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Revelación del Nombre

25/09/2003 - Autor: Huseyn Vallejo - Fuente: Webislam
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Allah
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¿Por qué Al-lâh?

Este es el Nombre más hermoso dado a lo sin nombre, a la unidad sin fin de la materia, de todas las realidades irreales e irrealidades reales, a lo que está más allá de todo entendimiento, de toda posibilidad de ser definido, cerrado y enterrado en el discurso humano.

Al-lâh es un Nombre revelado, una sonoridad que despierta una reminiscencia, un sonido de las profundidades, del origen autónomo del mundo, y de los universos y la nada.

Al-lâh es lo real, pero no únicamente. Al-lâh es insondable, pero no únicamente. Al-lâh en lo inmediato como en la lejanía, es Él que da y Él que quita, Quien se muestra y se sustrae a toda codificación, a toda determinación, a toda medición humana... pero puede ser nombrado, puede ser invocado, puede ser amado, es objeto de nuestra orientación, de aspiración y de recuerdo, de búsqueda incesante.

Al-lâh es un Nombre que nos libra de perseguir quimeras, de ir tras lo mundano. Nos libra de toda tiranía y nos convierte en puros recipientes de Su propio aliento en expansión. Nos da un horizonte de búsqueda que no puede pararse en lo posible, una dimensión desconocida pero realizable, incapturable por la mente, pero verificable en la presencia.

Al-lâh es Uno, pero no únicamente: se trata de un Uno no numérico, que no limita con el dos sino lo abarca, que no limita con el tres sino que lo comprende. Se trata de un Uno que es cuatro y más de cuatro: se trata de un Uno capaz de desplegarse, capaz de sumarse eternamente a si mismo sin dejar por ello de ser Uno. ¿O acaso pensáis que el cinco tiene existencia fuera de Al-lâh?

Él es el anudarse de las cosas, la existencia en sus múltiples facetas, un abismo, una cumbre, la plenitud y lo vacío, la resonancia del origen en nuestro corazón aniquilado, lo que se muestra a la sinceridad del siervo, y se oculta a quien lo fija, al que trata de dominarlo, de encerrarlo en unos límites precisos.

Él está en todo, pero en el mismo momento en que señalas un objeto diciendo: “allí está Al-lâh”, Al-lâh desaparece de ese objeto y te deja postrado, burlado en tu estúpido intento de atraparlo.

Si decís que “Al-lâh es la Realidad”, se escapará para estallar contra el discurso, dejará de hacerse evidente a vuestro corazón y os vendrá a buscar desde la sombra de los sueños, desde el silencio de la luz oscura. Te darás cuenta entonces de que la palabra “realidad” no dice nada, es tan sólo un reflejo de tus fantasías, hasta que retorne como Amado.

Si decís que “Al-lâh es la Conciencia”, Él se sumergirá en la vida, quedará inalcanzable al puro estar del hombre dormido en el sueño de su respiración acompasada. Desaparecerá de la conciencia, hasta que retorne como Amado.

Si decís que Él es únicamente Uno, separado del mundo, completamente trascendente, os mostrará que la dualidad invade vuestra vida, pues si Él es diferente de vosotros, ya somos más de dos en este juego.

No digáis que Él es las cosas, porque se oculta hasta del mismísimo latido de la ola, y permanece por siempre incomparable. Pero tampoco digáis que Él es espíritu, porque es en la inmanencia de lo ente donde amanece el canto de la entrega. Si creéis que Él es invisible os volverá invisible lo visible, vaciará vuestra mirada de ternura, y no habitará vuestros hogares. Dejará de aparecer aquí y ahora para volver como horizonte inmediato al cabo de los años, con la tristeza de la muerte.

¡Compáralo con todo, con todas las criaturas, con todo lo que viene a tu cabeza! Así destacará Su dimensión eterna, Su verdadera forma sin forma, substancia sin substancia. Podrás verificar que toda comparación se queda en nada, que se deshacen las palabras y las imágenes en tedio. Podrás verificar la verdad de la Vía, del más allá del Nombre.

Todo es Él pero nada es Al-lâh, todo lo nombra, proclama Su Nombre y canta Su alabanza, pero nada es capaz de decir nada sobre Él: es Al-lâh quien dice a través de las cosas un sentido, un resplandor de permanencia y una Vía. Él es quien te conduce a través de lo aparente luminoso, al corazón de la piedra y a escuchar el adzan de lo increado. Él es quien dice en el instante a través de las cosas, y en Su Decir te desintegra, te convierte en acción germinativa, en puro dar y acontecer donando a los instantes su dimensión de eternidad ahora, una capacidad de abrirse, crecer y florecer al ritmo de la postración universal.

Al-lâh es el Sí latente en toda cosa, el Sí del No y el mundo destruido, reconstruido en el momento de la muerte. Es un camino sin camino, un camino de luz y una morada para los que se vinculan al asombro, para los que viven sometidos, para aquellos que se abren a los Signos, a aquello que las órdenes angélicas designan.

Al-lâh es el No del sí del hombre, su límite increado, su desaparecer en el instante de la muerte, el No absoluto a las pretensiones de inmortalidad del ego, de permanencia más allá de lo asignado, de los límites vitales, de la inclemencia del camino.

Al-lâh es el vínculo de todo consigo mismo, con su propia potencia milenaria, es el anudamiento que no cede, que permanece siempre abierto, al margen de cualquier doctrina o tentación identitaria.

Él tiene Manos y Rostro, tiene Ego y se viste de Luz para sentarse sobre el Trono. Él es el Único Rey, Señor de los Mundos, de todas las creencias y miradas. Al-lâh pasa Su mano sobre el mundo, con una suavidad de viento que estremece. Tiene orejas y ojos, dos ojos con que mira a cada criatura al mismo tiempo, dos orejas con que escucha las necedades de las criaturas. Su mirada es una noche oscura, antimateria y perfección sellada, conciliación del día con la noche. Su oído reconoce la voz que lo proclama.

Él es el Receptor, el que habrá de acogernos si nos sumergimos en la recitación de Sus más Bellos Nombres, el que habrá de recibirnos si caemos en la pura presencia del recuerdo para nacer al tacto de la entrega.

La hendidura de la lluvia en la tierra germinada, la espesura del bosque y el incendio del sol y las salinas, el desmoronamiento de los sueños, es el acabamiento, el reposo en la muerte de las ficciones y latidos del barro que nos forma.

Él es el Subsistente, que siempre responde a la llamada de sus siervos, que destruye la muerte y te ha creado no de la nada sino de la materia luminosa que emerge del Mar de la Misericordia, como extensión vital de Su promesa.

La percepción, la fuente, la constancia, el tacto y el olor más embriagante, amanecer y estar, tocar el mundo como la pura iridiscencia de Su Esencia, en todos los planetas y las plantas, en todos los sabores y sonidos.

La pura eternidad del Nombre permanece activa entre los labios del que asume la servidumbre y la respira. ¡Recita Su Nombre! Desea que descienda como Amado.

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