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El drama de las pateras

27/11/2003 - Autor: Antonio Reyes Ruiz - Fuente: Webislam
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Patera
Patera

Como todos los años asistimos al incesante trasiego que supone la llegada de pateras a nuestras costas. Magrebíes y subsaharianos aprovechan la bonanza del clima para intentar acceder a la "tierra prometida".

Lejos de la fría estadística oficial, parece demostrado que las inversiones multimillonarias que supuso el SIVE (Sistema Integral de Vigilancia Exterior), no han conseguido frenar el deseo de cientos de personas de alcanzar una vida digna. Las imágenes de la tragedia de esta última semana en las costas gaditanas, han  sido la expresión más cruel de este drama, con el que, desgraciadamente, comenzamos a habituarnos a vivir.

Y es que las medidas policiales no son la solución al fenómeno de la inmigración. Sólo un parche que nos proporciona seguridad, tranquilidad a nuestras sociedades opulentas. Las normas legales, ahora que se ha aprobado la enésima modificación de la Ley de Extranjería, tampoco garantizan nada, salvo, en algunos casos, el retorno de una parte de los que llegan o de los cadáveres de los aspirantes que se quedaron en el camino.

Hay que entender, que sin razones perentorias, nadie abandona su tierra, su casa, su familia. Nadie pone en juego inútilmente su vida. Acercarse al fenómeno de la inmigración exige abordar las causas que lo producen. O se remedian las situaciones de origen, o no habrá solución. Paliar este hecho exige afrontar las razones que provocan la desesperación de millones de seres humanos, fruto de la desigualdad, la pobreza y la injusticia.

Reducir el fenómeno de la inmigración pasa por garantizar una vida más justa y humana a las tres cuartas partes del planeta que vive en la miseria. Es asegurar vías de desarrollo social, económico y humano a quienes nada tienen y ofertarles la posibilidad de trabajar legalmente en territorio europeo.

Las razones son de peso: cuatro mil inmigrantes ahogados en los últimos cinco años. Por cada cuerpo recuperado, se estima que hay tres desaparecidos. Ya son más de diez mil las víctimas del genocidio del Estrecho.

Desarrollo en origen y emigración legal, esas son las claves. O le ofrecemos, y nosotros y nuestro sistema de pensiones somos los primeros interesados, la posibilidad de llegar legalmente o lo seguirán haciendo como hasta ahora. O propiciamos el avance de sus sociedades o el Estrecho seguirá desempeñando el disparatado papel de fosa común que ahora tiene.

Llega el momento de hablar con claridad. No podemos sólo responsabilizar a la UE o al gobierno marroquí. No podemos instrumentalizar el problema de la inmigración pasándolo, como un dardo político envenenado, a otras administraciones. De nada sirve quejarse cuando aparecen cadáveres. No sirve lamentarse desde tribunas públicas como esta. Aquí hay que mojarse. Son ya demasiadas las muertes del Estrecho, como para quedarse impertérritos a la espera del próximo desastre.

En primer lugar, tenemos todos (asociaciones, medios de comunicación, administraciones autonómicas y locales, ciudadanos de a pie,...) la obligación de exigir que la próxima cumbre hispano-marroquí, prevista para diciembre, sea el momento de abordar de una vez por todas este desastre humanitario. En estos momentos, esta debe ser la prioridad.

En segundo lugar, hay que volver a repetirlo hasta a la saciedad: inmigración legal y desarrollo en origen, no hay más salida.

Respecto al primer punto, la Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía ya indicó que la cifra del contingente de inmigrantes prevista por el gobierno central para el año 2003 se redujo con respecto a la del año anterior. Aún así, hay que ser conscientes que basar la política de extranjería en las cifras anuales del cupo, bloqueando el régimen general,  no hace sino, de un lado,  reforzar la política de cierres de fronteras y, de otro, condenar a la ilegalidad a miles de inmigrantes que ya están en nuestro territorio. Y es que el sistema no funciona así. Un informe reciente advertía que en el año 2050 el número de inmigrantes superará la tasa de trabajadores nacionales en nuestro mercado de trabajo. La evolución de la tasa de fecundidad europea impide la natural sustitución biológica, que garantice el necesario relevo generacional. Esa es la realidad, necesitamos a los inmigrantes. Habrá, pues, que establecer los mecanismos legales que permitan el acceso de los mismos a nuestro mercado de trabajo.

En segundo lugar, si el foco del problema se encuentra en el Estrecho, ahí deben estar centradas nuestras prioridades en materia de política de cooperación al desarrollo. No sólo sirven las visitas oficiales, que hay que aplaudir, o las transferencias de fondos, como ya hecho Andalucía, a los gobiernos locales para el desarrollo de programas. La cooperación exterior pasa, desde mi punto de vista, por una intervención más global: el diseño común de políticas de desarrollo; el establecimiento de estrategias de desarrollo que puedan beneficiar a ambos lados del Estrecho, el turismo es un buen ejemplo de ello; la intervención decidida en materia educativa, programas de alfabetización, programas de información y formación en los centros escolares de los países afectados sobre la situación real de la inmigración, programas de actuación dirigidos específicamente al sector femenino…; el reforzamiento de la sociedad civil, de las asociaciones de la zona que actúen sobre la base de proyectos de desarrollo, etc. Se trata, en definitiva, de replantear nuestra política de cooperación exterior con respecto al Norte de África.

Es cierto que no es fácil terminar con este drama. Mientras existan causas que favorezcan que al otro lado del Estrecho la única salida para una vida digna sea montar en una patera, el fenómeno de la inmigración no tendrá solución. Y entre tanto, no cabrá más que el lamento y el entierro de los cadáveres. ¿Hasta cuando permitiremos que el Estrecho sea la mayor fosa común de Europa?

Antonio Reyes Ruiz es Presidente de Desarrollo y Solidaridad.
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