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Descorrer el velo en la tradición sufí

14/06/2004 - Autor: Faouzi Skali - Fuente: Webislam
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Desmitificar la meditación es también y sobre todo, desde una perspectiva teocéntrica, acercarla a su misterio fundador, el de una presencia o realidad transcendente, el de un secreto espiritual que se sitúa en el origen de toda iniciación, que es la fuente espiritual a partir de la cual la experiencia interior se hace posible... La fascinación de las palabras cede ante la fascinación de las realidades espirituales que se revelan a lo largo de un recorrido en el cual el discípulo aprende a leer los indicios o las etapas de su viaje hacia Dios o hacia la Realidad (Al Haqq), que es uno de sus “Nombres”.

El sufismo está inserto en una de las tres grandes tradiciones abrahámicas, el Islam, y al igual que cada una de ellas, surge de un acto de fe. Pero al estar inserto en esta tradición es, sobre todo, una vía de conocimiento, de transformación interior. Los sufíes dicen que la situación de aquel que se aventura en esta vía es semejante a la del hombre que no habiendo oído hablar del fuego, no lo ha visto jamás. Este hombre puede en algún momento ponerse en marcha y llegar hasta el lugar donde ha oído decir que había fuego. Cuando al fin lo contempla, la realidad para él va de la creencia a la contemplación. La tercera etapa consistiría en conocer el fuego consumiéndose en él. Es así como los sufíes meditan la fórmula: “No hay otra realidad sino la realidad”. Esta fórmula está constituida por una negación, o mejor dicho por una superación. “Ninguna realidad” seguida cada vez más de una realidad más grande, más real, más sutil: “sino Dios”. Desde los inicios, encontraremos en la base del sufismo la síntesis entre la fe y su superación, entre Trascendencia (Dios siempre está aquí) e Inmanencia (la experiencia de la realidad divina en nosotros), de la consciencia divina, que adquiere mayor realidad.

Así pues esta ley de complementariedad es una característica de esta vía. Complementariedad del dueño exterior y del dueño interior, del Amor y del Conocimiento.

La vía súfica es ante todo un camino de orientación interior que consiste en no tener otro objetivo que el de estar conforme con la realidad en sí (el vocablo realidad o verdad (Al Haqq) es según el Corán uno de los atributos divinos). Esta orientación interior se sitúa inicialmente en el pensamiento antes de que paulatinamente se convierta en un estado de ser, una realidad vivida de una forma espontánea y natural. Aunque sea mi propósito hablar del aspecto interior de la meditación sufí y de los peligros y dificultades que entraña, si no se realiza correctamente, quisiera aclarar que sin esta idea fundamental que es la de hacer las cosas “por Dios”, es decir sin ninguna idea de provecho o de adquisición de poderes supranormales o incluso de experiencias espirituales, la meditación tendría una falsa orientación.

El interior (Al Batin) y el exterior (Al Zahir)

Aunque la idea principal de la meditación de las fórmulas de invocación divina (Dhikr) es que ésta tiene su principio en un punto transcendente llamado sirr o secreto espiritual, “lugar” de donde emana la luz o influjo divinos que son los auténticos “alimentos” de la meditación, colocándola más allá de un simple juego del pensamiento, el proceso de la realización espiritual en su conjunto se apoya igualmente en una “forma” que por otra parte está enraizada en el orden espiritual ya que procede de una revelación.

Esta” o “estas” formas se perciben en los ritmos del ayuno, en la peregrinación e incluso más, en los movimientos de la oración (en árabe As Salat, palabra que igualmente evoca la unión, el contacto silah con la presencia divina, pero al mismo tiempo con el mundo exterior). El profeta del Islam ha enseñado a sus compañeros los diferentes gestos y palabras que constituyen cada momento de los cinco rezos cotidianos. Después de haber recibido esta enseñanza “en acto” de un Arcángel, lo cual indica que los “movimientos” de la oración, aunque corporales, son esencialmente de una realidad espiritual. A través de los gestos hieráticos de la oración, el alma se une al cuerpo, se eleva en cada palabra dicha (texto del Corán) o en la ejecución de cada gesto.

El sentido espiritual latente en la oración surge de esta presencia interior. La prosternación, por ejemplo, puede revelarse en la experiencia interior que la acompaña, como la expresión del fana, de la anulación o extinción del “yo” en la presencia divina. A este acto le sigue el baqa, el momento de la incorporación, mediante el cual se indica la subsistencia del “yo”, no por sí mismo, sino por esa presencia de la cual ya ha comprendido que es su principio de ser verdadero. Lo importante es que el estado de consciencia adquirido en la meditación, se transfiere en los actos de la oración, vive en ella, para que puedan desvelarse sus múltiples sentidos. Ya en la “forma”, el ritmo de la oración está regido por los astros, dice el Corán. Como todo lo nacido, en una dimensión cósmica, la oración es pues el “cuerpo” de la meditación. Es tanto la sacralización del tiempo cósmico como la del tiempo vivido. También por la disciplina se impone una forma de “tener los pies en la tierra”, de seguir los preceptos de la shariah (ley religiosa), de continuar por la invocación divina (Dhikr) y elevarse interiormente hacia la realidad divina, conservando siempre una relación justa con el mundo exterior, el de la naturaleza y el de los hombres.

Las condiciones externas

Quisiera llamar la atención sobre las condiciones externas de la meditación sufí. Sólo un auténtico maestro puede con su enseñanza, que como ya veremos tiene un aspecto verbal muy secundario, hacer surgir en el discípulo esta himma o energía espiritual que le conduce a liberarse de todas sus realizaciones internas y que percibe como velos o “ídolos” que le separan de la realidad divina.

Efectivamente, para el discípulo, toda consciencia superior puede aparecer como el objetivo a alcanzar. Existe pues el peligro, del cual a menudo hemos tratado, de quedarse en el camino, y lo que es aun peor, de creer que ya se ha alcanzado el objetivo. Sin embargo, estas experiencias pueden sobrepasar todo lo imaginable cuando aún nos encontramos en los límites de nuestras percepciones habituales. La experiencia demuestra que la práctica del Dhikr puede ser peligrosa ya que éste tiene por efecto despertar fuerzas espirituales incapaces de ser controladas. Las indicaciones del maestro son indispensables.

La meditación

Tratemos ahora de la meditación en sí. La meditación (el fikr) puede presentarse bajo dos aspectos complementarios. El primero nace de la fe y es esa actitud religiosa específica que consiste en considerar todas las manifestaciones del mundo sensible como otros tantos signos (ayat) de la presencia invisible del Ser divino. En este sentido los sufíes dicen que toda cosa creada lleva necesariamente el sello de su creador. Para esta forma de meditación, el mundo es un lenguaje divino que ésta trata de leer y de descifrar. El segundo tipo de meditación es la interior. De ella se puede decir que es el principio y origen de la primera. Sintetizándolas el Corán dice: “Hay en la tierra señales para quienes están dotados de certeza y en vosotros mismos, si solamente pudierais verlos”.

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