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El paso del mulk al malakût

15/04/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

Al narrarnos la experiencia de Ibrahîm, Al-lâh nos dice:

Wa kadzalika nurii ‘Ibrahiima
malakuut as-samaawati wa al-‘ardzi
wa li yakuuna min al-muuqiniin

Así es como mostramos a Ibrahîm
el reino de los cielos y la tierra
para que fuera de los que tienen certeza interior.

(Qur’án 6: 75)

Al-lâh nos dice que agració a Ibrahîm con la “certeza interior”, min al-muuqiniin, y que esta proviene de que le mostró el malakût, el Reino de los Cielos y la Tierra. El malakût es uno de los tres mundos de la “metafísica islámica”, junto con el mulk y el ÿabarut. De una forma sencilla, decimos que el mulk es “el reino de este mundo”, la ficción de dominio de las criaturas. El malakût es el “reino de las esferas”, donde los ángeles celebran la gloria de su Sustentador, y el ÿabarut es el mundo exclusivo de Al-lâh. Este esquema, por muy limitado que se quiera, goza de un amplio prestigio. No es el resultado de un capricho, sino que se basa en una lectura global del Qur’án, a partir de la cual se ha realizado una clasificación que nos sirve para discernir en lo insondable.

En su “Guía de términos islámicos” (todavía inédito), Yaratul-lâh Monturiol nos ofrece las siguientes entradas:

mulk, El reino de este mundo (dunia). El mundo de los seres humanos y el mundo de los malâ’ika —llamado malakût— no son mundos diferentes, sino dos aspectos de lo mismo, es decir, del universo del poder. Ambos responden a la trilítera árabe M-L-K, que hace alusión a poder, reino, gobierno (de ahí el término árabe malik, rey). El mulk es el universo del poder aparente del ser humano, el malakût es el universo del poder angélico; pero ambos universos pertenecen a la expansión natural del hombre Universal, que es el señor de los ángeles de la existencia. Fue por eso que Al-lâh dijo a los malâ’ika y a todas las criaturas que hicieran suÿûd (se postraran) ante Adam, el hombre primordial.

malakût, El universo propio de los malâ’ika; es el espacio intermedio entre la Unidad esencial y la pluralidad de la existencia. Es el universo del poder angélico o universo interior de las cosas. El ser humano que llega al malakût deja que a través suyo se ejerza una voluntad auténtica de realización de las cosas que jamás relacionaríamos con lo que nosotros entendemos por “poder”. El místico participa de la cualidad de Al-lâh de “gobernar el mundo sin rozarlo”. El conocimiento del malakût le brinda posibilidades de comprensión de las realidades aparentes y del mundo de lo no-visto, con lo que su nivel de acción se incrementa.

ÿabarût, el universo exclusivo de Al-lâh. El universo del Poder de Al-lâh. Proviene de la trilítera árabe Ÿ-B-R que alude a una fuerza que domina, constriñe.

mulk-malakût-ÿabarût, los niveles de la realidad. El mulk no es algo subtancialmente diferente al malakût. Como se deduce de la propia plasmación árabe de ambas palabras, el malakût es el mulk desarrollado”. Lo que se encuentra potencialmente en el mulk se da en acto en el malakût. El malakût es algo que está ya en germen en el mulk, integrándose el mulk en el malakût como —de alguna forma— la semilla está en el árbol que llega a ser. El ÿabarut, siguiendo con la metáfora sería Lo que hace posible el universo del mulk y del malakût. Se dice en el ámbito del islam interior que en el Corán, las letras son el mulk; el sonido es el malakût, y los números son el ÿabarût.

Desde esta perspectiva, decimos que Ibrahîm ha cruzado del mulk al malakût, del sueño de poder de los hombres a la aceptación de un Poder que está por encima de toda ficción de soberanía mediante la cual el hombre trata de ocultar su carácter contingente. Ha pasado del mundo de las formas al mundo del ángel, intermedio entre lo múltiple y lo Uno.

¿Cómo se logra este salto? Aunque puedan sernos útiles, y un buen modo de prepararse para ello, parece claro que este no se logra mediante la especulación o el razonamiento. En la surat 19, Ibrahîm da cuenta de su experiencia ante su padre Asar en los siguientes términos:

Yaa ‘abati ‘inni qad jaa’anii min al-‘ilmi maa lam
ya’atika fatta bi-nii ‘ahdika siraat an-sawiyyaa.

“¡Oh padre mío! Ciertamente, me ha llegado en verdad
un rayo de conocimiento como no te ha llegado a ti:
sígueme, pues, y yo te guiaré a un camino perfecto.”

(Qur’án 19: 43)

Esa certeza o conocimiento que calificamos de “interior”, no viene del hombre, sino que se produce como un deslumbramiento. Es algo “que nos llega”, que viene al encuentro de aquellos que se han entregado a la observación sincera de las cosas. Solo cuando penetramos en el interior oscuro de lo visible se nos abrirá la puerta hacia “el otro lado”. Mientras el desvelamiento no se produce, incluso Ibrahîm, que ha decidido apartarse de la idolatría, está condenado a seguir preso de su fascinación por el “espectáculo de la creación”.

Así pues, no basta con saberlo, ni con especular sobre “tres mundos” (en realidad, los mundos de Al-lâh son infinitos) para acceder a ellos. Hay que profundizar en lo que el Qur’án nos dice y preguntar directamente: ¿cómo se obtiene la certeza? Hay que atreverse a pedir a Al-lâh que nos otorgue ese conocimiento interior con el cual ha distinguido a sus más sinceros siervos, atreverse a realizar la trayectoria de Ibrahîm, en la medida de nuestras posibilidades.

Curiosamente, lo que engaña a Ibrahîm es lo mismo que le conduce a la certeza. Trascender implica un doble movimiento: ir a través (trans) y ascender (scando). Ascender mediante es ese “atravesar las apariencias” lo que lo conduce “arriba”, lo que eleva a Ibrahîm del Mulk al Malakût, hasta verse a si mismo preso de un nuevo plano. Penetrar en el meollo mismo de las cosas, hacer que la mirada las traspase. ¿Cómo la mirada, que nos mantiene apegados a las cosas, puede trascenderlas?

Desde los mismos orígenes del pensamiento humano, se ha hablado del asombro: ¿por qué hay mundo? El asombro suele referirse a las cosas mismas: la maravilla del funcionamiento del mundo, de los ciclos del día y de la noche, de la armonía perfecta de las esferas y el equilibrio que reina en la naturaleza. El asombro ante la respiración, ante el latir del corazón, ante las funciones fisiológicas. El asombro ante los amaneceres, ante la renovación constante de la vida. Todo lo visible es susceptible de provocar nuestro asombro, pues todo ha pasado de la inexistencia a la existencia, y está ahí como cifra del misterio.

Ahora bien: si nos fijamos bien, este asombro se refiere a las criaturas, y por tanto contiene en si mismo el germen de toda idolatría. La criatura queda presa de aquello que “le parece asombroso”, lo cual no es sino un reflejo de su propio saber abocado al horizonte. Este asombro nos concierne, el darse cuenta de que estamos vivos bajo el cielo estrellado, en la misma existencia que lleva millones de años funcionando. Así, mediante este asombro el hombre se sublima.

Lo crucial de la experiencia iniciática de Ibrahîm es que no se queda preso de ese asombro, supera el solipsismo y la idolatría de las cosas que el saber que surge del asombro implica. Ibrahîm no se queda en la maravilla de las cosas, da un paso más allá, hacia el origen de todo eso que lo maravilla. En efecto: lo que nos maravilla, más allá de la Majestad y la Belleza en que Al-lâh se nos muestra, es el propio hecho de la Creación. Al tener conciencia de haber sido creado, y de que su vida es una mota de polvo abocada a desaparecer en lo infinito, el hombre cae postrado. Este es el punto que separa la idolatría de la adoración, la inmanencia de la trascendencia. Este hecho muestra que estamos completamente sometidos a Al-lâh, nos aboca al aniquilamiento, al reconocimiento, a la entrega de todos nuestros actos.

Es en este momento cuando Ibrahîm comprende que el sol no es más que una criatura, y como tal su influjo se desvanece dando paso a la certeza. Verdaderamente, no puede haber algo más grande que lo infinito, no puede haber algo más grande que “lo más grande”: Al-lâhu Akbar. Con esto nos basta. ¿Por qué tendríamos que encontrarlo, darle objetividad a nuestra busca? En realidad, en la medida en que encontramos algo concreto deja de ser automáticamente “lo más grande”. Así pues, para no caer en idolatrías debemos aceptar que “lo más grande” se halla más allá de todo lo visible.

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