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Quien se conoce a si mismo, conoce a su señor

09/02/2004 - Autor: Omar Joray - Fuente: Webislam
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Omar Joray
Omar Joray

Quien sea ciego de corazón en este mundo, lo será en la otra vida y estará mas alejado aun del camino de la verdad

(17:72)

Lo que puede impedirnos ver la luz del más allá, no es la ceguera de nuestros ojos, sino la ceguera de los ojos de nuestro corazón. ---"Porque no son los ojos los que se vuelven ciegos , sino que se vuelven ciegos los corazones que encierran sus pechos" (22:46). Dios no cambia la condición de una gente, mientras estos no se cambien lo que tienen en si mismo. (13/11)

La única causa de que el corazón se vuelva ciego a las señales que Dios envía al hombre desde el otro mundo a través de este mundo, es el no conocerse a uno mismo, ni a nivel de mascaras, ni a nivel del demonio personal que nos acompaña, ni a nivel de los ángeles que anotan todos nuestros actos. Todo este desconocimiento de uno mismo hace que uno se repita permanentemente en cada uno de esos tres niveles, hasta el hartazgo.

Así uno se olvida que vivimos en una existencia que se esta fabricando por primera vez, en un ritmo sincrónico que es un ritmo uno, siempre esta renaciendo de continuo, el hombre es hijo del momento, así no vivimos dentro de las leyes de la realidad, que se alimentan de las ordenes divinas, y mas bien vivimos desactualizados, expulsados de las circunstancias y guiados por nuestras pasiones, educación recibida y tendencias genéticas.

Lo que lo mantiene a uno en esta etapa de desconocimiento de lo real es una oscuridad que tapa totalmente el exterior --visión de señales que envía las circunstancias del momento existencial-- y el interior --lectura clara de los signos que Dios envía a través de las circunstancias--.

Algunas de estas tinieblas son la arrogancia, el orgullo, la envidia, la tacañería, la venganza, la mentira, la maledicencia, la difamación, y muchos otros rasgos despreciables. En la base de ellos esta el no conocerse a uno mismo.

Estos aspectos negativos nos hacen pasar de ser de la mejor creación de Dios a lo más bajo de lo bajo, porque somos indiferentes hacia las posibilidades de evolución hacia la nada para ser nosotros mismos.

Para desembarazarse de estos males uno ha de limpiar y pulir el espejo del corazón, con el instrumento del autoconocimiento a nivel de mascaras, demonios personales y presencia angelical, además no debemos olvidar que nuestros santos muertos, están vivos y se manifiestan a través de ciertos sueños.

Esta limpieza es hecha a través de la adquisición del conocimiento, y el poner en práctica ese autoconocimiento con ciencia, esfuerzo repetido y coraje, combatiendo contra la falsa realidad que se encuentra dentro de uno mismo y la proyectamos al exterior. Esta batalla continuará hasta que el corazón se de cuenta que esta vida al decir de los sentidos, no es otra cosa que repetición de hábitos hasta el hastío, allí habita lo mecánico, la ausencia de sorpresa y ausencia de perplejidad, y el cuerpo físico pasa a ser la casa de la depresión enmascarada, o alimento de la clínica sicosomática.

Recién después de dura lucha contra la falsa realidad que nos hace creer que lo real es en si nuestra realidad, viene la nostalgia y el recuerdo de nuestro verdadero hogar, su recuerdo provoca paz real.

Cuando llegue el momento, cuando los procesos de maduración para desaparecer en la nada estén listos, pero sobre todo, con la generosidad del abridor de puertas, el mas grande, el mas compasivo, ese espíritu que es puro que es usted, viajara a aproximarse a El. Entonces, él si mismo es inundado por la luz y te conviertes en luz, a condición que estés ausente. Pero estas luces son aún velos que ocultan la luz de la divina Esencia, no obstante lo cual llega un momento en que estas luces se encuentran ya demasiado atrás, y dejan exclusivamente la luz de la divina Esencia en sí misma. A fin de alcanzar estos niveles mientras esté usted en este cuerpo, en esta vida, usted debe liberarse a sí mismo de su importancia personal, que son negatividades egoístas. La creación no circula alrededor de usted, a usted le duele una muela y usted sufre.

La distancia que usted debe viajar en su ascenso hacia estos niveles depende de la distancia que haya logrado poner entre usted mismo y los bajos deseos de sus mascaras que habitan en su carne --las cuales tienen un sustrato biológico-- y demonios personales. Su obtención de la meta --la felicidad completa y conclusa, que solo esta en Dios-- que es su anhelo no es como un objeto material, ni tampoco es un conocimiento que lo conduzca a una cosa que se hace conocida, ni es como el razonamiento obteniendo una conclusión lógica y racional, ni es como la imaginación uniéndose con lo que construye. La meta que usted desea obtener, es la realización de su vaciedad de todo, excepto la Esencia de Allah.

El logro es un llegar a ser nada. No hay distancia alguna, ni cercanía, ni lejanía, ni alcance, ni medida, ni dirección, ni tampoco dimensión. El es el Todo, el abrepuertas Glorioso, toda alabanza se debe a El, el abridor de nuevas opciones no imaginadas. El se hace visible en lo que El oculta de usted. El se manifiesta a Sí Mismo mientras El pone velos entre El Mismo y usted. Su hacerse conocer está escondido en Su no ser conocido. Usted deber leer su libro delante de su Señor en el Día del Juicio Final, no espere que llegue ese momento, haga su revisión de cuentas ahora mismo, pues usted no tendrá entonces la oportunidad de suturar sus heridas, ni de equilibrar sus desequilibrios, ni de devolver bien por mal, ni de echarle la culpa a nadie. Si usted lo ejecuta aquí, mientras dispone del tiempo para hacerlo, estará entre aquellos que serán salvados de las repeticiones que conducen al dolor en este mundo.

De otra forma el dolor y el desastre serán su porción en este mundo y en el más allá. Esta vida tendrá un fin. Está el dolor del sepulcro, está el día del Juicio Final, está el balance que medirá el más pequeño pecado y la más diminuta de las buenas acciones. Luego está la prueba de ese puente, más delgado que un cabello y más filoso que una espada, al final del que se encuentra el Jardín, debajo del que se halla el Fuego y esa inconmensurable cantidad de sufrimiento, por una extensión que no se puede medir.

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