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Un doble eclipse

03/11/2003 - Autor: Kauzar Heredia - Fuente: Webislam
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Eclipse
Eclipse

bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

... Y de pronto me di cuenta que estaba navegando por mares proféticos, en fases renovadas. Mientras no asumí toda la cadena transmisora, con todo lo que el destino me había aportado, no volví a mi origen. Después de haber caminado, paso a paso por todas las etapas en las que las experiencias te envuelven en capas superpuestas, formando una gruesa piel resistente y protectora, se me despojó y se me devolvió a la esencia adámica. Allí en esa fitra sentí cómo la mano divina presionaba sobre mi arcilla para que se removiera en mi alma todo lo que la cobertura de mi corteza anterior me había impedido percibir. La sensibilidad afloró en una nueva piel, aún débil y mis poros respiraron y se intercambiaron suspiros y hasta mensajes de amor con la vida. Me reconocí en ese estado como un peregrino que empieza desde cero el último tramo de su travesía, despojado de toda pauta y entregado al porvenir como una nube arrastrada por el viento.

Como un niño, desde esa inocencia primigenia, bebí el licor del paraíso que se me dio en pequeños sorbos que me hacían anhelar la permanencia en el edén. Pero se me lanzaba después a un abismo de vacío, en el que la distancia del jardín se me hacía insoportable. Así pasaba del frescor del verde al dolor del fuego en las entrañas.

Poco a poco, al ritmo de las estaciones, la llama de mi pasión candente, coció el barro del recipiente que soy, y la semilla que se había depositado en mi único órgano guardado en un cofre brotó incontenible; salió hacia fuera sin poderse ocultar por más tiempo. Ese querer se manifestó y se hizo evidente a los ojos...

Cuando una masa de carne se forma hasta convertirse en criatura, que crece y se enamora, se llega a la primavera del corazón: la futuwa me adiestró en el noble arte de la paciencia, enfundando de rahma mi espada, apaciaguando mis ansias dando reposo a mi caballo, enseñándome a crecer en la espera. Eso se tradujo en humildad, pues obedecer la Orden supuso perder privilegios y reputación. Mi mansedumbre parecía arrogancia, mi retiro abandono, mi desapego decadencia...

Y sumido en la más completa incomprensión ajena, dando tumbos en un túnel del tiempo, oscuro como un doble eclipse de otoño, me encontré con la noche de Muhammad (s.a.s) sintiendo en mi y en él su traslado. Dije entonces y ahora, que cuando entras en su maqam ya nunca se retrocede. La intensidad de lo que acontece demuestra su realidad y cada momento es infinito. El Pacto (baya ar-ridwan) con el Sello es un morir continuo, transmutarse en el jalq de Al-lâh; confiarse a Su makr para que realice su kún en ti: ese ¡plásmate! te hace seguir como el viajero, por la senda del encuentro con los íntimos...

Así llegué a Ibrahim (a.s), el Jalil, impregnado de Su esencia, que no ama lo que desaparece; que encuentra el frescor y el salam en el incendio del mundo; el hanif que busca, insatisfecho entre mentiras y decapitando ídolos, que se manifieste la Realidad, como Haÿÿar busca el agua hasta que fluye el zamzam.

Extinguirse en Muhammad es la plenitud, el amin del Amín, el mu’min del Mu’min. Su Noche es luz en los Cielos y en la Tierra. Su sello es el transporte hacia los mundos y las épocas. Su ciclo se reinicia a cada término sin principio ni fin... Su morada es el rahîm del Rahmân.

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