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Abu Ghraib

03/06/2004 - Autor: Málika al-Yerrahi - Fuente: Webislam
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Claroscuro (Miguel Oscar Menassa)
Claroscuro (Miguel Oscar Menassa)

Contempla esa multitud de seres humanos involucrados seriamente en la batalla. ¿Alguien recuerda que todo ese despliegue surgió a partir de pensamientos, quizá de la mente de un solo hombre?

Se eriza la piel. El cuerpo se sobrecoge con la crueldad que expresan las imágenes de Irak de estos últimos días, verdaderos testimonios del horror. Se vuelve cada vez más difícil de soportar la creciente dosis de violencia que atraviesa la cotidianeidad. Se hacen elusivos los sentidos y la intensidad sagrada de la existencia humana. La violencia se muestra hiriente, ofensiva, susurrando mensajes engañosos como que ser víctima o victimario es un destino sin salida, o una elección obligatoria.

Nos engañaríamos si interpretamos que nuestra naturaleza humana es fielmente representada por las expresiones dominantes, territoriales, insensatas del nivel más bajo de conciencia. O si diéramos por buena su amenazante enseñanza velada: que es una posibilidad real que se nos arrebate la humanidad a través de infligirnos humillaciones y dolores indescriptibles. O a la inversa, que podemos por la misma vía retirar o consumir la humanidad de otro. Se hace difícil no salir corriendo ante este tipo de embestidas fantasmagóricas del mundo convencional. Estos fantasmas hambrientos se alimentan, no tanto de arrebatarnos lo que no puede arrebatarse, sino de la energía que se produce por el terror y la inmovilidad cuando creemos posible esta amenaza.

La vida de la humanidad, como un flujo de misericordia iridiscente, transita por terreno sagrado. Y entre los misteriosos paisajes que atraviesa en el tiempo están aquéllos en que una parte de ella experimenta directamente situaciones de extremo dolor. En ocasiones de verdadero martirio. La sabiduría profunda que se ofrece al corazón humano desde la fuente de la vida, es el alimento que lo fortalece y le permite el discernimiento. Y la guía que se deriva de la enseñanza nos lleva a través de los delirios del mundo convencional —que pretenden limitar la experiencia humana— y de la soberbia del poder que nos construye una identidad empequeñecida, que no tiene descanso. Pesa sobre ella la alerta constante de la defensa y los terrores del daño.

El solo hecho de ver los noticieros de cada día implica ya saturar los ojos con imágenes que disturban. Invasiones; edificios tirados; intentos por borrar la historia que nos hace diversos, únicos como comunidades o como seres individuales; los resultados de las supuestas confusiones entre objetivos militares y civiles; masacres realizadas desde el aire o a control remoto; madres y padres cargando niños muertos o heridos; decapitaciones; mutilación y quemazón de muertos; destrucción sistemática de viviendas; adolescentes-bomba; viudas, huérfanos y mutilados en desamparo; atentados sangrientos; países completos que se perfilan como el espacio para el confinamiento global de los hambrientos y los enfermos; niños que se enfrentan a pedradas a los tanques de guerra, y ahora, las fotos y los videos de la tortura infligida a los presos en Irak en verdaderos campos de concentración.

Queda por enumerar un devastador etcétera. Que incluye las imágenes que se han vuelto tan familiares que ya no podemos leer en ellas. Que muestran los padecimientos que impone el alto registro de violencia validado por la mente y el mundo convencional como natural o necesario. Y aquellas otras que son signos del aval individual que se otorga al abrir el espacio interior para que se reproduzcan allí la injusticia, el racismo, el miedo, la venganza y la culpa, la vergüenza y su retribución.

Las imágenes actuales ciertamente plasman aspectos de procesos sociales e históricos muy complejos. Y aunque de ninguna manera nos den un reflejo veraz del maravillosamente exaltado corazón de la humanidad, sí dan cuenta con mucha elocuencia y detalle del rostro empequeñecedor y agrio del mundo convencional. Del sometimiento ilimitado que el poder aspira a imponer a través de las dinámicas que le son propias. Las imágenes condensan profundos sentidos. Algunos que apuntan hacia nuestra verdadera naturaleza, fundamentalmente compasiva y amororsa, y otros que evidencian las alucinaciones que produce el yo limitado, la identidad autocentrada que se rige por las interpretaciones y designios del mundo convencional, incansable productor de negación del amor.

Los sucesos que se fijan en las fotografías y videos del campo de concentración Abu Ghraib son un ejemplo abrumador. (No se puede nombrar cárcel a un espacio escogido a propósito —antes y después de la invasión— para el ejercicio punitivo e indiscriminado del poder sobre el cuerpo, la psique y la emoción de la humanidad.) Lo que se exhibe en esos documentos es una serie de retratos del rostro del poder jerárquico sin velos glamorosos, sin discursos adormecedores, sin afeites ni disimulos de ninguna especie. La violencia, con todos sus registros y grados, es lo que constituye ese rostro. Quizá ver estas fotografías someta a nuestros sentimientos a una transformación en cascada. Posiblemente vayamos de la piedad a la indignación, del asombro a la ira, de la desesperanza al odio, de la tristeza a la rebelión, del miedo a la frustración. Pero el dolor permanece igual a sí mismo ante la exhibición de la crueldad y la violencia descargadas sobre esos cuerpos anónimos que, precisamente por ser anónimos, nos enfrentan más íntimamente a la semejanza. Abrazar el dolor, verlo venir no del miedo sino del amor profundo que nos constituye, permite atravesar esta exhibición de sufrimiento y atestiguar que los cuerpos desnudos están en realidad arropados y que los que lucen vestimentas han quedado dramáticamente desposeídos.

Se pretende que los sucesos en Abu Ghraib son el resultado del malentender de un puñado de militares, y que por lo tanto son episodios aislados y de excepción. Pero se trata más bien de un fenómeno constitutivo del poder. Dolorosamente, la tortura y la humillación, son actividades sistemáticas. Puede ser que no se exhiban como práctica abierta más que en contextos de guerra —sucia o declarada—, pero siempre están presentes —de forma velada o explícita— en el ejercicio del poder. Los personajes militares fotografiados es muy probable que no sean gente monstruosa. Y esto es lo más impactante. Quizá se trate de militares grises, a los que simplemente se les dio el espacio y la oportunidad de retribuir lo que han consumido en grandes dosis. Violencia. Odio y venganza, materiales necesarios en la construcción de enemigos ficticios y superlativamente peligrosos. Miedo, la argamasa que une todos los prejuicios que disfrazarán con inhumanidad a ese enemigo.

¿Qué implica suponer que la mayoría de los que participaron de esas tareas de tortura alrededor de los expertos era gente común, gris? Lo mismo aplicaría entonces para muchos de los nazis de la segunda guerra mundial, para los que participaron y participan en los campos de tortura en América Latina, para los que operan los aviones que atacan asentamientos palestinos, para los que manejan las máquinas que destruyen sus casas, para los que están frente a los prisioneros iraquíes provocando dolor así como para los que miran cómo lo hacen —de brazos cruzados o con guantes, como se ve en el video y en las fotos. ¿Podemos imaginarnos la carga de violencia contenida en estos militares? Ni siquiera les resulta difícil, por decir lo menos, ejercer crudamente las humillaciones y torturas que se les solicitan “para ablandar” y “preparar” a los presos para futuros interrogatorios. ¿Qué debemos suponer entonces que implica el tal interrogatorio que realizan los verdaderos expertos? Que no dieron su cara a las cámaras, pero que resultó perfectamente retratada allí la estremecedora presencia de sus mentes en la tutela ejercida por sus especialidades.

La afirmación de que estos militares sean gente gris dentro de las fuerzas armadas, no niega su grave responsabilidad por las acciones y complicidades. Ni tampoco la de quienes ocupando puestos de responsabilidad —nacional o local— están a cargo de la planeación, la supervisión y la ejecución de políticas de sometimiento. Tampoco se trata de un mecanismo de huida ante el dolor que importa ver esas imágenes, o ante el temor y sobrecogimiento que supondría reconocer a alguien amado en esa situación o imaginarnos en ella a nosotros mismos (que Dios libre a toda la humanidad de este tipo de experiencia y sane las heridas punzantes que sus asperezas ha provocado). Lo que se señala es que lo gris de esos hombres y mujeres, sus víctimas, y el horror de la tortura, la crueldad y la humillación en esas escenas no son, como podría parecer, inasociables entre sí. Por el contrario, se corresponden perfectamente dentro de la lógica del poder jerárquico y punitivo, cuya cualidad fundamental es la de confundir la visión y colocar fuera del ser humano lo que sólo puede hallar dentro.

Por las relaciones que implanta el poder sólo puede circular libremente la violencia. La promovida por el mundo convencional, el gran generador de prejuicios, intolerancias, miedo extremo, negación persistente del amor, etc. La mayoría de sus postulados, al oírlos y verlos en prácticas cotidianas sin demasiada carga o tensión, pueden parecernos inofensivos e incluso el material de buenos chistes. Pero sin embargo la conciencia de sus contenidos literales nos haría derramar lágrimas, como ocurre con las fotos de Abu Ghraib.

La compasión, el amor, la solidaridad, y todos los atributos que nos hacen verdaderamente humanos y son parte de nuestra identidad original, irrenunciable, circulan a contramano en los dominios de las relaciones de poder. Si insistimos en ellos, nos ofrecen alternativas, nos liberan de las relaciones asentadas en la imposición de asimetrías. Nos abren a nuevas formas de relación donde la circulación es amorosa, entre pares que reconocen su especificidad y sus rasgos únicos, irrepetibles. Este tipo de relación basada en que la dignidad humana es constitutiva, en la no aceptación de la violencia, en la celebración de la diversidad, en la imposibilidad de ceder o transferir la propia responsabilidad, etc., desorienta la racionalidad del poder.

Para el poder jerárquico, la vergüenza o la humillación parece ser un tributo, que como obligación, debe rendir el enemigo —o simplemente el designado como culpable por ese poder. Tiene la autorización —como un derecho tácito venido de autoesgrimirse como defensor o dueño de la verdad— para la replicación del supuesto o real dolor causado, hasta obtener el arrepentimiento y la transformación o la muerte. Esta parece ser una lógica que se presenta repetidamente en los abusos a los que llega “naturalmente” el poder. Entre las mentiras que circulan por la corriente subterránea de esta lógica, figura aquella en que se afirma la animalidad como naturaleza verdadera de los seres humanos. Que nos hace desbocados, peligrosos, violentos, etc., y por tanto, se vuelve imprescindible el uso de un poder jerárquico que administre distintos grados de violencia punitiva para que esa animalidad se mantenga en cintura. Por lo tanto, no faltan las voces que empiezan a decir que ya no hay que seguir dando tanta importancia a los sucesos en el campo de concentración iraquí, que fue una desgracia, pero que sin duda ya no volverá a repetirse.

Posiblemente este tipo de reacción lejos de ayudar a procesar la experiencia, sirva inadvertidamente de alimento para las dinámicas del poder sobre las que reflexionamos. Quizá sólo exponiendo bajo la luz de la conciencia el cúmulo de afirmaciones y negaciones del mundo convencional que nos atraviesa, y que guían mucha de nuestra acción de forma velada, pueda atraer clarificación sobre este momento de dificultad. Lo que suele definirse como lo natural, lo humano, lo cotidiano, lo bueno y lo malo desde el mundo convencional, está construido sobre relaciones de poder que se sirven de la imposición de lugares asimétricos, de prejuicios, valores, deberes, aspiraciones y normas, como herramientas de control. Para hacernos creer que hemos perdido el poder real que contenemos, que se levanta desde un sustrato fundamental intensamente amoroso y con un profundo sentido sagrado, y que expresamos de manera más intensa como comunidad. Este poder de naturaleza divina que reside en nuestros corazones es imposible de arrebatar, ni siquiera a través del crimen. Y es también imposible de replicar con la voluntad, ni siquiera a través de sentir que puede tomarse una vida humana o de una gran acumulación de bienes.

Vemos en las fotos —y en los documentos oficiales que ya están apareciendo ante la mirada pública— lo que este poder concibe como los castigos merecidos. Una sucesión de actos y palabras que llevan al extremo su contenido de violencia. La intención de generar un registro del miedo insoportable para convencerse de la ilusión de haber reducido los signos de humanidad en esos hombres y mujeres. Los militares descargan sin el más mínimo pudor tal violencia después de haber alejado a sus víctimas de los espacios que conciben como la residencia de la dignidad humana. Lugares que el mundo convencional ubica fuera del ser humano. Convenientemente, para su reproducción, es exterior y puede, por lo tanto ser manipulada, retirada o de plano robada. Pero esto no es lo que nos dicen las enseñanzas de los distintos universos sagrados. Ésta desde luego no es la enseñanza del Islam. Más bien se nos previene de las distorsiones que se generan en la visión, en la interpretación de las experiencias, a partir de nuestro sometimiento a postulados del mundo convencional o de la credulidad irresponsable en ellos. La dignidad del ser humano no puede retirarla externamente de nosotros una mano humana. Y, como en este caso, el trato verdaderamente indigno con el que se victimiza a esos presos, no les da indignidad a ellos —aunque seguramente sintieron el profundo sufrimiento que ocasiona sentir humillación— sino que detalla y expone la indignidad de sus ejecutores. Sólo a través de exponernos al profundo conocimiento que produce el amor, extendiéndonos una y otra vez más allá de nuestros limites, y a pesar del dolor que pueda ocasionarnos el roce con el sufrimiento propio y ajeno, crecemos y nos escapamos realmente de los grilletes del mundo convencional. Dejando así, de ser reproductores de la violencia. Convirtiéndonos en verdaderos agentes de la paz. De sanación.

En algún momento se hicieron declaraciones que atribuían los sucesos fotografiados a la creatividad del personal militar involucrado. ¿Acaso las milicias se caracterizan por nutrir el sentido de responsabilidad individual en los actos de su tropa? ¿no es una característica de las organizaciones e instituciones de tipo militar —incluso un refugio para la evasión de la responsabilidad sobre los propios actos— la obligatoriedad de seguir principios que desdibujan la responsabilidad individual y la voluntad?¿ Este tipo de institución no invoca el principio de obediencia para ampararse cuando se juzga a su personal por actos que atentan contra la humanidad? ¿Y desde cuándo “la creatividad” del personal militar para interpretar órdenes es algo inocente? ¿Puede ser algo más que una representación manifiesta del cuerpo de prejuicios y valores involucrados en esa guerra? ¿lo que pueda querer un soldado en una guerra tiene un lugar? ¿es institucionalmente aceptable que sea algo distinto o por fuera de las creencias construidas por el poder? ¿podrían dos o tres o cuatro soldados en una cárcel decidir que quieren, en vez de torturar, soltar a un número x de presos?

Los efectos de esta violencia que se filtra en imágenes a través de los medios de comunicación y que son muestras, símbolos, de los horrores que padecen los corazones y los cuerpos en las guerras, nos alcanza e involucra a nosotros también. Aunque las dimensiones directa y mediatizada de esta violencia sean en un sentido muy distantes entre sí, en otro no lo son tanto. Son próximas en la lógica de funcionamiento del poder. Para el poder, que reclama para sí creciente centralidad y control, no es suficiente su ejercicio, tiene que ser exhibido, y así utilizado. Su exhibición es la manera en que se realiza la siembra del miedo en los corazones y las mentes.

Es nuestra responsabilidad individual y comunal mantenernos sensiblemente íntegros ante el dolor que trae lo que vemos, y no permitir que esta denuncia se convierta a través de su repetición en un nuevo parámetro de naturalización de la violencia. Que no se nos arraiguen más creencias sobre la necesidad de la crueldad para defendernos de enemigos. O la mentira de que esto fue un hecho aislado. No. Esto mismo, y creo que aún nos falta por ver los peores documentos de Irak, está ocurriendo en las orillas del sistema social actual. En Afganistán, con los escándalos de prostitución y abuso; en África; en América Latina; en Palestina; en Asia, etc. No queremos consumir la mentira, perpetuando los velos en nuestra conciencia, de que esto es un hecho aislado. Eso nos alejaría del crecimiento al que estamos siendo guiados como humanidad. Y sólo contribuiríamos pasivamente a la naturalización de más y más altos umbrales para lo que se considerará violento en futuras generaciones. Desenmascarar y desenterrar los mecanismos de las relaciones de poder, en la medida en que podemos, en nosotros mismos y en los que nos rodean, es sanar y sanarnos. Como si alumbrando con la conciencia el terreno sagrado de nuestro corazón sacáramos de él las minas con que nos hace volar el mundo convencional.

Los espectadores de estos documentos del horror, también somos violentados, estamos incluidos por la vía del testimonio. También estamos previstos como víctimas. El poder, mantiene una parte de su ejercicio oculto, pero no puede evitar la pulsión de darlo a la luz pública, de ser fiel a su lógica, y que la acción sea conocida. En un primer momento, cuando las fotos fueron publicadas, el presidente de Estados Unidos no habló con dureza de ellas. Fue hasta que el azoro entre el pueblo norteamericano y el juicio internacional comenzaron a sonar que se fue construyendo un discurso reprobatorio oficial. El ejercicio más rudo y áspero del poder dominante de una época aparece en las zonas limítrofes, las de confinamiento principalmente. Allí, en el límite más distante del centro, se da abiertamente la exhibición de las dimensiones infernales y subterráneas del poder. Vemos que ese ejercicio no es ni casual, ni excepcional, como se pretende que creamos. Es parte constitutiva del poder. Su destinatario no es sólo el preso de guerra, el secuestrado en un campo, el bombardeado, o el decretado enemigo. En las sociedades actuales —las ubicadas como centro del poder de esta época, las más próximas a él, o las marginales— esto se ejerce también en las cárceles, en los psiquiátricos, sobre los grupos estigmatizados, y sobre los grupos construidos como “débiles” a partir de la lógica del poder (como es el caso de las mujeres, los niños, los ancianos o cualquier otro grupo humano que se lo defina como subordinado). La “víctima” a que aspira tocar el poder es nada menos que el cuerpo completo de la sociedad humana. Vemos que desde la oscuridad, desde los límites, el ejercicio extremo de la violencia se filtra hacia la sociedad de forma no oficial, y esto también cumple su cometido de reproducción, pero a pesar de lo omnipotente que se sueñe, el poder se enfrentará en algún punto con la conciencia que busca la luz. De una manera por demás torcida, sigue el impulso propio que lo compele y lo obliga a registrar, fotografiar, describir, filmar, apuntar en listas, y otorgar números a sus víctimas.

También lo hicieron los nazis y también se registraron en tiempos antiguos, a través del cuento de la historia y de los cantos juglares, los detalles de los destrozos que causaron las tropas y las indignas excusas para la violencia y la enajenación. Es parte de la dinámica de las relaciones de poder la instauración de asimetrías, la reproducción del miedo, del terror, de la culpa y de la vergüenza. Se nos advierte, se nos expone a la violencia padecida por los que “se portan mal”, por los “diferentes”, por los “insumisos”, por los “salvajes depravados” que merecen malos tratos. La idea de este merecimiento, de una culpa que hacer expiar, de la venganza necesaria como retribución, hace que para los militares las imágenes que ellos mismos estaban confeccionando sobre esos cuerpos de sus víctimas no les parecieran ofensivas. Ninguno de ellos parece sentirse ni siquiera un poco enfermo por un instante de conciencia. Tal es el convencimiento y la alucinación de que están ante bestias, o seres subhumanos que hay que dominar y doblegar.

Es obvia la búsqueda de humillaciones hasta en los más mínimos detalles. Se pretende robar el cuerpo y la mente. Se impide el sueño, se generan amenazas y sobresaltos constantes. Se quiere robar incluso el sentido de lo sagrado que honra el cuerpo y la mente, terreno que no puede violar ni el castigo ni la muerte más cruel.

Vemos con pasmo, cuando documentos de este tipo aparecen ante los ojos de la conciencia colectiva, rasgarse los telones de humo que pone el poder. Y quedamos cara a cara con el rostro aterrador de un mundo convencional demasiado lleno del empequeñecedor poder egocéntrico y muy escaso del sentido sagrado de la vida y la trascendencia. Pero lo que aparenta levantarse frente a nuestros ojos como una cortina que impide la visión, está en realidad en el camino entre nuestras mentes y nuestros corazones.

Las respuestas a esta violencia que no contemplen el inviolablemente sagrado sentido de cada vida, la compasión más abrazadora, y una enorme valentía para expresarlo, dramáticamente creará actos y pensamientos que sigan reproduciendo la violencia y el terror del poder. El terrorismo como respuesta, que se sirve igualmente de la crueldad, la humillación y el ejercicio punitivo, no representa un escape, por el contrario, reproduce las manifestaciones de violencia extremas aplicadas por el terrorismo de Estado y da cuenta de su propio y desesperado sometimiento. No se rompe la relación, no se deja sin efecto el juego del poder, no quedamos fuera de sus dinámicas perversas. No proponemos otra forma de relación fundamentada en la circulación de compasión, de amor, de libertad. Sino que nos enganchamos a ella, nos hacemos cómplices del poder o contendientes para poseerlo. Pero estas respuestas mantienen el juego en acción. Cuanto más terrorismo, más discursos de justificación del uso de la violencia y más profunda injusticia social.

Así, a nivel individual, cuando aceptamos los prejuicios del mundo convencional, nos sumimos en las relaciones de poder, quedamos ligados a su juego, colocándonos ante una falsamente irrenunciable opción entre pares de opuestos, entre lugares predeterminados y asimétricos en la dinámica del poder: víctima-victimario, débil-duro, censor-censurado, etc.

El discernimiento nos capacita para amar, para conocer. Llegamos a su cima por guía divina. ¿Cómo podríamos discernir los sentidos de lo que no es evidente sin esa guía? Todo en la creación es a la vez una forma y un contenedor. Vehículo y expresión, cúmulo de luces. Para explorar la vida necesitamos ejercer discernimiento. Conocer, es decir, amar. ¿Qué en nosotros es mundo —transitorio—, qué eternidad y qué esencia? ¿Qué valores o creencias nuestros vienen de la cristalización de distorsiones y qué es Verdad Clara? ¿Qué cómoda actitud intelectual favorece la aparición de prejuicios?

El mundo convencional presenta a cada generación un cuerpo específico de deseos e interpretaciones que pretenden normar la experiencia humana. Este cuerpo está relleno por los juicios y prejuicios —que funcionan como los “saberes-seguridades” de cada época— y por los “valores” y las “aspiraciones” relacionados con ellos. Limitado y acumulativo, contiene también interpretaciones de distintos puntos de la historia, así, pueden coexistir saberes o normas del todo opuestas entre sí, que se podría pensar que se invalidarían, pero que sin embargo, son naturales en este cuerpo.

Si bien es cierto que a un nivel, las pulsiones de este mundo convencional operan como una fuerza de gravedad y que discernir es necesario para desmantelar el mundo convencional dentro de cada uno de nosotros, lo es aún más que no hay fuerza que pueda prevalecer sobre el poder de la Fuente del Amor que nos trae a la existencia y, como dijo Lex Hixon, nos ha llevado a salvo como humanidad a través del tiempo hacia todo futuro. Es nuestra responsabilidad desasociar nuestras vidas de toda complicidad con el poder que reclama para sí el dominio de los cuerpos, las mentes, los corazones y los destinos de cada ser humano. Trabajar para devolver el sentido de lo sagrado a nuestro tiempo, por la clarificación en la interpretación y la lectura de nuestras vidas, por la paz, por la sanación de los corazones rotos.

¿No es amar nuestra más profunda responsabilidad como seres humanos?

mayo del 2004

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