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Todo es tan relámpago, tan mío

03/08/2004 - Autor: Daniel de La Fuente - Fuente: México/ Librusa
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Portada del libro Diálogo con Ovidio
Portada del libro Diálogo con Ovidio

Diálogos del poeta genealógico

DANIEL DE LA FUENTE: Usted se encuentra a punto de presentar una obra que entregó el año pasado a Editorial Aldus: Diálogo con Ovidio. ¿Qué me pudiera comentar de este libro?

GONZALO ROJAS: Ovidio es un poeta tan remoto en el tiempo aparentemente, tiene dos mil años de vida para atrás, pero del que ya había tenido referencia con base en sus escritos. Fue un tipo al que el emperador Octavio Augusto, por criterios moralizantes y por sostener amoríos con una parienta, lo echó a la zona del Mar Negro, por lo que tuvo que vivir la mitad de su vida en el exilio.

Fue un tipo genial y absolutamente mundano, que escribió grandes obras como Arts Amandi y las Metamorfosis. Este autor me parece importante, y no porque no haya leído a otros autores romanos, sino porque es excepcional leer a Ovidio por la mañana, al amanecer y en latín viejo, no el de los curas, el barato. No, el latín viejo, cuando Roma era el imperio y no Estados Unidos (ríe).

En este libro me hago a mí mismo una pregunta ¿dónde está ahora la urbe? No veo el centro del mundo por ningún lado, esto es. Sin embargo, este libro lo compuse bajo el sello del Eros, porque Ovidio es un poeta del gran Eros, del Arts Amandi. Ahora, resulta irrisorio dialogar con alguien que murió hace dos mil años, pero es que Ovidio encarna la gracia del encantamiento, la alegría del ser y el desconsuelo de que lo hayan echado al mundo y que fue un exiliado.

En este caso, yo también fui un exiliado, hay la semejanza: Amor-Eros-Exilio. Pero no voy a rebajar el tono de esta conversación contigo, ni me voy a poner a lamentar ya de nada. Además, a Ovidio lo exiliaron por amor" (risas).

DDLF: ¿Cómo explica que en repetidas ocasiones se ha denominado poeta genealógico pero que a la vez logró la ruptura con ciertas tradiciones literarias?

GR: Buena pregunta. Déjame ver si puedo respondértela con amplitud. Hay una manía en estos países iberoamericanos, de México hacia abajo, de que la poesía tiene que amarrarse necesariamente a lo natural, a lo que es sano. Esto se debe a que el trauma primario de lo natural lo llegamos a sentir todos en un momento dado. Y ¿a qué llamo yo este trauma primario? Pues, a este amarre a la tierra, a esta zona infinita, andina y oceánica que es América. Entonces, uno escribe con esa atracción fuerte a los elementos, y en este sentido yo me reconozco elemental pero en otros sentidos: en lo genealógico, por ejemplo.

¿Por qué? Porque a mí me gusta saber cómo es el juego de los padres, pero no los de escala sanguínea, eso es aburrimiento, una lata. Hay dos abolengos por lo menos, dos prosapias: la parentela sanguínea, que en algunos casos ni siquiera recordamos, y la parentela de la imaginación, que es la de donde venimos los poetas. Por ello, en este sentido puedo decirte que no hay poetas originales, métete eso en la cabecita. No hay ninguno. Todo nosotros nos sumamos adentro del gran coro de los otros, con los otros, junto con los otros.

Sobre lo que preguntabas, yo lo único que hago es volver a Ovidio: me bajo del caballo, desciendo e la trampa de la altanería y de que yo soy un gran poeta muy singular. Recuerda: todos forman parte del gran coro. Todos.

Al abordar este tema del que me hablas, no tenemos más remedio que evocar la guerra entre la tradición y la invención. La tradición funciona siempre, no se puede prescindir de ella, de los que nos precedieron sean del oriente o del occidente. Japón, por ejemplo, lugar en el que estuve, tiene una tradición hermosísima de la que poco sabemos por ser tan abusivamente occidentales como somos.

Sin embargo, esta tradición es indispensable porque nos proporciona una mirada nueva, fresca, respecto al sentido de la consulta de lo inmediato. A esto fue precisamente lo que llamó Apollinaire a principios de siglo el espíritu nuevo. Este movimiento posteriormente se convirtió en un juego de nuevas vanguardias muy interesantes: cubismo, expresionismo, surrealismo. Ahora bien, las vanguardias como las modas también envejecen, se arrugan, por eso el poeta tiene que estar mirando para tras y para delante al mismo tiempo, simultáneamente.

Balbucear, ser fónico

DDLF: ¿De qué escribe el poeta? ¿De lo ordinario? ¿De sus limitaciones?

GR: Sin duda de lo que no sabe. Depende, vámonos viendo. Si yo escribo apoyado en este piso, yo relato desde la circunstancia y hago de la poesía una vuelta hacia un orden de realidades bien situadas: la alegría de estar aquí, el encanto de vivir, ¿me explico? Si escribo de esta manera, escribo desde la atracción que me hace sentir lo inmediato.

Pero, si yo escribo desde una mesa, y me sumerjo en el modo imaginativo, son otros niveles. Ya no es la experiencia inmediata, sino el nivel de abstracción: estoy pensando, claro, pero también hay un grado de reflexión, de lucidez crítica. T.S. Eliot escribía desde este nivel, igual Valéry. Por mi parte, a mí me gusta más desde otro nivel que implica la invisibilidad, y que es el enigma. Uno escribe de lo que no sabe, el enigma, y no hablo en nombre de ningún pensamiento mágico o religioso, sino de este pensamiento secreto, oscuro que puede venir desde los subconscientes más profundos. Te estoy dando una respuesta muy totalizante, pero quiero que así veas las cosas.

DDLF: ¿Considera que ha habido hacia su obra una calificación superior a la que le brindó Julio Cortázar en La habana del 68: "poeta de rescate"?

(Sonríe)

GR: Mira, cuando Julio me presentó esa vez en La Habana tanto él como yo creíamos profundamente en la obsesión de la libertad o de la autonomía cultural que podía proceder desde un mero proyecto político. Cuando él me presenta ante el público, Julio me denomina poeta de rescate debido a que -textual- yo le devolvía a la poesía tantas cosas que le habían quitado. Con el paso del tiempo, yo he establecido que él se refería a esa ritmicidad que hay en mi ejercicio poético, pienso yo, y a que no lo sacaba el cuerpo a las cosas, porque en aquel tiempo había poetas, sobre todo durante las vanguardias, muy letrados, tan aburridos, que todo lo hacían dificilillo, oscurillo, confusillo, a tal grado que a él le entusiasmó que yo escribiera de modo dinámico sobre las mismas cosas; que a la vez mantuviera eso que se llama ritmo, y que yo hubiera descubierto ese ritmo, por ejemplo, que viene en el poema un aire, un aire, un aire, / un aire, un aire nuevo, / no para respirarlo sino para vivirlo.

Un ritmo quiere decir la diástole, y los poetas de hoy no tienen ni idea de lo que es la sílaba. Saben de la computación, de la sigilosa y tramposa informática, pero no saben nada de lo que es el portento de la sílaba. Los niños, aunque no saben nada en apariencia, tienen esa capacidad de sentir la vibración del fonema, de la vocal y de la sílaba (prolonga el sonido de la letra i), y escuchan como resuello, como balbuceo. Creo que esto fue lo que cautivó a Cortázar, pienso, porque cuando hablé con él me sentía, me percibía, que yo era un chico que andaba como balbuceando al mundo. No se equivocó.

El largo parentesco de las cosas

DDLF: No puedo dejar pasar en esta conversación el tema del exilio. Es tan inherente a usted, a su vida.

GR: Pues mira, que a estas alturas he estado pensando con cierta obsesión y frecuencia que los exilios no son más que percances en la vida. Otra cosa es que te maten, que los mundos crueles sean sanguinarios contigo y te destrocen. ¿Cómo llorar por haber vivido 15 años fuera de mi país, si otras gentes, a quienes quise tanto y que fueron sin duda de mayor estatura en sus ideas, pensamiento y actuación que yo, a esos sí los mataron? ¿Cómo llorar por mi exilio, si ellos sufrieron infinitamente más que yo?

Sí, yo viví el exilio, estuve con la letra L en mi pasaportito, no tuve patria y por ende fui un apátrida. Pero eso no significa mucho. Sin embargo, por ello tuve que ganarme la vida en distintos lugares, por ejemplo en Alemania del Este, donde fue un horror porque viví en un paraje de espanto -Rostock- qué nombre. Ahí conocí lo que era el socialismo de Estado por dentro, y me di cuenta que ese sueño iba a dar a una cosa de horror que se llama la policía del pueblo. Al principio me divertía, claro, con esos señores que me habían invitado a trabajar a una universidad en la que nunca me dieron clase, y sí, a la luz del alcohol, aquellos hombres conversaban briosamente, marxísticamente de sus sueños, pero dentro del alcohol y de la piel se les veía, se les olfateaba el nazi. Los pobrecitos no tenían la culpa; ellos se criaron en las juventudes hitlerianas. Qué podían hacer".

DDLF: Respecto a esto, usted comentó que estuvo en riesgo de desaparecer, pero que los dioses no lo permitieron.

GR: Eso es cierto. Hay una frase muy sucia en mi país, supongo que aquí la entienden porque en México todo se comprende. Se dice: a éste hay que darle vueltas. Darte vueltas es matarte, vuelta hacia abajo, de cabeza. Esto lo vine escuchando por primera vez cuando organicé los diálogos con los escritores de América y del mundo en mi país, donde se habló de las autonomías cultural y social, no de mi país únicamente, sino en todo el continente, porque yo nací en Chile pero me siento de todos los párrafos del planeta, aunque esencialmente latinoamericano. Bueno, sí te puedo decir que sufrí, sí, sufrí persecución, como muchos otros, sí. Pero vivo, lo estoy.

DDLF: ¿Se considera religioso?

GR: Sí. Soy religioso en el sentido de que todo está urdido, de que hay que descubrir el largo parentesco de las cosas. La palabra religión viene de religare, que significa volver a atar; volver a amarrar lo que aparentemente está disperso. Creo, se me da el Dador, porque estoy convencido de que lo que yo tengo no lo merezco - la palabra - sino que me fue dado. El dador, si quieres, es Dios.

Tan de instantes

DDLF: Un puerto frecuente en su poesía es la mujer. ¿Qué semejanza pudiera haber entre la mujer y el instante, lo efímero?

GR: La mujer es el epicentro de todo, y sí hay lo que se llama fascinación, encantamiento animal. De pensamiento, parecería que ella es el eje. Se dice que Dios sacó del costillar de Adán a la mujer, eso es aburrimiento. ¿No sería al revés? La mujer paridora y luminosa es el centro del mundo; es una mujer la que engendra las nueve musas, es la memoria misma: Mnemósine, que habitaba el monte Helicón con Zeus. Las musas, cantoras divinas e inspiradoras de todas las artes y ciencias: Calíope en poesía épica, Clío en la historia, Polimnia en pantomima, Terpsícore en poesía y danza, Euterpe en música, Erato en lírica, Melpómene en tragedia, Talía, en comedia, y Urania en astronomía.

Digo esto a propósito de que la mujer es el epicentro de todo, cofre necesario de la pobre criatura humana, agua de fundamento; es la agüita amniótica donde andamos por nueve meses y nos morimos por ellas y, claro, habrá amor homosexual, pero esa cosa es distinta, aunque posible ¿por qué no? Pero sucede que la imantación que la mujer ejerce en el animal llamado másculo es cosa de fundamento. Así, la mujer, en el caso mío, es el mundo, es el alma y es la absoluta realidad, mas no sé quién sea la mujer.

DDLF: Esto también lo dice por Hilda, su esposa.

GR: En parte sí, y te lo digo por aquello que me decías de la mujer y el instante. Ella fue una buena compañera mía. Mira, yo he tenido dos grandes compañeras: una, la madre de mi hijo mayor, un hombre de 55 años que es médico neurólogo y psiquiatra, y que tiene una clínica en Bonn. Su madre es inglesa y vive todavía, la quiero mucho. Vive en España, cerca de Alicante, y por los azares que se dan en la vida nos desprendimos sin desprendernos. Así, feamente. Luego yo encontré a otra mujer o ella me encontró a mí, Hilda, porque son muy bandidas: tú sabes que ellas son las que lo eligen a uno (sonríe). Con ella compartí treinta años de mi vida; era una gran mujer, pero se me murió hace unos años. En fin. Hay mucho de cierto en lo que dices de lo efímero en la mujer. Acaso sea efímera la vida, sin duda. Pero, el amor... dura tan poco, tan de instantes está hecho.

Portento de la vida

DDLF: A esta altura de su vida, don Gonzalo, ¿aún sigue escuchando o ha vuelto a escuchar el relámpago de la iniciación poética?

(Ríe de buena gana)

GR: ¡Ah, qué bonita pregunta me has hecho!, ¿eh? Hoy amaneciste muy despejado, Daniel, muy limpio de mente, muy bien amanecido (ríe de nuevo) Es que, es relámpago el instante del que hablábamos, como la mujer, como la eternidad del instante. La vida es un instante, de veras. Ese cuento del tiempo es como dice Stephen Hawkins, uno de los más grandes científicos que ha dado el mundo y que se encuentra destruido por fuera, con una fisonomía paupérrima. Él dice que del tiempo lo que más podemos dar cuenta son de unos tres segundos, es decir, no se puede contar más el tiempo. ¿Te das cuenta? Nosotros presumimos de las décadas, de los milenios y de esas tonterías, y no nos hemos dado cuenta que el tiempo es tan sólo vibración, no se puede definir. Por eso me gustan más los físicos que los poetas, porque los primeros ponen en tela de juicio las cosas, no le tienen miedo el miedo, son muy grandes los físicos. Son los poetas del día. Lo fueron en los tiempos viejos, también. Mira Heráclito, que fue un físico genial, a su manera, pero también un gran poeta.

¿Qué quise decir con el relámpago? Que le oí más que haberlo visto. Aquella vez yo tenía menos de seis años, y había una tronadera encima de mi casita pobre de vidrio y palos que había hecho mi padre, y huérfanos de él, mi madre nos acompañaba. Mi padre fue un hombre muy digno, según entiendo, pues apenas si lo vi. Mientras todos correteábamos y jugábamos los ocho hijos en unas como galerías, entre vidrios y la lluvia, uno de mis hermanitos, que llegó a ser médico y murió recientemente hizo espacio y miró como al tiempo. Dijo: re-lám-pa-go. Y yo, que con mi cabecita de niño escuchaba, en mi orejita quedó esa palabra muy adentro del pensamiento: re-lám-pa-go.

Esta palabra vale más que todo este cuento de la vida. Repetía esta palabra mientras sentía el cueterío y lo veía en el cielo, encendiéndose y apagándose. Así se me dio, en la vibración, la fugacidad y el portento de la vida. Luego vino la poesía"

DDLF: Que luego aparecería en Del relámpago.

GR: Ahora, esto no tiene que ver exclusivamente con mi cabeza de animal limitado. Esto es tan viejo como el mundo, si tú lees a los poetas orientales, si lees en ellos, en lo que dijeron los babilonios, siempre están hablando del instante. Un autor francés, Gaston Bachelard a quien tuve el gusto de conocer e invitar a Chile dijo un día: instante deténte, eres tan bello. Claro, porque el instante no tuvo instante, el instante es cualquiera, soy yo. Por esto, me considero un poeta más fisiológico que metafísico. El instante es como el orgasmo, una preciosidad; como la expansión de la vida, única y diversa, es también fugaz.

Sin embargo, respecto a tu pregunta, te debo ser sincero. Te debo decir que no. No lo he vuelto a escuchar".

Desde el enigma

DDLF: Usted lanzó una pregunta célebre al mundo: ¿qué se ama cuando se ama? ¿Usted lo sabe ya?

GR: No, definitivamente aún no lo sé. Y dicho sea de paso, porque no me gusta trampear y aquí reafirmo que soy un poeta genealógico, es que la idea de este verso viene de Plotino. Aunque no con estas palabras, pero la idea es la misma. En fin. Qué se ama cuando se ama viene de la duda. El amor en sí es tan enigmático, y volvemos al enigma. El amor es tan relámpago... la vida misma, todo es tan relámpago, todo lo siento tan mío. El amor nos sostiene, nos acompaña, como la vida misma. Pero, es enigma, lo sigue siendo.

DDLF: Y ¿qué fue de la realidad?, parafraseando lo que usted dijera en referencia a Octavio Paz. ¿De veras lo vivido puede ser tan sólo un parpadeo en la historia?

GR: El parpadeo es también relámpago. Sí. Aquello vino porque, al ver en el ataúd a Octavio, tan acicalado como suelen arreglar a los muertos, llegó a mi mente la imagen de Paz siendo un muchacho - porque todos somos hasta el final unos muchachos - y sobre todo por esa pasión de Octavio por la historia. Sin ser historiador, él la entendía perfectamente, la interpretaba.

También pensé al ver a ese muchacho de 84 años: mira nada más, en lo que venimos a parar. Total: en verdad somos un parpadeo en la historia, eso es lo que somos nosotros. No tenemos por qué presumir, pero tampoco por qué llorar. Así es.

México, julio de 2000


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