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Emir Abd el-Kader

03/06/2004 - Autor: Nuriddin - Fuente: Webislam
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Emir Abd el-Kader
Emir Abd el-Kader

Como no hay un lugar donde Al-lâh no esté, no hay estado donde la santidad no tenga su lugar. Anacoretas o giróvagos, príncipes que se retiran al desierto, mercaderes que abandonando sus botigas se van mendigando por los caminos, las vocaciones en el Islam no faltan. Pero la perfección no esta en esas rupturas. Los mejores se quedan ahí donde están: “Él esta con vosotros dondequiera que estéis" (Cor.57/4).

Califas o porteadores de agua, no huyen de su condición; es ella a veces que los deja. Sus retiros: la muchedumbre, sus desiertos: la plaza publica; la conformidad es sus ascesis, lo trivial sus milagros. La pequeña guerra santa contra el enemigo exterior no les desvía de la grande, contra el infiel que cada uno lleva en su interior; ni la grande de la pequeña. Sus vidas combinan sin lamentos, pero no sin esfuerzos, los asuntos del siglo con los de la eternidad. Son similares a ese "árbol excelente" que el Coran menciona (14/24) "cuya raíz es firme y cuyas ramas están en el cielo": símbolo del axis mundi, es decir del hombre perfecto que, en virtud de un mandato divino, conjunta en su persona las realidades superiores y las realidades inferiores.

Esa santidad no tiene ni uniforme ni emblema. Tanto la puede enmascarar un brillante destino que una obscura vida. El de Abd el-Kader ha hecho olvidar que él era mucho mas que un guerrero magnánimo o como decía Bugeaud (general francés) ": Un hombre de genio que la historia debe poner al lado de Jugurtha - rey Númida-" Pero Bugeaud se percató que el emir no solo era eso.

El 30 de mayo de 1837, por la primera y parece ser ultima vez, se encuentra con el emir Abd el-Kader. El tratado de la Tafna había sido ratificado la noche anterior; le acompaña un acuerdo secreto que estipulaba concesiones que Bugeaud no tenia el poder de conceder. Todo el mundo es engañado: la Francia, que el general a comprometido mas allá de las instrucciones recibidas, pero sobre todo el emir, que una redacción ambigua ha inducido a errar sobre las verdaderas intenciones de un adversario que el creía digno de fe. Los únicos intereses bien defendidos en este asunto, eran los de Bugeaud que sin ninguna vergüenza obtiene del emir una comisión de ciento noventa mil francos "para asegurar el mantenimiento de los caminos vecinales en su circunspección". Al final el asunto tuvo repercusiones y tendrá que devolver el dinero. Al día siguiente de su encuentro con el emir, Bugeaud lo describe en una carta al conde Molé, presidente del Consejo ": Es pálido, y se parece bastante al retrato que con frecuencia se da de Jesucristo" Esta fuerte impresión no solo es producida por la apariencia física del personaje. Bugeaud le reconoce al emir una grandeza de un orden que a él como soldado se le escapa e intenta definirla en una carta datada del 1 de enero 1846 ": Es una especie de profeta, es la esperanza de todos los fervientes musulmanes."

Bugeaud es un auténtico canalla. Leon Roches es más serpiente. Finge convertirse al Islam y se convierte en unos de los íntimos del emir a la vez que sirve los intereses franceses hasta el día en que su traición es descubierta. Huye después de una escena en el curso de la que Abd el-Kader manifiesta más su tristeza y su desprecio que su cólera. Lo único aprovechables de Leon Roches son algunos apuntes en sus memorias donde describe las intimidades de Abd el-Kader. "Cuando lo permite el tiempo, escribe Roches, Abd el-Kader reza fuera de la tienda en un lugar previamente limpiado para tal efecto y los que quieren participar en la oración común, que es mas agradable a Al-lâh, toman sitio detrás de él. Esos hombres majestuosos, con amplias vestimentas, alineados en rangos - repitiendo por intervalo de una voz grave: ¡Al-lâh es grande!¡No hay mas dios que Al-lâh, Muhammad es el profeta de Al-lâh!- se prosternan todos juntos, tocando con la frente la tierra y irguiéndose elevan los brazos al cielo, mientras el emir recita los versículos el Coran: todo este conjunto ofrece un espectáculo emocionante y solemne. Pero no son los únicos ejercicios religiosos de Abd el-Kader. Entre cada plegaria se libran a meditaciones utilizando el tasbih. Cada día, bien en su tienda o en la mezquita cuando se encuentra casualmente en una ciudad da una conferencia sobre la unidad de Al-lâh. Se dice de él, que es uno de los teólogos mas erudito de su tiempo. Por lo menos una vez a la semana ayuna, ¡ y qué ayuno! Dos horas antes de la aurora a la puesta del sol, ni come ni bebe, ni respira ningún perfume. No sé si he dicho que proscribe el uso del tabaco y apenas tolera el de masticar. Raramente se concede el placer del café y deja de tomarlo algunos días cuando ve que empieza a gustarle".

Esta imagen de un piado y austero guerrero no es banal: uno poco se imagina a Bugeaud recitar el rosario entre dos cabalgatas o comentando Maestro Eckhart alrededor de una lumbre. Roches sigue comentando este sorprendente episodio en el transcurso del asedio a Ayn Mâdi ": Con dificultad conseguí salir de ese amasijo de fango, de piedras y cadáveres. Llegué a la tienda de Abd el-Kader en un estado lamentable. Todas mis vestimentas estaban sucias. En pocas palabras le expliqué lo ocurrido. Abd el-Kader hizo que me diesen otra ropa y me sentó a su lado. Estaba yo bajo la influencia de una excitación nerviosa que no controlaba. ": Cura me, le dije, cura me o prefiero morir, porque en este estado no te puedo servir". Me calmó, y me hizo beber una infusión del desierto, después apoyo mi cabeza que sobre sus rodillas. Él estaba arrodillado a usanza de los árabes. Poso sus manos suavemente sobre mi cabeza y al poco rato me quede dormido. Me desperté, la noche ya bien entrada y al abrir los ojos me sentí reconfortado. La mecha humeante de una lámpara árabe apenas iluminada la amplia tienda del emir. Él estaba de pie, a tres pasos de mí; creyó que yo dormía. Sus dos brazos levantados a la altura de su cabeza, sus ropajes de un blanco inmaculado que caían en pliegues como cascadas de leche. Sus bellos ojos azules, delimitados por negras pestañas, miraban a lo alto; sus labios entreabiertos parecían murmurar una oración aunque permanecían inmóviles: había llegado a un estado extático. Sus aspiraciones hacia el cielo eran tal que parecía no tocar el suelo. Admitido algunas veces al honor de dormir en su tienda, le había visto rezar y me asombró ver sus impulsos místicos, pero esa noche representaba para mí la imagen mas sobrecogedora de la fe. ¡Es así que los grandes santos del cristianismo debían rezar!"

El 25 de mayo de 1830 la flota del almirante Duperré salía de Tolón: la conquista empezaba. Cincuenta y tres años mas tarde, día por día, moría Abd el-Kader en damasco. De ese largo medio siglo, quince los dedico al combate y a la gestión de los asuntos. Después vendrá el tiempo del exilio. El 23 de diciembre de 1847 Abd el-Kader se rinde. Lamorricière le promete que lo dejaran irse para Oriente. El duque de Aumale se lo confirma. Pero falsas promesas: el emir será encarcelado, primero en Tolón, después en Pau y por fin en Amboise hasta 1852.

Liberado por Luis Napoleón Bonaparte, Abd el-Kader se embarca para Estambul donde llega el 7 de enero de 1852. En 1856 se establece definitivamente en Damasco. Excepto algunos eventos como la protección de los cristianos amenazados por los drusos y su presencia en la inauguración del canal de Suez en 1869, a los historiadores ese periodo de su vida no parece interesarles. Pero escuchemos primero el testimonio de un observador europeo que a diferencia de muchos otros, no solo se interesa por el hombre publico. Es así que el Ingles Charles-Henry Churchill que pasa el invierno de 1859 en Damasco describe un día del emir “: Se levanta dos horas antes del alba y se entrega a la oración y a la meditación hasta que sale el sol. A continuación se desplaza a la mezquita. Después de media hora de devociones publicas vuelve a su casa, toma un pequeño desayuno y se pone al trabajo en su biblioteca hasta mediodía. La llamada del muecín le convida nuevamente a la mezquita donde su clase ya reunida espera su llegada. Toma asiento, abre un libro escogido como base para la discusión y lee en voz alta, constantemente se le interrumpe para pedirle aclaraciones que ampliamente da, abriendo los múltiples tesoros de las laboriosas investigaciones y búsquedas que acumula a lo largo de su agitada existencia. La sesión dura tres horas. Después de la oración de la tarde, Abd el-Kader llega a su hogar y pasa una hora con sus hijos – tiene ocho hijos – examinando los progresos obtenidos en sus estudios. A continuación cena y a la puesta del sol ya esta nuevamente en la mezquita donde da su clase por hora y media. Ahí termina su jornada de profesor. Las dos horas siguientes, antes de descansar se las pasa en su biblioteca.”

Intentemos descifrar estos hechos aparentes. Su periodo en Damasco se inscribe entre dos eventos que nos brindan la clave. Después de su partida de Turquía acompañado de un centenar de personas, cuando llega cerca de Damasco, una larga comitiva de dignatarios viene a su encuentro. Pero su primera visita no es para los notables. Seguido de este sequito oficial un poco desconcertado, se dirige a la tumba de Ibn Arabî “el mas grande de los maestros espirituales” (al-shaykh al-akbar) nacido en Andalucía y que termino su vida en Damasco seis siglos antes. La casa donde el emir se instala y que se la pone a su disposición el gobernador Izzet Pasha, es la misma donde murió Ibn Arabî en 628/1240. Veintisiete años mas tarde y con setenta y siete años, muere Abd el-Kader en la noche del 18 al 19 rajb de 1300 (25-26 mayo 1883). Su cuerpo primero es llevado a la mezquita de los Omeyas, donde la oración de los muertos es dirigida por el sheikh Muhammad al-Khani, y a continuación es trasladado a la tumba de Ibn Arabî donde se le inhuma. Es bajo la bendición del Doctor maximus de la gnosis islámica que encuentra su lugar esta fase final de la vida del emir. Este afecto no es repentino. Entre el que para sus discípulos es el “Sello de la santidad muhammadi” y Abd el-Kader existe vinculo profundo y antiguo. Ya en 1850, para defender el Islam y los musulmanes de las criticas de un sacerdote cristiano, Abd el-Kader cita a Ibn Arabî en un libro escrito en su cautiverio de Ambroise. En su celda carecía otro libro que el Sahih de Bukhari. Por lo tanto el estudio de Ibn Arabî remonta a su juventud. Para un hombre que desde la edad de veinticuatro años lleva una vida de vagabundeos y combates, demuestra en ese opúsculo una cultura que no es banal: cita entre otros a Avicena, Ibn Tufayl, Ibn Khaldun y muchos mas.

Pero la relación que une a Abd el-Kader con Ibn Arabî no es puramente libresca y para comprender su naturaleza y su importancia, tenemos que remontarnos en el tiempo. Los maestros islámicos ( los sheikhs) necesariamente están vinculados a un linaje iniciatico por donde se transmite la baraka, la influencia espiritual. Esta transmisión que presenta algunas analogías con la sucesión apostólica tal como es conocida entre los cristianos romanos y los ortodoxos, se efectua de diversas maneras, una de esas modalidades es por la investidura de la khirqa, el “manto”. Aunque todas ellas se confundan finalmente en la persona del Profeta que es su común origen, se diversifican con el paso del tiempo en innumerables ramas portadoras de la huella de un gran maestro que generalmente le da su nombre. Con Ibn Arabî aparece una khirqa akbariyya, que desde entonces será transmitida sin interrupciones de maestro a discípulo. A diferencia de otras ramas, esta siempre es muy discreta y nunca se constituyo en tarika. Ahora bien, documentos hasta hoy inéditos permiten afirmar que Abd el-Kader recibió la investidura de la khirqa akbariyya y que además consistía en una tradición familiar. En efecto es por su padre Sidi Muhyi l-dîn que el emir se vinculaba con la “cadena” (silsila) akbariana; y Muhyi l-dîn a su vez la recibió de su abuelo Sidi Mustafa que el mismo la había recibido en Egipto de un famoso personaje, el sayyid Murtada al-Zabidi. La genealogía carnal y la genealogía iniciatica coinciden y la eclosión en Damasco, en la persona del emir, de un comentador inspirado de los Futûhât deja de aparecer como un fenómeno de generación espontánea.
Por lo que se sabe, el emir no tenia mas de veintiséis años cuando recibió esta investidura, es mas podemos aventurarnos a situar este evento en el transcurso del peregrinaje que hizo en compañía de su padre y a la vuelta permanecen algún tiempo en Damasco donde un gran maestro, el sheik Khalid al-Naqshbandi lo acepta como discípulo; el emir tenia entonces algo mas de vente años. De todas maneras, muy pronto, la semilla “akbariana” es depositada, y lo es en un terreno privilegiado: descendiente del Profeta, procedente de una familia de sufis y mostrando desde su juventud el gusto por la oración, Abd el-Kader parece destinado, una vez que el decreto divino le haya descargado de otros deberes, a ese destino de maestro espiritual que será el suyo en Damasco.

Pero el itinerario de Abd el-Kader no será un recorrido ordenado. Numerosos pasajes del Kitab al-Mawâqif lo demuestran. Se evidencia claramente que Abd el-Kader es un majdhub, un “extático” que Al-lâh “arranca” y “atrae” hacia Él, y por la tanto en un salto sobrevuela las etapas que el salik (viajero) recorre una a una en el transcurso de una larga y metódica progresión. Es un caso relativamente excepcional pero que desde hace tiempo ya tiene un lugar en la topología iniciatica del Islam. Es Al-lâh que directamente instruye al pupilo. La ausencia de un maestro- de un maestro humano se entiende – llama a un comentario. Por una parte es necesario señalar que según criterios formales y fehacientes, desde su juventud, Abd el-Kader fue el discípulo de varios sheikhs, el primero de ellos, su padre que dirigía una de las ramas de la tariqa qâridi, cofradía que tomo el nombre del gran santo de Bagdad, Abd al Qâdir al Jilani. Por otro lado y como lo hemos visto, se vincula desde los veinte años a la tarika Naqshbandi por el sheikh Khalid. De esos dos maestros y seguramente de otros, recibiría no únicamente la baraka, pero también apoyos y directivas. Sin embargo, por lo menos en un primer tiempo, afirma él que la vía del noviciado no es la suya. Si “la vía del arrebato extático es mas corta y mar segura”, la de la progresión metódica es, según Abd el-Kader mismo, “la mas elevada y mas perfecta”; para alcanzar la perfección y ser apto para poder guiar a otros, el majdhub tiene que hacerse aprendiz y recorrer como salik todo el camino etapa tras etapas conociendo ya sin embargo el “termino” del camino.

Ese noviciado tardío y paradoxal, que desde lo invisible dirige y asiste la presencia del Sheikh al-akbar, Abd el-Kader lo termina bajo la supervisión del ultimo de sus maestros de carne y hueso, Muhammad al-Farsi al-Shadhili. Es en la Meca, donde reside el sheik Mamad al-Farsi y donde morirá nueve años mas tarde, que se produce el encuentro. Deseoso una vez mas de cumplir la peregrinación, el emir parte a principios de rajab 1279 (enero 1863). Al llegar a la Meca y bajo la dirección de su sheik, practica “la disciplina ascética, la reclusión y el combate espiritual”. Las informaciones que nos dan su hijo dejan entrever que recorre muy rápidamente las estaciones de la vía. Pero es en la cima del Jabal al-Nur (monte de la Luz), en la caverna Hira – la misma donde el Profeta recibió su primera revelación- que alcanza el termino del ascenso: “Se había encerrado muchos días, -nos dice su hijo - ahí alcanzo “el grado supremo” (al rubat al-kubrâ) y la “iluminación” y “las fuentes de la sabiduría manaban de su lengua.” Abd el-Kader se quedara un año y medio en Arabia. Ira a Medina y otros lugares como las tumbas de los Compañeros antes de volver a Siria.

De la ciencia espiritual de Abd el-Kader, el Kitab al Mawâqif (significa parada o alto en el camino) es testigo de ello. El titulo mismo del libro evoca para los historiadores del sufismo, una celebre obra de Muhammad al Niffari: los Mawaqif. Pero si bien es Niffari quien introduce en el tasawwuf el término técnico de mawqif (singular de mawaqif), es Ibn Arabî el primero que iba explicarlo explícitamente en los Futûhât. Par Ibn Arabî, entre cada maqâm o manzil (moradas o estaciones espirituales) y el maqâm o manzil siguiente hay una “parada”, un “alto”. El salik que “para” en ese punto, recibe de Allâh una instrucción sobre las reglas de conveniencia (adab) apropiadas al maqâm que va a alcanzar y así estar preparado para disfrutar plenamente de las ciencias contenidas en la próxima estación. Por el contrario el ser que pasa directamente de una estación a otra sin hacer ese “alto”, tendrá únicamente acceso a un conocimiento global de la estación a la que “llega”, pero no obtendrá un conocimiento distintivo de las ciencias propias de esa nueva “estación”. Ibn Arabî explica que la progresión del Sahib al-mawâqif es la mas laboriosa, la mas cansada, pero que también es la mas fructífera. Por el titulo mismo de su libro, Abd el-Kader indica que es, la que Al-lâh le ha asignado. Si el nombre de Kitab al-mawâqif lleva ya en sí una alusión a la enseñanza de Ibn Arabî, es de manera explicita que el contenido esta bajo la autoridad del Sheik al-akbar “: Él es, declara Abd el-Kader, nuestro tesoro de donde sacamos lo que escribimos, extrayendo bien de su forma espiritual, bien de lo que él mismo ha escrito en sus obras.” No tiene ninguna duda de que Ibn Arabî es efectivamente el “Sello de la santidad muhammadi”. La relación privilegiada de Abd el-Kader con Ibn Arabî se confirma por las frecuentes visiones que tiene de este. Están relatadas en el Kitab al-mawâqif.

De Abd el-Kader queda mucho que contar, pero hay una cuestión y es que uno puede sorprenderse que florezca en esta época, que parece consumir la decadencia del Islam tradicional, la herencia del maestro por excelencia de las ciencias espirituales. A esta pregunta, Abd el-Kader le da una respuesta y la busca naturalmente en la obra misma del Sheik al-akbar “: El universo entero, dice este ultimo, a la muerte del Enviado de Allâh, se durmió.” Y haciendo alusión al celebre hadiz, según el cual Allâh baja al cielo de este bajo mundo en el tercer tercio de cada noche, Ibn Arabî añade: “Ahora estamos en el tercer tercio de la noche del sueño del universo. Ahora bien la teofanía que otorga la gracia, las ciencias y los perfectos conocimientos en las formas mas cumplidas es la del tercer tercio de la noche, por encontrarse mas cerca, en el cielo de este bajo mundo. Por ello la ciencia de esta comunidad es mas perfecta cuando llega a su fin que lo fue en su medio o en su inicio, desde la muerte del Enviado de Allâh -¡que la Gracia y la Paz estén sobre él!”

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1 Comentarios

Francisco Boullambri dijo el 12/06/2013 a las 13:22h:

Según unos periódicos de la época, Abd el Kader era español, concretamente de Benidorm, pues con nueve años fue secuestrado, después de asesinar a su padre, por los árabes del norte de África. Su verdadero nombre era Antonio Bayona Gallard, hijo de Pedro Bayona, corsario. Si queréis más datos, escribidme a paco_bou@hotmail.com.


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