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Terrorismo islámico y movilización total

08/04/2004 - Autor: Ahmed Lahori - Fuente: Webislam
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Movilización total
Movilización total

El modo de vida que el sometimiento a la Realidad /islam aporta entra en conflicto con aquellas concepciones que quieren reducir al hombre a una caricatura de si mismo, despojándolo de su sensibilidad innata hacia la Realidad como un todo armónico y telúrico para atraerlo hacia el mundo del consumo, donde el saboreo de la Realidad/Al-lâh estorba.

Los rótulos de neón pretenden sustituir a los signos de una Creación constantemente renovada, llevarnos desde lo luminoso hasta lo llamativo. El hombre debe quedar por siempre insatisfecho. Nada de lo que el mercado le ofrece puede curarlo definitivamente. Esta es la ley que hace girar la rueda del capitalismo, donde el hombre se inserta como esclavo, y no como un ser soberano que aspira a lo más alto. Para ello, deben anularse toda aspiración intelectual o espiritual dentro del hombre, debe anularse su espíritu crítico y su sensibilidad hacia la naturaleza, deben aniquilarse sus ansias de otra vida, su anhelo de encuentro con una Creación que nos desborda.

A principios del siglo XXI el islam se presenta como el único obstáculo planetario a la “movilización total” que Ernst Jünger anunció hace años. Con el concepto de movilización total nos referimos a la supeditación de todas las capacidades y las pasiones humanas a la cadena del mercado, causa y efecto, compra-venta. Esta movilización tiene carácter de militarización de la sociedad, y se opera mediante la creación de estados de ansiedad y de insatisfacción innata. Cuando ya no encuentra otra salida que el consumo, y sin embargo este no lo satisface, queda atrapado en la cadena de producción, como si fuera una tuerca más en un sistema que parece funcionar por si mismo, sin una mano externa que lo mueva.

Los medios de comunicación nos atraen hacia el interior del aparato. El hombre deja de ser hombre cuando se separa de la Creación de Al-lâh el Altísimo y se inserta en un entramado de relaciones puramente maquinales, donde su sensibilidad espiritual es un sobrante, una excrescencia.

Desde el momento en que el musulmán opta por orientarse hacia la Creación y dar la espalda al mercado, es cuando el islam se hace peligroso. El musulmán, en cuanto se reconoce criatura sometida a Al-lâh, abandona el estado de ensimismamiento al que los mass media lo conducen, se hace refractario a la mecanización de sus pulsiones.

De ahí la prohibición de la usura. Si el islam no prohibiese la usura, no existiría el llamado “terrorismo islámico”.

En términos económicos, esto quiere decir que el islam tradicional ofrece un modo de relaciones económicas no basado en la depredación sino en el intercambio. La usura nos aleja del mundo natural (mundo de los valores reales), lo destruye y crea otro en su lugar (mundo de los valores económicos). En palabras de Blaise Pascal: “si la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza”... De ahí las ciudades de hormigón, de ahí la inversión de los valores, hasta el punto en que la destrucción de la naturaleza es considerada como creación.

La capacidad reproductiva del dinero entra en competencia con la de la mujer, la convierte en generadora de una vida destinada a la muerte, frente a la riqueza que se acumula y permanece: ahorro de energía para la salvación de los espíritus en contra de la carne. De ahí que las mujeres ya no quieran ser mujeres. Por usura.

En el capitalismo salvaje que domina la vida de millones de personas, la mentalidad sacrificial de la Iglesia Católica se encuentra invertida. Si la doctrina de la Iglesia nos hablaba de sacrificar nuestra materialidad para la salvación del alma, el capitalismo postula el sacrificio de la espiritualidad humana para la salvación de la materia. De ahí las grandes acumulaciones de capital, y el mundo bancario como un paraíso (fiscal).

La confusión entre el valor monetario y la riqueza real (los frutos, los dones de la naturaleza) se proyecta en el terreno. La riqueza real es concreta, aquí y ahora. Que la riqueza ficticia domine a la riqueza real quiere decir que el espacio trata de usurpar las condiciones temporales. De ahí el carácter expansionista de la usura: siempre necesita nuevos territorios.

Mientras exista un lugar donde los valores reales sean vividos como tales, la usura sale derrotada. Mientras exista un lugar donde se tenga acceso a la Realidad en si mismo, todas las abstracciones y el discurso del poder carecen de sentido. De ahí la persecución que el sometimiento a la Realidad/islam sufre hoy en día en todo el mundo, y de ahí también que el islam esté creciendo como la única alternativa viable a un mundo de valores abstractos, donde solo se valora el artificio. Nos referimos, claro está, al islam como sometimiento a la Realidad por parte de cada criatura, y no a ninguna religión de Estado. (La transformación del islam tradicional en una religión de estado es una de las operaciones que el capitalismo está tratando de llevar a cabo desde hace más de un siglo).

La libertad se da con respecto al mercado, no es posible dentro del mercado. La repugnancia que siente todo hombre sano ante la degradación que se opera en el mundo, su rechazo a la maquinización de la vida y a la comercialización de las pasiones conducen a millones de personas a encontrar en el islam una salida, una resquicio de libertad en medio de la selva del consumo.

Existen numerosas fuerzas en occidente que se oponen a la burocratización de la vida. No hay más que ver las proclamas de los anti-globalización contra la “Europa de los tecnócratas”. En la medida en que los movimientos anti-globalización forman parte de la maquinaria que tratan de negar, utilizan el mismo lenguaje de la islamofóbia. En este caso, la comparación con la Iglesia Católica y el concepto de religión dominante esconde la verdadera dimensión del islam como un fenómeno que va más allá de la religión, como el estado natural de toda criatura.

La diferencia entre los anti-globalización y el islam tradicional es clara. Los primeros responden a la maquinización con una ideología, mientras que el musulmán responde sentándose en torno a una taza de té. Rituales frente a la barbarie, recuperación de la cotidianidad como un espacio sagrado, con la oración marcando nuestra vida. Un hombre que se levanta cada día al alba para postrarse justo antes de la salida del sol no puede sino reírse de lo que le venden en los escaparates, de esos sueños de poder que la posesión engendra. Permanece enteramente libre de esas tentaciones.

Simplemente, sucede que el “musulmán normal” (el que conserva un sentido telúrico de la existencia) no es globalizable, permanece al margen del sistema. En términos de política interna, se habla de la “no integración” de los musulmanes en occidente, lo cual quiere decir que no se creen nada de lo que se les dice. Un hombre que se postra y mira a la Realidad directamente, es difícilmente manejable. Se sienta ante el televisor con una sonrisa mientras ve la locura desplegarse ante sus ojos. Como Astérix, no puede sino exclamar: están locos estos romanos.

El hombre sometido a la Realidad /musulmán no cambiaría por nada del mundo su modo de vida. No abandonará una tradición que lo vincula a la Realidad directamente por ir a votar al tirano de turno cada cuatro años, ni aceptará la manipulación mediática, ni será arrastrado por la movilización total que trata de apoderarse de su vida.

Este mantenerse al margen de los mecanismos de control de masas y de la sociedad del espectáculo convierten al musulmán en un peligro. Más grave aún por lo contagioso de su estado. Cada año son más los europeos que se reconocen musulmanes, que abandonan el mundo de ficciones en que se ha convertido la vida en occidente para girarse hacia la Realidad en toda su grandeza.

La propagación del islam en todo el mundo, tras la caída del comunismo, se ha convertido en un auténtico fenómeno. En España, y a pesar de la islamofóbia desatada en los medios de comunicación de masas, el islam no deja de crecer. Entre los españoles que se reconocen musulmanes, llama la atención el hecho de que la mayoría de ellos sea gente culta, licenciados y miembros de todas las profesiones liberales: profesores, arquitectos, jueces, abogados, médicos.

Esto es una reproducción exacta de lo que sucedió en el pasado, cuando las clases cultas e instruidas de Persia y de Siria se reconocieron musulmanes. Resulta curioso que el islam se propague principalmente en esas capas de la sociedad, incluyendo comerciantes y hombres de ciencia, deseosos de encontrar un modo de vida equilibrado y de frenar el militarismo y la depredación como modos de vida. Es evidente que el actual estado de cosas no puede satisfacer a un hombre de conocimiento, que tiene que revelarse ante una maquinaria financiera-militar que está destruyendo el mundo, cometiendo genocidio tras genocidio para perpetuarse.

Frente a este modo de concebir la sociedad, donde todo vale, el islam aporta un nuevo equilibrio, del cual todo ser humano consciente siente auténtica nostalgia. El deseo de encontrar un modo de vida integrado de estar en el mundo, acorde con la dimensión sagrada de la criatura, es lo que propicia el reconocimiento del islam en occidente. A este fenómeno no es ajeno lo que llamamos “vuelta a la naturaleza”, recuperación del mundo natural como espacio abierto frente al mundo de la maquinización y de la burocracia.

En este contexto, se comprende la necesidad del “terrorismo islámico”, como un medio de 1) frenar el interés creciente de los occidentales por el islam, 2) justificar la destrucción del islam tradicional y 3) movilizar a toda la población, creando estados de ansiedad y de terror constante, ante los cuales el consumo se ofrece como alivio.

En este sentido, lo que estamos viviendo en los últimos días en España, todo el despliegue mediático-policial, no constituye sino una vuelta más de tuerca en la maquinaria de la movilización total, de ese intento despiadado de transformar al hombre en una maquina insensible, de ponerlo enteramente al servicio del mercado.

El entramado mediático-militar que trata de frenar el avance de la rahma de Al-lâh (Su Misericordia Creadora) es tan patético como un oso tratando da cazar una mosca, o una tela de araña de atrapar a un ángel. De ahí sus aspavientos sin sentido, como los de las pasadas semanas en Madrid, manteniendo a los consumidores de noticias en una nebulosa. Grande es el esfuerzo por ocultar la verdad, para que el Estado realice despliegue semejante.

Cuando vemos a la maquinaria del Estado golpeando contra los musulmanes y tratando de frenar la transmisión de la rahma de Al-lâh en todo occidente, no podemos más que sonreírnos. Muchas serán las víctimas, y eso es doloroso, pero también lo inútil de los intentos de frenar la expansión del islam en occidente. Hace ya muchos años que se está llevando a cabo una demoledora campaña de mentiras y difamaciones contra el sometimiento a la Realidad/islam y los sometidos a la Realidad/musulmanes, y sin embargo el islam no deja de crecer, de enamorar los corazones.

El islam vence (no ha dejado de hacerlo desde el principio de los tiempos) porque sus argumentos están en cada uno, como una necesidad interna. No es necesario convencer a nadie de lo que lleva dentro: cuando lo reconoce cae postrado, libre de la maquinaria mediática que trata de alejarlo de si mismo, de romper esa sensibilidad innata que lo vincula con la Realidad, de interrumpir esa comunicación directa que se sitúa más allá de las formas, en el propio organismo de la criatura, en el movimiento de los cielos y la tierra.

Como dice el Cohelet: nada nuevo bajo el sol de lo mismo.

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