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El Nobel: etnocentrismo de un premio

16/10/2003 - Autor: Ahmed Lahori - Fuente: Webislam
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Shirin Ebadi
Shirin Ebadi

A pesar de su renombre y de ser ampliamente divulgados por la prensa occidental, los premios Nobel no gozan de mucha credibilidad en el mundo islámico. Es comprensible, ya que en los dos últimos años, los de literatura han recompensado la islamofobia de Naipul y el sionismo de Kertész. Hay cuenta-cuentos de más calidad literaria que estos dos “escritores” en todas las plazas del Magreb.

El Nobel de la Paz es considerado un premio eminentemente político. Entre los casos más sonados, el concedido a Henry Kissinger, quien fue calificado hace unos días de “criminal de guerra” por Susan Sontag al recibir el Premio de la Paz en Franckfurt. Sólo pensar que el Soberano del Vaticano era uno de los candidatos a ganarlo este año ya da la medida de la altura moral del Nobel.

El eurocentrismo se ve en cada uno de los detalles, desde la rueda de prensa inicial hasta la ceremonia de la entrega. En su comunicado de concesión, el Comité Nobel subrayó su esperanza en que "el pueblo de Irán se sienta feliz de que por primera vez en la historia uno de sus ciudadanos haya sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz"... Esta frase nos ha soliviantado. La referencia al carácter de “acontecimiento histórico” del premio para una cultura tres veces milenaria no tiene mucho sentido.

Hace unos años, cuando una asociación libia entregó un premio internacional por su contribución a la paz a Roger Garaudy, nadie del gobierno salió diciendo que “esperaba que el pueblo francés se sintiese feliz por ser la primera vez en la historia que uno de sus ciudadanos hubiese sido galardonado con el premio x”. De haberlo hecho, los franceses se lo hubiesen tomado como una broma de mal gusto. Pero no lo hubiera sido.

La comparación no nos alcanza, pues el caso presente es más extremo. Se trata de un premio concedido desde un pequeño país recién salido de la barbarie, que apenas cuenta con escritores conocidos, frente a Irán, tal vez el país con una historia cultural más rica del planeta (junto a China), tal vez el único país que ha mantenido una tradición filosófica y literaria de primer orden a lo largo de tres milenios. La patria de algunas de las religiones más influyentes de la antigüedad: Mazdeísmo, Mitraísmo, Zoroastrismo y Maniqueísmo. Los judíos copiaron casi toda su escatología de los persas: no hay ángeles ni paraíso en la tradición judía hasta su exilio en Babilonia. Toda la filosofía occidental debe considerarse en relación a Persia, que ejercía un influjo poderoso. Cuando Justiniano cerró la Academia de Platón, ésta se trasladó a Gondi-Shapûr, donde continuó durante varios siglos. En Persia se desarrollaron las matemáticas, la química, las ciencias, mientras París no era sino un lodazal, y Nueva York un paisaje despejado.

Mucho antes de que la lengua noruega existiese, la lengua farsi ya había dado grandes poetas como Hafiz, Jalaladdîn Rumî, Saadi de Shiraz, grandes músicos y pensadores: al-Farabi, Ibn Sina, Molla Sadrá Shirazi. Unas tradiciones nunca muertas, que han llegado hasta el siglo XXI... ¿para qué seguir? Es probable que estos nombres no les suenen a los académicos noruegos. La ignorancia es un grado, lo que hace pensar a los hombres que son algo. En este caso, pensar que un premio eurocéntrico y claramente político puede tener la más mínima trascendencia para una cultura tres veces milenaria.

No nos engañemos: un premio sirve a quien lo otorga, y tiene la importancia que le conceden quienes lo divulgan. Esto es un juego, como lo es el de los Oscar de Hollywood o el Planeta de literatura. Un negocio, en este caso vinculado a la propagación de una ideología.

Este Nobel, además de una clara intención política, tiene un cierto sabor orientalista. Por un lado, el apoyo “de occidente” al llamado “proceso reformista” (en sus escritos políticos Jomeini constantemente se calificaba a si mismo como “reformista”). Al hablar del partido de Jatami, la prensa suele engañarse o escamotearnos lo fundamental. Como sucede en los casos de las manifestantes de estudiantes, la oposición al régimen de los ayatollâhs no pide superar el islam y pasar a una supuesta modernidad pro-occidental, sino reformar la República Islámica en base a las enseñanzas del islam. Esto está expresado en el manifiesto firmado por cientos de intelectuales reformistas, en el cual se recuerda que el islam prohíbe el clero, y se llama a superar el actual estado de cosas de Irán. Esto no quiere decir que no les guste el islam y quieran ser occidentales, como les gustaría y da a entender la prensa. Simplemente, a los iraníes no les va la teocracia que se han inventado los clérigos terratenientes para defender su patrimonio. Normal, ¿o no?

Por otro, al destacar a una mujer luchadora por los derechos humanos en Irán se está poniendo en primer plano el tema de la violación de los derechos humanos en Irán. Siempre son activistas del “tercer mundo” los destacados, como si en el “primer mundo” todo fuese bien, como si los derechos humanos de los musulmanes y de los inmigrantes no estuviesen siendo constantemente vulnerados en Francia, en España y en los EEUU.

La prensa dice: “esta mujer piensa que los derechos humanos y el islam son compatibles”. Meditemos en la frase: ¿qué quiere decir ser compatibles? Que pueden existir en un mismo espacio sin excluirse. En el fondo, tampoco es importante. Puede haber cosas incompatibles y sin embargo ser ambas buenas, cada una en su sitio. Esto es como la cocina: no hay que mezclar chocolate con pescado. En el plano de la literatura, no parecen compatibles el clasicismo y el surrealismo, lo cual no quiere decir que uno sea malo y otro bueno. Ellos su religión y nosotros la nuestra.

De todos modos: ¿cuáles son los derechos humanos? Uno de ellos es el derecho a la vivienda. En este caso, existen más violaciones en España, Francia y los EEUU que en Irán o Libia, por poner dos casos. Hay seres humanos para los cuales la idea de dejar a alguien sin techo es más grave que prohibir a las mujeres ejercer de jueces. Sin embargo, en los EEUU existen cientos de miles de homeless, gente sin techo ni servicios sociales, deambulando por las calles de los grandes centros financieros... Nadie se rasga las vestiduras, el capitalismo tiene estas cosas: unos ganan y otros pierden. En Irán se violan unos derechos y en occidente otros. No es mejor una cosa que la otra, y sin embargo siempre es el tercer mundo el lugar de las grandes injusticias… Está muy bien combatir a los ayatollâhs fundamentalistas, pero ¿para cuando el premio Nobel para quien combata contra el sector inmobiliario? ¿Dónde está ese activista americano que se atreva a combatir el sistema bancario?

Lo hemos meditado: es absurda la idea de que el islam tenga que demostrar su compatibilidad con ningún sistema de valores ajeno a su tradición. Solo puede verse obligado a hacerlo bajo amenaza, como en las circunstancias actuales. Cualquiera que conozca un poco el islam sabe que éste concede muchos más derechos a los individuos que los planteados por la “declaración universal de los derechos del hombre”. Más bien deberíamos meditar si los derechos humanos (que sólo son del ciudadano, tal y como comprueban los “ilegales” a diario) son suficientes hoy en día, si no esconden una visión tendenciosa de la humanidad y sus derechos y deberes. No es que los derechos humanos no están bien: es que son insuficientes. ¿Por qué? Porque son administrados por unas instituciones poco humanas, porque los derechos humanos son solo para los ciudadanos reconocidos por algún estado, lo cual equivale a decir que los sin papeles no son humanos. Y así se los trata.

Una vez más, el Nobel indigna y satisface. Occidente se mira en el ombligo de las reformas iraníes.

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