices para una nueva resacralización del mundo, situando en una misma esfera lo religioso y lo profano, aunque cada uno, es evidente, en su sociedad y en su marco geográfico propio, sin injerencias ni neocolonialismos. El Islam, en esta tarea, no ha de buscar ni de rescatar, pues le aflora tradición por todas partes. En la mayor parte de Europa, sí deberíamos rescatar, cosa bien diferente a restaurar. No es cuestión de volver justamente a los aspectos más folclóricos de la antigua religiosidad, sino de retornar a la verdadera esencia, a las normas morales imperantes entonces, a los conceptos de honor, servicio, oración y comunidad que en algunas sociedades de Europa se dio de manera tan conjuntada y sería posible volver a hacer emerger.

Entre regresar a lo propio o sucumbir a lo general (religiones de nuevo cuño con atracción creciente en Occidente a pesar de estar creadas mediante la yuxtaposición de concepciones y de tradiciones de variadas y antitéticas creencias), no debería haber duda. De hecho, el cristianismo nominal, en su caída, está dejando paso a la creación de éticas universales y de diálogos generales de las religiones. Debido a algo muy sencillo: la dejadez no transmite ningún pensamiento fuerte al hombre, no moviliza. Hay un vacío susceptible de ser de algún modo colmado, y esto desde un doble presupuesto: los principios de Occidente (decimos bien, Occidente, no Europa) son la base; la religión, el sentido común; apelando a éste a través de lo kitsch, de lo light, de lo viscoso. Sólo se busca el multiculturalismo en una situación de jaque mate, situación donde está varada la sociedad del bienestar, de las nuevas tecnologías utilizadas sin ser asimiladas, del provecho individual en detrimento de lo comunitario, de la ruptura de los lazos con los grupos humanos con los cuales, hace años, toda persona se identificaba. Por ello, el Islam, única ideología capaz de movilizar en la actualidad a grandes capas de la población en los diversos países donde se encuentra, es un impulso de vida hacia la creación y la perfección en aquellos pueblos e individuos que lo asumen. Y por ello mismo es presentado como una amenaza, un cortapisas a la guillotina del mercado. De esta manera, se intentará reprimir cualquier movimiento de regreso hacia lo propio, pues podría impedir el crecimiento económico de unos pocos y el control de las voluntades de quienes, en teoría, no disciernen.

Al cobijo de ese Ser Absoluto (Al·lâh; el Uno) nos hallamos islámicos y europeos no frente a frente, sino unidos. Él marca su voluntad y las Normas, y cada pueblo, en algún momento, ha tenido un enviado para dictarlas. Comencemos a recoger, pues, las líneas perdidas en el transcurso de nuestra historia. La de Europa.

© Josep Carles Laínez
josep_carles_lainez@yahoo.com
Josep Carles Laínez (1970), licenciado en Filologia Catalana y en Filología Española, fue columnista de la publicación islámica Amanecer del Nuevo Siglo en su época de semanario, habiendo también colaborado con la posterior revista, así como en Webislam. Vinculado al redescubrimiento del paganismo como vía religiosa para Europa (paganismo basado en el neoplatonismo de Plotino y de la posterior Escuela de Atenas), ha publicado, entre otros, el libro de aforismos In hoc signo vinces (1998), que ha conocido traducciones al estonio y al alemán. Ha sido profesor invitado en la Universidad Nacional Autonóma de México y en la Universidad de Puerto Rico.
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