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La Peregrinación como mística de masas

21/12/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

Conferencia pronunciada el 14 de octubre en Silleda, Galicia, durante el XVIII Seminario de Turismo Rural, dedicado al turismo religioso.

Lo que sigue no pretende ser ‘conferencia magistral’, ni siquiera constituirse en un discurso. Se trata más bien de evocar una palabra e insertarla en nuestra realidad contemporánea. La palabra que nos tiene aquí a todos reunidos es la palabra ‘peregrinación’, una palabra antigua, que ejerce un poder de atracción para todos nosotros. Una palabra con un largo prestigio, cuya sola pronunciación nos estimula.

El dominio al que pertenece esta palabra, ya lo sabemos, no es de este mundo. Pero, ¿cuál es este mundo al cual la palabra peregrinación no pertenece? Precisamente, eso que llamamos lo mundano, el mundo de las imágenes prefabricadas, de los estereotipos, el mundo de los iconos que es una de las idolatrías contemporáneas más firmemente establecidas. Un mundo en el cual la banalidad es norma, pretende pasar por lo normal e incluso hacerse normativa. En relación a la peregrinación, se trata de la sustitución de las imágenes prefabricadas de la misma por la realidad o autenticidad de la experiencia.

La palabra peregrinación no señala únicamente la acción de desplazarse de un lugar a otro, no es un mero viajar, sino una experiencia que esta acción desencadena. Precisamente, la experiencia interior del peregrino es lo que las imágenes son incapaces de captar. Al tratar de reducir a un icono mediático esta experiencia la estamos velando, haciéndola aún más inaccesible. Así pues, los que miran a la masa de peregrinos desde fuera, con las anteojeras de sus prejuicios, solo puede ver a gentes de vacaciones que utilizan la excusa de la religión para desplazarse.

Esta tal vez sea una de las paradojas más acusadas de la espiritualidad humana en el tiempo de la imagen. La imagen solo es capaz de mostrar el rostro más externo. A veces, este rostro puede llegar a ser muy hermoso, demasiado hermoso. La belleza exterior de las imágenes de los peregrinos caminando por bucólicos paisajes no puede reflejar el estado ni el desgarro interior del peregrino. Porque, es necesario decirlo, una peregrinación puede ser muy fastidiosa, todo menos unas cómodas vacaciones en la playa.

Otra paradoja se produce cuando insertamos la palabra ‘peregrinación’ en el mundo del comercio. En el momento que la peregrinación se transforma en mercancía, es lógico que su representación publicitaria esté pensada para venderla, como un producto más que tiene que competir con una amplia oferta. Es en este momento cuando nos encontramos con las imágenes más banales aplicadas a algo que nosotros vivimos como trascendente, cuando el mundo de la imagen-mercancía y el mundo de la espiritualidad se combinan de forma extravagante. No hay más que fijarse en los anuncios del tipo "viaje a Meka, abra las puertas del Paraíso"... por un módico precio.

La pregunta es: ¿qué diferencia hay entre vender un conche o vender una peregrinación? En realidad, pretender que exista una diferencia es ilusorio. Vender es vender, y hay técnicas casi científicas, estudios de la mentalidad humana que señalan como hacer más atractivo el producto en cuestión. No seamos aguafiestas. No hay nada malo en utilizar estas técnicas publicitarias para ‘vender peregrinaciones’. Sin duda, mejor vender una peregrinación a Meka o a Santiago que turismo sexual a países del llamado tercer mundo... Mejor la ilusión religiosa que no la realidad mezquina de aquellos que son incapaces de ver en la mujer otra cosa que carnaza.

Todo esto parece muy negativo. Sin embargo, no hemos venido aquí para lanzar un sermón o lamentarnos de la oscuridad de los tiempos. Al contrario, hemos venido a Galicia imantados por el prestigio una palabra antigua, el dominio que la palabra ‘peregrinación’ ejerce todavía sobre las conciencias.

Lo importante es que la experiencia espiritual se produce. Como o porque son cuestiones que están más allá de nuestro dominio. Se trata de un regalo que Dios da a quien quiere y cuando quiere. Solo podemos invocar la misericordia divina, el simpathos divino, capaz de rasgar los velos más densos, capaz de manifestarse a través de las imágenes y estratagemas mediante las cuales los hombres tratan de velarlo.

La capacidad de realizar esta experiencia que llamamos ‘peregrinación’ permanece íntegra en el corazón del ser humano, más allá de los condicionamientos exteriores. Y esto es así porque la peregrinación es un anhelo, algo que todos deseamos. No se trata de un elemento cultural o litúrgico, sino anterior a la cultura y la liturgia. El anhelo del peregrino forma parte de la condición humana... En cierto sentido, lo define como ‘humano’.

No podemos, pues, quedarnos con el envoltorio. Hay que ir más allá de las imágenes hacia el corazón del peregrino. Lo importante es el impulso que lleva a millones de personas a peregrinar cada año, a dirigirse a los lugares sagrados. La palabra ‘peregrinación’ nos pone en marcha, enciende un resorte secreto. A lo característico del lugar se acopla la predisposición del peregrino. El encuentro es inevitable.

El anhelo del peregrino

¿Cuál es este anhelo que, en cierto sentido, define la búsqueda espiritual del ser humano como un peregrinar hacia Dios? Un modo de definirlo es destacar los elementos comunes que aparecen en las distintas tradiciones. Todos los lugares de peregrinación tienen un envoltorio propio, su propia historia. Esta historia es lo que los vincula a una religión concreta: la Meka al islam y Santiago al cristianismo. Tanto Santiago como Meka se remontan más allá de su presente, hacia un origen prestigioso.

Así pues, nos encontramos con tres planos que debe recorrer el peregrino. En primer lugar, lo propiamente religioso: el plano histórico-religioso es el más elemental, pero también el más valioso. Nos remite a nuestra pertenencia a una religión constituida, al encuentro y la comunión entre los fieles.

En segundo lugar, un plano que podemos llamar ‘mítico’, y que se refiere al origen de la peregrinación. En el caso de Santiago de Compostela, se trata de la peregrinación realizada por el Apóstol Santiago. En el caso de Meka, la fundación de la Casa Inviolable de Adoración por el profeta Abraham y su hijo Ismael, que la paz sea con ellos.

En tercer lugar, queremos referirnos al propio carácter del lugar donde se produce la peregrinación, a lo anterior a los elementos históricos, míticos, e incluso religiosos.

Los lugares de peregrinación lo son por algo. Hay algo en esos lugares que los ha convertido en centros de peregrinaje desde los tiempos más remotos. Y este ‘algo’ que caracteriza estos lugares es su secreto, su eficacia por encima de toda circunstancia. En árabe, existe una palabra que define este carácter telúrico que sobrecoge, que casi electriza. Es la bâraka, palabra que suele traducirse como "bendición", pero cuyo sentido es muy telúrico.

La bâraka es algo que emana de ciertos objetos, lugares, y momentos. La bâraka es, ante todo y sobre todo, el agua (lluvia, manantiales, ríos, lagos). En castellano mismo ha quedado plasmado con el sello del sentir musulmán lo que es "un depósito de agua en medio del campo": "alberca", es al-birka, lo que contiene la bâraka. De ahí que en los lugares de ‘peregrinación’ siempre haya un elemento de agua. En Meka, la fuente de Zamzam, en Compostela, el propio abocarse a las aguas viniendo desde oriente.

Siempre hay un acontecimiento en un lugar sagrado que nos remite a un acontecimiento originario. Recién vengo de Bretaña, cuya patrona es Santa Ana, la madre de la Virgen María. En la ciudad de Sant Anne d’Auray se sitúa un centro de peregrinaciones, establecido en el siglo XVII, pero que reivindica un origen mucho más antiguo. Los mismos elementos que en la peregrinación a Mekka: la fuente, la recuperación de un rito pasado, en un lugar que goza del prestigio de lo antiguo.

Este lugar es Finisterre, es la Piedra Negra, o el monasterio de el gran monasterio budista de Nava Vihara, en Bactria. Es Sant Anne d’Auray, el centro de peregrinaciones en Bretaña. No se trata de un lugar cualquiera. Cerca de allí se encuentra Carnac, la concentración de menhires más grande del mundo, en la costa sur de Bretaña, una región telúrica donde las haya, muy emparentada con Galicia.

Es, precisamente, este telurismo lo que facilita la experiencia. El sentimiento que estamos evocando es esencialmente primitivo, la búsqueda de los orígenes. Para algunos asustadizos, aquí se roza el paganismo, lo anterior a nuestro islam o nuestro cristianismo históricos. Las religiones tiemblan, los doctores de todas las iglesias tienen miedo cuando los creyentes se sitúan solos ante la divinidad, cuando sobran los intermediarios.

No nos confundamos. No se trata de ningún paganismo, de ningún naturalismo más o menos cándido, sino de la desnudez esencial del creyente ante su Señor. Una desnudez total, un despojamiento que tiene mucho de desgarro, un viaje hasta la tierra yerma pero bendecida, hacia ese desierto interior que nos libra de toda idolatría, y donde solo queda la misericordia de Dios. Por eso, la peregrinación tiene como una de sus cumbres la plegaria, porque el peregrino es aniquilado, queda solo, se reconoce desvalido y carencioso ante la infinitud de la misericordia. No queda de nosotros más que un hilo de voz que se desangra: ‘Dios mío, dame, ayúdame, sálvame’... siempre implorando Su presencia, Su manifestación en nuestras vidas.

Ante la Piedra Negra de la Ka’aba, como ante el sepulcro del Apóstol Santiago, todo lo demás se desvanece. Estamos solos ante el objeto de nuestra búsqueda, un lugar que nos sitúa ante el misterio de nuestro nacimiento último, del vacío de representaciones del cual venimos y al cual nos abocamos. No hay más que eso.

¿Qué queremos decir con todo esto? Todo peregrino sabe que lo importante es el lugar. No se peregrina a cualquier lado, ni se puede escoger a la carta el lugar de peregrinación. Ir a Santiago o ir a Meka es siempre una peregrinación, con tal de que se sepa. Todos los peregrinos se benefician de ese viaje, en la medida en que saben que están dirigiéndose a un centro de peregrinaje, a un lugar especial.

Estamos hablando de algo anterior a los elementos históricos o míticos de nuestras tradiciones. Pasar de estos planos al tercero es tal vez lo más difícil y arriesgado. Y sin embargo, este plano telúrico es tal vez lo más inmediato al ser humano, relacionado con su naturaleza más profunda. Para captar la bâraka del lugar no es necesario ningún espíritu crítico, ni conocimientos históricos o teológicos. De ahí que la peregrinación tenga un efecto tan brutal en los creyentes más simples, que no son sino los mejores creyentes, los más creyentes. Y digo esto sin el menor asomo de ironía. Las muestras de pasión desaforada que vemos en los lugares de peregrinación pueden constituir un escándalo para nuestras pretensiones racionalistas, e incluso preocupar a cierta ortodoxia recelosa de todo aquello que escapa a su dominio. Precisamente, ese escapar es el punto de fuga de los planos histórico y mítico que caracterizan a los lugares de peregrinación, pasar de los planos civilizados a lo puramente telúrico, al puro encuentro con las bendiciones o bâraka de los santos lugares.

Estamos hablando de algo muy sencillo. Recibir esas bendiciones directamente, sin mediación alguna. Este es el anhelo secreto del peregrino. Cuando esto sucede, el corazón, inevitablemente, se desborda. Nadie sabe lo que le sucede, pero intuye la presencia de Dios, su cercanía. Nadie esta preparado para esto. De ahí el desbordamiento, el desmoronarse de todas las ficciones que hemos construido, de todas las ilusiones de ser y de dominio de las que vivimos rodeados. Ante la cercanía de la divinidad, todo lo superfluo se desvanece. Dios es el único objeto de la busca, el único sentido del peregrinaje. Incluso el lugar, con toda su historia y su bâraka, no es sino una excusa que hace posible la realización de nuestro verdadero anhelo.

Epílogo: mística de masas

¿Cómo es posible calificar la peregrinación como una experiencia mística? ¿Acaso esto no es contradictorio con lo que pensamos de la masificación? Aquí nos encontramos con una paradoja, los signos de los tiempos. Para que este acontecimiento místico sea posible como fenómenos de masas, el envoltorio que conocemos como turismo es necesario, diría imprescindible. Así pues, la peregrinación es al mismo tiempo mística y turismo, lo cual sin duda está presente en cada peregrino.

En realidad, la masa de los peregrinos arropa la experiencia. En el haram de Mekka, uno se tiene que sentir como una hormiga. Más de dos millones de personas rezando al mismo tiempo en el mismo lugar y a la misma hora. Somos uno más dentro de la masa, lo cual quiere decir que apenas somos nada, una criatura desvalida. Este sentimiento facilita la experiencia, y tiene la ventaja de evitar el orgullo de tenerla, la presunción de ‘ser un místico’ y tonterías de este tipo. Nuestra experiencia lo es todo y apenas si tiene importancia. Nuestra experiencia individual no es nada especial, no somos seres extraordinarios sino simples peregrinos, criaturas pasajeras. No somos san Juan de la Cruz ni ibn ‘Arabî. Para la masa de los peregrinos, la banalidad de su experiencia es la garantía de su autenticidad. No hay pretensión, sino apenas capacidad de recibir la bendición del lugar y desbordarse en llanto. No hay artificiosidad, sino sudor masificado, un cierto malestar provocado por la masa humana.

Dentro de la masa nadie nos observa. Estamos ante Dios. A cada uno le es dado según su grado de conciencia. Dejemos a los mirones y a los críticos que califiquen a la peregrinación como ‘turismo religioso’, o que se complazcan en destacar sus aspectos más externos, incluso lo grotesco. Todo esto, a los creyentes nos trae sin cuidado.

Una experiencia mística masificada. Esto constituye un auténtico escándalo para todos aquellos que han anunciado solemnemente (como se anuncian las grandes tonterías) la ‘desacralización del mundo’. Para el creyente, la vida está en su comienzo, la misma maravilla, la misma intensidad, las mismas condiciones eternas de la vida y el mismo esfuerzo en el camino del retorno.

Modestamente, creo que este es el secreto de la peregrinación, de su consolidación en el presente como un fenómeno de masas. La peregrinación es siempre un acontecimiento que trastoca al peregrino. Un acontecimiento místico, en el sentido de que nos aboca al misterio insondable de Dios.

14 de octubre del 2004
Silleda, Galicia

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