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¿Es el Islam una religión?

14/06/2004 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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¿Es el Islam una religión?
¿Es el Islam una religión?

Esta pregunta me fue formulada por una periodista, a la cual varios musulmanes españoles habían manifestado la opinión de que "el islam no es una religión". Lo que sigue es una reflexión libre a partir de esta pregunta, sin pretensiones de darle una respuesta inequívoca. Se trata más bien de explicarse porque algunos musulmanes pueden dar una respuesta negativa, tratar de mostrar como el islam se nos presenta como algo muy diferente a lo que se entiende por "religión" en occidente, sobre todo en el ámbito católico.

¿Es el Islam una religión?

Esta es una pregunta retórica, hecha por alguien que ya tiene la respuesta. Invitamos a meditar nuestra respuesta con el fin de averiguar que es lo que quiere decir el que formula la pregunta. Más allá de planteamientos simplistas, debemos apresurarnos a contestar que la respuesta “” o “no” queda a la espera de una definición determinada de las palabras “islam” y “religión”.

Es decir: desde el momento en que sabemos que existen cientos de definiciones posibles de la palabra religión, toda respuesta es relativa. Así pues, ¿porque existen tantos musulmanes españoles que afirman que "el islam no es una religión"? Sin duda, se trata de evitar una comparación apresurada con el fenómeno religión que se asocia con la palabra iglesia. Se trata de desmarcar el islam y mostrar sus particularidades, como algo esencialmente diferente del catolicismo.

Para los que hemos sido educados según los parámetros occidentales está claro que el islam no encaja en la definición habitual de religión. Difiere tanto del catolicismo que muchos pueden ver en él una inversión completa de lo que es, en principio, “religioso”:

a) El Islam niega la fractura espíritu-materia. El Qur’án habla de átomos, la concepción física del mundo asociada al ateísmo en el momento de la revelación. A pesar de la repetición de muchos ulemas contra el “materialismo de occidente”, es evidente que se están refiriendo al el apego a los bienes materiales como único horizonte vital, más que al materialista como “aquel que rechaza considerar que existe algo que escapa a su percepción”, lo cual es una actitud absolutamente irracional, que identifica percepción humana y mundo material. En todo caso, lo que es seguro es que el islam no es anti-materialista, en un sentido moral (abominar de la materia), ni en un sentido científico (la concepción tradicional es el atomismo). Nos encontramos en las antípodas de una separación entre la materia y el espíritu, de la trascendencia como acceso a un universo espiritual contrario al de la física. Tal y como escribe Ibn Ayiba en su comentario a las sentencias de Ibn ‘Atâ Al-lâh de Alejandría: “Al-lâh es físico”.

b) El Islam es racionalista. Las llamadas al uso de la razón son tantas en el Qur’án que no da lugar a dudas. Al decir racionalista, queremos decir que (aunque debemos aceptar que la razón es limitada) se nos exige que aceptemos nada que vaya contra nuestra razón. No podemos captar de un modo inmediato toda la Realidad, pues esta supera con creces cualquier planteamiento que hagamos sobre ella. La actitud del musulmán es de apertura (imân) hacia aquello que no comprende, en ningún caso negación. La actitud de apertura es, precisamente, la que le hace capaz de hallar según su razón nuevas significaciones, de incorporar nuevas dimensiones a través de un uso recto del entendimiento.

c) En consonancia con lo anterior, el musulmán no abomina del cuerpo como “recipiente caduco del alma” y reconoce en la sexualidad un camino necesario. Frente a las castas de hombres puros que se apartan del mundo, el Profeta Muhámmad —que la paz y la oración de Al-lâh sean sobre él— calificó el matrimonio como “la mitad del Dîn”, es decir: casarse es tan importante para el musulmán como realizar todas las oraciones, los ayunos de todos los ramadanes, la peregrinación a Meka y el resto de los preceptos islámicos. Existen tradiciones en las cuales se muestra la oposición del Profeta al ascetismo, entendido como renuncia a los bienes temporales.

d) El Islam no admite clero ni representantes de Al-lâh en la tierra. Este aspecto es uno de los que más choca a los occidentales, acostumbrados a identificar religión con sacerdotes y liturgia, pero para el musulmán eso es puro teatro. Se considera que nadie tiene derecho a constituirse en representante de Al-lâh sobre la tierra, pues todos somos criaturas con el mismo rango, igualmente capaces de intuir a Al-lâh como el Sustentador de la existencia. Tal y como hemos dicho antes, nadie puede sustituir la experiencia que cada uno tiene de su Señor. Frente a esto, queremos recordar que en castellano la palabra ”religioso” es sinónimo de sacerdote.

e) El Islam es anti-teocrático. Si no hay representantes de Al-lâh en la tierra, es evidente que nadie tiene derecho a gobernar en Su nombre. En este terreno existe una confusión enorme en occidente. En el Segundo discurso sobre el gobierno, John Locke discutía la idea tradicional del derecho divino de los reyes, en la que se habían basado los monarcas europeos para justificar su tiranía. Este es el marco conceptual clásico para valorar lo que es una teocracia, un sistema de gobierno en el cual se establece el derecho de unas castas a gobernar en nombre de Dios sobre la masa de creyentes. El Islam significó, en el siglo VII d.c., la superación de esa fractura. La separación entre religión y estado conseguida en occidente no puede extrapolarse al Islam. En realidad, la base de la teocracia es el estado. El islam es, en este sentido, una superación de esa fractura hacia lo anterior a ella, en el sentido inverso de la historia de Europa: ni religión ni Estado: sociedad civil únicamente. La iglesia ha creado un medio de control de las conciencias que se ha vuelto hacia la naturaleza. La separación entre la Iglesia y el Estado se refiere a los fines: con la forma Estado se ha asumido un fin en si mismo, la producción como objetivo, aún cuando el premio. La producción es la virtud de nuestro tiempo, siendo la moral el máximo beneficio. El capitalismo es un sistema profundamente teocrático, en el cual se han sustituido los bienes paradisiacos por bienes terrenales. De ahí que la publicidad nos ofrezca el paraíso bajo la forma del confort.

f) No contiene una doctrina que nos consuele, ni ofrece una explicación mítica sobre el origen del mundo. Cuando el musulmán dice que “Al-lâh es el Creador de los cielos y la tierra”, no está dando una explicación sino aceptando un desafío: el de entrar en contacto directo con el principio generador de la existencia. Eso es algo muy diferente de una explicación. El musulmán tiene la oportunidad de Nombrar ese principio, de convertirlo en polo de orientación de todos sus deseos. Orientarse hacia Al-lâh implica abandonar todo lo superfluo, todos los agarraderos ideológicos y abrirse a lo que sea que nos tenga destinado, sin poner jamás la explicación por encima de la experiencia personal e inefable de Al-lâh. El Islam implica el abandono de toda certidumbre humana, el poner toda nuestra confianza en lo infinito, en aquello que se nos presenta, las más de las veces, como un caos.

g) Lo anterior implica la ausencia de dogmas. Se da por supuesto que varias opiniones pueden ser ciertas y contrarias, pues cada opinión emana de una experiencia verdadera. Lo intolerable para el musulmán es el planteamiento de una interpretación como la única válida. El pluralismo islámico se muestra en todos los órdenes del conocimiento, y es resultado lógico de reconocer los límites de la capacidad humana. Todos los eruditos citan tafsires donde las interpretaciones del Qur’án difieren. Esto se lleva al campo de la ley, donde pueden convivir varias escuelas de jurisprudencia, con respuestas diferentes a los mismos problemas, y todas ellas ser consideradas como válidas y emanadas de la ley única, que permanece junto a Al-lâh.

h) El Islam no puede reducirse a una moral cerrada, pues en la infinitud no existen definiciones de lo bueno y de lo malo, sino plena responsabilidad de cada uno por vivir de acuerdo con lo que Al-lâh quiere de nosotros. Existe un argumento muy simple a la hora de mostrar como el islam es contrario a toda casuística del tipo “yo cumplo con mis salat = voy al paraíso”. El establecimiento de la religión como un intercambio comercial entre dios y el hombre, es completamente inaplicable en el islam. Ni la peregrinación es obligatoria, ni es obligatorio ayunar si se está de viaje, etc. Todas las normas de la ‘ibada tiene sus excepciones. Existe un hadiz donde Muhámmad, paz y bendiciones, dice que el destino de cada uno ya está trazado, independientemente de sus obras. Los hombres del Yanna ya están en el Yanna, los hombres del Fuego ya están en el Fuego. El cumplimiento de la Shar’îa es un método de aproximación al Absoluto, y no un fin en si mismo, del mismo tipo que cualquier otra práctica tradicional, como el Xi-Qong o el Yoga. La ‘ibada actúa no sólo sobre el cuerpo sino que disciplina la conciencia, ayudándolas a desarrollarse, poniéndonos en la mejor situación para activar aquello que somos en potencia.

i) No existen templos. Contrariamente a lo que se piensa, una mezquita no es un templo, sino un lugar de reunión, donde se dan clases de biología, de botánica, donde se discuten los asuntos de gobierno, los problemas de la comunidad, etc. Una de sus funciones, que ha quedado como única en muchos casos, es la de lugar de la oración, pero para los musulmanes cualquier lugar es bueno para la oración, siempre que esté aseado. Por otro lado, Al-lâh nos dice en el Qur’án que “mires a donde mires, allí está la Mezquita sagrada”. Todo en la tierra es Mezquita, no existe un lugar sagrado separado de un mundo profano. “E inspiramos a Moisés y a su hermano: «¡Estableced casas para vuestro pueblo en Egipto y haced de vuestras casas lugares de culto! ¡Y haced la salat!». (10; 87). Una casa no es un templo.

j) Al negar la separación entre lo sagrado y lo profano se ha desacralizado el universo. Para el musulmán nada particular puede ser señalado como espacio u objeto sagrado, pues le está vedado dar culto a nada, lo cual no quiere decir que no sea importante. En ningún caso podemos afirmar la existencia de dos mundos, ni cosas esencialmente sagradas o profanas. El mundo es profano en cuanto a su carácter fragmentario, pero todo es sagrado en cuanto es reunificado por Al-lâh.

k) Existe un claro rechazo de los misterios, los sacramentos y las imágenes de culto. Todos los aspectos, utensilios exteriores son superfluos, no es necesario ni un templo, ni un sacerdote, ni una cruz, ni nada... El islam queda como un asunto entre el hombre y Su Señor, y la posibilidad de encuentro se da justamente cuando desaparecen los signos de identidad externos. No existen símbolos islámicos, ni el velo ni la barba ni la media luna nos representan en absoluto, a pesar de lo insistentemente que son asociados al islam por la sociedad de las imágenes y los estereotipos.

Si nos fijamos bien en lo que hemos dicho hasta ahora, nos damos cuanta de que hemos aplicado al islam una serie de palabras castellanas que definen movimientos de la historia de las ideas en occidente, que tienen un amplio uso y un significado determinado entre la mayoría de nosotros. Sucede que ese significado viene determinado por las vicisitudes de la historia de occidente, de una serie de choques que se han establecido entre diferentes corrientes asociadas a diferentes modos de gobierno, de ejercicio de poder. Dicha historia muy pocas veces tiene su equivalente en el campo del Islam. Por ejemplo: el rechazo de “lo espiritual” en occidente se produce como reacción a su utilización por parte de la iglesia, con lo cual el término “materialista” viene a significar para nosotros “anti-idealismo” antes que una doctrina física positiva (atomismo, por ejemplo). Esa corrupción de los conceptos se muestra claramente cuando queremos aplicar a otros ámbitos nuestras concepciones.

Dado que la palabra “religión” también se asocia en nuestra mente a una determinada religión, e incluso la palabra “religioso” tiene entre nosotros el significado preciso de “sacerdote”, eso hace muy problemático que los nuevos musulmanes aceptemos la idea de que el islam es una religión, y busquemos nuevas palabras o modos de definir el camino que hemos o nos ha escogido.

Lo que decimos va en contra del uso académico, pero se apoya en la experiencia que el creyente tiene de su Dîn. Al fin y al cabo, un estudioso de la “historia de las religiones” puede decir que el islam es una religión y clasificarla entre otros cientos de “religiones” a su antojo, pero lo único que consigue es engañarse a si mismo y a quienes se dejan atrapar por su discurso. El afán de clasificar las cosas es ya una ideología, y como tal no es inocente en sus definiciones, sino que estas vienen dictadas por la lógica de su discurso. El conjunto trazado hace difícil que consideremos el Islam como una religión, a no ser que definamos la palabra “religión” de un modo nuevo. Todo esto explica la visión de los orientalistas y de los misioneros católicos, que vieron el islam como algo tan contrario a su sentido de lo que es una religión que les resultaba abominable. Explica también el por que a muchos musulmanes conversos se les revuelvan las tripas al ver al Islam catalogado como una religión, lo cual no es muchas veces bien comprendido por otros musulmanes.

El islam se ha presentado en nuestras vidas como liberación de las doctrinas y recuperación del sentido telúrico de la existencia, y no como pertenencia a ningún grupo humano cerrado en torno a unos líderes o ideas. Se trata de algo anterior —metafóricamente— a todas las religiones, idea que trataremos de desarrollar en los párrafos siguientes.

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