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El enfrentamiento con el poder

27/05/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Oración colectiva

A partir de este análisis del tawakkul avanzamos hacia la segunda parte del du’a en el cual se expresa el estado espiritual de Ibrahîm y de sus seguidores. Si en un principio se refería a la relación de Ibrahîm y los suyos ante/en Al-lâh, ahora se ponen al descubierto las relaciones conflictivas que mantienen con su entorno.
 

Rabbana laa taj‘alnaa fitnat
al lil-ladziina kafaruu
wa agfir lanaa Rabbana.

Señor nuestro, no nos enfrentes
a los que Te rechazan
y concédenos Tu perdón, Señor.

(Qur’án 60: 6)

Este es un du’a especialmente apropiado para aquellos que viven su islam en minoría, siendo perseguidos. En él se da cuenta de la oposición entre aquellos que se someten a Al-lâh y aquellos que están empeñados en ocultarlo, entre el mumin (confiante) y el kafir (cafre), el que se confía Al-lâh y el que rechaza toda dimensión trascendente en lo que le rodea, endiosa su ego y por tanto se comporta de modo cruel con el mundo. Situación tensa a la que el Qur’án se refiere en numerosos pasajes, y que está en el centro mismo de la tragedia del islam sobre la tierra.

Ibrahîm pide a Al-lâh que no permita que los creyentes sean perseguidos, puestos a prueba. Incluso en el caso de aquellos que se abandonan completamente a Al-lâh, existe temor, la constatación de hallarse ante un enemigo cruel, capaz de cualquier cosa. Sin embargo, esta es una petición en cierto modo inútil: ¿cómo aquellos cuya condición vital es la de ocultar la verdad podrían dejar a Ibrahîm en paz? El propio Ibrahîm no puede sino revelarse ante la “religión heredada”, enfrentarse a aquellos que están velando a Al-lâh, confundiendo a las gentes. No quiere provocar esa ruptura (fitna), y sin embargo no puede dejar de dar testimonio de la Realidad, y denunciar el culto vacío de sus padres. Siendo así, el enfrentamiento parece inevitable.

Existe otro sentido posible a esta plegaria. Ibrahîm y sus gentes piden a Al-lâh que no haga de sus propias creencias un motivo de ruptura, es decir: que si tiene que existir un motivo sea totalmente a causa de la ceguera del kufur, de su animadversión hacia la Verdad, y no a causa de que los creyentes hayan adoptado esa ceguera. La petición de perdón (astagfirul-lâh) se estaría refiriendo a todas aquellas adherencias que, involuntariamente, puedan haber hecho, a la idolatría interior. Esto nos remite al sentido que tiene la trascendencia absoluta de Al-lâh.

La adoración a la que se entregan Ibrahîm y sus seguidores no se realiza ante nada humano, ante ningún símbolo codificable, manipulable por el hombre. Es un acto por el cual afirman su independencia frente a cualquier forma de poder externo, ante cualquier causa secundaria que pretenda competir con la Soberanía de Al-lâh. Un acto de liberación por el cual afirman su pertenencia al Único infinito, a una inmensidad no codificable. Desde este punto de vista, la idolatría no sería sino una usurpación del poder de Al-lâh por parte de los hombres, que pretenden convertirse en sus “representantes en la tierra”. Este es el momento en el cual Ibrahîm se opone a la tiranía:

¿No has sabido de aquel rey que discutió con Ibrahîm
acerca de su Sustentador, sólo porque Al-lâh le había dado la realeza?
He ahí, que Ibrahîm dijo: “Mi Sustentador es quien da la vida y da la muerte.”
El rey respondió: “¡También yo doy la vida y doy la muerte!”

Dijo Ibrahîm: “¡En verdad, Al-lâh hace que el sol salga por el este;
hazlo tú, pues, salir por el oeste!”
Así fue confundido el que se obstinaba en negar la verdad:
pues Al-lâh no guía a gentes que hacen el mal.

(Qur’án 2: 258)

Estas aleyas nos sitúan ante la falacia del poder humano, ante la estupidez de aquellos que pretenden ejercer el poder sobre los hombres y usurpar a su Sustentador. Los hombres que están en tawakkul no reconocen a otro soberano que Al-lâh, se postran únicamente ante Aquel que los libera de toda servidumbre. De ahí que el desvelamiento que ha vivido Ibrahîm lo convierta en un destructor de ídolos, en el lenguaje moderno, en un revolucionario. Siendo así, es normal que el du’a de Ibrahîm y de sus seguidores denote temor ante su situación.

Sin embargo, Ibrahîm no se detiene en este temor, sino que lo supera reafirmando su plena confianza en Al-lâh:

Y su gente disputó con él.
Dijo: “¿Disputáis conmigo sobre Al-lâh,
cuando es Él quien me ha guiado?
No temo a nada a lo que atribuís junto con Él,
a menos que mi Sustentador así lo decrete.
Mi Sustentador abarca todo en Su conocimiento;
¿es que no vais a tener esto presente?
¿Y por qué habría de temer yo a lo que vosotros adoráis
junto con Él, cuando vosotros no teméis
atribuir a otros poderes junto con Al-lâh,
sin que Él os haya hecho descender para ello autoridad?
Decidme, pues, ¿cual de las dos partes tiene mayor derecho
a sentirse a salvo —si acaso sabéis?
Quienes han llegado a creer
y no han enturbiado su fe con malas acciones
—¡ellos son los que estarán a salvo,
pues son ellos los que han hallado el camino recto!”

(Qur’án 6: 80-82)

Es un mayor grado de conciencia de la realidad lo que empuja a Ibrahîm a superar su temor y enfrentarse con los asociadores, con aquellos que pretenden limitar a Al-lâh en unas formas que no permiten la experiencia libre y abierta de la divinidad. Su decisión implica el reconocimiento de que el último veredicto es el de Al-lâh. Tiene que suceder aquello que ha sido decretado. En efecto, ¿de qué sirve ocultarse, acaso no tenemos el deber de proclamar la Unicidad divina frente a aquellos que tratan de usurparla? En este punto, Ibrahîm da el paso de la creencia a la acción, superando el miedo natural a las consecuencias del enfrentamiento con la tiranía. En último extremo, el rechazo de los ídolos se torna franco enfrentamiento:

“Esos ídolos son ciertamente mis enemigos,
nadie me presta auxilio salvo el Sustentador de todos los mundos,
que me ha creado y es quien me guía,
y es quien me da de comer y de beber,
y cuando caigo enfermo, es Él quien me devuelve la salud,
y quien me hará morir y luego me devolverá a la vida —
y quien, espero, perdonará mis faltas en el Día del Juicio.”

(Qur’án 26: 77-82)

Al dar este paso, Ibrahîm tiene presente el Día del Juicio. No le importa morir desde el momento en que tiene la esperanza de ser perdonado por Al-lâh. De ahí la ruptura definitiva, la declaración de guerra:

Habéis tenido un buen ejemplo en Ibrahîm
y en quienes le seguían, cuando dijeron a sus paisanos:
“¡Realmente, nos desentendemos de vosotros
y de todo lo que adoráis en vez de Al-lâh:
negamos que haya verdad en lo que decís;
la enemistad y el odio se interpondrán entre nosotros y vosotros,
y persistirán hasta que lleguéis a creer en el Al-lâh Único!”

(Qur’án 60: 5)

La dureza de estas palabras se verá confirmada con los hechos: Ibrahîm actúa, destruye los ídolos. Aquí, claramente, es un activista, en la medida en que se deja activar por Al-lâh. Su entrega a la Verdad lo hace refractario a la mentira:

“¿Qué es eso que adoráis?
¿Queréis una mentira – deidades distintas de Al-lâh?
¿Qué pensáis, entonces, del Sustentador de todos los mundos?”
Dirigió entonces una mirada a las estrellas y dijo:
“¡Realmente, me estoy poniendo enfermo!”
—se dieron entonces media vuelta y se alejaron de él.

(Qur’án 37: 83-90)

Dirigió su mirada a las estrellas: nuevamente, se opone la mirada directa a las cosas a la idolatría. Aquellos que dirigen su mirada a la inmensidad de los cielos y la tierra no pueden sino acabar encontrándose con Su Sustentador, desapegándose de todo lo mundano. este es el verdadero temor que tienen los tiranos, el retorno del hombre a su morada, a su naturaleza primigenia. Por el contrario, aquellos que permanecen cerrados en su pequeño universo de creencias quedarán velados, no serán capaces de ver más que aquello que los rodea, sin penetrar el fondo de las cosas.

Literalmente, la idolatría que practican sus contemporáneos pone enfermo a Ibrahîm. Quien no comprenda este sentimiento profundo de rechazo ante la mentira no comprenderá lo que sigue, la destrucción de los ídolos como un acto libertario, e incluso puede que llegue a tener lástima de las estatuillas destruidas.


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