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Una fatua de dimensión global

No es la fatua contra Bin Laden sino contra todos aquellos que promueven ese terror

15/03/2005 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Hashim Cabrera
Hashim Cabrera

Escenarios para el terror

El desplazamiento del eje consciente, el acercamiento de la realidad a sí misma, abre las puertas de una nueva conciencia, que no es tan nueva sino que, más bien, comprendemos que ha sido conscientemente relegada y olvidada. Esta eclosión surge al hilo de una serie de acontecimientos que, normalmente, a posteriori y con un evidente criterio selectivo, suelen considerarse como hechos históricos, como hitos que jalonan un proceso de cambio radical, el advenimiento de una nueva era o una nueva civilización. Estos hechos, que siempre aparecen como inéditos, revolucionarios, transformantes, expresan un cambio de rumbo de la narración consensuada, de la historia oficialmente escrita y aceptada, un desplazamiento imaginal que implica cambios profundos de las sociedades, en las formas de vivir y concebir el mundo, sustitución de unas referencias identitarias por otras que acaban construyendo la visión de un nuevo paradigma, de una nueva edad, un restablecimiento de la conciencia existencial y social.

Durante más de tres décadas, la maquinaria orwelliana de los neocons norteamericanos ha estado construyendo una densa red de definiciones e imágenes con el fin de establecer un escenario favorable a la globalización neoliberal y, sobre todo, a los intereses de las corporaciones transnacionales. La teoría del choque de civilizaciones no es una boutade que haya surgido del sombrero de un prestidigitador inteligente, sino un sofisticado producto de la inteligencia académica norteamericana creado con el objetivo básico de proveer de una narración convincente, capaz de explicar las atrocidades que surgirían, inevitablemente, al paso de la maquinaria global, tal y como hemos podido comprobar recientemente. Lewis, Huntington y Fukuyama han sido los constructores de una visión y un pensamiento que se nos ha pretendido imponer como marco de un nuevo orden, los urdidores de un discurso cuyo objetivo esencial ha sido, sin duda, impedir que surgiesen esas otras visiones y expresiones que, inevitablemente cambiarían el curso de la historia hacia una lectura menos favorable a los intereses de sus respectivas corporaciones.

El modelo de guerra preventiva en la era de la globalización necesitaba de la existencia de una amenaza global que justificase una depredación también global, una excusa que legitimase mínimamente la política de terror que era necesario llevar a cabo para garantizar el dominio global de los recursos. La construcción de Bin Laden como enemigo y del islam como obstáculo a la civilización son consecuencia directa de las ideas contenidas en el discurso de Bernard Lewis y de sus discípulos, que son quienes durante más de treinta años han estado diseñando la narración, asesorando sin cesar a los constructores de la nueva versión de la vieja política de la confrontación. En ese contexto, la necesidad de una amenaza oculta como Al Qaida es más que evidente. ¿Cómo si no podría lograrse el consentimiento de la sociedad global a tanta barbarie?

Hechos terribles y apocalípticos como los atentados terroristas de Nueva York, Bali, Casablanca, Beslán o Madrid han sido de facto el intento de producir un consentimiento masivo de las sociedades postindustriales a la política de guerra preventiva en nombre de la lucha contra el terrorismo. Las consecuencias de todo esto las hemos podido ver a nuestro alrededor: la instauración de un clima de terror que desemboca en la pregunta de si todo musulmán puede ser un terrorista potencial, de si mi vecino, el magrebí, será o no será seguidor de Bin Laden.

De ahí a la sospecha y de ésta a la paranoia colectiva no hay apenas espacio, sobre todo si los medios de comunicación actúan como correa de transmisión de esa ideología de la confrontación, de ese choque que se postula inevitable entre culturas y civilizaciones. Los ciudadanos sufrimos el terror, y la sociedad, que es crecientemente multicultural, se resiente, se cierra sobre sí misma, asume obedientemente su condición de víctima y reclama orden, seguridad, y firmeza, y así se vuelve castiza, xenófoba y regresiva.

Hablamos de la complicidad de Bin Laden y Al Qaida en este orden de cosas porque todo esto no sería posible sin una intervención real de ese enemigo imaginario. Bin Laden ha sido presentado como expresión de la intransigencia religiosa islámica, de una ortodoxia que, como más adelante explicaremos, no existe en el islam. No se dice jamás que Bin Laden sea sólo el último capítulo de una serie de estrategias de descalificación y humillación que la ideología subyacente al colonialismo no ha cesado de poner en práctica en los dos últimos siglos. (Hemos de ser muy agradecidos con Edward Said porque supo describir esas estrategias y porque nos previno de todo este nuevo capítulo de barbarie). No se dice tampoco, o se dice de soslayo, que esa supuesta ideología islámica o islamista, radical e intransigente, de la misma manera que se instruyó militarmente a Bin Laden, fue propiciada por los colonizadores ingleses, quienes favorecieron el acceso al poder de aquellos grupos que la enarbolaban, de una manera innovadora y poco tradicional, en el Medio Oriente de principios del siglo XX.

Existen precedentes en la historia de los musulmanes. En el declinar de Al Ándalus, almorávides y almohades (morabitun y muahiddun) destruyeron parte del legado espiritual y cultural andalusí en nombre de un monoteísmo radical e intransigente, poco emparentado con la naturalidad y la belleza expansiva del islam original de Medina, de la sociedad que propició el profeta Muhámmad, la paz sea con él. Eran pueblos económicamente deprimidos, que cruzaban ya entonces las aguas del Estrecho de Gibraltar en algo un poco mejor que las actuales pateras, y llegaban a un mundo rico y relajado, a un entorno civilizado que empezaba a expresar su decadencia.

Morabitun y muahiddun, Al Qaida y Bin Laden, son las contrafiguras elegidas del otro, la imagen necesaria del enemigo ideal y conveniente, en un brutal proceso de asimilación cultural y de consolidación de una cultura de la guerra, de una ideología de la confrontación que hace posible la dominación económica, la depredación de los recursos, actores de una representación secular.

No deberían pues, extrañarnos, las reiteradas referencias de Bin Laden a Al Ándalus y su nostalgia del viejo califato, ni su omisión expresa de la responsabilidad que el fanatismo tuvo en la desintegración de aquella sociedad y cultura realmente diversas y multiculturales, ejemplo de civilización global, de integración y reconocimiento.

Política española y globalización

Durante los años de gobierno de la derecha, representada por el Partido Popular, la sociedad española ha vivido, tal vez, una de las situaciones internas más tensas de su andadura democrática. Desde la intentona de golpe de estado de 1981 no habíamos presentido los ciudadanos y ciudadanas de este país un riesgo tan claro de involución política y de regresión social.

El Partido Popular era un proyecto de partido democrático de centro-derecha cuando llegó al poder. No tenía antecedentes democráticos inmediatos, y se disponía a ensayar precisamente una forma de gobierno de la que no tenía más referencias políticas propias que las de la dictadura y, en mucha menor medida, las de la primera transición. En poco tiempo, ese proyecto político nos mostró sin ningún pudor, las fórmulas de gobierno típicas de la derecha autoritaria, la censura informativa, el fortalecimiento policial y militar, el desprecio hacia el clamor de la mayoría. Los españoles hemos tenido ocasión de comprobar cómo esta derecha, que se presentó como civilizada y democrática, ha estado vulnerando una vez tras otra los límites de la equidad política. Hemos visto cómo su arrogancia y beligerancia han propiciado que la negociación trabajosamente construida entre la nueva administración democrática y los pueblos que componen la España de las Autonomías, haya desembocado en la confrontación entre un modelo de estado centralista y las aspiraciones, necesidades y sensibilidades de las distintas comunidades históricas.

Las manifestaciones masivas en toda España en contra de la guerra de Irak fueron una expresión clara y rotunda de una mayoría ciudadana que no se sentía representada por un gobierno y un partido que propugnaban el choque de civilizaciones, un inevitable genocidio en orden al control de los recursos energéticos. Los españoles y españolas nos dimos cuenta del riesgo y la contradicción que suponía vivir en una democracia en la que se vulneraban los derechos constitucionales más básicos. Constatamos que, en la práctica, estábamos sufriendo una especie de imposición militarista, una suspensión y filtración del derecho a la información, una justificación de la represión a la ciudadanía, una vulneración de nuestro contrato político fundamental, una estafa política muy peligrosa para nuestra salud democrática.

La gran mayoría ciudadana no creyó a su gobierno, no pudo creerlo porque su discurso era, como el de sus aliados angloamericanos, indigerible, una farsa burda y mal construida. También porque estaban expresando una clara y arrogante soberbia. Pero no hemos de extrañarnos por una situación así. Muchos musulmanes españoles tuvimos ocasión de constatar y sufrir ese mismo talante autoritario durante toda una década. No nos cogió de sorpresa, porque incluso algunos ya habíamos advertido y sentido ese viejo espíritu de reconquista que late aún en las actitudes de muchos de nuestros administradores públicos neoconservadores.

La derecha española tiene poca o ninguna tradición democrática. Le cuesta asumir de hecho la pluralidad, el derecho de los que no son como ellos. En materia de pluralismo social y político han dado reiteradas muestras de intransigencia, tanto en lo que se refiere a las comunidades históricas españolas como en lo que atañe al tema de la inmigración y a la sociedad multicultural que de ella se deriva. Los sucesos xenófobos de El Ejido en Almería, entre el debate de una Ley de Extranjería que fue revocada por el Tribunal Constitucional, mostraron el rostro intransigente de un gobierno que no supo cómo resolver de manera sensata y ponderada los problemas que hoy se le plantean a nuestra sociedad y, en general, a todas las sociedades y culturas que se encuentran sufriendo un modelo cerrado de globalización. No han sabido o no han querido articular el pluralismo político ni el cultural, y aún menos el ideológico y religioso.

Con relación a los musulmanes, la política del Partido Popular durante su mandato ha estado ampliamente mediatizada por el integrismo católico de sus ministros vinculados al Opus Dei. En esta mentalidad los musulmanes aparecemos como enemigos o, al menos, como extraños, incluso aquellos musulmanes que somos tan españoles como ellos. No han podido evitar revivir su espíritu de cruzada, porque les resulta imposible trascender los propios mitos fundacionales del estado, esa ideología de estado que las fuerzas más conservadoras se han encargado siempre de mantener y reavivar, durante más de quinientos años, para legitimar su propio poder. Esa mentalidad excluyente coincidía plenamente con la mentalidad de sus mentores norteamericanos, con las teorías de Lewis, Huntington y Fukuyama. El mismo o parecido talante exclusivista que han mostrado con las diferentes confesiones religiosas españolas.

La libertad religiosa, amparada por la Constitución de 1978, y convertida más tarde en Ley, no ha figurado en la agenda política neoconservadora más que sobre el papel. En la práctica, los diferentes gobiernos del Partido Popular no han desarrollado en nuestro país ninguna política tendente a abordar con seriedad y buena voluntad este aspecto básico de nuestro proyecto constitucional y democrático. Para la mentalidad neocon española ser musulmán no es lo mismo que ser católico. Y no sólo por la imagen que se ha venido construyendo sobre el islam y los musulmanes en los medios de comunicación, sino porque, desde el Estado, desde donde debería haberse impulsado la construcción de una sociedad libre y plural, los populares desarrollaron una política divisoria y obstruccionista, reactiva, beligerante y peligrosa.

Durante el gobierno de la derecha, sobre todo en su segunda legislatura, se insistió con frecuencia, desde los medios afines, en que existen diversas categorías de inmigrantes, básicamente la de los integrables y los no integrables. Esa definición llevaba implícita una política darwinista de inmigración, una discriminación y una política de exclusión, en definitiva. 1

La derecha extrema de Aznar apostó por la visión angloamericana de la historia, anacrónica, neocolonialista y belicista, olvidando el compromiso real que España tenía y tiene con Europa, con el Mundo Árabe y con Latinoamérica.

Que estas visiones interesadas y negativas del islam fueron el fruto de una política de alineamiento con las tesis de Huntington lo demuestra el hecho de que el entonces ministro de defensa, Federico Trillo, llegó a decir que era preferible reclutar a extranjeros "que hayan tenido o tengan una especial vinculación con España", refiriéndose expresamente a los inmigrantes procedentes de Latinoamérica. Asimismo, responsables del gobierno para asuntos de inmigración llegaron a afirmar que "además de la lengua y la cultura común, practicar la religión católica es un elemento que facilita la integración de los extranjeros en España"

Cierto es que la confesión mayoritaria de España es el catolicismo, pero que sea mayoritaria no le da derecho a construir un estado diferente al que propugna nuestra Constitución, no la legitima como opción exclusiva. Nuestro estado constitucional y de derecho se define como laico, y esa laicidad es la que, hasta el día de hoy, no han sabido abordar eficazmente ni construir ninguno de nuestros gobernantes democráticos. Es un problema que esta ahí y que hay que resolver, porque las democracias se consolidan en sociedades participativas y plurales, no en la autocracia y la exclusión.

España es un país muy especial en lo que atañe a su relación con el islam y los musulmanes. Las tesis de Samuel Huntington llegaron a un país que ha vivido durante casi cinco siglos manteniendo una identidad cerrada, una ideología de cruzada y un monopolio confesional. La España democrática, a partir de la Constitución del 78, comenzó a acceder a la posmodernidad ocupando un lugar privilegiado en el contexto internacional. Pero su propia historia y, sobre todo, la evolución de su espectro ideológico-político, desembocan hoy en una serie de cuestiones pendientes que han de ser inevitablemente abordadas: la laicidad del estado, la pluralidad confesional, la no discriminación, la multiculturalidad y el diálogo intercultural e interconfesional. Todo ello en aras de asumir precisamente esa misma historia y esa imposibilitada identidad.

El incumplimiento reiterado de los acuerdos suscritos entre el estado y los musulmanes, sus planteamientos siempre desiguales, y sobre todo, su total falta de apoyo económico e institucional, han sido la expresión más evidente del alineamiento de la derecha española con las tesis neoconservadoras más radicales que propugnan el choque de civilizaciones. Una ideología de cruzada que tiene en nuestro país más que sobrados y tristes antecedentes, esa mentalidad africanista que muchos ya creíamos enterrada para siempre, superada por la reconciliación de las Españas.

En ese momento tan duro, cuando los cruzados españoles del Fin de la Historia expresaron su visión más dura y monolítica, excluyente e irracional, cuando aparecieron las viejas maneras de gobernar mediante la censura informativa y la represión policial, comenzamos a comprender la importancia política que, para la democracia, tiene el pluralismo religioso, en tanto resulta ser la expresión de esos derechos básicos que garantiza nuestra Constitución: el de la libertad de pensamiento y expresión, el de la libertad de creer o no creer, y de vivir y expresarse de acuerdo a ello.

El desarrollo de la libertad de conciencia pasa por la igualdad de todas las confesiones y de sus individuos en sus relaciones con el estado, una igualdad que sólo puede ser vivida desde la laicidad, desde una posición de cálida neutralidad, de neutralidad comprensiva de la necesidad espiritual que tiene cualquier ser humano. Y eso no puede vivirse desde el integrismo ni desde una visión cerrada y excluyente, sea del color que sea. Por esta razón los neocons del Partido Popular no pudieron ofrecer ninguna alternativa de futuro al estado plural, a la sociedad multiconfesional. Eso ahora lo está comprendiendo bien la izquierda en lo que atañe a las ideologías de los movimientos emergentes, al ecopacifismo, al movimiento antiglobalizacón y al diálogo con las distintas confesiones religiosas existentes en nuestro país. Y es precisamente ahora cuando la sociedad española está preparada para abordar el tema del pluralismo cultural y religioso, de la libertad de conciencia.

Los musulmanes españoles sabemos que nuestras leyes nos garantizan el derecho a vivir como tales, por eso reivindicamos ser tratados en un plano de igualdad, no sólo legal, sino social y económica, moral y espiritual, con relación a nuestros conciudadanos. Pedimos, ni más ni menos, que el desarrollo de nuestra Constitución en materia de libertad de conciencia y expresión. Como musulmanes compartimos el proyecto de un estado democrático que nos permite practicar y vivir según nuestro din 2, vivir de acuerdo a nuestras conciencias, pero queremos vivirlo con plenitud, aportando con ello vitalidad y riqueza a esta sociedad plural que queremos la mayoría.

Esbozos de un nuevo paradigma

En este proceso de consolidación de la amenaza terrorista a través de megaatentados y narraciones interesadas han aparecido algunos factores imponderables que abren la puerta a nuevas posibilidades y alternativas. La reacción del pueblo español ante la masacre del 11 de Marzo en Madrid ha tenido importantes repercusiones a diferentes niveles. El pronunciamiento de la ciudadanía contra la política de los neocons en las elecciones generales fue un hecho sorprendente y aleccionador. Fue un acto de soberanía popular y de conciencia democrática y ciudadana, un acto de restauración de la sociedad civil. Los españoles nos dimos cuenta entonces de que era posible cambiar la sociedad, el curso del pensamiento y de la historia, mediante el ejercicio del derecho al sufragio.

Ha sido, tal vez, el acto más decididamente democrático de todos los que hemos vivido a lo largo de nuestra transición política, el que más conciencia del valor de la participación ciudadana nos ha otorgado. En lugar de esconder la cabeza y reclamar orden y mano dura de los gobernantes, dijimos no a la guerra, y nos encontramos con que, por esta vez al menos, nuestras reivindicaciones iban a tener una respuesta política.

También la retirada de las tropas españolas de la guerra de Irak ha sido un hecho determinante que ha abierto nuevas expectativas a la paz global. La política exterior que está llevando a cabo el nuevo gobierno socialista y la propuesta del presidente Rodríguez Zapatero de abrir un espacio al diálogo de civilizaciones truncan por el momento la expectativa orwelliana de los neocons de instaurar un pensamiento y un discurso únicos, sin contestación ni disidencia.

La respuesta de la sociedad española ante el terrorismo ha sido ejemplar y globalmente ejemplarizante, por no haber sucumbido al terror, a la xenofobia y a la confrontación. Junto a la imposición de un imaginario bélico e inevitable se levanta la posibilidad del pensamiento y del diálogo. Frente a la narración de los poderes fácticos se alza la conciencia de los pueblos. Siempre ha sucedido así y siempre sucede de manera inédita, revolucionaria e inesperada.

La respuesta, en otros lugares del escenario global, ha sido más amortiguada y confusa. En el caso del pueblo norteamericano, ha quedado claro que sucumbió en gran medida al miedo provocado por la caída de las torres gemelas, que consintió en los genocidios de Afganistán e Irak, en las torturas y hechos vergonzosos que se van desvelando tras el terror. También comienzan a darse cuenta los norteamericanos de las consecuencias que para la vida cotidiana tiene el recorte de las libertades civiles en su propio país.

En el caso de muchos países de mayoría musulmana, las contrafiguras han ejercido diferentes dominios sobre la conciencia de los ciudadanos o de los súbditos, según sea el caso. El mito de Bin Laden como libertador de los musulmanes, como un héroe capaz de hacer frente a la maquinaria imperial de los nuevos frany 3, representados en la narración por Bush y sus adláteres, suponen todo un despropósito y un anacronismo, una condena aún mayor a todos estos pueblos a la barbarie y al atraso socioeconómico. La construcción del Bin Laden justiciero se ha apoyado en toda una mitología creada a partir de uno de los contenidos básicos de la tradición profética con relación al islam y al fin de la historia: la aparición del Mahdi, un lider musulmán que, sin ser propiamente un profeta, aparecerá en un momento determinado para legislar y unificar a los musulmanes de todo el mundo 4.

Por todas estas razones podemos también asegurar que, aún sin salir del terreno de las declaraciones, muchas veces éstas se convierten en hechos. Una propuesta alternativa al terror siempre es bienvenida, porque abre las puertas a la paz, aunque la paz global se presienta lejana. Aquí radica la importancia de las declaraciones de diálogo y encuentro de civilizaciones, más aún si tenemos en cuenta que se producen en un escenario que se torna más y más contemporáneo, es decir, significativo a nivel global, por la atención y el espacio que los medios les están concediendo en el momento presente.

En este contexto de apertura a la diversidad, de escenario abierto, se producen esas expresiones inéditas de las que al principio de este texto hablábamos, esas expresiones transformantes que cambian el devenir de nuestra historia, aún sin pretenderlo las más de las veces, porque acontecen en el lugar y el momento oportunos y responden a preguntas y necesidades que, aunque están el la mente de la mayoría ciudadana, no siempre se formulan abiertamente.

Una fatua de dimensión global

El islam es una forma de vida pacífica, de adecuación y sometimiento a la realidad, no una cultura o una práctica religiosas. ¿Cómo es posible que aparezca ahora insistentemente como expresión de la mayor intolerancia y barbarie? Esa pregunta se la hacen diariamente la mayoría de los musulmanes de todos los lugares del mundo, atosigados con esa imagen horrible de sí mismos, al mismo tiempo que saben que eso no es el islam, que el islam no mata inocentes, no tortura, que el yihad es un esfuerzo de automejoramiento y que la guerra tiene un carácter defensivo. ¿Qué pasa entonces? ¿Quién es Bin Laden? ¿Qué es Al Qaida? ¿Quiénes son los terroristas?

La fatua emitida por la Comisión Islámica de España durante la Cumbre Internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad celebrada en Madrid en el aniversario del 11 de marzo, condenando el terrorismo y declarando no musulmanes a los terroristas, no es la fatua contra Bin Laden sino contra todos aquellos que promueven ese terror, sea Bin Laden o sea el que sea, sea árabe, norteamericano, europeo o asiático. Es una fatua contra el terror, un pronunciamiento contra la mentira, contra la manipulación que sin cesar se ejerce en nombre del islam y de los musulmanes y hay que leerla en este contexto, en una sociedad como la española que se pregunta sin cesar sobre la naturaleza de unos hechos horribles, sobre sus causas, sobre los riesgos imprevisibles de la amenaza terrorista y sobre las consecuencias de vivir en el seno de una sociedad basada en el miedo y en la sospecha.

La fatua de condena del terrorismo emitida por la Comisión Islámica de España ha sido suscrita y apoyada masivamente por musulmanes de todo el mundo, que han visto en esa declaración la expresión de su sensibilidad islámica más profunda, un poner las cosas en su debido sitio, en el lugar donde tienen sentido existencial e intelectual. Y hay que leerla en el contexto del islam en España, en el de los musulmanes españoles que llevan adelante la ardua tarea de tener que decir lo que todos quieren decir y ninguno puede o se atreve a decirlo. En el contexto de un islam emergente, libre de esas adherencias doctrinales y usos culturales que tantas veces devalúan su más prístina e integral experiencia.

Tal vez sea el momento de insistir una vez más en la estrecha relación que existe entre islam y democracia. No todo el mundo sabe que la expansión del islam se produjo en el contexto de decadencia imperial de bizantinos y persas, de ruptura de los sistemas de poder tradicionales. Frente al viejo paradigma de la autocracia y el autoritarismo, el islam se expandió en forma de comunidades democráticas que practicaban la consulta y propugnaban la participación y el pluralismo 5

El islam emergente no es muy diferente en su esencia de ese islam comunitario y democrático de los primeros tiempos históricos. Por esa razón los musulmanes españoles hemos insistido tanto, en los últimos veinte años, en la relación estrecha que existe entre islam y democracia. La voluntad de desenmascarar la instrumentalización política del islam ha sido una constante en nuestro discurso, de la misma manera que nuestro énfasis en la necesidad del espacio laico surge de esa visión abierta y multicultural que toda sociedad islámica emergente imprime en las sociedades y culturas a las que integra y alcanza.

La sociedad española tiene ahora la posibilidad de conocer mejor las dimensiones desconocidas, por haber sido tan insistentemente negadas, de una forma de vivir que ha demostrado sobradamente a lo largo de los siglos su capacidad para promover espacios compartidos y lenguajes comunes en una humanidad siempre plural y diversa. En este contexto habría que leer esa fatua que, por otra parte, para la mayoría de los musulmanes no contiene nada nuevo, sino que es más bien la expresión de una convicción profundamente arraigada en nuestras conciencias, una convicción que tiene que ver con la naturaleza integral del islam como forma de vida que responde a los retos y preguntas de una realidad siempre contemporánea.

Notas
1 Las tesis del choque de civilizaciones, de Huntington, y las ideas de Bernard Lewis, esgrimidas por los estrategas norteamericanos para justificar su política, encontraron eco en España en publicaciones como el libro de Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (Taurus, Madrid 2001) El profesor Bernabé López García denunció el contenido de este libro atroz sobre la realidad del islam y los musulmanes, señalando algunas afirmaciones que no dejan lugar a ninguna duda: "el islam representa el extremo más alejado de Europa por su visión teocrática del mundo. Sus creencias están en contra del sistema pluralista. La integración de sus fieles es muy difícil. Esta situación mejorará con los inmigrantes de segunda generación, la mayoría de los cuales se socializarán y estarán preparados para obtener la ciudadanía, siempre que no sean educados en escuelas musulmanas" (El País, 6 de abril 2001). En un semanario el mismo autor afirmaba que "el problema es el islam, no es cuestión de racismo" (La clave, 27 de abril-3 de mayo 2001).
2 Din es una palabra árabe que suele traducirse como religión, pero esta palabra castellana proviene del término latino religare, que expresa el vínculo entre personas de un rebaño o comunidad, que se religan por medio de los ritos escenificados por sacerdotes. Por su parte, el islam se define a si mismo como Din, como forma de vida, como sistema de relación entre el ser y la realidad, no como vínculo entre los seres, aunque este vínculo, por supuesto, existe. En el Din del islam hay principios, pero no dogmas ni misterios. No hay sacerdotes ni iglesia, no hay sacramentos: es más bien una manera de vivir y concebir la existencia.
3 Frany es la transcripción de una palabra árabe que surgió durante las cruzadas en la Edad Media, que se usaba para designa a los pueblos francos y, por extensión, a todas las huestes cristianas. Es un término que se ha conservado en el habla popular y en la literatura.
4 En muchos períodos de la historia del Islam han existido líderes que se han autoproclamado o han sido proclamados Mahdi, sobre todo en épocas de crisis y fragmentación política de las sociedades de mayoría musulmana.
5 El principio coránico de la shura (consulta mutua) exige que, en todos los aspectos de la vida social de los musulmanes, los miembros de la comunidad sean consultados para participar en la elaboración y aplicación de las decisiones que les afectan. Este principio excluye la imposición despótica de un líder, de una clase o de un grupo, y se acerca más a un concepto de democracia directa que a la democracia representativa por delegación temporal.

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