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En torno a la detención de Alouny, periodista de Al Jazeera

25/09/2003 - Autor: Antón Corpas - Fuente: Cádiz Rebelde
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Taisir Alony
Taisir Alony

I

Los pueblos de "Oriente" no son capaces de autogobernarse. La voz y la imagen de los pueblos de "Oriente", ha sido siempre occidental; desde Eurípides, Esquilo u Homero, de las leyendas y la historia de "Oriente" siempre es dueña una voz "occidental". Las comillas sobre "Oriente" y "Occidente", quieren llamar la atención sobre otra de las denuncias que Edward W. Said hace en Orientalismo (Debolsillo, 2003): la división colonial del mundo que homologa bajo el mismo concepto la geografía que abarca desde Asia hasta el continente africano; y al resto lo llama occidente.

El ensañamiento de "los aliados" con Al Jazeera, no se puede considerar a estas alturas sólo como parte de la coyuntura bélica, y tiene mucho de la lucha de los gobiernos occidentales para mantener el canon colonial.

La detención en Granada del corresponsal de la televisión qatarí, trata de minar la imagen de independencia tanto del medio como del individuo. Cualquiera que no esté ya totalmente cegado por el virus lacayuno que ha recorrido buena parte de la prensa, ha reconocido el prestigio y la legitimidad de Al Jazeera. Pero en una estrategia que se ajusta sin problemas a la geometría variable garzonita, el imperio y sus colaterales buscan la destrucción urgente de esa imagen. Otra guinda más para el pastel de Garzón, brazo ejecutor. Al Qaeda no es una organización sino un entramado, Al Qaeda no son Bin Laden y los lugartenientes, sino toda una red de complicidades. Una renovación del discurso y la psicología colonial sobre la incapacidad de los árabes para gobernarse a sí mismos: "el que se enfrenta a nosotros está dominado por los fanáticos, sólo nosotros podemos garantizar que aquellas gentes no caigan en aquel abismo".

La táctica del desprestigio ha entrado ya en una primera fase de persecución judicial. Contra una de las escasas voces que nacida desde el propio mundo árabe se dirige a este, y articula una comunicación autónoma hacía Europa y Estados Unidos. Se trata de sostener la vieja autoridad occidental sobre "la realidad" de los pueblos árabes que aun hoy detenta "occidente". Ya no es que Al Jazeera pueda dar estas o aquellas noticias o datos, que sean perjudiciales a las campañas norteamericanas en Iraq o Afganistán, ya que eso también pueden hacerlo algunos medios occidentales. Sino que el seguimiento de la cadena tanto dentro como fuera del mundo musulmán, ha removido esa seguridad de "saber" quién son, cómo son, qué quieren y "qué necesitan realmente los árabes". Sin olvidar que Al Jazeera también está sometida a sus propios intereses empresariales, nacionales, culturales... es evidente que su proyección como una voz de "del mundo árabe y musulman" ajena al periodismo y el academicismo anglosajón, norteamericano y europeo, es un peligro histórico y político de primera magnitud a ojos de los invasores.

Por supuesto que las razones de coyuntura por las que el mando británico y norteamericano, y en este caso el gobierno español, llevan a cabo su estrategia de agresión, son mucho más livianas. Pero lo que realmente está en juego es una batalla por la protección de la vieja hegemonía cultural del triste pasado colonial europeo, relevado con todos los honores por Estados Unidos.

II

Pero la pelea entre el mando anglo-norteamericano y Al Jazeera, a pesar de la desigualdad de condiciones, y de la guerra sucia que representa la detención de Alouny, se da entre dos sujetos que pueden expresarse. De hecho la cadena televisiva no tardó en hacer público un comunicado expresando su rechazo a las acusaciones vertidas contra Alouny.

Esta detención pone de relieve la situación dentro de los propios estados occidentales de los ciudadanos árabes o asiáticos. La población inmigrante ya se vio despojada de los derechos más básicos por la "metafísica de Rajoy" (si no tienen papeles no existen para el estado - si no existen para el estado no son sujetos de derecho - es el estado el que decide cuándo tienen papeles - es el estado el que decide si son o no ciudadanos). A vueltas de tuerca con el 11-S, esa comunidad encuentra que el simple ir y venir de gente en una casa puede disparar las alarmas policiales y por la mínima dar lugar a una acción policial-judicial y a un espectáculo mediático. Las últimas detenciones en Cataluña, en las que la simple posesión de detergente o pilas, fue convertida por el clown policial de turno, en material de potencial uso para atentados, se sustentaron precisamente en el trasiego de gente en las viviendas de los detenidos. Cualquier andaluz de cierta edad que haya vivido algún proceso migratorio, sabe perfectamente de la constante circulación de gente por las casas de los que eran familiares, vecinos o simples conocidos en el pueblo. No muy diferente a lo que hoy viven los miles de gaditanos emigrados al Levante.

Poca o ninguna posibilidad de defensa tienen los afectados por estas detenciones, no ya por la flagrante vulneración de derechos que supone la detención misma y sus motivos, sino por la total indefensión pública y social una vez puestos en libertad. No hubo reparación mediática alguna, y las consecuencias sociales, psicológicas y personales de los distintos episodios son fácilmente imaginables.

Esta situación es una abolición práctica del derecho a la privacidad y del derecho de reunión si hablamos sólo en términos legales y formalistas. Si la legislación sobre extranjería ya había creado una situación de excepción para un sector pequeño pero creciente de la población, la psicología social y mediática y la práctica policiaca-judicial generada desde el 11-S, ha creado una situación de estado de sitio no declarado. Según las personas, el lugar y las necesidades de la estrategia gubernamental, esa situación es más o menos grave. Pero, por principio, la ambigüedad legal y la arbitrariedad con la que se condena, por la vía de los hechos consumados, a miles de personas al estado de sitio, ha superado con creces muchas de las fronteras más preocupantes de ese día a día cada día más cínico "estado de derecho".

III

A la hora de cerrar este artículo no hay voces que en Andalucía se hayan alzado contra esta detención, y esa parece que será la tónica. Con la inmensa capacidad de convocatoria que logró el movimiento contra la guerra, es curioso comprobar que la detención de Alouny no se haya convertido en un acontecimiento de primer orden. Ni los movimientos sociales, ni la izquierda política, ni las instituciones como el Defensor del Pueblo, han movido un dedo por una detención cuyo cariz político y liberticida es evidente. ¿Sólo vale el acto testimonial de manifestarse por bombardeos a miles de kilómetros?. En nuestro territorio se produce una detención, que está claramente marcada por el proceso de legitimación de la invasión, en el que se trata de desacreditar cualquier voz que la cuestione. Y la respuesta de todos es este silencio ni cómplice ni cobarde siquiera, sino la callada rutinaria. Se demuestra una vez más que el seguidismo mediático ha sido una de las sustancias fundamentales en pasadas convocatorias, y la incapacidad de la izquierda andaluza y los movimientos sociales para mantener una estrategia y un trabajo sostenido siquiera a medio plazo.

Los vestigios de las movilizaciones contra la guerra son un poco más de la pobreza política, social y militante que ya conocemos. Teniendo en Andalucía dos bases norteamericanas, éstas no han estado presentes dentro del trabajo político más que para la "Marcha a Rota" de rigor; cuando deberían haber sido un eje fundamental de la lucha a medio y largo plazo contra la invasión, contra el Imperio en general, y contra el gobierno en particular. El estado de sitio contra los ciudadanos de origen árabe o asiático, podría haber creado un espacio de pensamiento y trabajo común de la ensimismada izquierda y los confusos movimientos sociales con la población inmigrante.

Nada de eso. Ni se pensó ni se planteó. Sin ver más allá de sus propias narices, cada organización intentó hacer algo de proselitismo y sacar un poco de cabeza de entre la masa, y los individuos del "lobby progre" de cada sitio renovaron sus espacios de poder en las correspondientes plataformas.

La repetición de consignas, la falta de una definición política y estratégica, y la continuidad sometida al tempo mediático, sólo podía acabar en esto. Todas las energías, y el poco de sentido colectivo y crítico que había generado la cantidad de embustes evidentes lanzados por el gobierno y sus agentes de propaganda; es finalmente un nuevo tiempo muerto en nuestra historia, que desaparecerá definitivamente dentro de un año más o menos, cuando las elecciones devuelvan el espectáculo a su cauce.

¿Hasta dónde y hasta cuándo la izquierda andaluza y los movimientos sociales están dispuestos a llevar esta situación?. La pena es saber que si se quiere puede ser llevada hasta el infinito.

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