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El salat: dimensión y significado

27/11/2003 - Autor: Yama‘a Islámica de Al-Ándalus - Fuente: Webislam
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Salat
Salat

¡Alabanzas sean a Allah (s.w.), el señor de los mundos, y la misericordia y paz sobre todos los mensajeros de Allah (s.w.), sus familias y compañeros, que Allah (s.w.) les bendiga y les conceda la paz!

La semilla del Islam
fue sembrada en las entrañas de Adam
para toda la humanidad y sus diversas
culturas sin excepción
germinó en tiempos de Noé,
floreció en tiempos de Abraham,
creció y desarrolló en tiempos de Moisés
alcanzó la madurez del fruto en tiempos de Jesús
se hizo comida y bebida para todos
en el tiempo y devenir de Muhammad
(s.a.s.).

Somos testigos de que no hay realidad más que Allah (s.w.).Uno y Único, sin nada parecido o igual, y somos testigos de que Muhammad (s.a.s.) es el sello de la profecía y Mensajero de Allah (s.w.), el mejor de lo primero y lo ultimo; con un conocimiento y testimonio en el que confiamos morir y vivir sin lugar ni días, si Allah (s.w.) tiene misericordia con nosotros y nos cuenta entre sus dignos de confiaba.

Significado del salat

Al igual que los humanos alimentamos la energía de nuestros cuerpos cinco veces al día -tres comidas fuertes: desayuno, almuerzo y cena, y dos más livianas: merienda y tapeo- es necesario alimentar también de energía nuestra sensibilidad y conciencia, que son puertas de entrada al conocimiento y la trascendencia. Una persona sensible y de conciencia es tolerante, permisiva, contraria a cualquier dogmatismo; acepta la pluralidad y las contradicciones de él mismo y los demás; no impone ni se impone, acepta la diferencia y a sus adversarios sin convertirlos en enemigos, no se siente poseedor de verdad o razón absoluta y permanece de continuo dispuesta a aprender, abierta al conocimiento. Por ello, el Salat es el alimento a base de mucho amor que ensancha el corazón con benevolencia, con elegancia y sin sorpresa. El Salat permite la vigilia de los que nunca llegaremos a madurar lo bastante y nunca, tampoco, alcanzaremos a ver la razón de los demás; estableciendo la solidaridad como unidad y la pluralidad como tolerancia.

El Salat es una dimensión fundamental de la identidad musulmana: la presesión más de su interioridad. Cualquier intento de hacer del Salat una función separada de toda la cotidianidad lo degradaría: sería contrario al Islam, el Din de la unidad; no se puede separar la contemplación de la acción, el interior del exterior pues todo es unidad. El Salat, forma específicamente musulmana de trascendencia, es esencialmente la manifestación de la armonía de la cotidianidad, la manifestación de la intimidad continua, de la unidad intima entre el Creador y la criatura, es decir, el esfuerzo interno contra todo deseo que desvía a la persona de su unidad. La acción constante para el logro de la unidad y la armonía de la comunidad musulmana contra todas las formas de idolatría que revisten los poderes, las riquezas, los falsos conocimientos, religiones e ideologías que puedan alejarnos del camino de Allah (s.w.).

Sería pues un error identificar el Salat con la oración, rezo o práctica cristianas o con la meditación hindú. Sin duda, y por la misma razón de la identidad profética del Islam, muchas prácticas judías o cristianas de recitación o adoración tienen que ver con la cultura védica, la tradición budista y el Tao tuvieron contactos e intercambios en sus meditaciones, oraciones y contemplación. Esta fecundación entre las diferentes culturas y civilizaciones enriquece la visión particular de cada una, aunque las verdaderas fuentes del Salat permanezcan en la tradición profética más genuina y en el Corán.

Para insistir más sobre este aspecto, digamos que entre la oración, los sacramentos, los actos culturales cristianos o su meditación, y el Salat de los musulmanes, sea cual fuese la grandeza de uno y otro, hay una diferencia fundamental de fines y métodos: la oración cristiana es el diálogo con Dios a través de Jesús que viene a morar en la vida del cristiano, más para un musulmán, Jesús es sólo un gran profeta; además, Allah (s.w.) (el Uno y el Único) no se revela a Sí mismo: revela su palabra, signo de su armonía y misericordia, signo de su amor. Para un musulmán creer que la Palabra se hizo carne o que "el Verbo se hizo carne" o llamar "Padre" a Dios es antropomorfismo, es romper la trascendencia. No puede haber analogía entre el Creador y su criatura; por ello, según algunos rigoristas musulmanes no se podría tan siquiera hablar de "amor a Allah (s.w.)".Los musulmanes integristas han reprochado a menudo al resto de los musulmanes el haber empleado ese lenguaje y cultivado esa experiencia de Amor. Sin embargo, el amor de Allah (s. w.) hacia el hombre y del hombre hacia Allah (s.w.) es constante en el Islam. Se puede leer en el Corán: Si amáis a Allah (s.w.), seguidme: Allah (s.w.) os amará y cubrirá vuestras faltas (III.31). Y también: "Allah (s.w.) traerá a unas gentes a quienes amará y Le amarán" (V, 54). Para los musulmanes la intimidad con Allah (s.w.) solamente es posible en la Unidad. El musulmán cuando se hace MUMIN llega a una etapa suprema de su andadura en la que ha logrado una "extinción" de sus deseos tal, que la acción de Allah (s.w.) puede habitarlo por entero: la acción de Allah (s.w.) se ha convertido en su singular identidad sin negarle. Esa es la más elevada libertad del musulmán, desde identidad más sutil y plena no actúa ya más que en función del Todo, de la unidad del Todo.

Sus métodos también difieren de los creyentes y místicos cristianos: No podrían aceptar los musulmanes permanecer en esa contemplación unitiva enajenados de la realidad cotidiana. Solamente buscan, en esta vivencia de la Unidad Suprema, la fuerza de orientar su acción hacia la armonía con toda la creación y criaturas, hacia el cumplimiento de la de los hombres y de las criaturas, porque dice el Corán (ll, 30), el hombre es el "administrador de Allah (s.w.) en su acción creadora", responsable del equilibrio y armonía de la naturaleza y de los hombres. El momento del Salat es el que reúne canaliza las fuerzas capaces de poner al mundo en movimiento. El MUMIN (el que tiene conciencia trascendente) es "aquel que no posee nada y no es poseído por nada". Yumayd explica: "el Salat de Allah (s.w.) haciéndote morir para renacer en EL". Abu Yazud al Bistami decía: "Cuando el yo se borra es cuando Allah (s.w.) es su propio espejo en mi". He aquí una enseñanza puramente coránica:

Quien estaba muerto

y le hemos resucito

y dado una luz

con la que anda entre los hombres

¿es igual a quien está en las tinieblas

y no sale de ellas?

(VI. 122)

Partiendo de este estado de conciencia, se hace posible un auténtico amor, que no sea ya un amor egoísta del deseo de nuestro propio placer, sino un amor de entrega y abandono.

Dar a entender que este amor sublime no es propio del Islam, sería dar de él una imagen caricaturesca. Por el contrario, como muestra la poesía islámica, desde la época de Ibn Dawud de Bagdad. Ibn Hazn de Córdoba o Ruzbehan de Shiraz, fueron anteriores e incluso inspiradores de los "fieles de amor" de Dante y el "amor galante" de los trovadores de Occitania. Se trata de una aportación específicamente islámica al florecimiento humano.

Ruzbehan de Shiraz (1128-1209) escribe en su obra JAZMIN DE LOS FIELES DE AMOR (VII ,97): "Antes aún de la existencia y el devenir de los mundos, Allah (s.w.) es El mismo el Amor, el amante y el amado". "No se trata más de que un solo y mismo amor, y es en el libro del amor humano donde hay que aprender a leer las delicadezas del amor de Allah (s.w.)".

Esta vivencia del Amor de Allah (s.w.) fue expresada por una mujer que vivió en el siglo VIII, Rabía de Basora escribió, ocho siglos antes que la gran Teresa de Avila:

Te amo con dos amores: amor que

apunta hacia mi propia

felicidad y amor realmente digno de ti

en cuanto al amor de mi felicidad, es

que me ocupo

en pensar sólo en Ti y en nadie más.

Y en cuanto al amor digno de Tí, es que tu velo

cae y puede verte.

ninguna gloria para mí, por uno ni por otro,

sino gloria a Tí, por éste y por aquél.

Otro aspecto del Salat, es el que propicia la vida como poesía. No vamos a citar más que la obra de Yalal al-Din Rumi EL MASNAWI, esa grandiosa meditación poética sobre el Corán, que constituye una de las obras cumbres, si no la obra cumbre de la poesía en todo el mundo. Rumi en esta obra nos transmite sobre el Corán lo que puede expresarse de otra forma que en un lenguaje poético: lo indecible, que no puede aceptar el lenguaje de la definición o los conceptos. El Salat es el mayor privilegio del amor y la poesía que en la mezquita con la salmodia o recitado del Corán crea una comunicación interna, una fulguración de la vida por el amor y la belleza, estableciendo el camino más corto de un hombre a otro.

De acuerdo con la perspectiva coránica, no sólo es el hombre "administrador de la creación" (II, 30), responsable de la naturaleza, su equilibrio y armonía a escala mundial, también su IMAN o conciencia trascendente es el principio de su acción y armonía de su comunidad. La economía, la política, la ciencia o las artes no pueden disociarse de dicha conciencia trascendente o IMAN que les asigna sus fines de trascendencia y su responsabilidad humana personal y colectiva. La vida, en todas sus dimensiones, encuentra su unidad en Allah (s.w.): "El es el Principio y el Fin, lo manifiesto y lo oculto" (LVII, 3).

Es una propiedad del Salat, partiendo de esta visión coránica de Allah (s.w.) (el Uno y el Único), hacer un todo de la persona al integrar todas sus dimensiones, al conducirlo todo a su unidad particular identidad.

El hombre, importunado por el desconocimiento y la dispersión, está continuamente amenazado con desmembrarse en lo múltiple. El Salat invierte esta reacción. La consecución de esta unidad, de esta vertebración en sí, de cada uno, es la condición principal de la actividad más intensa y vivificante dentro de la comunidad. El Salat conduce al desasimiento interior, el único que permite la acción verdadera y nos protege contra la reacción; la acción que no se realiza en función de nuestras aspiraciones egoístas, de nuestras ambiciones inmaduras y desmembradora, sino en función del Todo. Hay una filiación directa entre la concepción islámica de la acción y la del filósofo Spinoza; actuar en función del Todo. Quizá es lo que Spinoza, gracias al filósofo andalusí de tradición judía y que escribió en lengua árabe, Moisés Maimónides (1135-1204) sacaba de la tradición musulmana de Al-Andalus, especialmente de la obra la "Ciudad virtuosa" de Al-Farabí (872-950)

Los musulmanes están obligados en conciencia a recordar siempre estas reglas sencillas:

La profesión de una conciencia unitaria, forma de discernir entre lo real y las apariencias irreales: "No hay realidad ni trascendencia sino Allah (s.w.) y Muhammad (s.a.s.) es su Mensajero y Sello de la profecía", conexión de toda realidad, en las naturalezas u en la historia, por su origen y por su fin, con Allah (s.w.) del que es mensajero y "signo".

El SALAT es la conciencia permanente de nuestra unidad e interdependencia con la acción de Allah (s.w.) opuesta a toda suficiencia y soberbia, es decir, contraría a cualquier pretensión de limitarse sólo al poder y a los conocimientos humamos que son meramente fragmentarios.

El AYUNO, como afianzamiento de la naturaliza humana que libremente trasciende en la acción única de Allah (s.w.), rompiendo cualquier atadura que coarte la suprema libertad personal colectiva.

El ZAKAT (el tributo), que une la vida económica cotidiana con la vida trascendental, ejemplo de solidaridad social de una comunidad humana que trasciende. Por su etimología, la palabra zakat implica una idea de pureza. Es una purificación de la pertenencia.

La PEREGRINACIÓN es el símbolo mismo de la acción a través de las etapas de la vida, hacia la libertad soberana de Allah (s.w.) por quien se somete a la voluntad de su acción. Al igual que en la ascensión del Profeta cuando, en la "noche del destino", en la que todo es posible, le fue descubierta la penúltima realidad (puesto que Allah (s.w.) mismo no se revela, sino solamente su Palabra, que es la identidad más singular que percibe el hombre).

El imán o conciencia trascendente es indivisiblemente esta reintegración de nuestras circunstancias fragmentarias y dispersas a la unidad y libertad de Allah (s.w.), que son su identidad y fuente, y la participación en la Sharia como conjunto de signos que tiene por fin último una comunidad universal en armonía, pues: "Los hombres no constituían más que una comunidad única, pero se separaron (X, 19 y II, 213).

A término de su andadura, el mumín adquiere conciencia y conocimiento de lo que es el hombre, el sentido de la vida, lo que es el mundo y del abismo que todavía le separa de Allah (s.w.),

Escribe el mumín egipcio Dhu´I Nun: "Oh, Allah (s.w.), nunca me inclino escuchar el grito de un animal, el sonido de las hojas de los árboles, el murmullo del agua, las salmodia trinada de los pájaros; nunca presto oídos a la amorosa invitación de la sombra, al rumor del viento o al estrépito del trueno, sin pensar que dan testimonio de Ti, el Único!".

El hombre en su plenitud, en la andadura del Salat, se va edificando en su identidad más plena y también como hombre universal, es decir primero un microcosmos que se abre y contiene al macrocosmos.

Escribe Ibn Al-Andalusí: "Su cualidad de hombre refiere su naturaleza globalizadota (que virtualmente contiene a las demás naturalezas creadas) y muestra su actitud para abarcar todas las verdades esenciales… Tal es el hombre a un tiempo efímero y eterno, realidad perpetuamente creada para la eternidad… Al hombre le es confiada la salvaguarda del mundo".

Por ello, dice el Hadiz: "El más alto conocimiento para el hombre es el conocimiento de sí mismo". "La sabiduría última para el hombre es conocerse así mismo; así pues el que conoce su propia identidad alcanza la sabiduría, y el que no se preocupa de ella está perdido". Dijo el Profeta: "La mayor ignorancia para el hombre es la ignorancia de sí mismo".

Toda la ciencia tradicional debe buscar el estado armonioso con todos los mundos. En sus relaciones con la trascendencia, el hombre debe sentirse hombre como tal, con identidad y conciencia plena de serlo sentirse integrado como parte en la acción cósmica. El Salat es precisamente eso, la puerta de acceso a esta conciencia y sensibilidad que tiene unos momentos cósmicos precisos (nyn) en los que Allah (s.w.), Sabiduría Suprema, armoniza la geometría perfecta del universo en sus múltiples dimensiones, confiriendo a la existencia individual una dimensión nueva.

Una vez cada año, los elementos de esta de esta geometría celeste en todos sus mundos, se conjugan de forma perfecta y sus fuerzas de combinan en una acción llena de armonía: es el momentos perfecto en el que todo el universo reconoce y adora a su Señor, rinde cuentas al Creador de todos los mundos siguiendo la acción trascendente vertebrada en la Unidad y la Unicidad de la existencia. Consciente en ese momento de su importancia cada átomo, vibran en armonía plena, se auto contemplan y se saben poseedores de la belleza. Es un momento que cada año sucede como supremo momento del Salat del universo, es el momento en el que se rompe el tiempo, y es el lugar donde el espacio se llena de sí mismo, y el soplo de Allah (s.w.) (Ruh) y el Malaika (Energía de luz), se manifiestan y se hacen accesibles a la conciencia trascendente del hombre. Es la llamada Laylat al Qadr (Noche del Destino).

El ad-Dam o llamada del muecín para el Salat, atrae y convoca a todas las potencias y a las conciencias que alcanza; por ello, el muecín se vuelve a los cuatro puntos cardinales mientras proclama: "Allah (s.w.) es el más grande". Es un acto de conciencia de que todo poder está en Allah (s.w.) y de que el universo todo le debe reconocimiento. A continuación el muecín proclama la Shahada o Testimonio de que no hay nada más digno de reconocimiento más que Allah (s.w.) y que Muhammad (s.a.s.) es Mensajero de Allah (s.w.) al universo; tras la Shahada continúa el muecín el resto de las invocaciones.

Para el hombre, los movimientos del Salat son una forma precisa de armonizarse con los ritmos del cósmico del universo, con la acción de Allah (s.w.). La plena conciencia de cada postura requiere también una conciencia respecto al medio concreto y al resto del universo; es decir, un conocimiento preciso del lugar siempre relativo, que uno mismo ocupa en la acción de Allah (s.w.).Pero el hombre necesita de continuos puntos de referencia para no perderse en la inmensidad de la acción de Allah (s.w.), en este caso, la referencia es la Qibla o dirección.

La apreciación del espacio y el tiempo hoy en uso, corresponde a la concepción que la escolástica cristiana tomó de Aristóteles; el tiempo seria pues la medida del movimiento según un antes y un después que también sirven de referencia espaciales. En realidad, el conocimiento de estas referencias sólo puede darnos una apreciación de nuestras limitaciones formales. Para extraernos del tiempo y del espacio como limitación y poder alcanzar el terreno de la conciencia trascendente, es preciso armonizarse hacia la Qibla, cuya orientación y su delimitación del espacio responde en realidad al un concepto radial del tiempo y el espacio y no a una sucesión lineal de aconteceres que nacen, crecen y mueren. El tiempo es único; es una nueva apreciación sensitiva de la conciencia. En esta conciencia trascendente, el tiempo se reduce a un presente eterno y único, lo que cambian son los diferentes estados vivénciales. En el Salat, la limitada conciencia de un presente espacio temporal, debe perderse y dar paso a una conciencia plural de todos los presentes, de todas las épocas, trascendiendo la linealidad de la propia vida formal. Todo en el Salat se dirige al Tawhid, a la Unidad y Unicidad de la existencia. El espíritu comunitario y universa de la Umma de los musulmanes aparecen de energía trascendente que conjugando tiempo y espacio en el presente único, se dan en cinco momentos propicios, tomando como referencia el movimiento del sol respecto al punto de observación el la tierra. Son los momentos o espacios armónicos más adecuados para que un hombre de conciencia trascendente se sienta integrado en la acción de Allah (s.w.) y los ritmos cósmicos del universo. Estos momentos son cinco:

FAYR.- la madrugada: desde el alba hasta un poco antes de que salga el sol.

ZUHR.- mediodía: desde que el sol empieza a declinar por el cenit hasta poco antes del Salat de la tarde.

ASR.- tarde: desde que la sombra de un palo vertical en el suelo se hace igual a la longitud del palo, hasta un poco antes de ponerse el sol.

AL-MAGRIB.- anochecer: desde la puesta del sol hasta la del crepúsculo vespertino.

AL-´ISHA.- noche: desde la desaparición del crepúsculo vespertino hasta la aparición del alba.

Escribe Ibn al´Arabí al Andalusí en sus FUSUS AL-HIKAM "…y el frescor de mi ojo está en el Salat, porque es visualización y ello es así porque es una confidencia entre Allah (s.w.) y su criatura, como está escrito: "Recordadme y os recordaré".

Un sufí contó: "Tuve que repetir de nuevo el Salat de treinta años que había hecho siempre en la primera fila de la mezquita, pues sucedió que un día me retrasé y al llegar a la mezquita tuve que establecer el Salat en la segunda fila. . Entonces advertí que me daba vergüenza el que la gente no me viera donde me había colocado siempre. Me di cuenta, pues, que durante esos treinta años estuve haciendo el Salat por la gente y no por Allah (s.w.)".

Dijo Sulayman ad-Darani: "Feliz aquel que al menos haya dado un paso en su vida sinceramente por Allah (s.w.) ".

Otra anécdota relata por Al-Alai es la siguiente:

"Un nómada entró en la mezquita del Profeta e hizo un Salat muy breve y ligero. Al verlo, Ali se levanto hacia él con un bastón en la mano, y le dijo: vuelve a repetir el Salat. El beduino lo repitió esta vez con más tranquilidad y reposo. Al final le preguntó Ali: "Ahora, dime, ¿cuál ha sido mejor? ¿éste último o el primero?. El beduino respondió a ´Ali: "sin duda, el primero, porque fue un Salat que hice por Allah (s.w.), mientras que el segundo lo hice por temor a tu bastón". 

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