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Terrorismo islámico, la gran estafa del siglo XXI

15/11/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

La obsesión por ser "políticamente correctos" puede llegar a bloquear las mentes y a desvirtuar nuestros mensajes, hasta el punto de hacernos abandonar reivindicaciones plenamente legítimas, a decir lo que no creemos pero creemos que nos conviene, según las circunstancias.

El camino de lo "políticamente correcto" tiene muchos caminos, constituye (propiamente) un laberinto. Todo esta enlazado: desde el momento en que aceptamos una primera falsedad o una verdad a medias, está nos conduce a la siguiente, sin salida. Un laberinto cuyo fin sólo conoce su arquitecto, al cual nos invita alegremente. Entrar en él nos conduce (inexorablemente) al consentimiento, la aceptación de un estado de cosas, al terror institucional que desarraiga a los pueblos de sus tradiciones para imponer una economía de rapiña (monoteísmo de mercado).

Hoy en día, muchos musulmanes parecen obsesionados por presentar al islam como una especie de pacifismo. Hombres y mujeres comprometidos en el dawa, sobre todo en occidente, buscamos resaltar las similitudes entre el islam y los valores de la modernidad, asegurando que el islam es compatible con los derechos humanos, que el islam proclama la igualdad entre el hombre y la mujer, etc. Frente a los que denuncian nuestra religión como retrógrada y salvaje, se trata de resaltar los aspectos contrarios a estas aseveraciones, declarando que el islam es paz y otras frases hechas.

Nosotros también hemos caído en estos juegos, la mayoría de las veces a la hora de responder a periodistas cuyo conocimiento es más bien escaso, que han asumido gran cantidad de tópicos sobre todas las materias, como un marco de referencias fuera del cual todo carece de existencia. Resulta tan difícil deshacer los prejuicios, que existe siempre la tentación de ir directos al grano y adaptarse al "discurso islámico políticamente correcto" que esos mismos medios han forjado. Así somos salvados de la persecución que se cierne sobre nuestras vidas. El problema es cuando acabamos colaborando en el establecimiento de una presunta dicotomía entre un islam radical o fundamentalista (que se supone el genuino) y un islam moderado (la adaptación a "la modernidad" de una religión en verdad bárbara y retrógrada). Con esto, entramos en el juego de los males menores consentidos para alcanzar objetivos (las más de las veces) irreales.

En las páginas siguientes, trataremos de analizar algunos de los límites e inconvenientes que puede tener esta estrategia, las trampas que se esconden tras algunos de los tópicos más manoseados. Se trata de tomar conciencia de la coacción que amenaza con influir en todos nuestros posicionamientos, viéndonos siempre obligados a refutar las imágenes negativas sobre el Islam, convenientemente establecidas a través de las academias y la prensa. Un círculo vicioso, salir del cual puede parecer como un atrevimiento completamente inútil, fuente de confusiones.

Los musulmanes debemos ser capaces de construir nuestro discurso de manera independiente de estos condicionamientos, sin aceptar tópicos tales como el de la superioridad de la cultura occidental o el acceso a "la modernidad" como una superación de estadios primitivos, en los cuales la religión era dominante. Debemos ser capaces de mostrar que el islam tiene respuesta a las antinomias a las cuales el capitalismo a conducido al mundo, un sistema que depreda continentes con una sonrisa, presentándose como salvador mientas mata de hambre a millones de personas y extermina todas culturas, incluidas las propias culturas de occidente. Porque esta es la clave. Lo que se pretende es lograr nuestro consentimiento a un estado de cosas que cualquier mente sana consideraría atroz, sino estuviera preso de los velos y la autocomplacencia de occidente con su propio terrorismo.

1. Hasan a-Banna y los derechos humanos

Desde el punto de vista del islam, solemos mostrar nuestra adhesión general a los derechos humanos sin cuestionamientos. Hacerlo así puede ser un mero recurso dialéctico, y muchos de los que lo hacen apenas podrían decir cuales son estos derechos, ni se han parado a analizar su origen y sus implicaciones. No hay ningún inconveniente para que la Liga Árabe se sume a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre realizada en 1948 por la ONU, para después pasar olímpicamente de los mismos. No cuesta nada adherirse a un trozo de papel, firmar en la casilla convenida. Total, lo mismo hacen los gobiernos occidentales, para los cuales estos mismos derechos son papel mojado.

Así pues, proclamamos la compatibilidad entre el islam y los derechos humanos. No hay duda de que la formulación de estos derechos es un gran bien, una declaración que (de ser asumida realmente) podría ayudar a mejorar de manera radical la vida de cientos millones de seres humanos en el mundo, lo cual no es poca cosa.

Sin olvidarnos de esto, resulta interesante saber que algunos de los que se han detenido a analizar el tema, no pueden sino encontrar ciertas incompatibilidades entre la formulación específica de los derechos humanos realizada por la ONU y los principios del islam, aunque sean sólo fronterizas. Esto es lo que le pasó al fundador de los Hermanos Musulmanes, Hasan al-Banna, quien manifestó sus reticencias con respecto por lo menos a un punto. Partiendo de la concepción coránica de la legitimidad de la defensa armada contra la opresión, Hasan al-Banna rechazó la tercera consideración del preámbulo de la Declaración de Derechos Humanos, que dice lo siguiente:

"Considerando que es esencial que los derechos del hombre estén protegidos para que el hombre no se vea obligado, como último recurso, a la revuelta contra la tiranía y la opresión."

Según argumenta al-Banna, el derecho a la legítima defensa y a la revuelta contra la tiranía no puede ser limitado por ninguna declaración de principios, por muy noble que esta sea. Se trata de un derecho que emana de la relación entre el Creador y la criatura, una necesidad vital para aquellos que tienen conciencia del valor de su libertad, de su honor y de su vida. La no aceptación de la opresión es un deber para todo musulmán y musulmana, una obligación contraída entre cada ser humano y la propia Realidad que le rodea. Todo musulmán sabe que es mejor la muerte que aceptar la tiranía, y eso se nota hoy en el mundo de una manera arrolladora.

Leyendo rápido, la consideración rechazada por al-Banna no niega este derecho. Se admite como algo inevitable que si los derechos humanos no se cumplen, el hombre se verá obligado a tomar las armas para defenderlos. Por ello, parece lógico establecer una "protección previa" a los derechos, para que esa rebelión no se produzca. Así pues, ¿por qué al-Banna rechazó esta consideración?

Nos abocamos a una discusión fundamental, que tiene que ver con la propia formulación de los derechos del hombre, con su origen y su sentido interno. Nos referimos más al marco teórico que no a su contenido, al soporte ideológico que sostiene esos derechos. Una pregunta capital sobre las leyes es: ¿quién las formula?, una pregunta que nos conduce a otras: ¿quién juzga, quién protege?

Nadie mejor que Giorgio Agamben para hacernos comprender los entresijos de los derechos humanos, su genealogía. El pensador italiano ha dedicado un ensayo a este tema, titulado "Más allá de los derechos del hombre" (Medios sin fin, ed. Pre-Textos). Desde su mismo título, Agamben no plantea una posición "re-accionaria", sino a una superación de los mismos para mejorar la situación del hombre con respecto a sus derechos, unos derechos que (de ser verdaderamente humanos) emanan del simple hecho de ser hombre, con independencia de cualesquiera consideraciones exteriores.

Con esto, queremos decir algo obvio, pero que no siempre se tiene en cuenta. Cuando alguien se opone a una ley o un principio firmemente establecido puede tener motivos diferentes. Puede ser el deseo de vulnerar esa ley, que limita sus movimientos, su afán de lucro o de dominio ideológico. Otra motivación es la de reforzar o superar esa ley, logrando una mayor protección de los hombres ante los abusos a los cuales se están viendo sometidos, pues se considera que la ley en cuestión es (o se ha vuelto) insuficiente. Esta es la postura correcta desde el punto de vista del islam, como tratamos de mostrar en este escrito.

El análisis de Agamben es histórico antes que jurídico. Hay que buscar el origen de los derechos humanos como el paso de la concepción de la soberanía vigente en el Antiguo Régimen a la propia del Estado-nación, dominante en nuestros días.

Agamben parte del análisis de Hanna Arendt sobre la figura de los refugiados. Arendt vaticina el ocaso del Estado-nación y el fin de los derechos humanos, algo que se está produciendo de un modo acelerado en nuestro tiempo. (Resulta curiosa la insistencia en los mismos cuando los derechos humanos se hayan en una quiebra total, ya solo sirven como muestra de adhesión a un proyecto económico neo-liberal, que aún apoyándose en ellos es del todo incompatible con esos mismos derechos).

A partir de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, el ordenamiento jurídico occidental se basa en el concepto de ciudadanía. El ciudadano es tomado por el hombre propiamente dicho, el hombre soberano, con capacidad para incidir en el devenir de la nación a la que pertenece. Este concepto está indisolublemente ligado al nacimiento: es ciudadano el nativo de un territorio. Estado-nación significa: Estado que hace del hecho de nacer el fundamento de la soberanía. Según lo definió Foucault, es la instauración de la biopolítica, un concepto biológico como fundamento de las relaciones de poder. En el Antiguo Régimen, por el contrario, la criatura era independiente del Estado en la medida en que pertenecía por nacimiento a Dios (a la propia Realidad), cuya pretensión de representación en las monarquías absolutas fue heredado (aunque en otros términos) por el Estado-nación.

La declaración de derechos del hombre implica que el súbdito se transforma en ciudadano. Este pertenece a un Estado-nación concreto, que garantiza sus derechos. Una nación es un conjunto de hombres nacidos en un mismo territorio, cuya construcción como Estado implica la elaboración de una historia nacional diferenciada de otras historias nacionales, a saber: una lengua, una cultura, una etnia y una historia. En síntesis, una mitología. A partir de este momento, las naciones europeas se lanzaron a construir (o a inventar) su propia historia, casi siempre en oposición a otros pueblos. Las diferencias con los otros y la homogeneidad interna son los elementos constitutivos de cada nación.

El Estado-nación se convirtió en el elemento homogeneizador de los diferentes pueblos europeos, realizando un trazado preciso de fronteras sobre el mapa, como medio de delimitar las costumbres y cualidades esenciales de sus habitantes. Todos aquellos que mostrasen una identidad distinta a la del Estado-nación dentro del cual quedaron situados, son los antecedentes de los actuales refugiados e inmigrantes.

Hay que mencionar las luchas nacionales de los pasados siglos, todos los intentos por parte de los Estados constituidos de establecer una identidad cultural homogénea, a costa de la diversidad cultural, lingüística, étnica y religiosa. Estos procesos han configurado la Europa que ahora se unifica, tanto como la propia formación de la Sociedad de las Naciones, antecedente de la ONU. Este periodo está caracterizado por los éxodos masivos de poblaciones desplazadas de su lugar de nacimiento en busca del Estado-nación con el que identificarse, en el cual puedan ser considerados como ciudadanos de pleno derecho.

Un modelo de este proceso nos lo ofrece la disgregación del Califato Otomano y la independencia de Grecia. Mediante diferentes tratados internacionales (sobre todo Lausana, 1923), se estableció el intercambio de poblaciones enteras entre los nuevos estados-nación de Grecia y de Turquía. Los ciudadanos de origen griego y religión ortodoxa que vivían en la Anatolia se desplazaron a Grecia. Los de origen turcomano y religión musulmana se desplazaron a Turquía. Este éxodo masivo es típico del proceso de configuración de los Estados-nación que configuran la actual Europa: homogeneidad en torno a un proyecto de identidad cultural y religiosa, donde los que no comparten dicha identidad única son ciudadanos de segunda. En Grecia, la tragedia se cebó sobre los ciudadanos católicos, musulmanes y judíos que quedaron como apartidas dentro de su territorio, que fueron exterminados lentamente. En Turquía, el pueblo armenio (otro pueblo sin Estado) fue víctima de un holocausto, uno de los genocidios más sangrientos de un siglo caracterizado por los genocidios. Dado que estos cientos de miles de hombres y mujeres no tenían representación dentro de la Sociedad de las Naciones (no pertenecían a nación alguna, y por tanto no eran susceptibles de derechos), sus exterminios fueron tolerados por la "comunidad internacional".

La nueva situación se dejó sentir en todos los Estados europeos. A finales de la primera guerra mundial, se desplazaron de sus países 1.500.000 rusos blancos, 700.000 armenios, 500.000 búlgaros, 1.000.000 de griegos y centenares de miles de alemanes, húngaros y rumanos. La Sociedad de las Naciones es la institución que gestionó estos desplazamientos, a través de diferentes organismos y acuerdos internacionales, tratando de encontrar un lugar para cada uno de estos pueblos. Aquellos que se quedaron sin un Estado-nación con el cual identificarse, fueron prácticamente exterminados, como armenios, musulmanes, gitanos y judíos. Aquellos pueblos que no se desplazaron pero cuyas identidades quedaron excluidas del Estado-nación emergente, quedaron situados en una situación intermedia de pueblos sin patria, como los catalanes, vascos, irlandeses y demás nacionalidades dentro de los distintos Estados-nación europeos. En Francia, todo signo de identidad diferencial fue duramente reprimido por el Estado, como bien saben en Alsacia, el Rosellón, Córcega y Bretaña, entre otros.

A partir de la Primera Guerra Mundial, muchos Estados europeos promulgaron leyes que permitían la desnaturalización y la desnacionalización de sus propios ciudadanos. ¿Qué quiere esto decir? Que todos aquellos que no respondiesen a la identidad nacional que homogeniza a todos los ciudadanos de un Estado-nación, eran susceptibles de ser despojados de sus derechos. Así, Francia promulgó una ley en 1915 que afectaba a los ciudadanos naturalizados de origen alemán; Bélgica lo hizo en 1922; Italia en 1926; Austria en 1933 y Alemania en 1935.

El caso de Alemania es paradigmático de la dirección tomada por Europa en la primera mitad del siglo XX, una dirección que no ha sido revocada y que ahora se repite a cuenta del auge del fenómeno migratorio. Las Leyes de Núremberg dividieron a los alemanes en ciudadanos con pleno derecho y en ciudadanos sin derechos políticos, del mismo modo que en la Europa del siglo XXI existe una masa de inmigrantes que viven como ciudadanos de segunda, a cuenta del principio jurídico que determina que es el nacimiento el que otorga derechos a los ciudadanos.

Los "no-nativos", por tanto, carecen de derechos políticos, lo cual en una democracia equivale a su exclusión de los planteamientos de los gobernantes (aunque hoy existe la posibilidad de "nacionalizarse"). Si no pueden votar ni ejercer presión alguna, sus reivindicaciones no son tenidas en cuenta. Una última categoría, más extrema, la constituyen los llamados "inmigrantes ilegales", los cuales son reconocidos en tanto que ilegales, pero que carecen de los derechos inherentes al nacimiento y a la ciudadanía. Desde el momento en que seguimos equiparando al ser humano con el ciudadano, y a este con el fenómeno del nacimiento en un territorio concreto, los inmigrantes ilegales tienen el estatuto jurídico de "no-personas". T. Hammar ha propuesto utilizar el término denizens para definir a los residentes en territorios de los que no son citizens.

En la Europa satisfecha de si misma existen (a principios del siglo XXI) varios millones de personas pertenecientes a esta tercera categoría, a los cuales les son negados todos sus derechos, y son utilizados como esclavos por empresarios sin escrúpulos. Esta situación es alentada por los mismos Estados que se presentan a si mismos como garantes de los derechos humanos, y que acusan a países del tercer mundo de no respetar esos derechos.

Con este rodeo, podemos replantear nuestra postura. Aceptamos los derechos humanos, pero no comprendemos que estos derechos se vean limitados por el concepto de ciudadanía, ni que sea el Estado-nación quien defina quien es objeto de derechos. Desde el punto de vista del islam, los verdaderos derechos son inherentes a la existencia (emanan de Al-lâh, de la Realidad en si misma, y no de las representaciones que nos hacemos de ella), no pueden ser objetos de ninguna instrumentalización ni monopolio: ni por parte de una jerarquía religiosa, ni del derecho divino de los reyes, ni de la democracia parlamentaria.

Esto quiere decir que todos los seres humanos del mundo tienen esos derechos, independientemente de sus nacionalidades, ideologías o creencias. Siendo así, desde el punto de vista del islam, solo podemos reconocer plenamente como legítimos aquellos Estados que reconozcan sus derechos a todos los seres humanos en cuanto a tales, y consideramos que un Estado que acepta la existencia en su territorio de seres humanos sin derechos no tiene legitimidad moral alguna para reclamar nuestros deberes como ciudadanos. Tiene, por supuesto, legitimidad legal para reclamarlos, y el musulmán está obligado a respetar las leyes, aunque no crea para nada en ellas. Nosotros no creemos, soportamos con paciencia.

En esta tesitura, el argumento de Hasan al-Banna es sumamente ilustrativo de una postura que va más allá de lo "políticamente correcto" para defender la integridad del ser humano. Se trata de no dejarse atrapar por un aparato propagandístico que monopoliza los derechos y distribuye a su antojo las violaciones de los mismos. Y es aquí donde nos encontramos con un doble discurso, que ya estaba presente en la citada tercera consideración del preámbulo, cuando se habla de la necesidad de establecer mecanismos de protección:

"Considerando que es esencial que los derechos del hombre estén protegidos para que el hombre no se vea obligado, como último recurso, a la revuelta contra la tiranía y la opresión."

Los derechos humanos deben ser protegidos, esto está muy bien. Pero aquí se plantea una pregunta: ¿quién ha de protegerlos? La respuesta está implícita la propia declaración de la ONU: las propias instituciones que han establecido estos derechos. Este es el origen del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en el cual algunas de las naciones tienen presencia permanente y derecho a veto.

Aquí no cabe duda alguna: en la medida en que existen unas instituciones no democráticas que se otorgan la misión de proteger estos derechos, los derechos del hombre no son universales, sino un declaración de la superioridad de la civilización occidental sobre los pueblos de la tierra. Esta superioridad no se queda en lo teórico, tiene que mostrarse sobre el terreno. Con esto se comprenderá lo esencial que es proteger los derechos humanos. Esto quiere decir que los derechos humanos pueden ser impuestos, que deben ser impuestos. Quiere decir que es esencial imponer los derechos humanos para que los pueblos no se rebelen contra ellos, lo cual es muy extraño. ¿Acaso la propia imposición de esos derechos no es aquella opresión y aquella tiranía contra la cual se trataba de prevenir que los pueblos se subleven?

El discurso de lo "políticamente correcto" nos aboca siempre al mismo laberinto, al de la aceptación de un sistema internacional de derechos dominado por unos intereses concretos, que no tienen nada de inocentes. Así, el control de la ONU por parte de unos Estados les da el derecho de imponer su fuerza en el planeta.

Ni que decir tiene, que esta imposición será vista como algo inaceptable por todos aquellos que reconocen los derechos humanos como emanados del simple hecho de estar vivos, y por tanto no reconocen las pretensiones de ninguna institución de monopolizar esos derechos. Como último recurso, se verán abocados a proteger sus derechos de la imposición de esos mismos derechos, querrán esos derechos pero no aceptarán la institución que los proclama. Dado que estos pueblos se defenderán contra la imposición de los derechos del hombre, se los presentará como bárbaros y contrarios a los principios de "la modernidad", cuando en verdad están reclamando el cumplimiento real de esos derechos sin renunciar a su libertad más inalienable.

¿Se comprende donde está la trampa? Si nos posicionamos en contra de la declaración, estamos defendiendo las violaciones que se comenten de esos derechos a diario. Si nos sumamos, podemos violar esos derechos sin demasiados problemas, siempre y cuando aceptemos a las instituciones que los protegen, sobretodo cuando esta protección no implica, necesariamente, el cumplimiento de los derechos, sino todo lo contrario.

En última instancia, la Declaración Universal de los Derechos Humanos no es más que un instrumento, una llave para justificar la colonización de continentes. Para eso, es imprescindible el consentimiento de los colonizados.

2. La persecución del islam en el mundo

Las consideraciones de Hasan al-Banna sobre la lucha armada como un deber contra la opresión y la tiranía nos traen al presente. Imagínense una religión que seguida por más de mil millones de personas, que profesa esa rebeldía en medio del proceso colonizador. Si en Sudamérica las tiranías militares impuestas por los EEUU fueron contestadas por los respectivos pueblos, no fue gracias a las posiciones de la Iglesia católica, predicando al pueblo sumisión y paciencia ante las injusticias, mientras se beneficia de las mismas.

En el terreno del islam sucede lo contrario, la defensa de las libertades y de los derechos no puede ser delegada en los Estado-nación sino que compete a todos los seres humanos. Siendo el islam la religión mayoritaria y de mayor crecimiento en el planeta, esto tiene unas consecuencias incalculables en la situación internacional, constituyéndose en el único freno a la dominación global de la economía de mercado.

Es un hecho incontrovertible que a principios del siglo XXI los musulmanes son perseguidos a lo largo del planeta, tan sólo por tratar de vivir libremente según sus leyes y creencias. Esta determinación irrita sobremanera a ciertos poderes, que no entienden que los musulmanes prefieran el islam a sus cadenas. La persecución del islam va desde la represión más violenta hasta simples discriminaciones, y varía según las circunstancias y los intereses geoestratégicos de cada zona.

Sería arduo referirse a todos los conflictos donde los musulmanes luchan por sus derechos, a veces en situaciones de gran precariedad material, frente a ejércitos profesionales armados por las potencias de occidente. Esto hizo decir a Samuel Huntington en su Choque de civilizaciones que "las fronteras del islam están teñidas de sangre". El analista del Departamento de Estado Norteamericano se refiere a los conflictos de Cachemira, Bosnia, Chechenia y Mindanao. Según él, estos conflictos muestran el carácter violento del islam, a pesar de que en estos cuatro casos los musulmanes son los agredidos, víctimas de un genocidio sistemático.

Hay que ser muy perverso para poner a Bosnia como ejemplo de lo sanguinarios que son los musulmanes. Los bosnios sufrieron una invasión infame, con violaciones en masa de mujeres musulmanas y limpieza étnica incluida. Esto quiere decir: campos de exterminio donde eran recluidos cientos de hombres y mujeres por el simple hecho de ser musulmanes/as, donde eran usados para experimentos y torturados insistentemente, donde las mujeres eran sistemáticamente violadas y maltratadas con toda impunidad. A pesar de ello, en la "prensa libre" todavía es habitual leer sobre "terroristas" que "hicieron la yihad en Bosnia", o sobre sospechosos de "financiar el terrorismo" que enviaron dinero para los muyahidines de Bosnia, como si los envíos de alimentos y de ayuda económica no hubiesen venido de todas partes, muchas veces organizados por ayuntamientos democráticos y apoyados por reconocidas instituciones. Más que ser calumniados y perseguidos, los que combatieron contra la barbarie Serbia merecen todo nuestro apoyo, son el ejemplo de que la humanidad todavía genera corazones arrojados, de que el hombre sigue siendo refractario a la injusticia.

Con tal de demonizar a los musulmanes, toda tergiversación es lícita. En un reciente reportaje sobre "la amenaza islámica en el sudeste asiático", publicado en el periódico de mayor tirada en España, leímos lo siguiente: "en Mindanao ya rige la sharia, y el derecho romano ha sido abolido". Esta es una muestra de la calculada ignorancia de los periodistas sobre la historia de estos "lugares olvidados", que no son sino el centro del mundo para sus habitantes. Esta ignorancia se basa en lo siguiente: no se trata de informar sobre lo que sucede realmente, y mucho menos rastrear las causas de los conflictos, sino de confirmar las peores sospechas (previamente inculcadas) sobre el fanatismo de los musulmanes.

El hecho es que en Mindanao la sharia rige desde hace siglos, ininterrumpidamente. A pesar de su pertenencia formal a Filipinas, la isla de Mindanao siempre ha sido independiente, y sus habitantes siempre se ha regido por las leyes del islam, religión que profesan mayoritariamente. Nunca los españoles llegaron a dominar la isla por completo, como tampoco los estadounidenses. La incorporación de Mindanao a Filipinas es un hecho artificial, que se deriva de la derrota de los españoles, quienes cedieron la isla a los EEUU como parte de las Filipinas, a pesar de tratarse de una zona que no estaba bajo su dominio. Un disparate, ya que la pretendida unificación nunca se llevó a cabo. Los habitantes de Mindanao tienen su propia historia, su lengua, sus propias tradiciones y referencias culturales. La imposición forzada del catolicismo fue un fracaso, y el derecho romano nunca se ha aplicado más que en zonas restringidas y por poco tiempo. En toda la historia, ningún pueblo ha abandonado el islam para hacerse católico o de cualquier otra religión, aunque de lo contrario existen numerosos precedentes. Tampoco se tiene noticia de un pueblo que haya aceptado el islam para después abandonar la sharia voluntariamente.

En Pattani, al sur de Tailandia, se ha tratado durante años de imponer el budismo por la fuerza. Durante décadas, se prohibió todo signo externo que pudiese pasar por islámico, como llevar barba, el uso de turbantes o el hiyab. Se prohibieron las escuelas coránicas y los dialectos propios (de origen malayo), en los cuales está escrita la literatura de los musulmanes de Pattani. A pesar de los siglos de dominio militar e imposición cultural tailandesa, los habitantes de Pattani permanecen fieles a su religión, cueste lo que cueste.

Una de las pocas veces que este conflicto llegó a la prensa europea fue en mayo del 2004, cuando murieron más de cien jóvenes musulmanes que protestaban por la represión de sus creencias. Los jóvenes, en su mayoría adolescentes, se refugiaron en la histórica mezquita de Krue Se, construida en el siglo XVI, que fue tiroteada por el ejército de ocupación con fuego de ametralladoras y mortero. Según la "prensa libre", se trataba de fundamentalistas islámicos que habían asaltado un arsenal de armas. Sin embargo, tal y como narró el corresponsal de The Angeles Times, entre las víctimas de la masacre (la mayoría adolescentes) no se encontraron más que machetes y pistolas.

Cachemira es una de las regiones más ricas del mundo, donde se encuentran grandes yacimientos de oro, esmeraldas y rubíes, localizada en una zona montañosa entre el Himalaya y la cordillera de Pin Panjal. El conflicto se inició en 1947, cuando el marajá de Cachemira, Hari Singh, un gobernante hindú apoyado por los británicos en un Estado con un 90% de población musulmana, decidió arbitrariamente la incorporación de su territorio a la India, para impedir el triunfo de los movimientos populares a favor de la anexión a Pakistán.

Desde entonces, tanto Pakistán como la ONU han exigido en varias ocasiones un referéndum sobre el estatuto de Cachemira, nunca celebrado. La negativa India fue el detonante de una primera guerra, entre 1947 y 1948. En 1965 hubo una segunda secuencia de fuertes enfrentamientos. En 1971 se produjo la guerra que llevó a la independencia de Bangladesh, una región de Pakistán con mayoría hindú, donde los musulmanes viven como ciudadanos de segunda. Tras casi tres décadas de frecuentes escaramuzas comenzó la escalada nuclear.

Al margen de las ingerencias india y pakistaní, en Cachemira se ha desarrollado un fuerte movimiento separatista autóctono, asunto que no puede tener otra solución satisfactoria que una consulta democrática en la que su población pueda autodeterminarse. Los grupos de liberación que operan en Cachemira se dividen en dos grandes tendencias: la favorable a la independencia de Cachemira y a la unificación de las zonas que están actualmente en poder de la India y de Pakistán, y la que busca una unión a Pakistán de la Cachemira India.

La situación de violencia continua se ceba sobre los civiles. Según Human Rights Watch (HRW), en las zonas de Cachemira controladas por la India, se producen habituales violaciones a los derechos humanos, tanto por parte de los rebeldes musulmanes que luchan por la independencia, como por parte de las fuerzas de seguridad indias y sus grupos paramilitares. Las acusaciones son concretas, e incluyen casos documentados de ejecuciones sumarias, violaciones, tortura y desapariciones.

El 90 % de la población de Cachemira, de 4 millones de habitantes, es musulmana. Para controlarles, se ha establecido un contingente permanente de 700.000 soldados indios. Entre 1990 y 1999, fueron asesinados en "operaciones de limpieza" 65.000 cachemires, incluyendo mujeres y niños. Una media de 20 personas mueren diariamente y los hospitales y las escuelas están siendo bombardeados.

A principios de los años 90, la persecución de musulmanes se recrudeció; el gobierno indio emprendió un brutal política de "hiduización" de Cachemira, acompañada de una represión despiadada contra la población: cierre de los centros de educación islámicos, encarcelamientos masivos, incendio de viviendas, prohibición de los medios de comunicación de orientación musulmana, etc.

En Octubre de 1993, en Srinagar, capital de Cachemira, se realizó una operación terrorista a gran escala para eliminar a supuestos activistas musulmanes radicales. Durante la celebración del Namaz (plegaria de los Viernes), se puso cerco a todos los que estaban reunidos en la mezquita de Hazrabtal, ya que las autoridades consideraban esta mezquita como cuartel general de los extremistas musulmanes. El asedio se mantuvo durante un mes y como resultado del mismo, alrededor de 100 personas fueron asesinadas y otras 300 fueron enviadas a prisión sin ningún cargo.

Al clima de violencia generalizada contribuye el discurso oficial de las autoridades indias. Hace poco, el Ministro Farooq Abdullah declaró públicamente que las áreas en las que existe presencia islamista deben ser "saneadas" y sus militantes "eliminados". Para que no queden dudas, el 15 de enero del año 2003 explicó que se debe matar a los islamistas "ya que no hay espacio suficiente en las cárceles".

La situación de los musulmanes es trágica en muchas zonas de la India. En este gigantesco país se calcula que viven 160 millones de musulmanes, entre ellos decenas de millones de niños no contabilizados por el censo. Superan el 15% de la totalidad de la población, y la inmensa mayoría se ha quedado en la cuneta del despegue económico que experimentó el país en el último lustro. Si el atraso es palpable en el campo, en las ciudades la marginación de los musulmanes se hace más lacerante. Viven amontonados entre montañas de basura de barrios semiderruidos o nunca acabados de construir, sin apenas servicios públicos.

Al dividirse India y Pakistán, el porcentaje de musulmanes que quedó bajo control de Nueva Delhi apenas llegaba al 12% de la población, pero ahora se acerca al 16%. En el distrito de Rampur (40 % de población musulmana), la media de las familias es de cinco hijos. Los niños suelen ir a la escuela hasta los nueve o 10 años, cuando muchos la abandonan para trabajar. Las niñas a esa edad hace ya tiempo que se dedican a cuidar a sus hermanos menores, mientras la madre trabaja en el campo. Pocas son las que acuden a la escuela. El analfabetismo entre musulmanes dobla al de los hindúes, y en zonas rurales supera el 60%.

Hemos hablado antes de la construcción de los estados-nación modernos. Este problema es especialmente dramático en países del llamado tercer mundo, donde no existían hasta la colonización unas estructuras de estado centrales a través de las cuales construir esa "nación homogénea y gobernable". En esta tesitura, el Partido hinduista representa un intento de cohesión social bajo la bandera de la religión, una de las más peligrosas en un contexto tradicionalmente abierto, plural, abigarrado.

Este intento de homogenización lo sufren especialmente los musulmanes de la India. La construcción de la historia nacional los excluye. Se habla del islam como de una religión extranjera, presente en el subcontinente asiático a raíz de feroces invasiones. El hinduismo es presentado como la religión autóctona, lo propio de los indios. Los musulmanes son, por tanto, unos renegados.

Este tipo de planteamientos están presentes en muchos otros países del mundo. En España, sin ir más lejos, se ha tratado de construir una historia nacional en oposición al islam, tratando de inculcar a generaciones la absurda idea de que los musulmanes españoles entre los siglos VII y XVI eran todos árabes y extranjeros. La relación de los españoles y los indios con el islam es parecida, con la gravedad de que en la India viven 160 millones de musulmanes, que se han mantenido ahí generación tras generación durante siglos.

En los últimos años, la violencia contra los musulmanes ha estallado con una crueldad a veces increíble. Turbas de hindúes asesinado a hombres, mujeres y niños, en progroms perfectamente calculados desde las instancias del poder. Sin embargo, ¿qué saben de esta realidad los lectores de la "prensa libre"? La mayoría de las veces estos hechos no merecen siquiera un comentario, con lo cual se nos está escatimando datos significativos para comprender la situación de los musulmanes en el mundo, y el sentimiento generalizado de que están sufriendo una persecución a gran escala.

Un caso que sí llegó a la prensa occidental fue la matanza de Gujarat. El año 2001, tuvo lugar en esta región de la India uno de los sucesos más sangrientos de los últimos tiempos, cuando fueron asesinados más de dos mil musulmanes, y ciento cincuenta mil musulmanes tuvieron que huir, abandonando sus hogares, sus tierras ancestrales. El escritor indio Arundhati Roy (poco sospechoso de tendencias pro-musulmanas) definió lo sucedido del siguiente modo:

"El pasado marzo del 2001, en la India, en Gujarat, turbas hinduistas de la derecha asesinaron a dos mil musulmanes en una orgía de violencia, haciendo gala de una destreza espeluznante. Tras violar de forma multitudinaria a las mujeres, las quemaron vivas. Arrasaron tumbas y altares musulmanes. Más de ciento cincuenta mil musulmanes han tenido que abandonar sus hogares. La base económica de la comunidad fue destruida. Informes de testigos y de comisiones investigadoras acusaron al gobierno estatal y a la policía de colusión con los actos de violencia. Yo estuve presente en una reunión donde un grupo de víctimas clamaba: Por favor, ¡sálvenos de la policía! Es todo lo que pedimos..."

En occidente, la "prensa libre" presentó los hechos como "choques entre hindúes y musulmanes", "violencia inter-religiosa". La matanza fue utilizada para mostrar la barbarie de los pueblos atrasados frente a la civilización occidental. En los periódicos mayoritarios en Europa, prácticamente se echaba la culpa a los musulmanes por haber sido masacrados. Algo así como culpar a comunistas, gitanos y judíos de los campos de concentración en la Alemania nazi, toda una pirueta mental, algo habitual en nuestra "prensa libre". Este tipo de tergiversaciones —tan infamantes como dolorosas— son normales cuando se trata de alimentar el mito de "las fronteras sangrientas del islam".

¿Qué decir de Chechenia? Aunque ya esté todo dicho, hay que hacer memoria, recordar la legitimidad de una lucha que se trata de demonizar por todos los medios. También aquí la estrategia es la de realizar atentados contra la población civil de Moscú y atribuirlos a presuntos terroristas. Mientras tanto, los verdaderos muyahidines siguen estrictamente las prescripciones de la sharia en su lucha armada. ¿Por qué los zapatistas generan simpatías y los chechenos son demonizados?

Existen otros estados —como Singapur, Bangladesh, o Myanmar (antigua Birmania)—, donde se viven situaciones de persecución abierta del islam y falta de reconocimiento de los derechos de los musulmanes. No podemos tratar todos estos casos. Sólo unos ejemplos más nos ayudarán a comprender el alcance de la persecución que sufren los musulmanes en el mundo, un fenómeno insidiosamente ocultado por la "prensa libre".

También en África asistimos a situaciones de persecuciones y matanzas. En Nigeria, a finales de mayo del 2004, más de seiscientos musulmanes fueron masacrados, cuando grupos de fundamentalistas cristianos entraron con metralletas y bazokas en la ciudad de Yelwa, matando a la gente por la calle. Según el enviado de la Cruz Roja, "los mataron porque eran musulmanes".

La matanza de Yelwa apenas si tuvo interés para la "prensa libre", que los dos años anteriores se los pasaron bombardeándonos con la noticias de las sentencias a morir lapidadas de dos mujeres musulmanas. El caso de Amina Lawal y de Safiya Huseini estigmatizó ante la opinión mundial la causa de los musulmanes en Nigeria. No importa que finalmente fueran absueltas por un tribunal islámico gracias a los esfuerzos de asociaciones de mujeres musulmanas como Women Living Under Muslim Laws (WLUML) y Baobab. Por el contrario, la opinión pública cree que estas mujeres fueron salvadas gracias a la presión internacional (del mundo civilizado), y a la recogida de firmas realizada por Amnistía Internacional. Algo completamente falso. Si por AI fuese, las habrían lapidado.

Por último, hay que mencionar la persecuciones sufridas por los musulmanes/as en países de mayoría musulmana, tales como Egipto, Argelia, Marruecos, Turquía o Mauritania. En Marruecos, con la excusa de la "lucha contra el terrorismo" y los atentados de Casablanca, se han detenido a cerca de tres mil disidentes políticos, calificados como "terroristas", "islamistas radicales", "fundamentalistas", etc. Recientemente, el ejército marroquí realizó una purga de musulmanes entre sus cuadros de oficiales y soldados. Entre los motivos para ser expulsado del ejército, se encuentran el llevar barba, el asistir a reuniones islámicas no oficiales, o el ayunar los tres días siguientes a las fiestas del fin de Ramadán.

La persecución de los musulmanes realizadas por el gobierno marroquí tiene varias caras. Primero, represión de los movimientos islamistas. Segundo, creación de un islam oficial. Tercero, represión del pueblo saharaui. Mientras tanto, la monarquía ha firmado un tratado de libre comercio con los EEUU que significará el fin de la cultura autóctona y la absoluta dependencia económica de los marroquíes. Otro pueblo esclavizado, otro pueblo que se revela contra la esclavitud y es llamado terrorista.

Uzbekistán es un caso típico de estado con mayoría de población musulmana donde el islam es cruentamente perseguido. Por supuesto, no se puede encarcelar a todos los musulmanes en un país con el 80 % de población musulmana, pero la represión hacia todas las manifestaciones islámicas que se consideran fuera del "islam oficial" es rigurosa. Existen leyes que establecen horarios estrictos para la asistencia a las mezquitas, y que prohíben cualquier reunión de carácter islámico "fuera de programa".

La descripción de la represión realizada por Steve Crawshaw, director en Londres de Human Rigths Watch, es muy gráfica: "La policía en Uzbekistán lleva a cabo descargas eléctricas, palizas y violaciones con el fin de lograr "confesiones" de los detenidos. Los miembros de los servicios de seguridad asfixian a los detenidos con bolsas de plástico, les hacen respirar cloro y les cuelgan de sus muñecas o tobillos en las celdas. El pasado año, unos médicos extranjeros descubrieron que el cuerpo de un preso, que había muerto en custodia, había sido sumergido en agua hirviendo. Sus manos no tenían uñas. Éste es el estilo del régimen de Karimov".

Esta brutal represión contra los musulmanes uzbekos tiene lugar con la complacencia del gobierno de EEUU y otros países occidentales que han estado ayudando económicamente a Karimov, reforzando su Ejército en nombre de la "lucha contra el terrorismo". El régimen recibió 500 millones de ayudas económicas el año 2003. En un documento dado a conocer el pasado 14 de mayo, el Departamento de Estado de EEUU señalaba que Uzbekistán estaba haciendo "sustanciales y continuados progresos" en lo referente a los estándares sobre derechos humanos y la democracia.

Tal vez el caso más extremo de represión y violencia del islam ejercida por supuestos musulmanes se está viviendo en estos momentos en Sudán, en la región de Darfur. Las milicias árabes llamados janjaweed irrumpen en las aldeas incendiando casas y matando a todos aquellos que se les oponen. En un informe elaborado por Human Rights Watch —Darfur Destroyed: Ethnic Cleansing by Government and Militia Forces in Western Sudan— se documenta la destrucción de mezquitas, el asesinado de imames y líderes religiosos y la profanación de ejemplares del generoso Corán (aunque sea difícil de creer, se cagan sobre ellos). En una escuela, los janjaweed violaron a 41 alumnas delante de sus padres. Se habla de ejecuciones sumarias, incendios de pueblos y de aldeas, de la hégira forzada de cientos de miles de personas ante la connivencia del ejército.

Podríamos hablar también de la persecución del islam en occidente, de la ausencia de derechos de los musulmanes y los miles de encarcelados sin cargos ni derechos que abarrotan las cárceles de los EEUU, de Francia, de Inglaterra... También en España se ha producido la farsa de las detenciones arbitrarias, una farsa mediante la cual se trata de mostrar a la opinión pública la eficacia de los servicios de seguridad, y dar ‘realidad’ a la amenaza terrorista.

3. La gran estafa del terrorismo

La persecución del islam en el mundo es un hecho doloroso, y tiene implicaciones que se nos escapan. El islam se presenta como un modo de vida completo, que ofrece alternativas viables en todos los ámbitos donde la civilización occidental ha fracasado. Sobre todo, una alternativa al monoteísmo de mercado, que desarraiga a los pueblos de sus tradiciones e implanta la tiranía global bajo la bandera de la democracia. La prohibición del préstamo con interés y otras limitaciones al capitalismo salvaje de las multinacionales son los motivos más evidentes de la persecución del islam a lo largo del planeta.

Esta persecución se ha camuflado tendenciosamente con la llamada "guerra contra el terrorismo", aplicando el calificativo de terroristas a grupos que llevan muchos años luchando por sus derechos de hombres libres, contra la imposición tiránica de modelos de vida y de organización social y económica que les repugna.

Al mismo tiempo que se produce esta confusión interesada, se hace un llamamiento a la diferenciación entre el islam y el terrorismo, afirmando que los "grupos terroristas" son unos desviados. Con esto, se trata de desvincular del Islam a grupos armados típicamente musulmanes, cuya lucha merece el reconocimiento y el apoyo de todos los musulmanes/as, tanto como de las personas de buena voluntad que aún quedan en el mundo. Se pretende cortar con la solidaridad tradicional de los musulmanes con los perseguidos y los oprimidos, una poderosa fuerza de contestación a la violencia generalizada de las multinacionales. Para combatir el sentido igualitario del islam, se trata de crear "Estados-nación islámicos" que impongan el "islam políticamente correcto" que interesa a las multinacionales de occidente.

En esta estrategia nos vemos involucrados todos, incluidos musulmanes, pues a todos nos conviene dejar clara la diferencia entre el islam y el terrorismo. Sin embargo, no podemos sino darnos cuenta de que bajo el paraguas mediático de la "guerra contra el terrorismo" se esconden intereses financieros y de geo-estrategia internacional. Nos damos perfecta cuenta de que se combate contra movimientos de liberación idénticos a los movimientos anti-colonialistas de los años sesenta. La diferencia es que ahora no se combate directamente contra las potencias coloniales, sino contra las fronteras (ideológicas, económicas y geoestratégicas) trazadas en el mundo por las potencias coloniales, unas fronteras que siguen rindiendo dividendos.

Nos hemos referido a Chechenia, Cachemira y Mindanao. Tres ejemplos claros de movimientos de liberación justos, donde se combate contra regímenes opresores para recuperar una independencia a la que tienen derecho, según la propia carta de los derechos humanos de la ONU. En los tres casos, se piden elecciones libres, que un referéndum controlado por observadores extranjeros decida su futuro. Sin embargo, estos movimientos son calificados una y otra vez como "grupos terroristas" para justificar el envío de tropas y apoyo financiero a regímenes corruptos como son los de Filipinas, de Rusia y de la India. Estos no son Estados modélicos por su aplicación de los derechos humanos, sino todo lo contrario, pero son los regímenes apoyados por los EEUU en su programa de "guerra contra el terrorismo".

En todos los casos mencionados, los movimientos islámicos de liberación defienden programas sociales avanzados, tratan de establecer un reparto equitativo de las riquezas naturales, frente a las políticas de saqueo de las grandes multinacionales. A estas no les interesa ni la democracia ni el islam, sino perpetuar el clima de terror que justifique la existencia de regímenes represores de cualquier disidencia, de cualquier movimiento con pretensiones de establecer la justicia social.

¿Qué es el terrorismo? La definición más simple es la siguiente: el uso indiscriminado de la violencia contra civiles con fines políticos. El terrorismo trata de crear terror entre la población como una moneda de cambio para lograr sus reivindicaciones. El uso indiscriminado del terror contra civiles desvirtúa los movimientos de liberación, los desacredita ante el mundo. A causa de esto, en todas partes donde existe un movimiento legítimo de liberación que choca contra los intereses de las multinacionales, aparece necesariamente el terrorismo, para justificar lo injustificable.

El llamado "terrorismo internacional" o "terrorismo islámico" es un instrumento de dominación global, una estrategia impulsada desde los lobbies militar y financiero vinculados a la política exterior norteamericana. La creación de estos movimientos y la proliferación de acciones criminales contra la población civil constituyen la excusa perfecta para aplastar movimientos de liberación legítimos, como los de Iraq, Palestina, Chechenia, Mindanao, Pattani y Cachemira, entre otros. Al mismo tiempo, ofrece la excusa perfecta para aumentar el control policial sobre la población civil, llevando a cabo recortes en los derechos civiles de los ciudadanos. Estos son los que siempre pierden. Por un lado, son los que sufren la violencia terrorista, a raíz de la cual se les recortan sus derechos.

Todo ello responde a una lógica perversa, la de los estados totalitarios que se amparan en el nombre de los derechos humanos y la democracia como cobertura de los intereses de las grandes multinacionales.

No nos engañemos. A principios del siglo XXI es indudable que la democracia permanece presa de intereses que no son los de la mayoría de los ciudadanos. Se nos da a escoger entre dos opciones perfectamente calculadas, financiadas ambas por grupos de presión que imponen políticas al margen de los deseos de la mayoría. Por muy buena voluntad que pueda tener un gobernante, su gobierno ha sido hipotecado por una campaña electoral que necesita ingentes cantidades de dinero para ser ganada. A partir de ahí, todos sus esfuerzos se centrarán en hacer pasar como necesarias decisiones de gobierno que van en contra de los deseos de la mayoría, sirviendo como tapadera a otros intereses.

4. La coacción universal de lo "políticamente correcto"

Uno de los pilares de la persecución del islam en el mundo es la metodología que ha desarrollado para justificarla. Se trata de presentar a los musulmanes como seres atrasados que pretenden instaurar regímenes teocráticos que vulneran los derechos humanos más básicos, especialmente de las minorías. Estamos hablando de la islamofobia, una ideología racista bien trabada y que tiene a diario todos los medios de comunicación a su servicio.

A lo largo del siglo XX, la definición del islam fue machaconamente repetida a través de todos los canales posibles, hasta el punto en que esta definición es el punto de partida sobre cualquier discusión posible sobre el islam o los musulmanes, viciando todo entendimiento. Incluso cuando esta definición no aparece en primer plano, siempre existe en los niveles subterráneos de las conversaciones. Aquellos que obvian este aspecto y están dispuestos a aceptar que el islam es un camino espiritual con valores trascendentes, tienen ya la sensación de estar haciéndonos un favor, perdonándonos la vida. Todo esto vicia las conversaciones y hace imposible un auténtico intercambio de posturas y conocimientos.

Cuando uno desalmados hacen estallar unos trenes en la estación de Atocha, nos sentimos señalados, tenemos rápidamente que pedir disculpas, como si tuviésemos algo que ver con los sucesos. Es una sensación muy incómoda, que afecta especialmente a los inmigrantes magrebíes. Sucede, además, que la mayoría de ellos sabe que detrás del llamado "terrorismo islámico" se ocultan intereses financieros, pero no pueden decirlo por temor a ser mal comprendidos.

En esta tesitura, el trabajo de los musulmanes en occidente se presenta delicado. Por un lado, constantemente tenemos que desmarcarnos de cualquier signo de fundamentalismo. Por otro lado, tenemos el deber de denunciar las persecuciones que se están llevando a cabo en nombre de valores abstractos como son "occidente" y "democracia", así como el derecho de los pueblos a preservar sus costumbres y a regirse por sus propias leyes, defendiéndose con todos los medios a su alcance de un proyecto globalizador que aniquila identidades y costumbres por intereses de mercado.

Esto nos trae a la discusión sobre lo "políticamente correcto". A mediados de junio del 2004, a raíz de la decapitación del joven estadounidense Nick Berg en Iraq, el CAIR (organización mayoritaria de los musulmanes en los EEUU) realizó un patético llamamiento a los musulmanes norteamericanos. El documento lleva por título In the name of islam, y es como una disculpa ante el pueblo americano por algunas atrocidades supuestamente cometidas por musulmanes, quienes son descalificados como tales.

El texto completo se puede leer en la página web del CAIR, aquí ofrecemos un fragmento significativo:

"We, the undersigned Muslims, wish to state clearly that those who commit acts of terror, murder and cruelty in the name of Islam are not only destroying innocent lives, but are also betraying the values of the faith they claim to represent. No injustice done to Muslims can ever justify the massacre of innocent people, and no act of terror will ever serve the cause of Islam. We repudiate and dissociate ourselves from any Muslim group or individual who commits such brutal and un-Islamic acts. We refuse to allow our faith to be held hostage by the criminal actions of a tiny minority acting outside the teachings of both the Quran and the Prophet Muhammad, peace be upon him."

Tras el manifiesto, el CAIR pide a todos los musulmanes que contribuyan a su difusión, animando a diferentes mezquitas y asociaciones islámicas a sumarse a él. Aunque se pueden ver las líneas precedentes como un hecho positivo, este comunicado ha recibido una dura crítica de algunos cualificados miembros de la comunidad islámica.

En concreto, Samir G. Jerez reprocha a la dirección del CAIR el hacer el juego a aquellos que tratan de demonizar el islam, aceptando acríticamente que la autoría de determinadas atrocidades corresponde a aquellos a quienes se las atribuyen. Pero, ¿quién realiza estas atribuciones? Precisamente, los mismos intereses que están detrás de la persecución del islam en todo el mundo.

En el momento de su aparición, la petición del CAIR vino a reforzar la cortina de humo trazada por el Departamento de Estado norteamericano para minimizar el escándalo de las torturas en Iraq. En el momento más crítico, y por arte de magia, aparece un vídeo donde supuestos musulmanes cortan la cabeza a un ciudadano americano. La repetición calculada de este vídeo hace pasar el tema de las torturas a un segundo plano. El secretario de defensa norteamericano sonríe, el momento de máxima presión ha sido superado. Todo un juego, en el cual el CAIR ha sido atrapado, víctima de una presión mediática que ejerce un enorme poder de coacción sobre las mentes, llevando a minimizar cientos de casos de torturas por una decapitación de la cual se desconocen sus autores.

No discutimos que la decapitación sea un acto execrable. Sin embargo, parece evidente a quien haya visto el video que se trata de un montaje. El vídeo difundido incluye un salto de plano, lo cual quiere decir que había una sala de editaje y por lo menos dos cámaras filmando. El cuerpo en el suelo no emanaba sangre, aún cuando se supone que acababa de ser decapitado. Varios médicos han analizado la escena y han declarado que el cuerpo que las cámaras muestran en el suelo estaba muerto hacía tiempo. Técnicos de informática han mostrado que los movimientos del cuerpo fueron realizados mediante un programa informático de fácil uso. Por si fuera poco, la familia del joven decapitado afirma que su hijo permaneció preso del FBI hasta el día anterior a su muerte, sin conocerse su paradero posterior. Otras fuentes han puesto de manifiesto que el joven decapitado llevaba una camisa naranja idéntica al uniforme de los presos en las prisiones norteamericanas en Iraq.

Así pues, nos encontramos con un falso vídeo tramado como cortina de humo para minimizar el escándalo de las torturas, y a una potente organización de musulmanes en los EEUU colaborando en ese juego en el momento en que el gobierno norteamericano se encuentra acorralado, tras haber dado un nuevo impulso al genocidio palestino. El CAIR se concentra en desmarcarse de la "barbarie islámica" cuando los EEUU tienen tropas cometiendo crímenes abominables en todo el mundo, desde Somalia hasta las Filipinas, incluyendo Kosovo.

En el contexto de la lucha global en contra del islam, de los genocidios en curso en Palestina, Chechenia, de los encarcelamientos arbitrarios, ¿qué sentido tiene pedir a los musulmanes que difundan un manifiesto de este tipo? Todo esto pone a prueba el impacto de los medios y de la presión de las circunstancias sobre los musulmanes, una situación de acoso que conduce a perder la perspectiva y a realizar acciones que implican un tácito consentimiento al discurso dominante. Al consentimiento.

Iniciativas como la llevada a cabo por el CAIR, aparentemente positivas, tienen el desagradable efecto de ratificar ante la opinión pública el hecho de que los musulmanes son bárbaros, hasta el punto de que otros musulmanes (del primer mundo) no pueden sino denunciar tanta barbarie. Al fin y al cabo, los que denuncian la barbarie de los musulmanes son semi-occidentales, moderados a causa de la educación o la influencia (occidental, cristiana) recibida, y de las instituciones democráticas bajo las cuales han podido desarrollar una mente sana. Todo esto no hace sino confirmar las tesis más oscuras del orientalismo, según las cuales es necesaria una política de reeducación de los musulmanes, antes de permitirles asumir el gobierno de sus propios países.

Caer en lo "políticamente correcto" es peligroso, sobretodo si no tiene en cuenta como va a ser utilizado. Lo mismo puede decirse de otro tipo de iniciativas, que parecen dar por hecho que los musulmanes (incluso "algunos pocos musulmanes desviados") son culpables de la oleada de atentados terroristas que la prensa ha utilizado a conciencia en los últimos años: New York, Bali, Estambul, Riyad, Casablanca, Madrid…

Negar esto parece una locura, nos sitúa inmediatamente "fuera de juego". Sin embargo, afirmarlo es caer en la trampa de la repetición incesante de consignas mediante la cual se establecen las culpabilidades convenientes. En todos los casos mencionados, carecemos de pruebas sobre la autoría de los atentados, y mucho menos sobre aquellos que están detrás de ellos como instigadores. Más bien, existen múltiples indicios de que se trata de una campaña mediática destinada a justificar la persecución del islam a lo largo del planeta, una estrategia directamente heredada de los años del colonialismo.

En casos como Argelia, las matanzas supuestamente perpetradas por islamistas fanáticos sirvieron de justificación a uno de los regímenes militares más sangrientos de la actualidad (una democracia, según la "prensa libre"). Desde hace años, se sabe perfectamente (fuera de toda duda razonable) que las matanzas atribuidas al GIA fueron obra conjunta de paramilitares franceses y militares argelinos. Todo el mundo lo sabe, pero el juego sigue.

Esta estrategia de lucha contra el islam quiere ensombrecer su rostro luminoso, y presentarlo como una religión fanática. Para ello, nada mejor que financiar a grupos extremistas. Cuando Israel quiso debilitar a la OLP de Yasir Arafat, ayudó a la consolidación de Hamas como movimiento armado, transformando el conflicto de la liberación de Palestina en una guerra religiosa. El líder histórico de Hamas, Sheij Yasin, fue liberado de una prisión israelí por decisión del primer ministro Netanyahu, tan solo unos meses antes de proclamar la lucha armada y diseñar la estrategia de los atentados suicidas. Desde entonces, estos atentados de Hamas han sido la excusa perfecta para perpetuar el genocidio palestino.

Hace un año, en Trípoli, preguntamos a un destacado miembro del Frente Moro de Liberación de Mindanao sobre Abu Sayyaf, grupo armado famoso por sus secuestros y decapitaciones de civiles. En concreto, le preguntamos sobre los rumores que afirmaban que Abu Sayyaf fue financiado por el ejército de Filipinas, como una estrategia para desacreditar la causa legítima de los musulmanes. Según nos dijo, tanto en Filipinas como en Mindanao, esto era un hecho de sobras conocido. En el informe sobre la situación en Mindanao elaborado el año 2002 por una comisión del Parlamento Europeo, estas sospechas quedan reflejadas. A pesar de ello, Abu Sayyaf sigue cumpliendo su función mediática en occidente, donde la "prensa libre" repite su nombre cada vez que se trata de hacer ver que los musulmanes que luchan por la liberación de Mindanao son terroristas peligrosos.

La obsesión de lo políticamente correcto no puede hacernos olvidar hechos tan graves como estos. El Estado español tiene tropas en Afganistán, país invadido por una fuerza multinacional para apoderarse de sus recursos naturales. Según los informes de las organizaciones de derechos humanos en la zona, la situación humanitaria es catastrófica, debido a que las fuerzas de ocupación no han hecho nada por la población civil, y mucho para extraer el gas natural que pertenece a los afganos. Los informes sobre las prisiones en Afganistán son similares o peores a los de las prisiones en Iraq: torturas, muertes, violaciones de mujeres. No son invenciones ni "propaganda anti-occidental", sino hechos de sobras conocidos. Quien mira hacia otro lado y se auto complace sobre las virtudes de la democracia y la sociedad del bienestar, no quiere ver este sistema de vida se sostiene mediante la expoliación del llamado tercer mundo. No podemos aceptar que el ejército español participe en semejantes guerras de rapiña. Por mucho que estemos en negociación con el gobierno, un Estado que mantiene tropas en Afganistán (lo mismo puede decirse de Kenia o de Kosovo), se hace cómplice de estas atrocidades, y esto hay que denunciarlo.

Mientras tanto, la apisonadora global sigue su camino, la imposición de un sistema que destruye al hombre como criatura trascendente y lo convierte en un objeto, una fuerza de trabajo, un mecanismo en un engranaje cuyo objetivo es la acumulación de la riqueza de los pueblos del planeta en unas pocas manos. Se patentan semillas y medicamentos, mientras se destruyen las economías tradicionales, llevando a cientos de miles de personas a la dicotomía entre la esclavitud o la muerte por inanición. En este momento no queda otra salida que la rebelión, lo cual explica el crecimiento del islam en todo el mundo. Para cientos de millones de personas, el islam es la única alternativa a la muerte institucionalizada que llega de occidente.

La trampa de lo políticamente correcto ha sido bien tramada. Existen una serie de cosas que hay que aceptar para participar en el juego, cuya no aceptación nos convierte automáticamente en excluidos. Entre las cosas que no pueden decirse está la propia verdad que se esconde tras los últimos acontecimientos internacionales, una verdad sepultada bajo la mascarada del "terrorismo islámico".

Sobretodo, se nos prohíbe discutir sobre los intereses que han propiciado acciones como los atentados terroristas de las Torres Gemelas o la estación de Atocha. Se nos prohíbe poner en cuestión unas versiones oficiales difícilmente digeribles, aunque hayan sido minuciosamente construidas, y miles de veces repetidas por los medios de comunicación. (Recordar a Aldous Huxley: cien repeticiones crean una duda, un millón de repeticiones crean una verdad indiscutible).

La demonización del islam y de los musulmanes es una constante en nuestra "prensa libre", un fenómeno de dimensiones difícilmente calculables. Los lectores pasivos de periódicos tienen interiorizada la vinculación del islam con la violencia, lo cual constituye una caldo de cultivo para el genocidio de mañana. Se trata de un trabajo pormenorizado, cuyo único objetivo es el de provocar un odio instintivo hacia el islam y hacia los musulmanes. La percepción que los musulmanes tenemos de la forma en que se dan las noticias en occidente es estremecedora. Una y otra vez se justifica la violencia contra los musulmanes como única respuesta lógica a la violencia de los musulmanes.

En Europa, las perspectivas no pueden ser más desoladoras. En Lo que queda de Auswitz, Giorgio Agamben ha estudiado las bases jurídicas que permitieron la creación de los campos de concentración en la Alemania nazi, poniendo de manifiesto que estas bases pertenecen a las legislaciones actuales de todos los países llamados "democráticos". Esto quiere decir, ni más ni menos, que en Europa existen, técnicamente hablando, "campos de concentración" con un estatus jurídico idéntico al que tenían durante el nazismo. ¿Qué es la prisión de Guantánamo sino un campo de concentración?

Podríamos citar muchos ejemplos: lo "políticamente correcto" envenena nuestra sinceridad y nos convierte en hipócritas, en eslabones imprescindibles para lograr el "consentimiento" de las masas musulmanas a la persecución de los musulmanes, pero sólo de "los malos", de los (presuntos) radicales. Acabamos diciendo lo que no pensamos ni creemos con tal de quedar bien, con tal de no ahuyentar a nuestros interlocutores. Según se dice, así funciona la política, el juego de las decapitaciones.

Se trata de formar "grupos de presión". Para obtener algo hay que dar algo, favorecer al otro. Esto es negociar, intercambiar, en si algo positivo. El intercambio es signo de que la lucha de posesión ha sido superado, de que se es consciente de que existe otro delante de nosotros, con sus propias necesidades y objetivos. Sin embargo, no se negocia con la verdad ni con las vidas de nuestros semejantes.

5. Epilogo para españoles

Este artículo ha surgido de una situación precisa. Tras la victoria del Partido Socialista en las elecciones generales del 14 de marzo, se han abierto grandes expectativas para los musulmanes en España. En nuevo gobierno afirma estar dispuesto a desarrollar la libertad religiosa, paralizada durante los doce últimos años (cuatro de gobierno del PSOE y ocho del Partido Popular). En esta tesitura, parece casi conveniente eludir los temas delicados y aceptar la versión oficial sobre los atentados ocurridos en Atocha, aceptar que las bombas fueron puestas por "un grupo de fanáticos islamistas que querían atentar contra la civilización occidental". Tenemos que aceptar que el "grupo ejecutor" del atentado se metió en un piso de Vallecas y se explotó ante el acoso de la policía, cerrando el caso definitivamente. Por muy absurdo que sea todo esto, parece comúnmente aceptado, y discutirlo es algo inútil, insensato. Tenemos que pasar de puntillas sobre el robo en el locutorio de Zamal Joughan, uno de los implicados, y sobre la profanación del cadáver del geo que murió en Vallecas. Mejor sacar tajada de la nueva situación, dejar de hablar de manipulaciones y de conspiraciones para entrar en el juego.

Aunque se sepa que el piso en cuestión era utilizado por la policía y que varios de los muertos eran confidentes de la policía y agentes de los servicios de seguridad que habían vivido durante años de becas del Estado, tenemos que callarnos. Aunque se sepa que la mayoría de los inculpados no eran propiamente musulmanes (y menos aún fanáticos islamistas), sino más bien delincuentes de poca monta y traficantes de hashísh, tenemos que callarnos. Aunque sepamos que varios testigos vieron a unos jóvenes encapuchados subir al tren con las mochilas explosivas, tenemos que callarnos. Aunque se sepa que estos jóvenes no eran magrebíes sino occidentales, tenemos que callarnos. Aunque existan datos inquietantes sobre los movimientos de bolsa días antes de los atentados, y que sería relativamente fácil seguir su pista, tenemos que callarnos... Y sobretodo, nada de exigir un juicio. ¿Para qué, si la policía y la ‘prensa libre’ ya han dictado la sentencia?

Sin embargo, no podemos callarnos. Frente a la tiranía de lo políticamente correcto, el único recurso es la coherencia. Si nuestra consideración de lo que es correcto varía según las circunstancias, perdemos pie y acabamos en una pendiente. El proceso de adaptación a las "verdades oficiales" nos permite pedir cosas a cambio. Todo nos será concedido, pero sólo en la medida en que lo hayamos convertido en algo inofensivo, en que los amos lo juzguen conveniente. Lo demás es silencio.

Es importante que seamos sinceros, que digamos lo que sentimos, que expresemos cual es la percepción de los musulmanes sobre la actual situación internacional, que digamos que no nos creemos nada de nada, que vivimos en un entramado de referencias que nos hace refractarios a la mentira y la cultura de la imagen y los estereotipos. Nuestra única guía es la Sunna del más noble de los mensajeros, que la paz sea con él y todos sus seguidores. Nuestra percepción de las cosas es tan diferente de todas las versiones oficiales que quieren imponernos (la de los medios de comunicación) que difícilmente podemos entendernos. Esto constituye un verdadero problema, un abismo en el lenguaje. Es como si hablásemos idiomas diferentes, incluso cuando nos comunicamos en claro castellano. No nos creemos nada, y no estamos dispuestos a entrar en el juego del consentimiento.

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Junta Islámica
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