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Anacronías sin fin de la historia

20/12/2003 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Anacronías

Hace un cuarto de siglo a alguien se le ocurrió decir que la historia se había acabado ya, que se habían agotado las narraciones capaces de hacerla creíble y construible, que desaparecían los relatos que hasta ese momento habían proporcionado unas identidades colectivas ficticias, relativas e interesadas. En aquel final de siglo resultaba hasta cierto punto comprensible que la idea encontrase eco en las mentes más inquietas, y se filtrase en los debates académicos y en los análisis de los foros y revistas especializados, porque el siglo XX terminaba con el pensamiento moderno herido de muerte, con sus más fuertes mitos derruidos.

El pensamiento occidental y su imaginario estaban agotados, inundados por el caudal frenético de información que comenzaban entonces a verter las nuevas tecnologías de la comunicación. Ese agotamiento forzado del pensar abrió el camino para la imposición de un pensamiento autoritario en aras del proceso de globalización económica.

Sin más criterio que la eficacia y sin una continuidad posible de la narración, se decretaba el fin de la historia al mismo tiempo que los medios electrónicos de comunicación irrumpían en la vida cotidiana de todos los pueblos de la tierra, con un mensaje tácito y claro: Sólo existe una forma de civilización, sólo una manera de vivir, una sola cultura que ahora es fundamentalmente tecnológica y mercantil, única forma eficaz de concebir y controlar el mundo.

Esas premisas eran las del choque de civilizaciones y del fin de la historia que se habían estado gestando en un despacho del Departamento de Estudios sobre Oriente Medio de Princeton, tal y como describió el recientemente fallecido Edward Said.

Lo que los ciudadanos no podíamos imaginar entonces —entre otras cosas porque esa ya no era nuestra tarea— es que ese pensamiento urdido en las cocinas del orientalismo académico iba a vertebrar y a inaugurar la ideología del nuevo milenio, una vieja visión que necesita siempre del final de la historia, sea esta la que sea, la de los indios americanos o la de los pueblos semitas. Fin de una narración para que otra narración, inevitable y anacrónica, cale en el sentir de los ciudadanos. Por cierto, que se trata de esa vieja y pragmática ideología que no ha cesado de camuflarse en todas las épocas y lugares para mantener a una clase en el poder, para garantizar su status quo.

El viejo paradigma del pragmatismo es llevado a su refinamiento más atroz: la eficacia paradigmática, la exactitud y la reproducción. Llamémosle trasliberalismo, neoimperialismo o postcolonialismo, sus signos y huellas se muestran ahora con manifiesta crudeza, obscenidad e impunidad. El poder nos vuelve a recordar que la historia siempre fue la narración de una conquista, el relato de una depredación que ahora ya no habrá que ocultar puesto que anuncia su final.

Los poderes nos recuerdan que la historia siempre se ha impuesto y escrito mediante la creación del consentimiento colectivo a la barbarie mediante cualquier tipo de coacción o seducción. ¿Consentimos ahora en creer que la guerra y el genocidio son inevitables en aras de la pacificación global? Aunque nos horroricen las imágenes, consentimos sintiendo que no podemos hacer nada en medio de la vasta complejidad de la vida contemporánea, como si no toda vida lo fuera, sin tener demasiado en cuenta que son sólo eso, imágenes, palabras de una narración que nos es impuesta cada día mediante nuestra atención y nuestro consentimiento.

¿Dónde reside el poder de esas imágenes? Por sí mismas no tiene ningún poder. Ejercen su tiranía en las mentes de quienes les prestan atención, de quienes así de esa forma las adoran. Obtienen existencia al precio de nuestra propia capacidad de imaginar, en la interposición o irrupción de su discurso en nuestra vida cotidiana.

Ante la repetición incesante de esas imágenes resulta bastante difícil mantener una visión equilibrada y convincente de lo que pueda estar sucediendo en el mundo, un mundo que es ahora el espacio imaginal que han de ocupar unos ciudadanos virtuales. Unos ciudadanos del mundo que no pueden evitar evaluar, definir y catalogar todo un planeta sin desocupar y excluir a sus moradores seculares, sin imponerles su visión.

¿Qué más da que se conozca la mentira, que se muestre la trampa? ¿No es acaso la tiranía abierta y desvergonzada la forma más sincera y refinada de extender la dominación por todos sitios? Un dominio que ahora es magistralmente atemperado con las nuevas tecnologías de la información, necesarias para mantener el control global de las conciencias ¿No ha sido ésta una fórmula tradicional de mantener a enormes masas de población en estado de docilidad y consentimiento ante la barbarie?

Donde haya algo que controlar y obtener allí estará la fuerza, aunque para ello tenga ésta que prescindir de la justicia y de las leyes. Guerra, muerte y olvido como corolarios de una depredación que se nos impone como necesaria e inevitable. A fin de cuentas ¿Qué podemos hacer los ciudadanos en las periferias de la megápolis, si no disponemos de un marco de pensamiento que nos provea de visiones y soluciones convincentes, que nos haga ser críticos y nos permita seguir viviendo como seres humanos, articular propuestas que incidan en nuestras formas básicas de vivir?

Muy pocas personas quieren el sufrimiento gratuito, pero la mayoría admite la violencia de estado como tributo indispensable de los ciudadanos, y considera a los muertos y asesinados legalmente como víctimas propiciatorias del estado global, que por eso mismo y por otras cuestiones —como la censura, la limitación del habeas corpus, del derecho a la privacidad, las políticas de inmigración, etc— por eso mismo no es un estado de derecho. Muerte, exclusión y locura como daños colaterales de una forma de concebir y definir el mundo que quiere ser única, excluyente y totalizante. Frente al desmesurado ojo global ¿Qué importancia pueden tener las diferencias?

Y sin embargo, tras esa apariencia pavorosa, más allá de la imposición del terror hay una vida que merece la pena ser vivida, que quiere y necesita ser vivida por muchos seres humanos, al margen de las categorías de ciudadano o terrorista. Una vida que no implique el consentimiento a esas acciones que los poderes emprenden en nuestro nombre, en nombre de nuestra condición de ciudadanos, con las que no estamos de acuerdo.

Hace ya mucho tiempo que los ciudadanos sabemos que no tomamos decisiones, que nuestra participación electoral es sólo un barómetro puntual indicativo de la marcha de la economía y de la alta política. Votamos a los líderes para que decidan por nosotros. Y si no tenemos nada que hacer, ninguna posibilidad de ejercer nuestra soberanía, de poder construir nuestra forma de vida, comenzamos a desaparecer como presa fácil de la imaginería, de la ingeniería conductual, juguetes de las mentes de seres desconocidos, y ahí mismo nos clava sus dientes la paranoia convincente y letal. Pero también ahí mismo podemos aceptar nuestra precariedad y nuestro vacío estructurales y recobrar así una visión más real, más cósmica y menos historicista o biográfica (que es, por lo que vemos y sufrimos, la visión que esos poderes nos tratan de imponer, la que nos aliena)

Tal vez la única salida coherente que le queda al ciudadano de la megápolis sea una apuesta por la realidad, un giro decidido hacia la trascendencia, hacia la vida espiritual y moral. Entre otras cosas porque la mente prágmática, a diferencia de la mente universal, es vulnerable y tiene un límite claro. Y cuando el ser humano alcanza ese límite, o se vuelve loco ó estúpido, o acepta su estado y continúa su viaje con una conciencia acrecentada, más relativizante, recobrando en ese giro una dimensión crítica, la distancia y flexibilidad necesarias para contemplar la existencia, vacía y contingente, y poder así vivir como una criatura dotada de razón y de criterio de realidad, para poder vivir, simplemente, como un ser humano sano. La experiencia y la lógica nos están enseñando que, paralelamente a la narración del poder, se va tejiendo otra narración que es para nosotros más real, que nos da sentido porque suscita y apuntala esta conciencia más relativa y crítica, más liberada de la ideología globalizadora contemporánea y de la neurosis biográfica que hay en casi toda historia personal.

La memoria nos dice que no son precisamente las instituciones que se están creando para gestionar el desastre las que pueden proveernos del pensamiento crítico y de las respuestas que ahora necesitamos. Tampoco podrán devolvernos la autoestima como ciudadanos a no ser que sus gestos trasciendan el marco del pensamiento único y totalitario, el guión que vertebra el paradigma de los actores de la guerra. Para poder seguir viviendo como seres humanos los ciudadanos reivindicamos, sobre todo, nuestro derecho a pensar libremente y a compartir nuestro sentir, en el sentido más humano de esa palabra. En el sentido de la libertad real, en el sentido del pensar y del construir, pero también en el de creer y vivir de acuerdo a nuestras dudas y certezas. En el ámbito de la libertad de conciencia y de la responsabilidad.

Claro que existe la posibilidad de que los ciudadanos pensemos en Orwell como profeta de un tiempo en que la libertad de pensar sería ahogada, reprimida y asesinada, como anticipador de un estado global de ciudadanos clónicos, y claudiquemos así ante la narración del final tácito de la historia, dando así nuestro consentimiento a la barbarie. Pero también puede ocurrir que esa narración haya terminado o de que no haya tenido lugar, que no se trate ahora de organizar ninguna resistencia global al dominio global, sino simplemente dejar de otorgarle una realidad que ese poder autoritario, en sí mismo, no tiene. Que no sería tal poder si los ciudadanos dejáramos de mirarnos en él y de pensar por él a lo largo y ancho del planeta, y a lo largo y ancho de nuestro interior alienable.

Entre las bombas, las víctimas y sus imágenes se abre paso la idea de una reconstrucción, imagen feliz que trata de devolver sentido y autoestima a las mentes de los ciudadanos, al tiempo que oculta la realidad de una guerra que no tiene final. ¿Cómo va a iniciarse una reconstrucción cuando aún queda tanto por destruir? ¿En qué cabeza cabe que el objetivo sea ahora reconstruir? No, eso es sólo un espejuelo para continuar la depredación de una manera más relajada y oculta, para consolidar la mentira consentida. El objetivo, si es que debiera haber alguno, sería acabar con la guerra, con el genocidio, con todas las formas de dominación forzosa de las conciencias, con toda alienación inducida, con el hambre, la pobreza y la desigualdad.

Pero no, se trata de vivir la historia como rúbrica del consentimiento, como imposición de la mentira en la memoria colectiva, en los relatos de los pueblos.

Por eso mismo la conciencia que ahora necesitamos no es tanto la de la guerra como la de la paz. No necesitamos una conciencia sujeta a los vaivenes del péndulo de Foucault, como escribió Umberto Eco, conciencia de la biografía y de la historia, sino una conciencia trascendente que nos vincule a nuestra propia naturaleza y a la naturaleza en un sentido universal y global.

Hoy trascender es sobre todo superar una cultura de la imagen, relativizarla y fundirla dentro de nuestra experiencia integral. Vivir entre esas imágenes fabricadas —de las que hablaba Heráclito el oscuro— sin rendirles ningún tipo de adoración. Y eso sólo es posible desde una conciencia liberada de la horizontalidad de la historia, tanto de la personal como de la colectiva, tanto de la patología social heredada —la biografía— como de la imaginería del poder —la historia de los pueblos, la historia universal escrita por cualquier pueblo.

Por eso necesitamos trascender las alegorías y recobrar un mundo lleno de significados inmediatos y reconocibles, dejar a un lado la representación y asumir nuestra humana soberanía como tarea. Tenemos a nuestro favor la conciencia de nuestro cuerpo, la libertad de movernos y expresarnos aún como queramos, la libertad de pensar y de creer, la conciencia de las consecuencias de nuestros actos y la responsabilidad. No es poco. Podemos hablar, decir lo que pensamos. También podemos callarnos y escuchar. Podemos pensar lo que decimos. Hablamos, recobrando así un diálogo iluminado por el sentido. Somos capaces de mirar y de ver a los otros. También somos capaces de vivir sin que nada ni nadie nos altere, de estar en paz con este mundo, cuando enfrentamos nuestras necesidades reales, al mirarnos desnudos en el espejo, cuando contemplamos nuestra más íntima condición.

Recobrar la conciencia supone hoy librarse de la tiranía del pensamiento autoritario y único, que trata insistentemente de que otorguemos consentimiento a la barbarie, que camufla el horror que nos provoca en nuestros pequeños miedos cotidianos, encarcelados en los iconos de la publicidad o en los mensajes de la propaganda, en el miedo al futuro, en la incertidumbre por la subsistencia y en otras ideas que condicionan nuestro pensamiento y nuestros estados interiores, tiñendo nuestra realidad cotidiana. Recobrar el sentido implica librarse de esa forma de ejercer el poder que se denomina tiranía.

Pero parece ser que por ésta vez no se trataría, como en el caso de la narración orwelliana, de articular una resistencia global, sino más bien de avanzar en pos de un crecimiento global de las conciencias, de caminar por el sendero de lo real, cada uno responsable de sí mismo, con todas sus consecuencias, y compartir estas experiencias. Un sendero donde nos encontramos con los otros, un mundo que se expresa con nuestras propias visiones y palabras. No podría dársele propiamente un nombre. No podríamos ahora decir que sea la vía del zen, del sufismo o de la ideología antiglobalización sino más bien de una conciencia que necesitamos para llegar al otro, al mundo, para acceder como seres humanos a una existencia racional y espiritual. Necesitamos trascender esa alienación que implica renunciar a nuestra soberanía, en medio de esa riada de información y de imágenes que acabaron condicionando y deformando nuestra vida interior, condicionando así nuestro pensar y nuestra imaginación.

Hay hechos que sugieren otras lecturas, como el hecho de que en un país europeo se esté generando un fundamentalismo laico es síntoma del momento regresivo que vive el pensamiento comprometido y de izquierda. Resucitar el impulso faústico en plena disolución del pensamiento moderno es renunciar a los ideales fundacionales que hablan de libertad, igualdad y fraternidad. Prohibir el uso del velo islámico o del gorro judío y los crucifijos en la escuela pública francesa o de cualquier sitio resulta tan dogmático y anacrónico como obligar a llevarlos. La sociedad de las libertades propone restringir ciertas expresiones que no concuerdan con la visión irreligiosa de los valores modernos, cuando ya la modernidad ha agonizado.

Porque aún son sólo esos valores modernos los que articulan un anacrónico discurso de las luces reducido a gesto externo, a ONGs o a unas siglas humanitarias. El discurso de la razón práctica diluido en el paradigma de la eficiencia, la asepsia convertida en icono de un fundamentalismo laico que propone una vestimenta universal y agnóstica, alejada de cualquier aspecto trascendente. El fundamentalismo laico está diseñando las formas de vestir de la nueva sociedad. Francia ha sido tradicionalmente tierra de grandes sastres y modistas. El nuevo traje de ciudadano que todos podremos ver y vestir estará listo antes de que comience la temporada. Traje clónico, laico, que no pueda sugerir ningún movimiento espiritual aparte del animismo de zarcillos y piercings o el erotismo de una prenda provocativa.

Este fundamentalismo propone e impone un espacio común aséptico, neutro, intrascendente, acotado por unas prohibiciones formales que van más allá de la defensa del pudor, la intimidad o la seguridad personal y llega a afectar e invadir a la libertad de expresión que se dice estar defendiendo. Uno puede vestirse como quiera, salvo con una intención espiritual o simplemente ética. Este fundamentalismo es también orwelliano, contrapieza necesaria del pensamiento autoritario y único, supone el fracaso del laicismo real, aquel con el que fácilmente estaríamos de acuerdo: el laicismo de la igualdad como seres humanos más allá de las creencias particulares de cada uno, el laicismo de la libertad de pensamiento, conciencia y expresión.

Los tiempos cambian, los momentos no vuelven. No es ahora tiempo de pararse a construir un modelo de pensamiento sino de ser críticos y pensar en soluciones.

Porque necesitamos una conciencia crítica que nos permita disfrutar de nuestra condición racional, basada en la libertad de conciencia, en la posibilidad de elegir y decidir, de participar en la creación de la realidad. Esa conciencia camina paralela a una manera de vivir en la que nuestra mente, nuestro sentir y nuestro cuerpo son un todo orgánico con el mundo, acompasados en una experiencia única de recuperación de sentido, en una experiencia de lo real, de la naturaleza original. ¿Habría que ponerle nombre a esa conciencia? Necesitamos, sobre todo, imaginación, capacidad de imaginar el mundo de una forma más humana y con un significado más vivenciable y razonable.

El mundo de Orwell se precipita hacia su final, hacia la disolución de lo humano en su autorreproducción clónica, pero nuestro mundo tiene aún paisajes que ensanchan nuestra visión, rincones donde se producen los más fecundos diálogos, espacios en los que se transmite la sabiduría, donde no hay ciencia ficción sino ciencia de lo real. Con esta conciencia recobrada transitamos por esta sociedad de las imágenes, por el teatro de su autorrepresentación, con plena conciencia del escenario que pisamos, sin menoscabo de nuestra capacidad de percepción y de raciocinio.

Modelamos el mundo con nuestra mirada y con nuestras palabras e ideas. Pero estas expresiones, palabras e ideas no son propiedad privada de nadie, sino un conocimiento que pertenece a todos los seres humanos sin excepción. ¿Cómo podemos poner un copygright a nuestros sentimientos? ¿Acaso no han surgido de los encuentros? En conciencia, nuestra imaginación florece cuando nuestros corazones están contentos, cuando laten armoniosamente. Entonces ¿Cómo ponerle precio a una mirada? ¿Cómo impedir la comunicación?

No nos gustan el mundo de Orwell ni por supuesto el mundo de las representaciones. En ese mundo cada uno representa a otros, hace y habla por otros, nunca por sí mismo. De la misma forma otros hablan por uno, le representan y convencen a su vez de la bondad de esa manera de vivir el conocimiento. Pero el mundo que nosotros necesitamos es otro, es un mundo en el que cada uno sea responsable de sí mismo, hable desde sí mismo y para sí mismo, donde no se establezcan fronteras culturales, raciales o simplemente lingüísticas o doctrinales. Un solo mundo y una sola conciencia compartida desde la más inconcebible diversidad de experiencias y manifestaciones, tantas como seres humanos y momentos, como instantes de vida consciente —valga la redundancia— que seamos capaces de vivir. Un mundo, por supuesto, en el que el ‘orden público’ deje de ser un problema relevante.

Necesitamos enfrentar en nosotros mismos la hipocresía en que se fundamenta la tiranía de las imágenes, enfrentar el doble vínculo, ese doble mensaje que el pensamiento único trata de conculcar a nuestras conciencias. Porque nuestra conciencia quiere vivir en la unicidad de lo real, darse cuenta de su continuidad ininterrumpida, y de que nuestra ignorancia e inconsciencia se ocultan en los fragmentos y cenizas que el vivir va dejando en nuestras almas. No podemos tomar a las cenizas por árboles, aunque en un tiempo lo fuesen realmente.

¿Cómo podemos eludir esa violencia discriminatoria, administrativa, que está convirtiendo la mayor parte del mundo en un mercado de armas y que incendia y destruye la vida humana y los ecosistemas en la práctica totalidad de nuestro planeta? ¿Podemos, tal vez, hacerle frente, oponerle una razón más poderosa, una visión menos cruel de la condición humana que, al mismo tiempo, sea tan eficaz? ¿Podemos vivir al margen de esa forma de vida que nos impulsa a la eficiencia compulsiva, al consentimiento de la barbarie y a la misma barbarie? Una forma de vida que lleva consigo una creciente dependencia de las máquinas y de los iconos.

Si sólo nos es posible una vida icónica, representativa, sustentada en los medios de comunicación, si esos iconos llegan a convertirse en parte de nuestra fisiología —lo cual es su finalidad comercial y publicitaria más evidente— estamos sirviendo a la construcción de un panteón lleno de cadáveres, al diseño de una humanidad programada genéticamente, y tendrán razón los orwellianos. Si, por el contrario, vamos abriéndonos a los mundos que la realidad nos propone, los encontraremos llenos de sentido, sin ninguna liturgia, en un ámbito por eso mismo sagrado, vacíos de adornos y descripciones innecesarias.

La cuestión es sencilla ¿Por qué hablamos tanto de la realidad? ¿Por qué insistimos tanto en el sometimiento a la realidad, en la necesidad y en el poder de lo real? Seguramente porque sentimos que no conocemos la realidad, que nos resulta imposible abarcarla completamente. Porque nos sentimos alienados, alejados de lo verdadero. Reconocemos esa necesidad de realidad, de sentido. Y la reconocemos en lo humano, en aquello que sentimos y creemos que es lo humano. Humana es sobre todo la relación interpersonal, aquello que nos vincula como seres racionales mediante la palabra y las expresiones corporales, aquello que nos hace ser conscientes de nuestra humanidad y nos procura la memoria, el lenguaje.

Necesitamos recobrar el sentido de la realidad porque hemos perdido la razón al creernos autónomos, cerrados y acabados. También es cierto que hemos sido iconizados hasta la insensibilidad, que hemos quedado absortos en un sustituto, en una representación. Hemos registrado millones de imágenes publicitarias, incontables guiños intencionales de un monstruo ávido de corazones puros. Somos los transeúntes del hipermercado global, paseamos por las aceras grises. Valoramos intensamente la realidad porque nos sentimos inmersos en ella, gozando de la posibilidad de vivir, o sufriendo penalidades. Comprendiendo que el claroscuro compone cualquier escena que podamos vivir o imaginar. Por eso mismo hablamos de la realidad, de la necesidad que tenemos de la conciencia, del gusto que hallamos al recobrar súbitamente la memoria o al recordar con claridad aquel rincón.

Y ahora, antes de que caiga el telón sobre la aldea global, aparece la imagen de un Saddam vencido y humillado, a quien los inquisidores miran detalladamente y verifican no se sabe bien si para proceder a una desinsectación o a una comprobación de huellas quirúrgicas o de cicatrices consignadas por los delatores. Patética la imagen del monstruo finalmente reducido, del ogro capturado. Y triste porque ahora va a ser más fácil legitimar de facto la guerra, señalando el cumplimiento de uno de los objetivos: derrocar al tirano, liberar al pueblo iraquí y devolverles la soberanía que hoy se disputa de forma tan destructiva para todos. Todo ello para ocultar la realidad de una política indefendible y recusable, para ocultar que son ellos los propagadores de la barbarie, para acelerar el proceso de consentimiento.


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