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El islam en España

03/08/2004 - Autor: Desconocido - Fuente: Centro Sufí Valencia Samarcanda
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Musulmanes españoles haciendo la salat
Musulmanes españoles haciendo la salat

Como proclamaba un viejo lema del Ministerio de Información y Turismo, "España es diferente". Somos un caso único, pues mientras entre la población autóctona de todos los países occidentales -donde no existía ningún precedente- se produce una irresistible expansión del Islam, España es el país occidental que cuenta con el menor núcleo de población islámica nativa, un triste registro para los descendientes de un pueblo que se aferró con fervor a la fe del Profeta por un período de más de 9 siglos. Desde hace unos diez años existe una comunidad de inmigrantes, mayoritariamente magrebí, que ya alcanza las 800.000 almas, dispersa por todos las provincias del estado; pero lamentablemente, tanto por la escasa calidad de su Islam como por los prejuicios culturales enraizados en ambas comunidades, no ejerce una función relevante en nuestra sociedad, pudiendo ser considerada como el "ghetto árabe de tendencia wahhâbî", que es como decir el mejor sistema que se conoce para hacer repulsivo el Islam para los españoles.

Aunque anteriores a los emigrantes, los musulmanes españoles son muy pocos todavía, si bien también están presentes en todas las regiones del estado, y tras la primera hornada importante, que tuvo lugar a principios de los años 80, las nuevas generaciones se incorporan muy lentamente a las filas del Islam. Los musulmanes españoles siguen debatiéndose entre sus conciudadanos, no ya para intentar desactivar el estereotipo de Islam que propagan los mass media, sino para dar un paso previo fundamental, que es poder mostrar a su propia gente la mayúscula falsificación de nuestra historia nacional.

Hay 3 nociones históricas fraudulentas que, con cerrada obstinación, el sistema educativo español se empeña en mantener en los libros de texto:

1.- La invasión árabe de la peninsula ibérica en el año 711. Desde los primeros trabajos de Olagüe hasta nuestros días, entre los más relevantes investigadores ha ido tomando cuerpo la evidencia de que la conversión al Islam de los monarcas visigodos y de su reino fue la consecuencia lógica de una predicación que había tenido lugar más de medio siglo antes y no de una absurda, imposible y fantasiosa invasión árabe. La nueva revelación profética que entonces sacudía a todo el mundo civilizado entroncaba de forma natural con la vieja tendencia anticatólica de los visigodos, los suevos y los vándalos (cristianismo arriano), como de los habitantes de las provincias mediterráneas, conectadas ininterrumpidamente con oriente por lazos culturales y comerciales desde tiempo inmemorial (cristianismo ortodoxo bizantino). El Islam zanjó mediante una revolución interior la larga y penosa confrontación entre arrianos y católicos por la hegemonía espiritual de la monarquía visigoda y nadie vino a imponer ideas a la fuerza al pueblo español.

2.- El concepto fraudulento e ideológico de "Reconquista", reforzado enormemente por el régimen del general Franco, trata de ocultar una invasión por motivos económicos, perpetrada por nuestros vecinos del norte y alimentada desde Roma, que se prolonga durante 7 siglos. Ninguna "reconquista" puede durar setecientos años. Para más inri los reinos que tras la primera invasión carolingia liderarían la conquista de al-Andalus para el poder cristiano de Roma, son los que hoy los modernos patriotas nacionales consideran separatistas anti-españoles.

3- El infame concepto de expulsión, que pretende presentar como extranjeros que son devueltos a sus tierras de origen, a una cantidad tan importante de españoles "moriscos" que no se diferenciaban en nada de los que se quedaban, por el pecado por lo visto imperdonable de querer mantener la religión de sus antepasados. Sería lamentable que todavía alguien se llamara a escándalo, pero en realidad el concepto de cristiandad, que se quiere considerar tan consustancial a la identidad española, es en realidad el fruto de la imposición desde una minoría feudal a una población mayoritariamente musulmana, de un sistema de creencias absolutamente ajeno a su idiosincracia.

El pueblo en definitiva, mediante el uso metódico del terror, padeció una continua represión religiosa, jurídica y militar que terminaría obligándole a adoptar usos y costumbres que en muchos casos eran inventados exclusivamente para reforzar la represión contra su libertad de conciencia. Así, no es de extrañar que el pueblo español haya acabado interiorizando esa sensación de ilegalidad, incluso de culpabilidad, que le hace susceptible de ser dominado por el primer bruto más o menos violento que lo amenace verosímilmente con la intervención de los viejos poderes fácticos. Así, todavía es difícil de entender para un español de nuestros días que las creencias religiosas no vengan acompañadas del abuso de la fuerza, la tortura y la marginación. Es la pescadilla que se muerde la cola, porque esa misma represión ideológica es la que hace verosímil el fraudulento concepto de invasión-reconquista-expulsión, porque a la vista de la propia experiencia, ¿de qué otra manera pudo haberse establecido el Islam en al-Andalus sino del mismo y atroz modo que lo haría la iglesia nueve siglos más tarde?

El paso del Islam al cristianismo supuso para los españoles el paso de una sociedad socialmente avanzada de propietarios agrícolas y artesanos libres, que se autogobernaba por la elección pública de sus cadís, a la sumisión absoluta a una minoría feudal que, enarbolando el poder del estado teocrático medieval, gobierna junto a la Iglesia a un pueblo de siervos musulmanes.

Como diría acertadamente Américo Castro, "ser español consiste en intentar no ser musulmán". A nuestro pueblo, avergonzado por el peso abrumador del racismo religioso en los tribunales de pureza de sangre, las torturas de la Inquisición y el permanente appartheid académico y social, se le ilusionaría con la quimera de nuevos tesoros que extraer de los pueblos amerindios en la nueva aventura colonial de su Iglesia. Tan acostumbrado a la razón de la fuerza y olvidado ya el uso de la fuerza de la razón, el español acabará por no creer que fe o idea alguna pueda expandirse más que por el ejercicio de la violencia, y así hemos llegado, con la violencia como única fe, de contienda en contienda hasta la contienda final, que actualmente es una guerra en la vieja Babilonia, contra la opinión mayoritaria de todo un pueblo.

Dado el estado de las cosas, las premisas que han hecho de España el quijotesco país donde el pueblo es obligado a sacrificarse absurdamente y a regañadientes por ideales con los que no se siente en absoluto identificado, debemos reconocer que cuando hablamos de un "pueblo español" en verdad estamos ante un caso especial de enajenación mental que culmina intermitentemente en estallidos de cólera fraticida. Un país nacido de un largo litigio, donde la cerrazón inoculada en las mentes de los españoles desde su más tierna infancia impide a sus habitantes superar las barreras del miedo y de la programación ideológica y asomarse sin prejuicios a interesarse por sus más profundas y olvidadas raíces culturales y espirituales. Raíces que, de ser conocidas, nos llenarían de orgullo, equilibrio y satisfacción.

Algunos se felicitaban y habían dado por zanjada la cuestión del Islam en España apenas 350 años después del ignominioso decreto de expulsión de los moriscos. Sin embargo, con la nueva Constitución de 1978, aunque tímidamente, el Islam ha vuelto a introducirse en los hogares españoles.

Los musulmanes locales no tienen fácil convencer a otros de la luz que aportan a la sociedad, porque se reproduce entonces una recreación kármica de nuestro pasado reciente. Corre por nuestro subconsciente la idea de que una vuelta atrás a la diversidad de creencias nos devolvería problemas de convivencia ya resueltos. Craso error, procedente de nuestra programación ideológica, con el que se justifica el poco elegante capítulo de la expulsión y represalia de tan gran número de conciudadanos. Se nos quiere hacer creer que tan cruel genocidio se justificó por el logro de la paz y la cohesión sociales que era prioritario conseguir entre los españoles. Notable ejemplo de ceguera mental y de ofuscamiento científico, tan propio de nuestras élites gubernamentales: a nadie dotado de la más mínima capacidad de observación se le puede ocultar que la historia de la España exclusivamente católica no es sino la de una ininterrumpida contienda civil en la que se intenta a golpe de decretos, homogeneizar lenguas, ideas y creencias diversas.

Hablamos de la España invertebrada —molida a palos— que no sabe en realidad ni de donde viene ni a donde va. La más cruel demostración de que la imposición homogeneizadora de la religión católica en un país de raíces musulmanas ha sido un atrocidad vergonzosa sin ninguna utilidad práctica será sin lugar a dudas nuestra cruenta guerra civil de 1936-39, curiosamente bautizada por uno de los bandos como Santa Cruzada. En aquella ocasión, en el país donde se elaboran listas negras de los que no acuden a misa los domingos, mientras los encausados elaboran las de aquellos que acuden demasiado a menudo, para remitirlas cada bando por su lado a sus respectivos cuarteles generales, lucharía nuestro pueblo por los intereses de la plutocracia católica (Una, Grande y Libre) contra la emergente plutocracia de origen masónico y liberal (Liberté, Fraternité, Egalité). Afortunadamente para todos nosotros, esta nueva cruzada tan solo duraría 3 años.

Aunque actúa tradicionalmente por medio de terceros, la ideología que ataca el Islam en nuestro solar patrio viene promovida desde siempre por la voluntad exclusiva de la alta jerarquía eclesiástica, que no la del pueblo. Pocos se atreveran a negar que estos jerarcas célibes e ilustrados, en común unión con las grandes familias plutocráticas y su "brazo armado", son quienes "controlaron" desde tiempos inmemoriales nuestro querido país. Así nos lo recordaba recientemente el caso Gescartera y así será mientras Dios no lo impida y puedan disponer adecuadamente del control de la información, la justicia y de la finanza nacional.

Mientras tanto, nuestro pueblo, reducido a la charanga y la pandereta, sigue navegando en el vacío de una insustancialidad metafísica, ahora de procedencia norteamericana, que hunde sus raíces en la pérdida de una verdadera tradición espiritual. Al contrario de lo que es el sentir de la mayor parte de las voces oficialmente autorizadas, creemos que los interminables conflictos que, como las sucesivas capas de una gigantesca cebolla, emergen de nuestra España invertebrada, podrían tener una esperanza de solución si empezaran a abordarse con la inclusión en los análisis de la perpsectiva musulmana de nuestro país y de nuestra historia.

Como un miembro de la familia que ha sido permanentemente marginado, el Islam español posee la solución a muchos de nuestros más irresolubles conflictos, de nuestros eternos separatismos y de nuestra conflictividad permanente, del abuso del poder como de la manipulación e incumplimiento de los derechos de la población, así como de la perdida paulatina de nuestro vigor científico y espiritual.

Aunque suene sorprendente, abordar el Islam en la España actual es un asunto absolutamente esencial y preferencial, precisamente porque está ausente. Debe ser escuchado sin importar que en estos primeros 25 años de libertad religiosa todavía pocos españoles hayan retornado a su raíz original. Determinadas semillas necesitan de un largo tiempo bajo el frío y la oscuridad de la tierra antes de poder brotar esplendorosamente. Esto llevará tiempo la fe es semejante a un grano de mostaza que sin coacción se ama y no se impone pero es innegable que en España desde hace más de 1.400 años, la libertad religiosa tiene nombre propio y este no es otro que el de Islam. Y la libertad precisamente, en su más alta acepción, es el alimento del que se nutre todo reseñable logro social.

Los primeros musulmanes españoles, después de 350 años de represión absoluta, vinieron de la mano de la Constitución Española del 78 y de algunos maestros sufís con los que nadie contaba. Aquellos pioneros ingenuos fueron confundidos pronto por el dinero del Islam oficial y la falsa ortodoxia modernista proviniente de Arabia Saudita, apoyados por la llegada masiva y también inesperada de multitud de emigrantes norteafricanos, poco creyentes en su mayoría.

La llegada de una nueva oleada de musulmanes españoles no se ha producido aún, quizás por esta ingerencia extranjera, pero ha dado tiempo al establecimiento de las primeras tarîqas sufís, como la Alawiyah, la Naqshbandiyah, la Shadiliyah, la Nematullahi y la Qadiririyah, que han de llevar sus esfuerzos a un punto crítico en que se vislumbra el resurgir del Islam en al-Andalus para los próximos años. Con las únicas armas de nuestro a amor por la verdad y la justicia, confiamos con que Allah va a enviar nuevos emisarios a sus siervos para que florezca el Islam tradicional en al-Andalus, para defenderlo de los ataques de unos y de otros.

Que así sea.

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