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Experiencia de la trascendencia

08/04/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

Existe un acontecimiento inicial en la vida de Ibrahîm: su descubrimiento de Al-lâh como un principio Creador situado más allá de lo visible, una experiencia que lo lleva inmediatamente a cuestionar todo saber constituido y a enfrentarse a la idolatría de sus gentes. El Qur’án describe en los siguientes ayats el desvelamiento, el despertar del sentido de la trascendencia de Al-lâh en Ibrahîm:

Y, he ahí, que Ibrahîm habló a su padre Asar:
“¿Tomas acaso a los ídolos por dioses?
¡En verdad, veo que tú y tu gente estáis evidentemente extraviados!”
Y dimos a Ibrahîm visión del magnífico dominio sobre los cielos y la tierra
—para que fuera de los que poseen certeza interior.
Cuando se hizo sobre él la oscuridad de la noche, vio una estrella;
exclamó: “¡Este es mi Sustentador!”
—pero cuando se ocultó, dijo: “No amo lo que se desvanece.”
Luego, cuando vio salir a la luna, dijo:
“¡Este es mi Sustentador! —pero cuando se ocultó, dijo:
“¡Ciertamente, si mi Sustentador no me guía,
seré sin duda de los que se extravían!”
Luego, cuando vio salir al sol, dijo:
“¡Este es mi Sustentador! ¡Este es el más grande!”
—pero cuando este también se ocultó, exclamó:
“¡Pueblo mío! ¡Ciertamente, estoy lejos de atribuir,
como vosotros, divinidad a algo junto con Al-lâh!
Ciertamente, me he vuelto por entero a Aquel
que creó los cielos y la tierra, apartándome de toda falsedad;
y no soy de los que atribuyen divinidad a algo junto con Al-lâh.”

(Qur’án 6: 75-80)

En un primer momento, el Qur’án nos remite a la experiencia de la noche, donde el hombre está solo, completamente abocado a la tiniebla.

Fa lam maa janna ‘alayhi alayiu ra’a kawkabaa...

Y cuando cayó sobre él la oscuridad de la noche vio una estrella...

(Qur’án 6: 76)

Ibrahîm se ha apartado de la idolatría y ha hecho en si el vacío de imágenes: nada tiene ya sentido, todo lo extravía. Estamos perdidos en un laberinto de representaciones que se suceden sin sentido. Es esa experiencia la que lo conduce al más allá de lo visible, a una dimensión de la Realidad que escapa a los sentidos. Lo primero que aparece ante su mirada es una estrella, un punto de luz diminuto en la inmensidad negra de la noche. La mirada que surge de la noche ve las cosas con una claridad que sobrecoge. El deslumbramiento que le produce es tal, que la confunde con su Sustentador. En cierto sentido, es lógico que piense que su Señor es aquello que sobrevive a la oscuridad más absoluta.

Sin embargo, cuando Ibrahîm ve desvanecerse esta estrella dice:

Lâ ‘uhibbu al-‘afilîn.

“No amo lo que se desvanece.”

Esta sentencia sitúa el amor (hubb) como motor de su búsqueda. El amor es una fuerza que nos conduce a ir más allá de nosotros mismos, un impulso hacia “lo otro”. Este anhelo muestra que estamos incompletos, y por tanto somos presa fácil de todos los señuelos, de la fascinación de lo aparente. Somos presa fácil porque necesitamos de lo otro, estamos siempre proyectando nuestras carencias. En esta noche oscura, en este vacío de si mismo que siente el hombre se despiertan las ansias de conocimiento, de ir hacia lo desconocido. Ibrahîm se sitúa ante el firmamento como quien se sitúa ante un misterio, ante la presencia inefable de las cosas. Entonces el círculo luminoso de la luna lo deslumbra:

“¡Este es mi Sustentador!”

Pero la luna también se desvanece. Entonces invoca la guía de su Sustentador:

La ‘il-lam yah dinni Rabbi
la ‘akuu nanna min al-qawmi adz-dzaaliim.

“¡Ciertamente, si mi Sustentador no me guía,
seré sin duda de los que se extravían!”

Tras el amor, esta aleya nos ofrece una segunda clave. Ibrahîm comprende que la percepción humana es engañosa, que su visión exterior se halla limitada. Se da cuenta de que debe recibir una guía de esa misma Verdad que está buscando: es ella misma quien debe revelarse. Mientras esto no suceda, seguirá vagando de una cosa a otra, perdido en el mundo de las representaciones. Por eso cae de nuevo en el error cuando ve la magnificencia del sol:

Hadzaa Rabbi
hadzaa ‘akbar.

“Este es mi Sustentador,
este es el más grande”.

Tercer error, tercera clave: Ibrahîm busca lo más grande, algo que no se desvanezca. Mientras aparezca limitado por su percepción exterior, jamás encontrará aquello que es verdaderamente grande: al-Kabir, uno de los Nombres de Al-lâh. Solo cuando ve desvanecerse el propio sol (lo más grande en el mundo de las representaciones) se da cuenta de que su Sustentador se sitúa más allá de lo aparente. Con eso, se abre ante Ibrahîm una nueva dimensión (el malakût), que había permanecido oculta tras los velos del “reino de este mundo” (el mulk).

Ibrahîm se orienta a “lo más grande”, rompe con los limites de la percepción y descubre una inmensidad ilimitada. Se encuentra con algo cuya grandeza no es medible, no puede ser limitada en función de los sentidos engañosos. Si lo podemos medir, todavía no es lo más grande, sino algo que abarcamos con nuestra capacidad de medición. Necesitamos llegar a eso que está fuera de toda medición, a lo Infinito: solo entonces se rompen los límites de nuestra percepción y nos abrimos a lo oculto, a un mundo que nos abarca y sobrepasa. Este abismarse implica la ruptura del yo como medida de las cosas. Ante la inmensidad de lo creado todavía somos algo, pero uno mismo no es nada de nada ante lo Infinito.

Esa ruptura sobrecoge, en cierto sentido es una pérdida, pero también es un alivio. La duda se desvanece, se produce la certeza. Una pérdida de todas nuestras fantasías de ser y de dominio, una pérdida de referencias para el ego. Sin embargo, también es un alivio: superación de todas las obsesiones que nos tenían atrapados, de los ídolos que nos habíamos forjado. Quedamos en suspenso, en lo abierto, en las propias manos del Creador de los cielos y la tierra.

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