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El islam descristianizado (5)

El mito de la pureza de la lengua árabe

03/08/2004 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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Portada de Islam para ateos, de Abdelmumin Aya
Portada de Islam para ateos, de Abdelmumin Aya

3) El árabe es una lengua pura, que se ha mantenido más o menos inalterada desde tiempos inmemoriales, enraizada en lo más hondo del ser humano. "El islam es la lengua de la ‘fitra’, la naturaleza primordial del ser humano".

¿No has visto a aquellos que se consideran
a sí mismos puros?

(Qur’án, 4, 49)

Resulta curiosa la coincidencia de planteamientos entre el orientalismo más agresivo con el islam y nuestros "descristianizadores". Tanto E. Shouby como Raphael Patai tratan de mostrar la especificidad del árabe para defender la tesis de la esencial diferencia entre los árabes y los occidentales, condenados a enfrentarse. La filología nos ofrece las razones objetivas (y pretendidamente científicas) de este enfrentamiento.

Este tipo de planteamientos están presentes en las especulaciones de Hafsawi, en su comparación entre el árabe y la lengua castellana. Según él, la lengua árabe es la única capaz de expresar los valores del islam. La lengua castellana está dominada internamente por el cristianismo, lo cual entorpece todo intento de expresar el islam en castellano. Si las palabras castellanas están "contaminadas" de cristianismo, debemos hacer verdaderas piruetas para traducir el lenguaje coránico. En nuestro análisis de las palabras îmân y mûmin ya hemos visto al callejón sin salida a donde nos conducen estas consideraciones.

Esto está dicho en toda su crudeza en un texto de Hafsawi titulado "Islam y cristianismo":

A la hora de exponer las enseñanzas del Islam en lenguas occidentales topamos con que todas las palabras están cargadas de cristianismo y de los fantasmas de la teología cristiana. Esto es muy importante: no existe una asepsia que permita trasmitir la originalidad del Islam, y hace falta un gran esfuerzo para evitar que las connotaciones cristianas contaminen lo que se quiere trasmitir. Un concepto islámico 1, cuando es traducido, pierde sus implicaciones en su lengua original y, en contrapartida, pasa a estar revestido por las que tienen en la cultura en la que se desea explicarlo, y ese tránsito implica que se está diciendo otra cosa y que la idea primera se ha desvanecido. Pocos musulmanes que exponen el Islam a los occidentales se dan cuenta de este grave hecho. Cuando se traduce la palabra Allah por Dios, cuando se dice que dzanb significa pecado, por citar unos ejemplos, se está desvirtuando el Islam. Ni Dios tiene las cargas que la palabra Allah sugiere a un musulmán, ni dzanb tiene la dimensión metafísica del pecado. De entrada, con ello, se ha situado la enseñanza del Islam en un marco que no es el suyo, y dentro de unas referencias y juicios a las que no puede responder sin desnaturalizarse por completo.

En este fragmento, nos encontramos con lo siguiente: la lengua original de lo islámico es el árabe. Con las traducciones a unas lenguas cargadas de cristianismo, las palabras árabes se contaminan, situándose en un marco que no es el suyo, dentro de un entramado de referencias al que no puede responder sin perder su originalidad y desnaturalizarse por completo.

Es decir: el islam en castellano ya no es el islam original, sino otra cosa, una corrupción del islam auténtico, originario, verdadero. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el islam es una religión árabe/ en árabe, y que no puede traducirse. Lo que sucede, dice Abdelmumin Aya en su Islam para ateos, es que:

El árabe es un idioma muy puro.

Curiosamente, en otros momentos de su libro Abdelmumin Aya arremete contra la idea de "pureza":

La idea de la pureza que ha jugado a favor de la culpabilidad de los hombres y contra la dignificación de la vida humana, trata de proyectarse a toda costa sobre el Islam.

Tal vez uno de los modos en los que se proyecta esta "perversa idea de la pureza" es en la consideración del árabe como un idioma puro, frente a las contaminadas lenguas europeas. La idea de "lo puro" es una de las que más parece aborrecer Abdelmumin. También de su Islam para ateos:

Identificar la vida espiritual con una búsqueda personal de la pureza o de la perfección te lleva a un tipo de arrogancia que hace que te desconectes del mundo que te rodea 2.

Sin embargo, esta "búsqueda de la pureza" no parece tan mala en lo que a la lengua árabe se refiere. No sólo eso: ante "la pureza de la lengua árabe", la actitud que debemos mantener es la del "temor reverencial":

Ojalá los musulmanes conversos comprendamos definitivamente que el Islam fue revelado en árabe y mostremos un mínimo de temor reverencial al estarnos internando en la selva de connotaciones que esto supone para cada clave de nuestra cosmología.

Temor reverencial, selva de connotaciones, una lengua pura, la lengua de la revelación... En varias ocasiones, Hafsawi ahonda en la idea de que el islam solo puede ser expresado correctamente en árabe:

Para conocer el Islam es necesario partir de un sondeo inteligente de lo que es capaz de expresar la lengua que le sirve de soporte, y que es, fundamentalmente, el árabe.

La importancia que el Islam da a la lengua árabe es reveladora de su interés por mantenerse fiel 3 a su fuente, combatiendo todo tipo de alteraciones y corrupciones.

El contraste con la pobre lengua castellana no puede ser más acusado. Las lenguas indo-europeas están "contaminadas por la civilización", son productos de cambios y de aculturaciones (corrupciones). Por el contrario, se nos presenta el árabe como un idioma que se ha mantenido fiel a su fuente, estático a lo largo de los siglos... Esto significa que es una lengua antigua, primitiva. Por supuesto, no es un vehículo de comunicación, que capacite a los árabes para asumir la modernidad 4 o entenderse con otros pueblos, sino un instrumento ideal para la revelación, lo cual no es poco.

Ernst Renan fue uno de los arabistas del siglo XIX que más ahondó en este aspecto, estableciendo una distinción entre lenguas orgánicas (las indoeuropeas, que evolucionan como seres vivos) e inorgánicas (las semíticas, estáticas, puras y arcaicas). Mediante esta clasificación se pretende explicar la diferencia en cuanto a progreso de las sociedades occidentales con respecto al mundo islámico. Las lenguas indoeuropeas presentan unas características que las hacen potencialmente aptas para regenerarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. En cambio, la excesiva carga semántica de las lenguas semitas entorpece la comunicación, haciéndolas inapropiadas para el comercio y las actividades modernas. De ahí el atraso de los árabes, un pueblo que solo vale para la liturgia, para pasarse largas horas entre letanía y letanía. Renan lo expresa claramente:

Por tanto, nos negamos a admitir que las lenguas semíticas tengan la facultad de regenerarse, aunque reconocemos que no escapan a la necesidad del cambio y de las modificaciones sucesivas 5.

Del mismo modo que su lengua está biológicamente detenida, así la vida del que la habla queda afectada. Desde el momento en que Renan está calificando al individuo a partir de la lengua, nos está diciendo que los semitas son esencialmente estáticos, condenados a repetirse, y que carecen de capacidad para regenerarse. Así pues, lo árabe, lo semita y lo islámico son categorías atemporales, cuya cualidad más destacada es su capacidad para permanecer fieles a si mismas. Un árabe del siglo X es básicamente idéntico a un árabe del siglo XXI, y esto a causa de su lengua.

Como Renan y otros arabistas, los autores del "islam descristianizado" insisten en la idea de la pureza de la lengua árabe, una lengua que se ha mantenido inalterada a través de las edades. En ocasiones, esta consideración se mezcla con el dibujo idealizado de los árabes: un pueblo nómada, esencialmente libre, que encarna una serie de valores perdidos con la civilización: nobleza, austeridad, hospitalidad, valentía, desapego, contacto con la naturaleza... 6. Un pueblo libre, no contaminado 7.

En el texto sobre La lengua árabe, ya hemos visto como Hafsawi equiparaba "lo árabe" con "lo nómada":

Árabe es sinónimo de nómada, de persona no atada a un lugar, y, por tanto, esencialmente libre, y, además, es una persona que cultiva los más bellos comportamientos, los de la solidaridad, la caballerosidad y la hospitalidad, rasgos propios de gente noble, los Makârim al-Ajlâq de la Tradición Islámica, la forma generosa de ser. El Profeta (s.a.s.) fue un Árabe, plenamente. Lo árabe es un ideal. También, la lengua árabe está asociada a esa noción: es la lengua de los árabes y expresa con nobleza los pensamientos de los habitantes del desierto.

Esto coincide con la visión idealizada del "buen salvaje" y el "hombre primitivo" elaborada por el romanticismo. Este tópico fue machaconamente repetido por el orientalismo de los siglos XVIII y XIX, como parte de la dominación cultural del mundo islámico. Sin duda los colonizadores se encontraron con seres serviles que les ayudaron a positivar la figura del nómada como un ser primitivo cuya ocupación principal es el saqueo de las poblaciones sedentarias 8. Visión positiva o negativa son dos polos de la misma moneda, de la misma reducción caricaturesca de multitud de pueblos a un comportamiento estandarizado.

La falacia romántica de los "árabes nómadas y al margen de la historia" ha alcanzado a numerosos estudiosos, incluido Hafsawi. Este nos dice que "Árabe es sinónimo de nómada", y que "el Profeta (s.a.s.) fue un Árabe", con los cual nos presenta a Muhámmad (saws) como un profeta nómada. Esto es completamente falso, como el propio Hafsawi debería saber perfectamente. Muhámmad fue toda su vida un sedentario, pastor durante su juventud y después comerciante, cuya vida giró completamente alrededor de las ciudades de Meka y de Medina.

Aquí cabe preguntarse, ¿es un hombre menos libre que otro por estar "atado a un lugar", por tener una casa y una familia y un pedazo de tierra y una misión en esta vida 9? ¿O acaso la libertad tiene que ver con una disposición interior hacia las cosas, con el desapego hacia lo mundano y la adoración de Al-lâh por encima de todo? ¿Son los beduinos más nobles, hospitalarios y generosos que otros pueblos?

Sobre el supuesto carácter noble de los nómadas del desierto (que otras fuentes definen como pandillas de bandidos sin ley), nos remitimos al Qur’án:

Los beduinos son más obstinados en su negativa a aceptar la verdad y en su hipocresía que las gentes de los poblados, y más dados a ignorar las ordenanzas que Al-lâh ha hecho descender sobre Su Enviado.

(Qur’án, surat 9, ayat 97)

Sobre esta aleya, escribe Muhámmad Asad:

Debido a su estilo nómada de vida, intrínsecamente crudo y áspero, al beduino le resulta más difícil que a los habitantes de las poblaciones guiarse por imperativos éticos desconectados de sus intereses tribales inmediatos —dificultad esta que se incrementa por su distancia de los centros de cultura y, en consecuencia, su relativa ignorancia de la mayoría de las exigencias religiosas. Por esta razón, el Profeta resaltó a menudo la superioridad de la vida sedentaria sobre la nómada: cf. sus palabras, "Quien vive en el desierto 10 se vuelve áspero de temperamento", recogidas en las colecciones de Tirmidi, Abu Da’ud, Nasa’i e Ibn Hanbal según la transmisión de Ibn Abbas, y existe una Tradición similar, transmitida por Abu Huraira, en las colecciones de Abu Da’ud y Baihaqi.

Frente a las pretensiones de nuestros eruditos, vale la pena destacar el rechazo de Muhámmad (saws) a la vida nómada y su predilección por la vida sedentaria.

Según la visión romántica, la forma de vida de los árabes (y la lengua árabe) se había mantenido inalterada durante siglos. Al mismo tiempo, debemos denunciar el mito de que los árabes habían permanecido "al margen de la historia" hasta el estallido del islam. Por supuesto, esto no es más que una ilusión. La existencia de una civilización árabe equiparable a las de Babilonia o Asiria está ampliamente documentada desde hace más de cuatro mil años 11.

Resulta insufrible la falta de referencias a la realidad de los orientalistas, a quienes les bastaría un pequeño viaje por el mundo islámico para comprobar que el árabe ha derivado en multitud de dialectos, del mismo modo que lo hizo el latín en su momento. Sin embargo, para algunos eruditos, estos dialectos no son una regeneración sino una degeneración del árabe, del mismo modo que para la Iglesia medieval las "lenguas vulgares" fueron una degeneración del latín eclesiástico.

A los que hablan de "la pureza de la lengua árabe" habría que preguntarles: ¿acaso el árabe del Qur’án se ha conservado en estado puro desde el principio de los tiempos? Si el árabe post-coránico ha evolucionado, a pesar de ser "la lengua litúrgica del islam", conservada y estudiada como lengua de saber y de cultura, ¿por qué tenemos que pensar que se había mantenido sin cambios durante los siglos precedentes? La verdad es muy diferente: el árabe coránico es el dialecto del Quraysh, una pequeña tribu de la Arabia del siglo VII d.C., uno de tantos dialectos, productos de las evoluciones a las que está sometida el habla humana.

El árabe estático, perfecto, arcaico, puro, propio de seres libres, nómadas sin fronteras, la lengua que expresa mejor el islam, cuyo sistema de raíces permanece anclado en lo más hondo del ser humano, capaz de dar cuenta del estado de inocencia del salvaje, y representar la naturaleza primordial del ser humano... Por muy hermoso que parezca, este entramado de ideas no puede ser más reaccionario. Retomemos un fragmento del texto sobre "La lengua árabe":

El habla, que es signo de inteligencia y es el rasgo definitorio de lo humano, ha ocupado un lugar central porque los musulmanes han sido conscientes de que aquello que diferencia al ser humano es la posesión de la palabra, y Allah se le dirige en tanto que criatura que es capaz de comprender lo que se le dice. Y la lengua más clara, la más elocuente, es la lengua pura de los nómadas.

Con esto, el "islam descristianizado" adquiere un tinte racial, que será puesto en evidencia cuando abordemos la cuestión de "lo semita" 12. Hafsawi afirma que la lengua es lo que distingue al ser humano, como signo de humanidad e inteligencia, y que la lengua más pura, clara y elocuente es la lengua de los nómadas. Así pues, los nómadas son más nobles, generosos, etc. eso que los no-nómadas, los árabes son superiores por estar en posesión de una lengua inigualable, que los distingue sobre el resto de las gentes.

Por desgracia, se supone que los malayos, españoles, filipinos y sudafricanos, y tantos otros pueblos que no hablan árabe, no podrán acceder nunca a ese "islam puro", desprovisto de contaminaciones 13. Los sedentarios no-árabes y no-arabizados no seremos nunca tan humanos ni tan libres como los nómadas de Arabia, sino que nos veremos abocados a la mezcla, situación que asumimos con cierta complacencia. Entramos en una espiral. Si el islam se contamina de cristianismo al ser traducido al castellano, también tiene que contaminarse de animismo (o de lo que sea) al ser traducido a cualquier idioma del África subsahariana, como tiene que contaminarse de taoísmo y de budismo al traducirse al japonés o al mandarín o al chino.

De hecho, así ha sucedido siempre. Todos los pueblos han recibido la revelación en sus propias lenguas. No lenguas contaminadas, sino llenas de sentido para aquellos que las usan. Porque, ¿qué es un "idioma puro", qué es un "idioma impuro"? Puestos a escoger, me quedo con lo impuro, pues en la pureza no soy capaz de ver más que un intento de negar la mezcla en que toda vida consiste: proteger al islam de supuestas contaminaciones.

No nos engañemos. No existe una lengua pura o una lengua impura, sino corazones puros o impuros que usan el lenguaje como instrumento de liberación o de dominio. La impureza del habla (lengua viva) nos remite a la pureza del silencio: vacío compartido entre los intersticios del lenguaje, hueco o matriz de donde surge el habla. Es ese el lugar que hay que purificar de toda idolatría, en vez de buscar en el exterior (la religión, la lengua) instrumentos que nos permiten sentirnos superiores. Estamos hartos de falacias del tipo "el islam es superior al cristianismo" o "el árabe es superior al castellano". Estamos hartos de todos aquellos que se empeñan en presentar las vías de salvación entregadas por Dios a la humanidad como ampos excluyentes entre sí, que deben enfrentarse hasta la muerte. Estamos hartos de aquellos que tratan de ensuciar el dîn de Al-lâh con sucias elucubraciones.

No nos engañemos: el dialecto del Quraysh es una lengua tan manipulada como otra cualquiera, y ahí están los regímenes que se declaran islámicos en el mundo (incluida Arabia Saudí, con todas sus proclamas de pureza), para demostrar que no hay lengua pura o lengua impura, sino una mayor o menor pureza de intención en los que la utilizan. No olvidemos que Arabia Saudí tiene al Qur’án como la "Constitución del Reino". Más pureza, imposible.

Puestos a escoger, me quedo con la impureza de la lengua castellana, la polisemia y el cambio como posibilidad transformadora, de un hablar y volver a decir que recoge en su seno una amplia trayectoria, los cambios de valor de las palabras en función de los nuevos estados de conciencia, la proliferación de los significados latentes en el corazón de las palabras, la ambigüedad sin fin de todos los vocablos. La lengua de Jorge Manrique, de Cervantes, de José Martí, de Juan Ramón Jiménez, de Lezama Lima, y de tantos y tantos vivificadores.

Se me ocurre, en este punto, que el árabe al que aluden Abderrahmán y Abdelmumin no es el árabe del Qur’án (la lengua materna de Muhámmad, saws), sino un árabe eclesiástico, gramaticalmente perfecto. No una lengua viva, sino un mero producto de sus sueños de pureza. Una cárcel para la fe, una cárcel para la Palabra. Frente a esta lengua de laboratorio, el castellano que les rodea les parece una lengua impura. Harían bien en comprender que ese lenguaje "cristianizado" que tanto detestan no deja de ser aquello que los constituye, harían bien en darse cuenta de que el refugiarse en un hipotético "árabe puro de la revelación" no es sino una muestra de su incapacidad de asimilar ese entorno que el lenguaje nos revela.

Porque, claro: es más fácil refugiarse en la fantasía de una "lengua perfecta" que enfrentarse a la tarea de devolver a la propia lengua su dimensión sagrada, transformar un cúmulo de palabras manoseadas (no solo "fe" o "religión", sino también "comunicación", "diálogo" y "justicia") a su sentido primigenio, volver a expresar a través del lenguaje conocido lo que todo corazón contiene: el mismo anhelo universal de retorno, la misma aspiración a Dios en la criatura.

Y este es el sueño de todos los poetas: lograr que el lenguaje vuelva a estar vivo, que recupere su potencia. Lograr que la palabra vuelva a decir lo necesario, a ser significante, a propiciar una visión, a sustraernos de la lejanía... y que deje de ser un cúmulo descomunal de palabras vacías, manipuladas, sin destino. Los poetas no han dejado de recorrer este camino:

Todo era de todos
Todos eran todo
Sólo había una palabra inmensa y sin revés
Un día se rompió en fragmentos diminutos
Son las palabras del lenguaje que hablamos

(Octavio Paz)

Esta "única palabra que había al principio" es, precisamente, la Palabra revelada. Esta Palabra es inmensa porque a través de ella todo se muestra, se revela. Sin embargo, esta palabra se ha roto en fragmentos:

Las palabras se pudren, son devueltas,
como pétreo excremento,
sobre la noche de los humillados.

(José Ángel Valente)

Todas las lenguas están muertas
Hay que resucitar las lenguas
Levántate y anda

(Vicente Huidobro)

El castellano que hablan algunos en las tabernas no es la misma lengua que hablan Octavio Paz, José Ángel Valente o Vicente Huidobro, carece de elocuencia y ha borrado todo signo de su origen increado. Para comprender esto hay que imaginar a ese monje y poeta griego que se subía al monte Athos para gritar al viento las palabras de sus plegarias. Sólo al recibir su eco de la lejanía podía comprender el verdadero sentido de cada palabra, su resonancia en lo más profundo de si mismo. Porque todas las palabras tienen sus raíces en lo incondicionado, y todas las lenguas una intensa polisemia. Esa misma experiencia vivida y narrada por Gonzalo Rojas, con su sintaxis de niño contra el maleficio cuenta...

... los pormenores de esa vivencia única cuando vi el relámpago y lo oí; sobre todo lo oí cuando uno de mis siete hermanitos dijo como un conjuro la palabra primigenia en lo tetrasilábico y esdrújulo de su fulgor: RE-LAM-PA-GO. Lo cierto es que a contar de ese minuto se me dio para siempre la revelación de la palabra, que pudo mucho más en mí que la cohetería toda del cielo. Ya hombre, muchos años después, vine a leer con cuidado a Heráclito y me fascinó el Fragmento 64 que dice así: "Pero el relámpago gobierna la totalidad del Mundo". Se impone de inmediato la conjetura: ¿puede la irrupción luminosa ofrecernos el dominio de la totalidad? Dejemos la respuesta a los filósofos. Lo más que puedo decir es que ese niño que fui yo recibió en lo centelleante del fenómeno la iluminación del TODO y, desde ahí, del instante.

Así, la sonoridad de la palabra relámpago es un relámpago que penetra en la conciencia, despierta el sentido profundo del fenómeno atmosférico, con el cual estamos conectados. Lo instantáneo de una luz que nos aniquila, de un súbito fulgor cuyo origen nos es desconocido, pero ante el cual cualquier resistencia es un absurdo. Existen relámpagos a cada instante, relámpagos de vida y de muerte entre un latido y otro. La experiencia del relámpago tiene su eco en el Qur’án, surat al baqara, aleyas 19-20. ¿Qué podría sugerirle a Gonzalo Rojas estas aleyas, sumadas a sus dos experiencias anteriores? Dios sabe, lo que nosotros sabemos es que para que esta experiencia tenga lugar, es necesario que sea en el impuro castellano que hablaba su hermanito en su Lebú de infancia.

Tanto como el relámpago, todas las palabras que hemos dicho en nuestra infancia están profundamente arraigadas en nosotros, son aquello que nos configura. Nosotros hemos vivido una especial relación con algunas palabras de la lengua castellana, cada una con su origen y su historia cargada de etimologías. La única "lengua de la revelación" que reconocemos como nuestra es nuestra lengua materna, sin fondo en la conciencia del recién nacido. Un lenguaje que no es susceptible de ser cosificado y definido por metafísica ninguna, sino que permanece cargado por todas las connotaciones de nuestro lento aprendizaje, por las vivencias y conversaciones a través de las cuales Al-lâh nos ha forjado, y que han hecho de nosotros lo que somos: criaturas sometidas conscientemente al Creador de los cielos y la tierra, in sha Al-lâh.

¿Qué tiene esto que ver con el Qur’án, con la palabra revelada, con el islam cristianizado? Tiene que ver con lo que pueden o no decir unas simples palabras cotidianas, de esas que se usan y se tiran a diario. Tiene que ver con la capacidad de la palabra de insertarse en la vida de los hombres, con su capacidad de transformarlos. Tiene que ver con el fulgor de la palabra lentamente dicha, con el saboreo de las profundidades del lenguaje. Tiene que ver con un decir que viene del abismo, que derriba todas las fronteras y dice lo que somos, que nos convoca y nos destina. Tiene que ver con el RE-LAM-PA-GO, con la palabra revelada, con el descenso de la palabra de Al-lâh al corazón de cada criatura.

Sobre todo: tiene que ver con la propia experiencia del Profeta, que la paz sea con él y toda su familia. No por casualidad, la lengua de la revelación recibida por Muhámmad (saws) no fue el hebreo bíblico ni el arameo de Jesús, sino su árabe de infancia, la lengua de su nodriza Halima, que Al-lâh esté complacido con ella. Nada que ver con el árabe de nuestros eruditos, nada que ver con sueños de pureza, ni con "los conceptos de nuestra metafísica", sino con la experiencia inmediata del lenguaje que conecta a los niños con la vida. Una palabra sucia de leche de pecho y de papilla. Sólo esta palabra tiene que ver con la fitra, la naturaleza primordial del ser humano.

Notas
1 La transformación de las palabras en conceptos, un tema al que volveremos.
2 Algunos dirán que su obra es una confirmación de estas palabras.
3 La fidelidad (es decir, la fe constante) no es tan mala si nos referimos a la lengua.
4 Piénsese en Kemal Ataturk, y su eliminación del alifato árabe para "modernizar Turquía".
5 Renan, Histoire Generale, p. 531, citado en Orientalismo, p. 180.
6 Toda una serie de tópicos que el orientalismo ha hecho populares a través de obras como la de T.E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría.
7 Otros dirán "no civiluizado".
8 "El nómada es, por naturaleza, un saqueador: la razia es para él una ocupación normal que le procura gloria y beneficio" (J. R. Kupper, 1957, p. 120).
9 Como el propio Hafsawi, que no es nómada ni vive en el desierto, y que "está atado" a la noble tarea de dar a conocer el islam en castellano.
10 Badiya, palabra de la que deriva badawi, que ha dado el castellano beduino.
11 Este fragmento es desarrollado en la "crítica del ecumenismo abrahámico", antes citada.
12 En el capítulo siete. Para el orientalista, lo árabe conduce, inevitablemente, a lo semita.
13 Según Hafsawi: "La práctica del Dzikr ha permitido que pueblos no-árabes se islamizaran realmente". De esto se deduce que los que no practican el dzikra y no hablan árabe, no están "realmente islamizados".
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