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En torno a la presencia del Islam en España

24/06/2004 - Autor: Borja Bergareche - Fuente: El Diario Vasco
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Borja Bergareche
Borja Bergareche

Los atentados del 11 de marzo en Madrid han desempolvado de la manera más brutal una vieja cuestión pendiente en España: nuestras relaciones con el mundo islámico y el papel que otorgamos a los musulmanes en la definición de nuestra propia identidad. Las palabras del ministro de Interior alusivas a la necesidad de reforzar los mecanismos de información y control sobre las mezquitas y los imanes fueron desafortunadas en la forma, pero supusieron una acertada llamada de atención sobre una primera cuestión fundamental: la total falta de mecanismos de información sobre las actividades de mezquitas e imanes en España, y la ineficacia e insuficiencia de los mecanismos de diálogo entre el Estado y las comunidades islámicas españolas. Arrastramos siglos de desinterés y desconocimiento del Islam y, como en tantas otras cosas, España llega tarde a debates que se producen desde hace tiempo en los países vecinos. En Francia, el Ministerio de Interior baraja en estos momentos la posibilidad de crear una Facultad de Teología Islámica, con el fin de arrebatar a los grupos privados y al proselitismo de países como Arabia Saudí la esencial cuestión de la formación de los imanes. ¿Aquí todavía no sabemos cuántas mezquitas existen! Se deben abordar estas y otras cuestiones para avanzar en la creación de un Islam hecho en España, religión que profesan entre 600.000 y un millón de ciudadanos y residentes en nuestro país.

En segundo lugar, debemos también reflexionar en España sobre el precio que estamos pagando por el todo seguridad que ha invadido tantas cosas: las relaciones con el Islam, el debate público, la política internacional, incluso las calles de nuestras ciudades. ¿Cuánta espontaneidad, alegría y libertad sacrificamos en el altar de la seguridad? Corremos el riesgo de que nuestras sociedades se conviertan en parajes desoladores dominados por el miedo y la hostilidad hacia el extranjero, hacia el diferente. Si Occidente pretende ofrecer el discurso de los derechos humanos para la liberación de los colectivos oprimidos en otras regiones, como Oriente Medio, debe reflexionar también sobre el estado de los valores que predica. Un viaje reciente por Irán y Afganistán -donde la hospitalidad y la curiosidad hacia el extranjero son los principales motores de la comunicación entre extraños- me ha hecho ver hasta qué punto esa acogida espontánea y sin temor del viajero o el extranjero ha desaparecido en Europa. Rafael Aguirre, que escribía recientemente sobre Islam y Occidente en estas páginas, nos recuerda en su Ensayo sobre los orígenes del cristianismo (léanse estas líneas en su significado cultural más que teológico) que «la religión cristiana (...) tiene en la hospitalidad, entendida como la acogida a los más extraños culturalmente y más necesitados socialmente -correlato de su forma propia de entender la universalidad no como imperialismo unificador que impone la propia particularidad, sino como apertura a lo distinto que cuestiona y exige reformular constantemente la propia identidad-, el gran criterio para juzgar la fidelidad a su inspiración originaria».

En tercer lugar, aquella profecía de Samuel Hungtinton que en 1993 anunciaba el choque de civilizaciones parece haberse hecho realidad. La estrategia de Bush, Blair y Aznar ha hipotecado y envenenado las relaciones de Occidente con los musulmanes durante generaciones. Ante este panorama, en España debemos proceder a una relectura de nuestra historia y proceder a la definitiva limpieza en la historia que se enseña en las escuelas de todos esos mitos xenófobos, antimusulmanes y antimagrebíes que llenan las páginas de la gloriosa historia de España. «Oriente ha servido para que Europa (u Occidente) se defina en contraposición a su imagen, su idea, su personalidad y su experiencia», dice el difunto Edward W. Said en su obra Orientalismo. Precisamente por su ubicación geográfica entre las riberas norte y sur del Mediterráneo, por los siglos de presencia musulmana en España, y por la tradicional buena relación con los países musulmanes y hebreos de Oriente Medio, España está llamada a desempeñar un papel de puente que puede ser muy útil, si finalmente la diplomacia y el diálogo entre personas y países ganan la partida al belicismo y al dogmatismo que domina actualmente la estrategia de Occidente en Oriente Medio. Ante el reto de las relaciones con el Islam, algunos sectores conservadores han reaccionado con una campaña de revisión negativa del mito de las Tres Culturas (la convivencia en la Península de cristianos, musulmanes, y judíos). Sea cual sea la verdad histórica, se trata de uno de esos mitos que conviene conservar: muchos viajeros se sorprenderán al constatar la viveza de ese recuerdo mítico de Al-Andalus en las cabezas y corazones de muchos árabes y musulmanes, cargado en la mayoría de las veces de simpatía hacia España.

Me gustaría mencionar un cuarto asunto pendiente, no resuelto desde la Transición política a la democracia: me refiero a la cuestión del laicismo. A cómo desarrollar el mandato constitucional de la no confesionalidad del Estado en un país en el que los Legionarios de Cristo (cuyas teorías pedagógicas, que incluyen la segregación de chicos y chicas en el aula, son probablemente incompatibles con los valores constitucionales) pueden comprar y dirigir colegios y universidades, mientras que judíos, musulmanes, protestantes o ateos reciben un tratamiento claramente discriminatorio con respecto a la Iglesia Católica. ¿Qué espacio deben ocupar las iglesias y la religión en la política, en la educación, en el sistema jurídico? ¿Es la española una sociedad laica, preparada para garantizar la libertad ideológica y religiosa de todos y todas en tanto en cuanto sociedad plural y mestiza? Las recientes declaraciones del presidente del Tribunal Constitucional en defensa de la Iglesia Católica y de la educación religiosa habrían hecho saltar las costuras del Estado en muchos países europeos.

Este torpe y tardío interés oficial por el Islam en Occidente surge a partir de la peor de las motivaciones: el miedo, la desconfianza. Y se produce en el peor de los momentos posibles, cuando la estrategia del Gobierno de Bush y de sus aliados en Oriente Medio ha provocado un sentimiento antioccidental sin precedentes en el mundo musulmán. La degradación es absoluta, como muestran las imágenes de tortura a soldados iraquíes o de occidentales degollados por fanáticos integristas, o esa guerra de los cadáveres que se ha desatado en Oriente Próximo, donde los combatientes impiden fríamente la práctica de los ritos mortuorios de sus enemigos judíos o musulmanes mediante el ocultamiento o descuartizamiento de los cadáveres. Como nota final sobre esta cuestión de las relaciones entre Occidente y el mundo islámico, cabe insistir en que son las mayorías silenciosas del Islam suní y chií las que deben ser capaces de recuperar la voz del Islam, secuestrada ahora por los delirios fanáticos de integristas que justifican con el Corán las mayores atrocidades. Son los propios musulmanes, los de Oriente y los de Occidente, en España y en Irak, los que deben hacer prevalecer la idea que destacaban Mansur Escudero y Abdennur Prado, portavoces de parte de los musulmanes de España, en un diario español: «El Islam no está en las proclamas de los radicales, sino en la intimidad de los hogares: hospitalidad, sencillez, generosidad, belleza».

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