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Terrorismo e inmolación

08/04/2004 - Autor: Simón Royo - Fuente: www.rebelión.org
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Vamos a plantear dos analogías que van a turbar la buena conciencia de los aterrados burgueses del mundo Occidental. El lector tendrá entonces que contener su perplejidad y lograr no reprimir lo que inconscientemente piensa pero nuestra civilización moral nos ha obligado a mantener alejado de la conciencia. Vamos a poner unos ejemplos que nos convierten a todos en asesinos, ya que con nuestros impuestos se han forjado y lanzado bombas y misiles sobre gente inocente y sobre soldados o "combatientes ilegales", en una proporción asimétrica cuya magnitud indirecta es inmensamente desproporcionada respecto a la reacción directa provocada. El que incluso quienes trabajamos y pagamos impuestos, comportándonos como buenos ciudadanos, podamos quedar responsabilizados de las acciones de nuestros gobiernos, con mayor razón cuando han sido elegidos por nosotros por sufragio cuatrianual para mayores de edad, resulta una desagradable realidad que tratamos por todos los medios de alejar de nuestra mente.

Imaginemos a Francia, en la actualidad, bajo una nueva ocupación neonazi. Los franceses que luchasen contra la ocupación serían llamados "la resistencia" pero para los neonazis serían "terroristas". Pero ya no sería la resistencia en la era de la globalización como antaño. Los franceses tendrían ya medios como para enviar comandos al país invasor para atentarles en casa, contestando con una violencia muy cruel pero de menor intensidad, a los bombardeos y misiles que hubiesen lanzado sobre su gente los invasores. Uno de esos comandos habría sido acorralado en un piso franco del país invasor, pero, antes de dejarse coger, se habrían volado a sí mismos por los aires. Los habitantes del país invasor hablarían de la barbarie y el salvajismo de los invadidos, del nihilismo de los franceses, intentando así justificar la invasión de los bárbaros por parte de los civilizados. Así, poner el burka a una mujer sería una barbarie mayor que arrojar con unas máquinas de destrucción cada vez más sofisticadas 20.000 bombas sobre Afganistán. Por el contrario, para los franceses invadidos los que, si fueran vascos llamarían "gudaris", serían considerados grandes héroes y la impresión que darían a sus gentes no sería la de "qué salvajes" sino la de "¡qué huevos le han echado!", "¡qué valientes!" y "¡qué nobles!". Y los nietos de estos invadidos cantarían la gesta de sus ancestros a lo largo de los siglos en extensos poemas épicos.

Se discrimina entonces de diferente manera una violencia, brutalidad y barbarie a distancia, sin ensuciarse las manos de sangre, con una potencia de fuego inédita en la historia de la humanidad, y, sobre todo, sin morir por lo que se defiende; de una violencia, brutalidad y barbarie directa, ensuciándose las manos de sangre, debido a la carencia de misiles y bombas con que contestar a los que se las han arrojado, lo que les impulsa (con o sin religión) a morir matando o inmolarse antes de ser presos.

Compárese ésta analogía con lo sucedido en Leganes (Madrid, España) y se tendrán algunas nuevas claves para comprender el problema sin que la supuesta superioridad moral de los supuestos pueblos civilizados impidan que aflore a la conciencia lo que muchos piensan pero nadie se atreve a decir.

La segunda analogía con lo que estamos viviendo se puede plantear con un ejemplo que nos ilustre sobre los motivos para que los calificativos de salvajismo y barbarie para lo sucedido en el 11S y el 11M queden un poco en entredicho, dada la inseguridad acerca de quien es el verdadero bárbaro y quién el civilizado. Supongamos que a los yanomamis que habitan las riberas del Amazonas empiezan a cazarlos como animales, cosa que personajes como el actualmente delirante senil Gustavo Bueno no consideraría acto de guerra sino acto de caza, ya que a su juicio para que haya guerra tiene que darse entre dos Estados y, además, cuando no se reconoce humanidad en el aborigen, nos dice, entonces no hay guerra, sino cacería.

Supongamos entonces que a los yanomamis les cazan, raptan a sus mujeres y las hacen trabajar en prostíbulos de mala muerte, envenenando su agua y talando sus bosques.

O no supongamos nada, porque eso es lo que ocurre allí desde hace decenios. Pero sigamos de todas formas con el supuesto y fijémonos en cómo, de repente, una partida de yanomamos avanza hasta el lugar en el que las excavadoras están derribando los árboles y convirtiendo la selva en un desierto, derribando con ello su habitat, su cultura y destinando a su pueblo a la extinción.

Supongamos que los yanomamos detienen a las excavadoras arrojándose delante de ellas y muriendo en el intento, que luego, con sus cerbatanas y sus flechas, derriban a dos operarios de las excavadoras que resultan horriblemente muertos. Todo Occidente clamaría contra el salvajismo improcedente de los yanomamis que, enemigos de la vida y del progreso, se hubiesen inmolado.

Todo Occidente guardaría minutos de silencio y daría las más sentidas condolencias a las familias de esos pobres operarios de excavadora, tan cruelmente asesinados, que nada tenían que ver con la política y que serían al fin y al cabo trabajadores, con mujeres e hijos, totalmente irresponsables de los conflictos que una multinacional maderera y otra petrolera pudieran tener con los aborígenes del lugar. Los indignados habitantes de las grandes urbes de Occidente, que muchas veces no pisan la tierra sino sólo asfalto a menos que se desplacen 30 kilómetros fuera de la megapolis, clamarán contra la obcecada y estúpida defensa de los indios de unas tierras y unos árboles y denostarán que se haya atentado contra gente simple como ellos y no contra los magnates de las grandes multinacionales, contra aquellos que viajan en coche blindado y están rodeados de guardaespaldas. Sin embargo suponemos también que muy otro sería el pensar de la comunidad yanomama. Sobre la valentía y el arrojo de los miembros de la tribu caídos bajo las excavadoras los poetas ancianos forjarían relatos épicos que se transmitirían generación tras generación mientras subsistiese un solo miembro de ese grupo humano. Se les tendría por héroes y se consideraría que se han reunido felizmente con la madre Naturaleza esos caídos en la batalla o los anteriormente cazados por los mercenarios de las compañías maderera y petrolera. Sus caídos se reunirían, a su juicio, con esa madre Naturaleza que recibe, amorosa, en su seno, a todos los que la aman, la cuidan y la defienden.

Después de todas estas suposiciones o no tan suposiciones se tendrán algunas nuevas claves para comprender el problema del conflicto entre los yanomamis y las multinacionales, sin que la pretendida superioridad moral de los supuestos pueblos civilizados impidan que aflore a la conciencia lo que muchos piensan pero nadie se atreve a decir.

Uno de los que se ha atrevido a decir lo que algunos consiguen traer a la conciencia pero nadie se atreve a declarar públicamente ha sido el filósofo Jean Baudrillard:

"La condena moral, la unión sagrada contra el terrorismo se encuentran a la misma altura del júbilo prodigioso de ver destruir esta superpotencia mundial, incluso de verla de algún modo destruirse a ella misma, suicidándose bellamente. Pues es ella quien, por su insoportable poder, ha fomentado toda esta violencia por el mundo y, por consiguiente, esta imaginación terrorista que (sin saberlo) vive en nosotros.

Que hayamos soñado con ese acontecimiento, que todo el mundo sin excepción haya soñando con él, que nadie pueda evitar soñar con la destrucción de un poder que ha llegado a ser hasta tal punto hegemónico, eso es inaceptable para la conciencia moral occidental. Y sin embargo es un hecho, y este hecho se mide justamente con la violencia patética de todos los discursos que quieren borrarlo" (Jean Baudrillard "El Espíritu del Terrorismo". Microfisuras nº16, "Arquitecturas", p.138. 2 de noviembre de 2001).

Francamente me alegré de la caída de las Torres Gemelas, más por lo que significaban que por los pobres alienados conductores de la excavadora que, parecidos a mí mismo en la forma de vivir y de vestir, me hicieron sentir también víctima de la tragedia. Y francamente no puedo alegrarme, pues son mis conciudadanos, por los 200 muertos de Madrid; ya que soy un hombre como los demás y tengo mayor empatía por mis allegados y cercanos que por gentes que visten de manera extraña, tienen una lengua que no comprendo y pertenecen a una cultura y unos códigos de los que nada sé excepto tergiversaciones y mistificaciones.

No llego a ser tan objetivo como para sentir el mismo dolor por la muerte de mi madre en Madrid que por la muerte de una mujer en Bagdad que vestía como una cucaracha y que hablaba en una jerga incomprensible para mí; aunque soy consciente de que fuesen dos seres humanos con igual valor objetivo y aunque a veces los más cercanos nos parezcan los más lejanos. Y aunque yo mismo cogí el metro en Atocha veinte minutos antes del atentado del 11M, a las 7:20 de la mañana; no puedo dejar de pensar que aunque hubiese sido yo mismo afectado en esa acción, consideraría que los más responsables de la misma no habrían sido quienes la cometieron, así como que los objetivos de la misma tampoco habrían sido los más responsables de que se llevase a cabo.

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