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11-M, Claves de una Conspiración

11-M, Claves de una Conspiración Por Bruno Cardeñosa

26/07/2004 - Autor: Yusuf Fernández - Fuente: Webislam
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Yusuf Fernández
Yusuf Fernández

En los últimos años Bruno Cardeñosa se ha consolidado como uno de los mejores periodistas españoles en la rama de la investigación. Su libro "11-S: Crónica de una Infamia", en el que aportaba gran número de datos que echaban por tierra la versión oficial de los atentados y mostraba la complicidad de sectores del aparato político y de inteligencia de EEUU en ellos, fue un éxito de ventas, aunque recibió un eco mucho menor en los medios de publicidad controlados por el poder o adictos a él, en los que es muy difícil o imposible publicar algo que cuestione las verdades oficiales por muy justificado que esté.

Su reciente libro "11-M: Claves de una Conspiración" sigue estas mismas pautas. El autor maneja gran número de datos y testimonios de testigos y especialistas policiales y de inteligencia, lo cual le da al libro un rigor que se pone de manifiesto desde la primera página. Hay que poner de relieve también la honestidad e independencia del autor a la hora de analizar estos hechos y sacar conclusiones.

"11-M: Claves de una Conspiración" comienza situando los atentados del 11-M en su contexto histórico y recuerda como el 11-S en EEUU sirvió para que la Administración Bush pusiera en marcha dos planes: la invasión de Afganistán y la de Iraq. El libro señala como en julio de 2001, dos meses antes de la invasión, EEUU planteó en una reunión celebrada en Berlín un auténtico ultimátum a los talibanes afganos: o aceptaban el paso de oleoductos a través de su territorio para transportar el petróleo de Asia Central al mar -proyecto que había sido ya objeto de negociaciones entre los talibanes y la multinacional norteamericana UNOCAL- o serían atacados. Los afganos rechazaron esta amenaza por razones indeterminadas, pero creyendo sin duda que al carecer de una razón en que fundar el ataque, EEUU no se atrevería a cumplir su amenaza.

Curiosamente, dos meses más tarde el camino hacia la invasión de Afganistán y los recursos petrolíferos de Asia Central quedó despejado gracias a los ataques del 11-S.

Los ataques del 11-S también facilitaron la posterior invasión de Iraq, cuyos pozos de petróleo fueron objeto de estudio en unas reuniones mantenidas por el vicepresidente Dick Cheney con altos representantes de multinacionales norteamericanas en marzo de 2001 y de las que el gobierno de EEUU no ha querido publicar las actas. "Los más ilustres pensadores y críticos del momento -Noam Chomsky, John Pilger, Jaime Petras o el peculiar Michael Moore- vienen denunciando que el Gobierno de EEUU ha utilizado la excusa del terrorismo para ejecutar una serie de planes hasta el punto de que Bin Laden parece haberse convertido en este tiempo en una suerte de "aliado" para la Administración Bush". (pg. 33).

El libro destaca también los intentos del gobierno estadounidense para "reorientar el debate político hacia los asuntos de seguridad y terrorismo" (pg. 34), como demuestran las continuas alertas antiterroristas lanzadas dicho gobierno en los últimos meses, que han servido para mantener a la población norteamericana en un clima de temor y ansiedad. Cabe recordar aquí que el miedo ha sido siempre el pilar sobre el que los gobiernos tiránicos o autoritarios han basado su poder.

Precisamente esta faceta de "líder de un país en guerra contra el terrorismo" es la que da más votos al presidente de EEUU, George W. Bush, según manifestó el periodista Manuel Freytas en un reportaje, publicado tres días antes de los atentados del 11-M bajo el título de "La carta secreta de Bush para ganar en noviembre". En el libro que nos ocupa "11-M: Claves de una Conspiración" se recogen algunos párrafos de este artículo: "¿Qué podría impedir hoy que los Rumsfeld, Wolfowtiz y Feith, el corazón estratégico del lobby judío que hace negocios con Bush, implementen otra operación de acción psicológica terrorista que tenga a Bin Laden y a Al Qaida como protagonistas principales? ¿Quién podría acusarlos con pruebas ante la opinión pública internacional si los sectores de la CIA y de la comunidad de inteligencia que les responden hicieran estallar -por medio de sus grupos islámicos infiltrados- blancos estratégicos en las principales ciudades de Europa o -quizá- de Estados Unidos antes de las elecciones? ¿Qué tipo de razón moral, religiosa o social podría impedir que esta facción del capitalismo salvaje utilizara la herramienta de poder que tiene en sus manos para atemorizar de nuevo a la sociedad norteamericana y conseguir que Bush sea reelegido como presidente de la guerra por un nuevo período?".

Los republicanos de EEUU acusan a España de "capitular"

Esta estrategia del miedo se puso de nuevo de manifiesto con motivo del falso email enviado al periódico Al Quds al Arabi de Londres por un grupo denominado Abu Hafs el Masri, una de las presuntas células de Bin Laden, en el que se reivindicaba el atentado de Madrid. Más tarde, los expertos dictaminaron la falsedad de esta reivindicación, pero esto no evitó que responsables de EEUU e Israel la utilizaran para su beneficio. "(Este email) puede ser auténtico y significar una advertencia ante futuros ataques de Al Qaida contra EEUU", declaró Tom Ridge, secretario de Seguridad Nacional de EEUU. (p. 59). Estas alarmas "abonan el terreno para la multiplicación del presupuesto militar, la creación de un eficaz aparato de seguridad y la movilización del público estadounidense a favor de las conquistas imperiales con las armas", señala Jaime Petras, profesor emérito de la Universidad de Binghamton de Nueva York. "El atentado de Madrid mantenía vivo ese "ambiente", justo cuando la situación en Iraq se tornaba más complicada para los intereses estadounidenses". (p. 63).

En realidad, los atentados de Madrid tuvieron una amplia resonancia en EEUU. "Nunca un suceso ocurrido allende los mares había tenido tanta repercusión por estas tierras desde la Segunda Guerra Mundial", señala el periodista norteamericano Scott Corrales (p. 93). El mensaje de los republicanos pasó a ser, ignorando el hecho de que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había prometido retirar las tropas españolas de Iraq mucho antes de los atentados, que España "había capitulado" ante el terrorismo al votar en favor de la oposición socialista y echar del poder a Aznar. El mensaje para los electores norteamericanos estaba muy claro: Si Bush pierde las elecciones, eso significa que los terroristas habrán ganado.

Otro detalle interesante mencionado por el autor es que "el 23 de agosto de 2003, un satélite norteamericano fotografió con fruición la estación de Atocha y sus alrededores" (p. 42). El satélite en mención fue el Ikonos, cuyos equipos y gestión están vinculados al Ejército de EEUU. Otro satélite, el Quickbird, hizo lo propio el 8 de febrero de 2002. En una de las fotos, vistas por el autor, se apreciaba perfectamente el trazado de la línea C-1 de cercanías donde tuvieron lugar los atentados.

El libro menciona también cómo 24 horas antes de los atentados del 11-M, la OTAN realizó un ejercicio simulado, que consistía en un presunto ataque terrorista contra una central química en Holanda. Las casualidades no acaban ahí ya que la cifra de víctimas calculadas en el ataque simulado alcanzaba las 200, prácticamente el mismo numero que las de los atentados de Madrid (p. 44). El ejercicio simulado preveía a continuación una ocupación militar de Arabia Saudí -país del que procedían los presuntos terroristas atacantes-, en especial la parte oriental, donde se hallan los campos de petróleo.

Señuelos

Bruno Cardeñosa menciona en varios capítulos del libro la existencia de señuelos destinados a orientar la investigación en una determinada dirección, tal y como sucediera también en los atentados del 11-S. Según el periodista Fernando Múgica del diario español El Mundo, citado por el libro, "un investigador de la policía lo ha definido como el cuento de Pulgarcito, alguien que encuentra el camino porque previamente ha dejado las piedrecitas blancas que le indicaban el mismo". Resulta extraño en ambos casos que terroristas que planean atentados muy complejos con eficacia sean tan "olvidadizos" a la hora de dejar pistas.

Entre estas "piedrecitas" el autor cita una cinta con una grabación del Corán encontrada en la furgoneta de Alcalá de Henares abandonada por los terroristas, aspecto éste que recordaba lo ocurrido en el Aeropuerto de Boston, donde también se encontró una copia del Corán horas después de los atentados. (P. 85). Otras cintas halladas en la furgoneta de Alcalá contienen "canciones de un cantante saudí, cuyas letras son algo así como lecciones sobre el Islam", que se emplean para la iniciación en esta religión, lo cual no pega con la explicación de que los autores hubieran sido fundamentalistas. Tampoco tiene sentido que aparecieran explosivo y detonadores en la furgoneta de Alcalá, puesto que, según la versión oficial, los terroristas montaron las bombas en otro sitio. En este sentido, la presencia de dicho explosivo y de los detonadores sólo habrían servido para mostrar, de forma deliberada, una coincidencia con los que había en la misteriosa mochila de Vallecas.

Esta última mochila resulta particularmente reveladora, porque proporcionó las pistas que llevarían a la investigación a dirigirse en una determinada dirección y a practicar las primeras detenciones. El libro de Bruno Cardeñosa narra cómo esta mochila fue llevada desde la estación de El Pozo hasta el pabellón de IFEMA, el recinto ferial de Madrid, y de ahí a la comisaría de Vallecas. De creer la explicación oficial, la mochila estuvo así deambulando por Madrid durante 12 horas sin que a nadie se le ocurriera revisar su contenido, pese a que ya se sabía que las bombas de los trenes habían estado colocadas en mochilas y que los Técnicos de Desactivación de Explosivos hubieran desactivado ya dos o tres de ellas. El libro describe cómo las sucesivas explicaciones que se fueron ofreciendo a nivel oficial para justificar el hecho de que tal mochila no hubiera estallado fueron cayendo una tras otra. Primero se dijo que el teléfono móvil de la mochila, que iba a ser utilizado como detonador, había sido programado por error para las 7:39 de la tarde y no de la mañana, cuando, según los planes de los terroristas, la bomba debería haber explotado. Más tarde, se supo que el teléfono móvil no reflejaba las 7:39 pm, sino las 19:39, con lo cual esta explicación se vino abajo. Cardeñosa explica en el libro cómo las otras versiones oficiales acabaron siendo igualmente descartadas posteriormente por erróneas. "Un mes después de los atentados, se divulgó la verdad: el teléfono no estaba conectado al detonador, sino que estaba "suelto" dentro de la mochila. Es decir, aquella bomba no podría explotar. No era un auténtico mecanismo explosivo. Era -por tanto- falsa. Pero, y he aquí la sospecha, la "bomba falsa" dio pie a que se iniciara la investigación que a la postre permitió, por la simple comprobación del número del móvil, localizar y detener a los presuntos responsables de la matanza" (p. 75).

Algo parecido ocurrió con un video doméstico en el que se reivindicaba el atentado. Nuevamente, se deja junto a la mezquita más importante de Madrid (en lugar de cualquier otro sitio), lo cual ya busca vincular de alguna forma deliberada este atentado con el Islam. Al igual que sucede con el móvil, los códigos de identificación de la carcasa de la cinta permiten a las autoridades localizar la pista del establecimiento del que partió la cinta y practicar detenciones. (p. 65). "El autor de la reivindicación se hacía llamar Abu Dujan al Afgani y decía ser el responsable de Al Qaida en Europa: Y resulta extraño, porque ni Bin Laden ni los suyos utilizan en sus reivindicaciones el nombre de la red terrorista". Además, el citado Al Afgani resultaba un desconocido para las fuerzas de seguridad europeas.

De creer también la explicación oficial, cada activista debería de haber llevado en su espalda un mínimo de dos mochilas, que pesan más de 25 kilos. El autor se pregunta como a nadie le inquietó que un mínimo de seis personas entraran en los trenes con estas mochilas y las dejaran allí olvidadas sin llamar la atención de testigos, agentes de seguridad y cámaras de vigilancia. Las mochilas estaban colocadas al parecer siguiendo un cierto orden (p. 83). Todo esto hace pensar al investigador norteamericano Joe Vialls que los trenes podrían haber partido de sus estaciones al amanecer con las bombas ya conveniente colocadas (p. 84).

El libro explica también que "de la vigilancia previa a la que se supone estuvieron sometidas las rutas por parte de los terroristas, se deduce que fueron capaces de programar las bombas para que estallasen cuando los trenes estuvieran en un apeadero aprovechando así que gracias a la aglomeración de pasajeros que suben y bajan el daño fuera mayor" (p. 126). Sin embargo, los cuatro trenes afectados llevaban un retraso de algunos minutos ese día por lo que, según el libro, la eficacia registrada en la operación (todos los trenes explotaron en las estaciones) hace dudar que las explosiones estuvieran preprogramadas. El autor se inclina por la hipótesis de que las explosiones hubieran sido controladas a distancia (p. 128). Sin embargo, eso supondría la existencia de diez hombres perfectamente coordinados entre sí para hacer detonar las bombas o alguien que tuviera una visión de conjunto de los trenes, "y esto sólo se consigue mediante un avión, un satélite o un centro informático". (p. 129).

El autor demuestra también la existencia de movimientos extraños en las bolsas españolas en los días previos a los atentados. Tres días antes del 11-M las acciones de empresas hoteleras, aseguradoras y líneas aéreas comenzaron a sufrir importantes caídas sin razón aparente, tal y como había pasado en EEUU antes del 11-S. Cabe señalar, además, que gran parte de las operaciones bancarias sospechosas que tuvieron lugar en EEUU con anterioridad al 11-S fueron realizadas a través del Alex Jones, "un banco dirigido hasta 1998 por A. B. Buzzy Krongard, actual número tres de la CIA. Dicho banco mantiene sólidas relaciones con Carlyle, una entidad financiera de riesgo vinculada a la familia Bush". (p. 42).

¿Fue Atta el piloto de las Torres Gemelas?

Uno de los aspectos más interesantes del libro reside en sus revelaciones acerca de Iván Chirivella, el último instructor de vuelo de Mohammad Atta y Maruan al Shehhi, los dos pilotos que presuntamente se habrían estrellado con los Boeing contra las Torres Gemelas.

La declaración de Chirivella resulta muy reveladora. De los cincuenta alumnos que tuvo en el curso de pilotaje de avionetas, él situaba a ambos en los puestos 49 y 50. En este sentido, no considera posible que Atta y Al Shehhi pudieran "secuestrar, desviar de su ruta, burlar los sistemas informáticos de los propios aparatos, descender, enfilar su objetivo y maniobrar con pericia para dar con las Torres...". (p. 179). Chirivella ha manifestado también que dos horas después de los atentados recibió ya una visita del FBI, que quería hablar con él sobre Atta. ¿Cómo es posible que en este cortísimo espacio de tiempo, el FBI conociera ya la posible implicación de Atta, cuyo cuerpo habría quedado desintegrado de ir efectivamente en la cabina del Boeing que se estrelló contra una de las Torres, y supiera que Chirivella era su instructor? Esto probaría que Atta estuvo, en realidad, sometido a una estrecha vigilancia por los servicios de seguridad norteamericanos con anterioridad a los atentados. Cabe señalar que Chirivella no ha podido renovar su visado para continuar viviendo en EEUU. ¿Intentos de alejar a un testigo incómodo?.

El libro revela también que una treintena de pilotos comerciales y militares se reunieron a mediados de 2002 a puerta cerrada en un hotel de Lisboa durante 72 horas para discutir este tema. La conclusión de los expertos fue unánime: los secuestradores de la "versión oficial" no estaban en absoluto capacitados para ejecutar las maniobras que describieron los aviones". (p. 186). Otros expertos mencionados en el libro han llegado a esa misma conclusión.

Bruno Cardeñosa menciona también en el libro los problemas que han tenido otros dos profesores de vuelo norteamericanos de Atta. Cuando uno de ellos, Ruddy Dekkers, fue acusado en diciembre de 2002 de fraude relacionado con la gestión de su escuela de vuelo, la Huffman Aviation, pronunció una amenaza: "Abriré la caja de Pandora, si es necesario". Pocos días después, el 23 de enero de 2003, su helicóptero sufrió un misterioso accidente. Pese a que había cargado 28 galones de gasolina antes de despegar, el combustible se agotó y el artefacto cayó sobre el río Caloosahatchae, en Florida. Dekkers salvó milagrosamente su vida y un mes más tarde cerró la escuela de aviación. (p. 219). La caja de Pandora ya no sería abierta.

Otro caso similar le pasó a Arne Kruifhof, dueño de la Flight Training de Vecine, donde había estudiado Said al Jarrah, que presuntabamente pilotaba el avión que acabó estrellándose en Pennsylvania. Kruithof sufrió otro "accidente" a bordo de su avioneta. El combustible del aparato ardió convirtiendolo en una bola de fuego, pero aún así él fue capaz de salvar su vida. Casualmente este incidente tuvo lugar unos días antes de que Kruithof tuviera que declarar ante la comisión oficial que investigaba el 11-S, donde por supuesto no dijo nada que no estuviera inicialmente previsto.

El libro continúa haciendo un rastreo del paso de Atta por España y EEUU. Cabe subrayar que, a pesar de existir una orden de busca y captura policial contra él por un problema de tráfico, Atta pudo salir tranquilamente de EEUU sin que nadie le detuviera e incluso volver a entrar en el país a su regreso de Madrid sin un visado en regla, cosa que resulta prácticamente imposible para cualquier persona y mucho menos para alguien sobre el que pesara una orden de busca y captura (p. 215).

El relato sobre la vida de Atta en EEUU tampoco permite pensar en un fundamentalista islámico con deseos de inmolarse. Atta se va a vivir con una bailarina de streap tease, ingiere alcohol en cantidades masivas, toma drogas, come carne de cerdo... Cabe volver a recordar aquí la existencia de señuelos en la ya mencionada furgoneta de Boston: el Corán (por supuesto) y un manual de vuelo. Esto último despierta algunas dudas. ¿Acaso estaba Atta repasando sus apuntes de vuelo antes de coger el avión? A juzgar por la versión oficial, en la que Atta, un piloto incapaz que apenas podía pilotar una avioneta, se convierte en uno de los mejores expertos del mundo en pilotaje de Boeings, capaz de realizar complicadas maniobras en un avión muy complejo, parecería superfluo que tuviera que dar una miradita al manual antes de volar. Sin embargo, este manual, cuya presencia en la furgoneta no parecía tener una explicación lógica -al igual que sucede con el explosivo y los detonadores de la furgoneta de Alcalá de Henares-, sí resultaba útil para reforzar la idea de que los secuestradores eran estudiantes de academias de vuelo. ¿Y qué decir del pasaporte de Atta, que fue encontrado a unos centenares de metros de una de las Torres?. A todo esto hay que añadir además que ni el nombre de Atta ni el de los otros presuntos secuestradores aparecen en las listas de pasajeros de los aviones destruidos. Tampoco se han dado a conocer imágenes de las cámaras del aeropuerto que les muestren subiendo a esos aviones. Sobran los comentarios.

Todos estos hechos vienen ampliamente detallados en el libro junto con muchos más, que no es posible mencionar aquí por su extensión. El autor hace un recorrido por las conexiones entre los supuestos activistas de Al Qaida y el aparato de inteligencia norteamericano, la implicación financiera de la familia Bush y el grupo Carlyle con la familia de Bin Laden, las consecuencias del 11-M en Marruecos y en las relaciones políticas y económicas del Reino alauí con EEUU, el misterio que se esconde detrás del supuesto suicidio de los miembros del comando terrorista del 11-M en Leganés, el intento de borrar pistas que supuso la profanación del cadáver del policía muerto en la explosión de Leganés, la falta de pruebas sustanciales contra los detenidos en España por su presunta pertenencia a Al Qaida y muchos más temas. En suma, un libro imprescindible para todos aquellos que desean conocer la verdad, más allá de las mentiras o semiverdades oficiales, sobre los atentados del 11- S y 11-M y las fuerzas e intereses que se ocultan detrás de ellos.

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