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El islam descristianizado (3)

Creyentes que no creen en nada.

13/07/2004 - Autor: Seyyed az-Zahirí
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Portada de Islam para ateos, de Abdelmumin Aya
Portada de Islam para ateos, de Abdelmumin Aya

"No es una creencia"

La frase "el îmân no es la fe", viene acompañada por otra negación: "un mu’min no es un creyente", como una coletilla. Hafsawi argumenta contra lo absurdo de "creer en Al-lâh", desde el momento en que Al-lâh se nos presenta como lo Único verdaderamente real, la Realidad en si misma, en todas sus dimensiones, inabarcables para el hombre.

Según el Diccionario Ideológico de la Lengua Castellana, la palabra creer significa: "dar por cierta una cosa que no está demostrada o comprobada". Esto no se corresponde con lo que siente el mu’mîn, para quien no hay cosa más comprobable y verificable que la Realidad, aquí y ahora. Cualquier otra pretensión parece absurda. La palabra îmân, ya lo hemos visto, nos remite a la actitud o predisposición que tiene el mu’min ante esta Realidad, no a una admisión de ninguna doctrina o a la aceptación de dogmas. Tal y como dice el filósofo, solo se nos pide creer aquello que es increíble, no en aquello que podemos experimentar, sentir o imaginar. Si se puede experimentar debe exigirse la realización de esa experiencia. En el caso de que se nos exija creer, se impone la sospecha.

Esto nos recuerda el testimonio de Rainer Maria Rilke. En una hermosa carta donde da cuenta de su descubrimiento del islam, Rilke afirma que "no es una creencia":

Religión es algo absolutamente sencillo, simple. No es un conocimiento, ni un sentimiento; no es una obligación ni tampoco una renuncia; no es una limitación, sino que es en la perfecta extensión del universo una tendencia del corazón 1. Cuando el árabe, a determinadas horas, se dirige hacia el Este y se postra, eso es Religión. No es una creencia. No tiene una oposición. Es un natural impulso de la vida que el soplo de Dios acaricia tres veces al día. En este momento es cuando somos flexibles 2.

Uno de los Nombres de Al-lâh es az-Zahîr, el Evidente, el Manifiesto, Aquel ante el cual no hay ningún velo, que está expuesto de un modo inmediato en las cosas. En lo Evidente nadie cree, no es necesario "dar por cierta una cosa que no está demostrada", porque sí está comprobado 3. Lo que comprobamos a diario es que estamos sometidos a unas determinadas condiciones, anteriores a nosotros mismos. A través de nuestra razón vemos que todo está regido por ciclos, oposiciones y tensiones. Lo que nos envuelve posee un dinamismo inabarcable. Vida, muerte, resurrección de las presencias. Sabemos que existe una matriz universal que no cesa de generar vida en la vida, y sentimos nuestra pertenencia a ese todo animado que nos mece, que nos crea y destruye a cada paso. ¿Es eso una creencia?

Ya hemos visto por el estudio de la familia hamça-mîm-nûn que el îmân tiene que ver con "estar en seguridad", "sentirse en confianza", y esto no se parece mucho a "creer" o "no creer". Así pues, aceptamos de entrada que el mu’min no es un creyente, en el sentido en el que no tiene que someterse a algo que otros le han dicho, pero que no puede (re-)conocer por si mismo. Remitiéndonos a la traducción de îmân como confianza, un mu’min sería un "confiante", alguien que confía en Al-lâh o se confía a Al-lâh. Aquí se comprenden las traducciones de Abderrahmán Hafsawi. Según nos dice, la actitud del mu’min es la de incesante apertura:

...el mu’min, el que ha abierto su corazón a lo infinito...

El mu’min ha descubierto su sujeción a la Verdad, su indisoluble lazo con la Realidad que lo hace ser.

...el mu’min dotado de una sensibilidad espiritual activa...

La apertura hacia Al-lâh tiene que ver con la confianza en Él. Quien se confía se abre, se entrega, y se hace "esponjoso" a esa Realidad, de otro modo inabarcable. Ya hemos visto que Hafsawi calificaba el îmân como

La ‘capacidad’ del corazón y su ‘actividad’: es su carácter abismal, sus honduras, y es sensibilidad, su esponjosidad ante lo que le viene de Al-lâh, su Señor Verdadero.

El mûmin es, por tanto, el que se entrega, el que abre su corazón, el que se confía, el que deposita todas sus esperanzas y deseos en Al-lâh, el que tiene sensibilidad hacia lo infinito. Claro que estas "bellas" definiciones no quitan otra más "formal":

Formalmente, en el Islam se suele definir el îmân como declaración verbal de estar interiormente abierto hacia Al-lâh, y actuar en consonancia con las descripciones del Profeta.

Aquí, la esponjosidad, apertura de corazón, sensibilidad espiritual, receptividad, etc. consisten en seguir las leyes del islam. Nos movemos sin dificultad de un plano a otro, de la haqiqa a la sharia, de la verdad interior a la observancia de la ley. No en vano, de la adecuación entre la una y la otra dimensión depende en buena medida la autenticidad de nuestro islam. Es el lado concreto del sometimiento:

El seguimiento estricto de las enseñanzas es el gran reto que pone en entredicho la sinceridad del que se dice creyente 4. Con ello salimos del feo vicio de la fe al espacio amplio del îmân, la Apertura Real hacia Al-lâh.

Así pues, esta confianza absoluta en Al-lâh nos conduce a seguir las leyes que ha revelado a través de sus profetas, que la paz sea con ellos.

Los pilares del îmân

La obra de Hafsawi tiene la virtud de remitirnos al Qur’án y a los hadices del Profeta Muhámmad (saws). Existe un conocido hadiz donde el Profeta dice que los pilares de esta confianza (arkân al-îmân) son: confianza en Al-lâh, en los ángeles, en los Libros Revelados, en los Profetas, en la Resurrección y en el Destino. Estos son los seis pilares del îmân, su contenido concreto.

Tal vez este hadiz nos ayude a comprender el porque mu’min suele ser traducida como creyente. En efecto: si bien los musulmanes podemos afirmar que Al-lâh, los ángeles, los Libros Revelados, los Profetas, la Resurrección y el Destino son cosas evidentes en si mismas, y no implican por tanto la necesidad de una creencia, esto puede no ser algo tan evidente para muchos arabistas. De ahí que se traduzca "el îmân hacia los ángeles" como "la creencia en los ángeles" y no "la confianza en los ángeles" o "la apertura hacia los ángeles". Del mismo modo, puedo decir que no creo en el Destino (qadar), sino que me entrego plenamente a aquello que Al-lâh ha decretado para mí. Puedo decir que no creo en la Resurrección (qiyama) sino que me confío a ella. Pero, si "el îmân no es creer en misterios que repugnan a la razón", es obligado preguntarse: ¿es la Resurrección un objeto de razón, tal y como Hafsawi lo pretende?

El problema de Hafsawi con la fe es el siguiente: la fe se le presenta como algo contrario a la razón, como la exigencia planteada por la Iglesia de creer en unos misterios y doctrinas que no se pueden comprender, tales como "la santísima trinidad", "el misterio de la eucaristía" y "la divinidad de Jesús":

La ‘fe’, en su significación más genuina, es simplemente la afirmación de que lo ‘absurdo’, lo ‘inaceptable’, es ‘real’ y ‘admisible’, como decir que tres y uno son lo mismo, o que Dios —lo Infinito y Absoluto— encarnó en un hombre —finito y transitorio—, o que se instala en una ostia, o que Dios necesita un representante, la Iglesia. Hay que tener ‘fe’ para tragarse eso, de ahí que la ‘fe’ y la ‘razón’ sean irreconciliables.

Por el contrario, el îmân no es algo contrario a la razón:

Al-lâh no es un absurdo. La humanidad entera lo intuye, lo presiente, y explica la existencia como resultado de un Poder Absoluto origen de todas las cosas. Los musulmanes sabemos que ese Poder, para haber creado, tiene que ser radicalmente distinto de lo creado, es impensable porque carece de límites, y es inabarcable porque escapa a todas las medidas. Se trata de algo ‘lógico’ y no violenta para nada la ‘razón’, no es contrario a lo ‘deducible’ por medios naturales. (...)

El îmân, en árabe, es la facultad que tiene el corazón para saber. El corazón (Qalb) es, en este contexto, el órgano de percepción. Sin problema, podemos entender que se trata de la inteligencia, la razón, el sentido común, etc. (...)

Con la expresión ‘el hombre sabe a través del corazón’ queremos decir que aprehende con lo esencial de sí cosas que a su vez son esenciales, y ese modo de saber no choca con la razón sino que es su trasfondo, su plenitud.

Una y otra vez, se esfuerza en hacernos comprender que el îmân no es contrario a la razón, que en realidad es una cosa muy sensata abrirse a Al-lâh, a sus ángeles, a sus mensajeros, a sus libros revelados, al destino y al alzamiento tras la muerte. Sin embargo:¿es posible conjugar este "rechazo racionalista de la fe" con la "confianza en los ángeles y en el Día del Juicio"? El propio Hafsawi se da cuenta de que estos inconvenientes serán planteados:

Pero, el Creador, sus ángeles, profetas, libros revelados, el tema de la Resurrección y el Destino, ¿no exigen actos de fe? ¿No acepta el musulmán, sin más, esos temas indemostrables? Afirmar esto último sólo demuestra desconocimiento de cómo son planteadas esas cuestiones dentro del islam, pero este artículo no puede ser lugar para esas largas exposiciones.

Bien mirado, también un católico comprometido tiene derecho a afirmar que la trinidad, la eucaristía y la divinidad de Jesús no son absurdos en los que tiene que creer. Puede decirnos que son realidades que él comprueba a diario, contenidos de una experiencia espiritual concreta, y que no son en absoluto contrarios a una "recta razón". De hecho, numerosos católicos se han declarado racionalistas a lo largo de los siglos. La propia doctrina de la Iglesia afirma que sus dogmas se presentan como misterios para el no-iniciado 5, pero que pueden ser objetos de razón para el teólogo convenientemente preparado. De hecho, la idea de que cualquiera de los dogmas de fe del catolicismo pueda ser contrario a la razón es contraria a la doctrina de la Iglesia. Pretender que al católico se le pide creer cosas absurdas e irracionales no es más que un insulto gratuito.

También el hindú tiene derecho a decir que la reencarnación no es una creencia sino un hecho racional, que él tiene contacto con sus antepasados y recuerdos de sus vidas anteriores, cuando fue buey en una isla japonesa. Puede hablar de que todas sus creencias se engarzan las unas a las otras en una cadena lógica y autosubsistente. Puede incluso invocar en favor de la cientificidad de sus creencias la idea de que "la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma", aceptada como axioma.

Lo que no es de recibo es considerar las propias creencias como muy sensatas y las de los demás como cosas sin sentido. Más bien, se trata de comprender que cada uno tiene su forma de penetrar en el misterio, en una Realidad inabarcable.

Racionalizando lo invisible

En su artículo sobre "la Resurrección", Hafsawi termina abordando este conflicto, para eludirlo mediante el método poco elegante de atacar el cristianismo:

¿Debemos creer en la Resurrección? Realmente, esto es lo que está en el fondo de todos los planteamientos. El cristianismo ha reducido la cuestión a un tema ofrecido a la credulidad. Y ya nadie es capaz de otra cosa en Occidente 6. O se acepta o se niega, y nada más. Pero la actitud del musulmán es muy distinta. El musulmán no tiene "fe", jamás. Por un lado, lo que vale para él es la autenticidad de la transmisión de una noticia y su fuente. Si la fuente es Al-lâh y la noticia le ha llegado convenientemente, acepta su contenido en la lógica de esta sucesión de ideas.

Nos encontramos con una "lógica interna", sin duda aplastante. No es que los musulmanes crean en la Resurrección, es que se han abierto a Al-lâh y a sus Libros revelados, lo cual es una actitud muy lógica. Dado que el Qur’án habla de la Resurrección, debemos aceptarla, en base a la autoridad que concedemos al Qur’án como Palabra revelada. Lo que vale es la "autenticidad de la transmisión", la fidelidad (que no fe) a la noticia (el Qur’án) y su fuente (el Profeta). Pero, claro, esto no es "aceptar ciegamente algo contrario a la razón", sino una sucesión de ideas lógicamente trabadas entre si.

También Abdelmumin Aya piensa que el islam es racional y el cristianismo completamente irracional:

El dîn del Islam, que no gusta de concesiones a lo irracional...

El musulmán se prohíbe el miedo a lo irracional...

El îmân es, por tanto, una actitud del musulmán de estar entregado en lo que intuye como su Señor, con cuya actitud logra sentirse protegido y seguro. Tan sólo esto. Nada que ver con la fe, cimentada en una serie de dogmas que carecen de racionalidad alguna.

El îmân no tiene nada que ver con irracionalidad alguna. Hasta el punto de que los musulmanes debemos "aliarnos con los materialistas y ateos" para acabar con "la irracionalidad de la fe predicada por la Iglesia Católica". De hecho, los ateos son presentados en el Islam para ateos como precursores del islam en occidente:

Si no fuera por la lucha de materialistas y ateos contra la irracionalidad de la fe predicada por la Iglesia Católica, ahora, la mayor parte de los conversos europeos al Islam no seríamos musulmanes.

Ser musulmán hoy exige entender la radical conexión que hay entre el Islam y las intuiciones anteriores de ésos que se enfrentaron a la autoridad y a la irracionalidad.

Esta pretensión de racionalidad puede llevarnos a un galimatías cuando trata de explicar lo que son los ÿinnes (genios, seres invisibles), los shayâtîn (diablos) y los malâ’ika (ángeles). Dado que las traducciones habituales (que hemos puesto entre paréntesis) le parecen a Abdelmumin Aya "una concesión a la irracionalidad que hace un flaco favor al islam", se presta a explicarlos como parte del entendimiento y apertura que el musulmán tiene de su entorno.

De hecho, todo el Islam para ateos trata de demostrar que el islam no implica "fe en absurdos" ni "concesiones a lo irracional". Basta mirar el índice para darse cuenta de la importancia que tiene esto para Abdelmumin Aya. Estos son algunos de los capítulos del libro:

19. La crítica de los diablos realizada por el musulmán
20. La crítica de los ángeles realizada por el musulmán
22. La crítica de los milagros realizada por el musulmán
26. El musulmán que no cree en el alma
27. El musulmán que no cree en "la otra vida"
28. El musulmán que no cree en el Cielo ni el Infierno
30. El musulmán que no cree en la Resurrección

Así, sin diablos, más allá, pecado, revelación, cielo e infierno, ángeles, alma, milagros, fe, resurrección o Dios, nadie puede ponerle pegas al islam como un camino espiritual completamente racionalizado. Cuando Abdelmumin se enfrenta al hecho de que...

...pocas tierras están más plagadas de curanderos, talismanes, fórmulas mágicas contra el desamor, aojamientos, como las tierras del Islam...

...lo soluciona con una frase magistral, que se parece mucho a un juego de prestidigitación:

La función de la magia es reblandecer las categorías de lo racional.

Así pues, la función de la magia evitar que un racionalismo demasiado rígido como para no dejar cabida a unos pocos genios y seres invisibles, a unos talismanes y conjuros que no hacen ningún mal, que le dan colorido al islam sobre la tierra.

Una y otra vez trata de expresar el mundo de "lo oculto" mediante fórmulas que lo alejen de una concepción demasiado infantil: "Los malâ’ika no son ángeles, no son personajes de mitología que el dogma nos obligue a aceptar sino que son la urdimbre del Ser Humano", y los diablos (perdón, los shayâtîn) son "las manifestaciones destructivas concretas que pueblan nuestra cotidianidad". En todo caso, no tienen nada que ver con los ángeles y los diablos de la cristiandad occidental, que son seres absurdos y completamente irracionales (serán cosas de esta parte del planeta).

Creer o no creer

En aras del sentido común, creo que una reflexión seria se impone. Y acabo de utilizar la palabra "creo", con lo cual se supone que soy una persona crédula y malsana, que estoy aceptando dogmas y doctrinas. Porque, ¿qué significa "creer"? Una vez más, nos remitimos al Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española de la Lengua:

Creer. Tener por cierta una cosa que el entendimiento no alcanza o que no está comprobada o demostrada. // 2. Dar firme asenso a las verdades reveladas por Dios y propuestas por la Iglesia. // 3. Pensar, juzgar, sospechar una cosa o estar persuadido de ella. // 4. Tener una cosa por verosímil o probable.

También la palabra "creencia" puede iluminarnos al respecto:

Creencia. Firme asentimiento y conformidad con alguna cosa. // 2. Completo crédito que se presta a un hecho o noticia como seguros o ciertos.

De estas acepciones, hay algunas que están en desacuerdo con nuestra idea de lo que es el îmân, o con la experiencia de esa apertura a Al-lâh, sus ángeles, sus Libros, Sus enviados, con la Resurrección y el Destino decretado. Sin embargo, hay otras acepciones que no están para nada en desacuerdo, sino que parecen una opción de traducción sensata, según como se mire 7.

Puede tener algún sentido decir que un "mu’min no es un creyente", en el sentido de alguien que acepta cosas que repugnan a su razón, tan solo porque las dice una autoproclamada autoridad espiritual. En todo caso, no es falso decir que los musulmanes creemos que Muhámmad (saws) es un Mensajero de Al-lâh; que creemos que los Libros revelados son Palabra de Al-lâh; que creemos en la existencia de los ángeles; que creemos que el Destino de cada criatura es trazado por Al-lâh, y que solo Al-lâh puede cambiarlo; que creemos que tras la muerte viene la Resurrección, el Alzamiento, sea esto lo que sea...

En todos estos casos, la palabra activa "creemos" es sinónima de opinamos, entendemos, profesamos: una afirmación de nuestras convicciones más profundas. No tiene la connotación eclesiástica que Hafsawi y Abdelmumin Aya dan al hecho de creer. El filósofo cree en la filosofía: en su utilidad, en la necesidad de un pensamiento que guíe o ilumine. El poeta cree que la palabra poética abre cauces hacia la Realidad, más allá del pensamiento discursivo. En realidad, creer no implica necesariamente una actitud irracional, sino confianza en la potencia y validez de algo.

Una vez más, vemos como la lengua castellana, de una gran polisemia, hace burla de nuestros eruditos. Paradojas del lenguaje, de las múltiples significaciones que cada palabra adquiere: el propio Abdelmumin Aya no tiene reparos en usar la palabra "creo" de una forma positiva: "Así que debo iniciar mi camino espiritual con mi cuerpo, si un cuerpo es lo que creo honestamente que soy" dice en su Islam para ateos 8. Claro, eso es lo que él cree, que es un cuerpo.

Al principio de su libro, Abdelmumin escribe: "somos creyentes que no creemos en nada". Con esta hermosa paradoja, pensamos que queda expresado el salto mortal de un creyente que rechaza el irracionalismo de las creencias... ajenas, y que trata de hacer pasar las suyas por cosas muy sensatas. En el Islam para ateos expone claramente su programa.

Por ahora contentémonos con que nuestra "creencia" sea depurada de caprichos teológicos e irracionalidad con envoltura de sabiduría.

En realidad, no nos dice que un mu’min no sea un creyente, sino un "creyente desnudo" 9 de dogmas, de teologías y doctrina, un creyente que ha llevado el islam hasta sus últimas consecuencias, no aceptando otra Realidad que Al-lâh:

El creyente desnudo, el mu’min desnudo, es un hombre que no usa a Allâh, que lo reconoce porque no puede negarlo en la realidad que lo rodea y en su propia realidad, y de ese reconocimiento deriva su resistencia a ejercer la autoridad o aceptar el poder de nadie sobre él. El creyente desnudo —el que ha llevado el Islam hasta sus últimas consecuencias— no acepta autoridades ni jerarquías.

Razón y Misterio

Estamos viendo que el problema de nuestros eruditos tiene que ver con "la razón", con no sobrepasar sus límites, con no caer en lo que se juzga como "una fe irracional". La pretensión de que el islam no es una religión, de que el îmân no es la fe y el mu’min no es un creyente, viene envuelta en la consideración de que el islam no es algo contrario a la razón. ¿Cómo podría ser así, si el Qur’án una y otra vez nos llama a utilizar nuestra razón, a aplicar nuestra inteligencia en la comprensión del mundo?

En su tafsir, comentario de la surat al-asr, Hafsawi escribe:

El îmân no es fe que admite misterios, sino esponjosidad que descubre e integra en sí lo profundo, lo desconcertante, lo irrepresentable, que sin embargo se revela al hombre en los espacios más desconocidos de su propio ser 10.

El îmân "no es fe que admite misterios". Pero, ¿qué es "el misterio" sino "lo profundo, lo desconcertante, lo irrepresentable, que sin embargo se revela al hombre en los espacios más desconocidos de su propio ser"? Esta es una buena definición de "misterio", formalmente hablando. Volvemos al Diccionario de Julio Casares:

Misterio: Arcano o cosa secreta en cualquier religión // En la religión cristiana, cosa incomprensible que debe ser objeto de fe. // Cualquier cosa muy recóndita, que no se puede comprender o explicar.

De estas tres acepciones, nuevamente, algunas corresponden a la doctrina de la Iglesia, y otra al propio significado que la palabra "misterio" ha adquirido. Una palabra que ha realizado un largo viaje, de la miseria a la mística, pasando por la misericordia.

El propio Hafsawi valora muy positivamente esta palabra. En su comentario a la surat 112, al-ijlas, escribe:

Todo lo real evidencia a la Suprema Realidad, la traduce bajo un sin fin de formas distintas. Lo verdadero es el Misterio que no deja de traslucirse...

El Misterio, en mayúsculas, se refiere a Al-lâh. De hecho, define a Al-lâh en uno de sus aspectos: la ulûhía, la absoluta trascendencia de Al-lâh. En su tafsir de la surat 105, al-fil, Abderrahman traduce la palabra ulûhía, como "el carácter misterioso e insondable de Al-lâh", cuya enigmática Presencia está simbolizada por la Kaaba, símbolo al mismo tiempo del corazón del mu’min, capaz de dar cabida a ese misterio.

Para los árabes, aunque idólatras y dispersos, el misterio indescifrable de la Kaaba estaba presente. (...) Esto hace de la Casa algo misterioso en el que simbólica pero eficazmente reside un secreto indescifrable: la Ulûhía, el carácter enigmático, una profundidad insondable y doblegadora, un abismo perturbador, de Al-lâh. (...) El corazón es la Presencia indefinible, ambigua, misteriosa y eficaz de Al-lâh.

En el comentario a la surat 109, al-kâfirûn, insiste en el calificativo:

Los kufar reconocían la Ulûhía de Al-lâh, su carácter profundo, su realidad trascendente, su misterio.

En otro lugar expresa la paradoja de la Presencia de Al-lâh de la siguiente manera:

Al-lâh es un secreto elocuente, un misterio claro, un enigma claro.

Lo cual no es sino una "expresión poética", mediante la que se trata de decir lo inefable de una Presencia que es al mismo tiempo anterior y posterior a todo. En su tafsir a la surat al-Qamar, escribe:

Sería fácil aprovechar este lenguaje coránico para hacerse preguntas acerca del libre albedrío o la justicia divina en el Islam, pero sería perder la oportunidad que ofrece la magia de un texto que lo reconduce todo a un corazón central en el que todo queda resuelto en el misterio.

Así pues, el propio texto del Qur’án es mágico y"todo lo resuelve en el misterio". Como vemos, la palabra "misterio" solo aparece connotada negativamente cuando de trata de mostrar que el îmân no tiene nada que ver con la fe, ni con la aceptación de misterios. A pesar de lo cual, en ocasiones la palabra îmân y misterio aparecen claramente relacionadas entre si:

La Sunna describe casi siempre el îmân como "actos", lo que a primera vista parece contradictorio 11, pero lo parece a quien no comprende el significado exacto de la palabra îmân: si la interpretamos en el sentido de fe, creencia o doctrina, entonces tendríamos que señalar sus contenidos teóricos, pero ello no es propio de su verdadera esencia. Es cierto que puede hablarse de Al-lâh, pero cualquier discurso musulmán sobre esos temas no trasgrede jamás los límites de lo aceptable racionalmente o sus derivaciones lógicas con idea de hacer práctico ese discurso; su función no es nunca desvelar el misterio.

Así pues, el discurso islámico no va más allá de la razón en sus planteamientos de estos temas, porque la función del îmân no es la de desvelar el misterio. Extraña afirmación procedente de alguien que ha escrito que la fe es abominable, por ser "una virtud cardinal cristiana que consiste, ante todo, en la admisión de un misterio....". En realidad, lo que sucede es que está tratando de negar que el îmân sea una cuestión teórica, y en ese momento recurre al misterio para defender su tesis.

Si no es una doctrina, es un misterio. Si no es fe, no es un misterio. Los musulmanes no aceptamos misterios, pero Al-lâh es un misterio claro...

La arbitrariedad de estas expresiones significa que Abderrahman busca a cada paso las palabras para expresar sus propias convicciones, y que estas se hallan fuertemente impregnadas del rechazo a ciertas "ideés reçues", a ciertos pre-juicios de los cuales su pensamiento no logra despegarse. Este rechazo tiene como base la utilización de unas determinadas palabras para explicar la doctrina de la Iglesia, una doctrina que nuestros autores aborrecen 12.

Se trata, en definitiva, de un problema de lenguaje, del rechazo de nuestros autores a toda una terminología que les parece gastada, "contaminada por el cristianismo". Este será el tema de nuestro próximo capítulo, in sha Al-lâh: el árabe como lengua litúrgica del islam.

Epílogo: ¿qué, pues, el îmân?

La palabra îmân es el másdar o nombre de acción del verbo âmana-yûmin, que significa estar en paz, sentir seguridad. Nos remite a la trilítera hamça-mîm-nûn, que tiene sus equivalentes castellanos en la familia semántica "fe-confianza-seguridad-fidelidad-depósito-feligrés-fianza".

La traducción fe parece inapropiada por dos motivos: 1) La palabra fe es un nombre y no una acción. 2) Teniendo en cuenta las acepciones ambiguas de la palabra fe en castellano, tal y como son recogidas por los diccionarios, es comprensible que se rechace la traducción de îmân por fe.

Sin embargo, no existe ninguna razón objetiva para rechazar el hecho de que la fe tenga algo que ver con el îmân, y mucho menos para justificar ningún tipo de "agresividad contra la fe" en nombre del îmân. Si acudimos a la raíz hamça-mîm-nûn, hallamos una semejanza con algunas de las acepciones de la palabra fe en castellano: estar en confianza, dar testimonio, etc.

La palabra îmân es un másdar o nombre de acción. El îmân no es algo que se tiene, sino algo que se hace. Abrirse a Al-lâh, confiar en Él y en el carácter enteramente necesario de Su mandato, de todo aquello que nos rodea y nos sucede. En concreto, es apertura de corazón y confianza en Al-lâh, Sus ángeles, Sus mensajeros, Sus libros revelados, el destino y la resurrección.

Aunque la traducción "confiar" parece la más acertada, su sentido es limitado para lo que el îmân supone de vertiginoso. Por ello, existen multitud de acepciones líricas que expresan el îmân en castellano: apertura de corazón, sensibilidad espiritual, esponjosidad, receptividad a lo sagrado, etc. Todo aquello que dice o expresa la ruptura con lo mundano y el abrirse a lo infinito, tiene que ver con el îmân.

Se trata de abismarse en el Misterio insondable de una Realidad al mismo tiempo Presente e Inalcanzable, que se comunica con las criaturas a través de los llamados pilares del îmân: Al-lâh, los ángeles, los Libros Revelados, los Profetas, la Resurrección y el Destino. Puntos de unión entre lo Trascendente y lo Inmanente. Lo lejano se nos hace cercano a través de la súbita revelación de Al-lâh, una revelación que captamos mediante la suma atención y apertura a los signos con los que Al-lâh se manifiesta.

El îmân es plena confianza ante lo desconocido, una actitud y una actividad que permite que eso desconocido se revele, que la Revelación sea un fruto para los que se confían, que no limitan su saber a lo sabido, sino que hacen de su saber un recipiente para lo desconocido. En ese sentido es receptividad. Es esponjosidad porque aquello hacia lo que nos abrimos no es frío ni abstracto, sino que nos penetra y nos permea.

El îmân es plena entrega ante una Realidad inabarcable, y por tanto misteriosa. Entrega tanto a lo desconocido como a lo conocido, de la razón y de la sinrazón, de la inteligencia y de la locura. "Si no estás loco no eres de los nuestros", dice el poeta. Pero una voz añade: "si no estás cuerdo no entras en el juego". Razón y sinrazón no son razones suficientes ante Al-lâh. Toda pretensión de dominio sobre nuestra mente y nuestro cuerpo nos limita, así como toda dejadez nos paraliza.

Notas
1 El imân.
2 R.M.Rilke, Carta del 28-12-1921.
3 Si por comprobar nos referimos a "científicamente", habría que meterse en una ardua discusión sobre lo que es científico y lo que no lo es. Sobre eso no hay consenso ni entre los científicos ni entre los filósofos de la ciencia, pero no se trata de es.
4 Nótese que aquí se habla de "la sinceridad del creyente"… parece que Hafsawi no es tan riguroso en sus investigaciones como se propone.
5 El feligrés, el que es invitado a los sacramentos sin otro modo que la fe.
6 Notar, de paso, que se refiere al musulmán como no-occidental, en el más puro estilo orientalista.
7 En todo caso, no parecen justificar una visión tan agresiva contra la "creencia".
8 Aunque en su glosario figura la palabra creyente como una "traducción desnaturalizada" de mu’min, en esta obra Abdelmumin se refiere constantemente al musulmán como ‘creyente’.
9 Título de otro libro de Abdelmumin Aya.
10 En el capítulo siguiente, veremos lo incoherente que resulta esta referencia al "ser" dentro del contexto del "islam descristianizado".
11 Existe una aparente contradicción entre la expresión poética del îmân que Hafsawi nos ofrece y el hecho de que esta "esponjosidad y apertura" (lo más etéreo) consistan en aceptar unas determinadas prácticas (lo más concreto).
12.Hemos observado que cuando se trata de comentarios coránicos, la actitud de Hafsawi es totalmente diferente que cuando se trata de reaccionar ante "el islam cristianizado". La Palabra de Al-lâh no permite ser mediatizada por prejuicios de ninguna clase, no admite actitudes reactivas, por el simple hecho de que es pura positividad, absoluta afirmación de la existencia.
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